11 de marzo

Posted On 11/03/2014 By In Cultura, Ética, Opinión, Política With 1231 Views

11 de marzo de 2004. Caso cerrado, herida abierta

Hace unos años, con motivo de la sentencia del brutal atentado sucedido el 11 de marzo de 2004 en España, escribí este artículo. Pasados los años, la realidad que siempre quiere tomar la palabra, nos dice que muy pocas cosas ha cambiado. Las heridas políticas, las fracturas sociales y el permanente estado de crispación en nuestro país, añadidos a la profunda y duradera crisis económica, ponen de manifiesto  lo poco que hemos aprendido. Esa es la razón por la que me parece que estas palabras siguen conservando un mensaje todavía actual para nuestra conciencia personal y colectiva,

La tiranía del inconsciente colectivo y la voluntad de poder

Quien escribe no es psicoanalista, ni filósofo. Sin embargo, la experiencia pastoral y docente durante muchos años, permite una observación cuidadosa de la condición humana de enorme valor.

El psiquiatra suizo Karl Gustav Jung llamó Inconsciente Colectivo a una especie de pozo común, idéntico a sí mismo en todos los hombres, y del que no habría posibilidad de percepción directa voluntaria. Su contenido sería todo lo sentido, imaginado o temido por la especie, organizado en arquetipos. Algo así como el ADN de la humanidad, Este contenido, al ser psíquico, tendría una carga afectiva. Imaginando el consciente y el inconsciente como opuestos en una balanza, al bajar un extremo, el otro tiende a subir facilitando el deslizamiento de contenidos de un lado al otro.

Se evidencia que en este inconsciente colectivo existe un «saber a priori», como lo llamó Jung, en otras palabras, allí se han fundido el pasado, presente y futuro en un presente continuo. A mayor intensidad del estado emocional, mayor disminución de la consciencia y mayor declive para el surgimiento del inconsciente colectivo, cuyo contenido implica necesariamente su preexistencia (“Los arquetipos y lo inconsciente colectivo“).

Federico Nietszche afirmó que la voluntad de poder se identifica con cualquier fuerza, inorgánica, orgánica, psicológica, y tiende a su autoafirmación: no se trata de voluntad de existir, sino de ser más. Es el fondo primordial de la existencia y de la vida: “¿Queréis un nombre para este mundo? ¿Una solución para todos los enigmas? ¿Una luz también para vosotros, los más ocultos, los más fuertes, los más impávidos, los más de media noche? ¡Este mundo es la voluntad de poder, y nada más! ¡Y también vosotros mismos sois esa voluntad de poder, y nada más!” (“La voluntad de poder”).

En la fatídica fecha del 11 de Marzo de 2004, nuestro país sufrió el atentado más sangriento de la historia de Europa. Un drama que hundió a millares de familias en un submundo de sufrimiento absurdo provocando crisis físicas y psíquicas, en muchos casos irreversibles. Un trauma colectivo que marcó a sangre y fuego nuestra historia y que ni siquiera el paso del tiempo será capaz de borrar. Era éste un momento en el que la percepción sosegada de la realidad y sus consecuencias, tendría que haber unido sin fisuras intereses, motivaciones, esfuerzos e idearios políticos y sociales para lograr al menos dos objetivos: El primero, sostener y consolar a las víctimas haciéndoles llegar la unidad y el compromiso solemne de todas las fuerzas políticas y los agentes sociales para enfrentar juntos y sin desmarques la plaga del terrorismo. El segundo, la expresa renuncia a utilizar el dolor ajeno como arma arrojadiza, instrumento electoralista u ocasión para manejar el resentimiento y la amargura como armas de destrucción masiva.

