Juan María Tellería Larrañaga

Posted On 01/01/2012 By In Opinión With 3363 Views

¿2012? ¡AY!

 

Les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las épocas que el Padre puso en su sola potestad, pero recibiréis poder cuando venga sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalem, en toda Judea y Samaria, y hasta lo último de la tierra (Hechos 1, 7-8 versión BTX)

Como suele ser habitual, y máxime en épocas de crisis (y la nuestra lo es. ¡Vaya si lo es!), los vendedores de apocalipsis a la carta, visionarios y catastrofistas hacen su agosto, aunque sea diciembre o enero. Juan María Tellería LarrañagaPero si además el año que iniciamos es el 2012, que hasta ha tenido el honor de una película de ciencia ficción titulada con su misma cifra, pues mucho más. Lo realmente preocupante en esta cuestión es que sean precisamente grupos cristianos quienes protagonicen en demasiadas ocasiones esta clase de mensajes o de advertencias. Se diría que a muchos creyentes les ha picado la mosca escatológica con una fuerza desmedida, tanto que corren el riesgo de enfocar precisamente allí donde no deben, olvidándose de fijar la atención en lo que es verdaderamente importante.

Por ello, pese a todos los pronósticos del calendario maya, mediciones astrales, cálculos efectuados sobre textos apocalípticos, y lo que es peor, “previsiones económicas” (léase “recortes”) de algunos gobiernos, nos vamos a atrever a desear hoy a todos nuestros lectores un FELIZ AÑO NUEVO 2012 en la plena confianza de que no será mejor ni peor que los anteriores, sino simplemente otro año más en que nuestro Señor seguirá cuidando de su pueblo, de su Iglesia, en medio de los sinsabores de la existencia. Y algo muy importante: será un año en que los creyentes habremos de continuar nuestra labor de proclamación del Cristo resucitado.

Como leemos en el capítulo primero del libro de los Hechos, a los primeros discípulos de Jesús también les preocupaban las cuestiones apocalípticas. No hemos de culparlos por ello: vivían en una época de crisis, con un gobierno despótico que les imponía desde fuera unas tributaciones exageradas, en medio de una sociedad cada día más corrompida que perdía de vista sus valores tradicionales a pasos agigantados. De ahí que el judaísmo de la época nutriera toda una corriente apocalíptica empeñada en señalar por todas partes signos precursores de una gran catástrofe en la que se disimulaban mal sus deseos de venganza contra los opresores romanos y quienes se acomodaban al régimen imperial. Por eso le preguntan a Jesús si es en aquel preciso momento cuando Israel iba a ser restaurado como reino. La respuesta de nuestro Señor, que leemos en el texto arriba citado, no deja lugar a dudas: ese tipo de cuestiones no son de la incumbencia de la Iglesia. Su misión es otra. La Iglesia no tiene como finalidad convertirse en vocera de catástrofes ni hacer la competencia a videntes, horóscopos, astrólogos o pseudoprofetas. Cristo no la ha establecido con ese propósito.

La labor de testificación acerca de Jesús no conoce límites de tiempo ni de espacio: Jerusalem, Judea y Samaria no son sino simples etapas hasta llegar a lo último de la tierra. Por otro lado, la Iglesia no es lanzada a la misión de proclamar a Cristo con sus propios recursos y dependiendo exclusivamente de sus fuerzas. La promesa de Jesús se refiere a la asistencia especial del Espíritu Santo, en cuyo poder se ha de efectuar la tarea de evangelizar al mundo. Evangelizar hemos dicho: compartir una buena nueva de salvación, la noticia de que Cristo ha resucitado.

No hay espacio para el catastrofismo en el mensaje cristiano, sino para la esperanza. No tienen sentido esos cálculos proféticos, ni los calendarios ocultos, ni mediciones de ningún tipo. No hay tiempo para esa clase de tareas. La humanidad que entra hoy en el año 2012 no necesita saber cuándo se va a acabar el mundo, sino quién es su Redentor.

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