Posted On 17/08/2018 By In Historia, portada, Testimonios With 442 Views

20 años después: testimonio y memoria | Leopoldo Cervantes-Ortiz

“Lo acontecido fue una auténtica “purga”, práctica que periódicamente realizan algunas instituciones para “sanear” su existencia y no correr riesgos de cambio. Obviamente, al hacerlo, pasan insensiblemente sobre la vida y propósitos de las personas implicadas”

My heart is cheerful, it’s never fearful
I been down on the killing floors
I’m in no great hurry, I’m not afraid of your fury
I’ve faced stronger walls than yours
Bob Dylan, Soon after midnight

Ahora que la Iglesia Nacional Presbiteriana de México (INPM) y el Seminario Teológico Presbiteriano de México (STPM) supuestamente están por entrar a una nueva etapa, bien vale la pena recordar lo sucedido hace exactamente 20 años en otra situación similar. Es preciso hablar del asunto porque las nuevas generaciones sólo lo han conocido fragmentariamente y de manera muy sesgada en algunos casos. La voz de los marginados y aislados casi nunca se escucha de viva voz, pero es buen momento de hacerla oír, así sea a título personal como ahora acontece. Las reacciones, bastante previsibles, dirán que a estas líneas las domina el resentimiento y hasta el rencor, pero lo cierto es que la sombra de la injusticia, el abuso y el autoritarismo disfrazada de acción purificadora ha intentado tender su manto de olvido sobre estas cosas que merecen conocerse para ir más allá de la condena y la satanización gratuitas y bastante desinformadas. No es el canto de alguien resentido que se siente víctima: al contrario, el testimonio y la memoria de cómo Dios actúa de formas inenarrables y complejas, más allá de las instituciones y los nombres. Dios es, queda claro, mucho más que una iglesia instituida y eso se puede comprobar día tras día.   Asamblea General de la INPM de 1998.

Reunida en Tejalpa, municipio de Jiutepec, Morelos, entre el 21 y el 27 de julio de 1998, la XXIV reunión ordinaria de la Asamblea General de la INPM renovaría, entre otros cargos, al rector del STPM. Para ello, recibió el dictamen del entonces Departamento de Educación Teológica, encabezado por Jorge Alvarado y David Legters, quienes meses antes llevaron a cabo una campaña punitiva en contra del mismo, su facultad y algunos profesores de planta. Los ataques venían por todas partes en contra de la supuesta “apertura liberal” de la institución. Uno de los grandes pecados había sido el congreso sobre los ministerios femeninos de 1996, del cual surgió un libro colectivo publicado al año siguiente (Tiempo de hablar. Reflexiones sobre los ministerios femeninos). La actitud de ambos pastores fue abiertamente agresiva, e inquisidora, al grado de que en una reunión de facultad a la que se presentaron para realizar su tarea, fueron confrontados directamente por el profesor más antiguo de la misma, haciéndoles ver que su excesiva enjundia mostraba una profunda falta de respeto a la trayectoria y testimonio de los integrantes de la Facultad, entre otras cosas. Una de sus obsesiones fue subsanada mediante la redacción de un documento doctrinal, una especie de credo o confesión breve que reafirmó la plena adscripción del STPM a la teología reformada. Pero para ellos y sus enviados ese documento no les resultó suficiente.

En Tejalpa todo estaba preparado para defenestrar al rector, el Pbro. Abel Clemente Vázquez, e impedir su reelección, cosa que se sumó al informe presentado por Alvarado y Legters, quienes afirmaron, entre otras que la presencia del autor de estas líneas era “peligrosa” para la institución. Algo muy parecido se afirmó acerca de otros profesores como parte de un linchamiento simbólico que, sin ningún pudor, hizo de la exhibición de las personas un festín adonde la ética cristiana y ministerial desapareció por completo. Hay que decir, en honor a la verdad, que los únicos delegados que hablaron a favor de los acusados sin derecho a réplica fueron los amigos del presbiterio de la Ciudad de México (Israel Flores Olmos, Víctor Hernández Ramírez y Rubén Montelongo), además de Edman Orel López Díaz. Los primeros, no sin recibir “advertencias” acerca de “su futuro en la institución”, según recuerda Hernández. No hubo otros que protestaran ante tamaña injusticia, ni siquiera el presbiterio Juan Calvino, con todo y que varios de sus integrantes fueron objeto del juicio sumario. Hoy, 20 años después, es posible afirmar que se trató de un delito contra los derechos humanos que sigue impune hasta la fecha.