Sin embargo, el paso de los años sólo han servido para poner de manifiesto justamente lo contrario. Cuando uno lee la prensa, oye la radio o ve la televisión, dependiendo del signo ideológico que defiendan, le parece estar percibiendo noticias de dos países distintos. Dos estructuras de realidad. Dos universos de sentido. Asistimos a una “guerra civil” de la información que pretende convencer a los sufridos ciudadanos de que sólo “la verdad absoluta” de cada cual es digna de crédito. A partir de aquí, se recrea un virtual mundo maniqueo en el que se pisotea sin piedad a los disidentes sin reparar en consecuencias.

La pregunta es ¿Quién va a parar esta deriva? ¿Quién está pagando esta fractura social? Después de la sentencia, se ha dicho con razón que España ha dado una lección al mundo. Una lección de transparencia, de funcionamiento eficaz de las instituciones y de solvencia jurídica contrastada en el macro-juicio más mediático realizado hasta ahora. Cierto. Pero también se han dado otras “lecciones” que cabría poner de manifiesto en la inmediatez de lo sucedido:

1. Una lección vergonzosa de lectura partidista de la sentencia que se mantiene a lo largo el tiempo. Más allá del parcial resarcimiento realizado a las víctimas con las condenas a los asesinos, los partidos políticos mayoritarios, pisoteando la sensibilidad y el dolor de muchos y pretendiendo salvar su propio trasero, han continuado con sus discursos provocadores, partidistas e interesados. La ciudadanía está cansada, hastiada y harta de “salva-patrias” que sólo buscan lo suyo. Nada se demostró, más allá de los contenidos de la sentencia, como no sea el alcance de su catadura moral y la perversa intención que informa su proceder. De nuevo, el inconsciente colectivo y la voluntad de poder manejando las motivaciones más profundas. Así es la condición humana.

2. Una lección vergonzosa de auto-justificación impresentable. Lo que unos y otros dijeron, sugirieron e hicieron aparece en las hemerotecas y en las grabaciones de las cadenas de radio y televisión. Es irrebatible. El poder mediático para “vender opinión” ha de ponerse, como siempre, al servicio de los hechos probados, para ver si estas cosas son así o no. A partir de aquí, todos han de sujetarse al juicio de la ciudadanía que no acepta más manipulaciones interesadas. La “opinión pública” va a ser, a partir de ahora, más opinión y más pública que nunca.

Al hilo de todo esto, es pertinente recordar la historia más inmediata de una España que vivió un proceso de transición democrática a mediados de los años 70 absolutamente ejemplar. Un proceso en el que se pasó de una dictadura a una democracia en un tiempo record, pero sin depuración de responsabilidades políticas ni penales de clase alguna. Por eso, a la vista de los actuales comportamientos cabría preguntarse ¿Hemos olvidado que las heridas del inconsciente colectivo no sanan simplemente acumulando el paso del tiempo? ¿No habría que tomarse en serio la memoria histórica como algo más que ocasión para debatir ideas partidistas?

El deseo de reconciliación todavía no es reconciliación. La intención de perdón todavía no es el perdón. El intento de restitución todavía no es restitución. A la vista de acontecimientos tan contradictorios y de conflictos tan enquistados que parecen no tener fin, cabría preguntarse mirando el retrovisor ¿Están el pasado, el presente y el futuro tan fundidos en un presente continuo que nos impiden avanzar? ¿No estarán las heridas abiertas de las “dos Españas” manejando demasiado el inconsciente colectivo y la voluntad de poder de todos nosotros, a cuenta de situaciones pendientes de resolución?

Tenía razón Antonio Machado:

Ya hay un español que quiere vivir y a vivir empieza, entre una España que muere y otra que bosteza.
Españolito que vienes  al mundo te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón.

Más tarde o más temprano, por mucho que huyamos hacia delante los conflictos no resueltos nos alcanzan. Sólo el reconocimiento de las injusticias, el perdón, la reconciliación y la restitución, valores cristianos, pueden jugar un papel decisivo capaz de limpiar, restaurar y traer completa 3sanidad a las relaciones interpersonales. ¿Seremos capaces, entre todos, de parar esta “guerra civil”?

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