Posted On 12/06/2020 By In Opinión, portada With 547 Views

A buen entendedor | Rubén Bernal Pavón

¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como reúne la gallina a sus pollitos debajo de sus alas, pero no quisiste! (Mt 23,37; cf. Lc 13,34).

¿Significa este versículo que debemos aceptar literalmente que Jesús tiene alas, plumas y es como una gallina? ¿Verdad que no? ¿Te imaginas que nuestro nivel de comprensión lectora nos llevase a suponer que Jesús hace la comparación con la gallina porque él físicamente también tiene alas? Pues esta hipotética fantasía se asemeja demasiado a la triste realidad que tenemos en algunos ambientes.

Lo más vergonzoso, es que hay personas que están a la espera de que otros y otras (es decir personas que les cae un poco mal), abran su boca y digan alto y claro que no, que Jesús no es una gallina (o que Jesús no tiene alas).

Entonces, disfrazándose de falsa indignación, promueven en las redes sociales una campaña de difamación para acusar de hereje a dicha persona por contradecir lo que supuestamente la Biblia dice con absoluta claridad. Así se aprovechan de la idea de perspicuidad, para usarla como un literalismo extremo en beneficio de su rencor personal. Eso no es ético. Es una forma carnal de poder soltar su inquina camuflada de celo religioso.

Es lamentable pretender cazar herejes donde no los hay (es un hobby que denota lo que hay en el corazón), pero además, lo caricaturesco es que, en realidad, en el fondo, el verdadero hereje resulta ser quien ha considerado literalmente a Jesús como una gallina.

Estimado hermano o hermana, antes de dejarte convencer por un carismático cazador de herejes, y de dejarte arrastrar por un celo que te lleva a denunciar a otros con brusquedad, párate antes a pensar y analizar con tranquilidad el motivo de la acusación. Piénsate bien si es justo herir a la persona atacada. Examina si en realidad la situación responde solo al empeño malevolente del acusador para encontrar algún motivo, por ínfimo que sea, que justifique su calumnia.

Si en el fondo sabes que Jesús no tiene alas (Mt 23,37), ni que Dios va cabalgando sobre las alas del viento montado en una carroza de guerra fabricada de nubes (Salmo 104,3), ni que Dios, que es Espíritu (Jn 4,24), tiene forma antropológica varonil, como la imagen representada en la Capilla Sixtina (entre otros muchos ejemplos), no te dejes arrastrar por una causa vacía, ni te veas a ti mismo implicado en ataques sin ton ni son.

Los antropomorfismos, así como otras metáforas que las Escrituras emplean para hablarnos de Dios, son formas pedagógicas acordes a nuestra comprensión (y sobre todo a la comprensión de las personas de los tiempos bíblicos), para revelarnos realidades trascendentes. En el momento que tomamos una de esas metáforas y la convertimos en un concepto absoluto con la excusa de que “así lo dice la Biblia”, caemos en una profunda herejía. Rompemos así el sentido original de la metáfora bíblica y traicionamos lo que quería verdaderamente expresar. Si además usamos esa comprensión herética para condenar a quienes han comprendido de manera correcta la metáfora, en lo que caemos, es en la absurdidad más ridícula. Estimado lector o lectora, elige bien tus causas, tus luchas y tu apologética. Hazlo con coherencia, con esa razón que Dios te ha dado. Y por favor, deslígate de predicadores tóxicos y de inquisidores que andan buscando detalles tontos en otros hermanos para acusarlos y promover una campaña de persecución en su contra. Ya está bien de tonterías, a buen entendedor…

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