Al término de una de las sesiones de dicha reunión, el autor de estas líneas se apersonó con uno de los más visibles responsables del suceso, Ignacio Castañeda Baños, a quien se le hizo saber la enorme inconformidad que todo esto representaba, especialmente porque implicó una serie de sucesos acaecidos desde la salida misma a estudiar la maestría en la Universidad Bíblica Latinoamericana, de Costa Rica (abril-mayo de 1997). En esa ocasión hubo un desconocimiento por parte de la directiva de la Asamblea General para respaldar la solicitud de parte de la beca a la Iglesia Presbiteriana de Estados Unidos (PCUSA), quien al advertir esa negativa retiró el apoyo, y tuvo que ser la Fundación para el Apoyo al Protestantismo Reformado (FAP, por sus siglas en francés), dirigida por Silvia Adoue-Renfer, la que amablemente cubrió la estadía del que habla, junto con su familia, desde junio de 1997 hasta julio de 1998 (L.C.-O., “‘Y sean agradecidos’: en testimonio y reconocimiento a la FAP en la persona de Silvia Adoue-Renfer”, en Boletín del Centro Basilea de Investigación y Apoyo, núm. 44-45, enero-octubre de 2012, pp. 4-5).

“¿Por qué te trata así tu iglesia?”, preguntaron en Costa Rica y no había respuesta posible. La bonhomía de personas como Elsa Tamez y José Duque (cuya intervención fue crucial para el curso que tomé en el Instituto de Bossey en agosto de ese año, con Julio de Santa Ana), amigos entrañables en medio de todo, y la simpatía de todo el profesorado de la UBL fueron un sostén insustituible. La decisión de la FAP al otorgarme el último mes de beca para recomenzar en México, y las palabras del Dr. Milan Opocensky, secretario general de la Alianza Reformada Mundial, fueron verdaderos bálsamos para todo lo acontecido. Ambos fueron visitados en Ginebra: a Sylvia Adoue-Renfer se le entregó una copia de la tesis de maestría como constancia y a Opocensky se le puso al tanto de toda la situación.

Mucho de lo estudiado acerca de la experiencia de Rubem Alves (Protestantismo y represión, 1979, fantástico ajuste de cuentas con la Iglesia Presbiteriana de Brasil, hermana gemela de la INPM), se vivió en carne propia, bajo los mismos cánones de “pureza doctrinal” y el celo de corte fundamentalista. Las palabras de este gran teólogo-poeta brasileño siguen resonando desde hace tiempo, dichas en varios momentos:

Nadie puede contrariar indefinidamente sus convicciones y valores espirituales sin que el espíritu sucumba. Estoy convencido de que la Iglesia Presbiteriana de Brasil, hoy, es una grotesca resurrección de los aspectos más repulsivos del catolicismo medieval. Continuar fiel a ella, ser contado como uno de sus ministros, es participar en una conspiración contra la libertad y el amor. Por eso decido hoy, 15 de septiembre de 1970, romper con ella. […]

El amor y la verdad nos obligan con frecuencia a emigrar. Abraham emigró: por fe y amor. También los profetas emigraron por fe y amor hacia fuera de las instituciones eclesiásticas reconocidas. ¿Y Jesús? Emigrante permanente: se separó de la interioridad protegida de una institución todopoderosa para ir al desierto lleno de inseguridad. La vocación por la libertad es la vocación para emigrar. De ahí surgió la afirmación neo-testamentaria de que no tenemos casa o tierra permanente. Vivimos por la esperanza de algo nuevo. Si el Nuevo Testamento tiene razón, “donde está el Espíritu de Dios, allí hay libertad”. Y no encuentro la libertad en la IPB. Es hora, entonces, de buscar fuera de ella la comunidad del Espíritu. (“Carta de renuncia a la Iglesia Presbiteriana de Brasil” en João Dias de Araújo, Inquisição sem fogueiras. Vinte anos de história da Igreja Presbiteriana do Brasil: 1954-1974. Río de Janeiro, Instituto Superior de Estudos da Religião, 1982, pp. 114-115. Versión de L.C.-O.)

Soy protestante. Hoy, muy diferente de lo que fui. No hay retornos. Tan diferente que muchos me contestarán, negándome la ciudadanía en el mundo de la Reforma. Algunos me denunciarán como espía o traidor. Otros permitirán mi presencia, pero exigirán mi silencio. Lo cual me hace dudar de mí mismo y sospechar que, quién sabe si yo sea de hecho un apóstata. Sin embargo, por ahí, protestantes de otros lugares me confirman, oyéndome, dándome las manos, el pan y el vino… (“Confesiones de un protestante obstinado”, 1981).

La Iglesia, aquí, en mi teología, es apenas el nombre de la comunidad con que sueño. El problema es que tanto católicos como protestantes piensan que ellos ya la encontraron. Yo lo veo distinto: la Iglesia es una Ausencia permanente, nombre de un Deseo, horizonte que llama y se aparta… (Sobre dioses y caquis, 1987)

Y este tipo de situaciones, ¿cómo se cuentan a la esposa, a los hijos pequeños? ¿Qué testimonio de la propia iglesia se da a los más cercanos? Al confrontarlo, unos años después, Alvarado alegó que algo similar le hicieron a su papá en otra época. Y Legters se volvió un extraño personaje que iba a jugar sudoku en las reuniones de Asamblea General. La tesis sobre Alves sería bien recibida fuera de México, pero no ameritó la más mínima felicitación del Presbiterio Juan Calvino. Como si no se hubiera hecho nada. Ni una sola palabra. Gracias al favor de Dios, hubo una respuesta ajena a la iglesia que permitió, desde mayo de ese año, la posibilidad de trabajar en el área de edición, la otra vocación posible. Ya son 20 años de trabajo en la SEP debido a esa solidaridad.No pasa año sin dejar de agradecer al cielo y a esa persona (José Manuel Mateo, compañero de la UNAM) el impulso para retomar esa carrera llena de satisfacciones profesionales (Enciclopedia de la Literatura en México).

