Posted On 07/12/2013 By In Cultura, Ética, Historia, Opinión With 2007 Views

25 de diciembre, Jesús o Mitra

En la década de los años 60 d. C. llegó a Roma el culto a Mitra que parece ser era el dios persa del sol.

En su desarrollo romano el culto a Mitra fue otra religión de misterio. Consecuentemente se formaron sociedades secretas y esotéricas en donde sólo podían participar hombres. Entre los soldados fue especialmente popular aunque era conocida y seguida por todo el Imperio. Al ser una religión de misterio es escasa la información que tenemos sobre ella, aunque conocemos algunas cosas.

El culto se llevaba a cabo en templos dedicados a este dios y a los que se les llamaba “mitreos”. El «Mitra Tauróctones» representaba a este dios sacrificando de forma ritual al toro sagrado. Esta era la imagen central del mitraísmo la cual ha sido interpretada de diversas formas. Lo que parece claro es que este sacrificio tenía una significación salvífica para los seguidores a la que iba unida la idea de inmortalidad.

El 25 de diciembre se celebraba el nacimiento de Mitra y posteriormente el del “Sol invictus”.

Aproximadamente hacia finales del siglo III el mitraísmo y determinados cultos solares se fundieron y como consecuencia apareció una nueva religión, la del «Sol invictus» (el «renacimiento» del dios Sol).

En este mismo siglo el emperador Aureliano la reconoció como la religión oficial del Imperio. Pero en el siguiente el cristianismo se impondría gracias al emperador Constantino y así el cristianismo fue declarado como religión oficial del Imperio.

En la dinámica que se dio de sustituir lo pagano por lo cristiano el mitraísmo estuvo pronto en el punto de mira. Uno de los golpes definitivos para apagar el mitraísmo en el Imperio fue cuando el Papa Liberio decretó en el año 354 que Jesús nació el 25 de diciembre. Cuatro años antes el Papa Julio I sugirió que el nacimiento de Jesús fuera celebrado ese día. En el 379 Gregorio Nacianceno hablará por primera vez de un «banquete navideño» pero ya en el tiempo del emperador Constantino (306-337) fue cuando se “cristianizó” esta celebración dando entender que era Cristo el verdadero Sol invictus.

Constantino fue un seguidor del dios Sol antes de abrazar el cristianismo.

De esta forma, se quiso acabar con esta celebración pagana, en donde se daban auténticas bacanales, colocando en su lugar una cristiana exenta de tan deplorable falta de moralidad, y la maniobra tuvo bastante éxito… Pero el paganismo original de esta fecha resurgiría con una fuerza imparable en la época moderna y actualmente es más poderoso que nunca.

Antes al menos se trataba de una fiesta pagana dentro de un Imperio que se reconocía de igual forma, ahora nadie hablaría de la sociedad occidental de esta manera y bajo la apariencia amable de la celebración del nacimiento del Hijo de Dios los mismos principios, o mejor la falta de ellos, son parte de la celebración de esta festividad.

La Navidad se concibe como unas fechas para el descanso en las cuales las comidas se dan en abundancia. El alcohol y los regalos también son parte de ella y la noche de fin de año es una de las fiestas más locas y extremas para la juventud. Parece que durante la misma está permitido casi todo. A las salas de urgencias de los hospitales acuden esa noche por excesos alcohólicos, accidentes de tráfico, jóvenes pidiendo la pastilla del día después o lesiones por peleas. Son las actuales bacanales. El recuerdo del nacimiento de Jesús es sólo una excusa, una iconografía bonita y nada más.

Pero aún entre los cristianos el paganismo se ha insertado, la historia se ha repetido pero esta vez a la inversa. Dicen celebrar el nacimiento del Salvador y para ello las comilonas se multiplican, se preparan toda una serie de regalos, se disfrutan de días de descanso, en definitiva el consumismo y el egocentrismo han devorado el verdadero significado del nacimiento de Jesús. Con esto no estoy significando que el reunirse en familia y demostrar nuestro afecto unos por otros por medio de regalos sea algo condenable, todo lo contrario. El problema es que nos hemos quedado sólo con una parte de la historia, la buena y reconfortante para nosotros, la otra la hemos olvidado si es que alguna vez nos hemos percatado de ella.