Las tareas docentes y escriturales, por otro lado, se han mantenido y han crecido en diversos momentos, en diversos espacios y países. Los libros se han acumulado con los años para hacer dialogar los dos territorios apasionados (teología y literatura-poesía). El maltrato recibido por parte de la INPM no redujo ni un ápice la pasión por la fe y la teología reformadas; al contrario, lo acrecentó notablemente, acaso para constatar que lo escrito por el Dr. Zwinglio M. Dias en un texto memorable (“De la separación necesaria a la unidad imprescindible”, 1983, año en que surgió la Iglesia Presbiteriana Unida), no ha perdido vigencia en absoluto, pues su cita de Calvino es profética, diáfana y transparente:

Las Escrituras, al narrar los acontecimientos de Israel, enseñan que Dios, aunque nunca abandonó a sus iglesias, a veces destruyó el orden político establecido en ellas. Por consiguiente, no creemos que él esté vinculado a las personas de tal modo que la Iglesia nunca sea derrotada, es decir, que las personas que la presiden no puedan apartarse de la verdad. Abusaron tiránicamente de su poder y corrompieron el modo de gobernar la Iglesia instituida por Dios. (IRC)

Para agregar de su pródiga cosecha, con una lucidez extrema, digna de nuestra tradición:

En medio de ese juego político que puso en juego intereses encontrados y donde triunfaron quienes tenían el poder, había algunas razones de fondo que fueron determinantes, a mi modo de ver, y que no sé si ya fueron superadas o encaminadas hacia una nueva propuesta teológico-pastoral: a) la cuestión sobre el papel de la Iglesia al interior de la sociedad brasileña; b) lo relativo a la suficiencia teológica de la propuesta eclesial del presbiterianismo vigente entre vosotros. En lo que concierne a la IPB, es evidente que, en cuanto institución global, no logró superar la propuesta teológica de los misioneros y sentar raíces profundas en la cultura nacional. ¿Esto será diferente en otras institucionalidades eclesiásticas presbiterianas? y c) la incapacidad de las estructuras eclesiásticas, hasta ahora en vigor, para percibir sus límites y reconocer la legitimidad eclesial del catolicismo y, en muchos casos, de las demás denominaciones evangélicas, cerrándose así a la práctica ecuménica real.

En el caso que exponemos, directivas de la INPM fueron y vinieron, administraciones del STPM y de otras instancias llegaron y se fueron, y únicamente las amistades más sinceras y audaces se atrevieron a que quien esto escribe volviese, estrictamente por la puerta trasera, desde la marginalidad a actuar en esos espacios tan amados en otro tiempo. (Don Abel Clemente fue rehabilitado y hasta alcanzó su jubilación del STPM.) Así, se publicó con pseudónimo en un par de revistas; se dio a conocer un estudio en el material oficial; y se dieron unas clases aisladas, casi clandestinas (una de ellas en la biblioteca del STPM). La compañía de alguien proscrito y prohibido no es muy deseable… Algunos alumnos se acercaron para buscar asesoría y, finalmente, una iglesia (Ammi-Shadday, a la que tanto se agradece “haber recogido estos pedazos”) se animó a la invitación formal. Eso aconteció en 2007 y el trabajo continúa. Nuevos horizontes eclesiales se asomaron al horizonte cuando llegó el “tiro de gracia”: el concilio teológico sobre la ordenación de las mujeres en 2011. Luego de participar en tan irregular evento (un expositor adverso dijo, en el colmo del cinismo oficialista y herético ¡que no sabía quién había escrito el capítulo 16 de la carta a los Romanos!) con otros tres colegas que hablaron a favor del sacerdocio universal de las mujeres (una pastora ahora), ya no había ánimo para soportar la expulsión/excomunión, de modo que en octubre de ese mismo año, junto con la comunidad de fe, se pusieron los “pies en polvorosa” a fin de buscar otros aires que, por fin, llegaron un año después, al organizarse una nueva comunidad de iglesias, en plena celebración de la Reforma Protestante.

No resta más que agradecer la amistad a toda prueba de las personas cercanas, dentro y fuera de México, que siempre han estado ahí, muchas de ellas compañeras del mismo dolor, exiliadas involuntariamente por creer y practicar la libertad y la pluralidad teológicas. Gracias a ellas, es posible llegar hasta aquí y seguir creyendo, contra corriente, contra viento y marea, a pesar de uno mismo, caiga quien caiga, en ese Dios libre, soberano, que llama y ante quien nadie puede resistirse.

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