Sin duda la venida al mundo de Jesús es la más grande noticia que ha conocido la humanidad. Es la fuente de esperanza y consuelo para el ser humano desorientado, desubicado, perdido en sí mismo. Pero su nacimiento estuvo rodeado también de tragedia. Nació en una familia pobre que buscaba refugio y que sintió el rechazo desde el primer momento, no había lugar para ellos. A María se le advirtió desde el primer momento que su hijo sería motivo de división y controversia y que en el futuro sentiría a causa de él un sufrimiento semejante a como si de una espada se tratara atravesándole el corazón. ¡Cómo tuvo que recordar estas palabras de Simeón cuando estaba al pie de la cruz!

A los pocos años de edad tuvieron que huir ante un monarca déspota y sádico como era Herodes el cual al verse burlado realizó una matanza de niños en Belén, sí en el mismo lugar en el que nosotros colocamos el portal en nuestros nacimientos de casa. Serán extranjeros en otra tierra, sin nada ni nadie a quien acudir salvo a su fe en Dios.

Jesús crecerá bajo las insinuaciones de ser un hijo ilegítimo y su juventud estará marcada por la incomprensión, el rechazo. A pesar de estar rodeado de discípulos dirá no tener un lugar donde recostar su cabeza. Sus días acabarán como consecuencia de una traición y dos juicios injustos lo llevarán a colgar de un madero. Allí gritará que se siente sólo, dirá que no puede sentir la cercanía de su Padre y en un acto sobrecogedor de fe declarará que en sus manos le entrega su vida.

Hoy en día hay muchas personas que nacen y viven como Jesús. Niños que mueren de hambre porque nacen en familias en extrema pobreza. Otros son asesinados por guerras que libran «los reyes» de sus países, igual de déspotas y malvados que Herodes. Otras familias tienen que huir de su tierra porque no tienen nada que comer, porque temen por sus vidas y acaban muriendo ahogados en un intento desesperado por alcanzar una tierra prometida. Trata de mujeres, niños sin hogar, desesperanza y lloro llenan la tierra el 25 de diciembre como cualquier otro día. Estas personas no tienen nada que celebrar en Navidad, no pueden reunirse en familia para comer, no tienen qué regalarse.

Nosotros como cristianos deberíamos pensar en ellos en estos días de festividad que llegan. Pensar en cómo hacerles llegar nuestro cariño, nuestras oraciones y también nuestra ayuda material. Ellos también tienen derecho a alguna “buena noticia”.

Sin duda la Navidad es un tiempo para estar alegres por el niño que nació hace dos mil años pero también es un tiempo para llorar con el que ahora está llorando. Tan sólo así comenzaremos a extirpar el paganismo de la Navidad, del interior de nuestro corazón. Tan sólo así las Buenas Nuevas podrán llegarle de alguna forma al que nunca ha escuchado nada de Jesús. Únicamente de esta manera podremos hacerles llegar el mensaje de que no es toda la historia la de un niño que nació en Belén y que acabó muriendo crucificado. El final de la misma es que el domingo en la mañana cuando algunas mujeres, pensando en ungir el cuerpo de Jesús, fueron a visitar el sepulcro se percataron con tremendo asombro de que allí no estaba el cuerpo, la tumba estaba vacía…

La Esperanza para todo ser humano, para toda persona, había renacido con una fuerza mucho más inmensa que cualquier Sol invictus.

Siendo niños éramos agradecidos con los que nos llenaban los calcetines por Navidad. ¿Por qué no agradecíamos a Dios que llenara nuestros calcetines con nuestros pies? (Gilbert Keith Chesterton).

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