Posted On 11/12/2014 By In Ética, Opinión With 1316 Views

Acerca del trabajo: De la maldición al derecho

El trabajo en la antigüedad

El trabajo ha tenido distintas consideraciones a lo largo de la historia. En la prehistoria, consistía en la recolección manual de frutos, semillas, raíces…; con el empleo de armas, herramientas y el descubrimiento del fuego el hombre pasó de recolector a cazador y asistimos a la primera división social del trabajo: el hombre se dedica a cazar mientras que la mujer atiende la prole y el fuego. La función del trabajo era la satisfacción de las necesidades más básicas y de la conservación de la especie.

En los grupos sedentarios, aparece la agricultura y la ganadería y la división de trabajo se hace más compleja: campesinos, pastores, constructores de herramientas: arados, hoces…

Pastores nómadas y agricultores sedentarios tuvieron sus conflictos. La legislación mosaica reguló también este problema en Israel: Si alguien suelta a sus animales para que pasten en un campo o viñedo, y sus animales pastan en el campo de otro, tendrá que pagar el daño con lo mejor de su propio campo o de su propio viñedo (Éx 22,5). Nos hallamos frente a un principio ético de respeto por la propiedad y de evitación de perjuicios a terceros.

El trabajo en el mundo grecorromano

Aristóteles distinguía entre las actividades de los ciudadanos libres (política, filosofía, empleo creativo del tiempo libre…) y serviles o propias de los esclavos. Mientras el ocio era muy valorado, el trabajo físico se asociaba a las clases bajas.

Platón dividió a los hombres en tres grupos: los trabajadores, de naturaleza laboriosos, cuya virtud era la templanza; los soldados, fundamentalmente activos, cuya virtud era el coraje y los filósofos, de naturaleza racional, cuya principal virtud era la sabiduría.

En las páginas del Nuevo Testamento, en las que se refleja el mundo grecorromano, aparecen los trabajos propios de la sociedad hebrea: agricultores, ganaderos, artesanos, industriales, sacerdotes, escribas, soldados, cobradores de impuestos…

El trabajo en la Edad Media

En la Edad Media, los valores supremos eran los aristocráticos: la guerra, la caza, la diversión… y continuaba siendo inicialmente negativa la valoración del trabajo manual. La aparición de las ciudades representó un cambio significativo y empezaron a ser valorados los trabajos artesanales y el comercio.

La iglesia medieval entendía el trabajo como castigo o, como mal menor, un deber. Tomás de Aquino, consideraba que el trabajo era una responsabilidad que concernía a la especie humana, pero no necesariamente a cada hombre en particular. La vida religiosa, la vida monástica…, dedicada a la oración y a la  contemplación, era considerada superior al trabajo manual.

La visión reformada del trabajo

Desde la reforma religiosa del siglo xvi, en el contexto de protestantismo europeo, el trabajo adquiere una connotación positiva al asociarlo tanto a la continuidad del mandato creacional como a un signo de gracia.

Lutero entendió el trabajo como vocación, como llamado de Dios a una determinada tarea que deberá realizarse del mejor modo posible; actuando, asimismo, de forma ética en los negocios. El trabajo alcanza una valoración positiva y es dignificado. Una aportación importante del calvinismo son los llamados signos de salvación mediante los cuales Dios confirma la predestinación de sus hijos. De ahí la importancia del esfuerzo, la perseverancia, el método, la preocupación por la creación de riqueza… M. Weber vehicula la ética protestante del trabajo con la aparición del capitalismo, como si los pueblos de tradición protestante se hallasen orientados a una mayor eficacia y eficiencia en lo laboral como resultado de los valores antes expuestos.

Las clasificaciones de los distintos tipos de trabajo son sustituidas, en clave teológica, por los fines que desempeña el trabajo en la vida de las personas:

  • Cumplir el rol de administradores derivado del mandato creacional del relato teológico del Génesis. El trabajo genera una relación dialéctica o mediación entre el hombre y la naturaleza. Puede considerarse como una colaboración del hombre con la obra creadora de Dios y fundamento de su autonomía personal.
  • Hacer frente a las propias necesidades y a las del entorno familiar y acceder a las cosas necesarias para vivir de modo digno. El trabajo como medio más humano y ético de acceder a los bienes que uno no produce y, en cambio, necesita.
  • Desarrollarse personalmente mediante el empleo de competencias y habilidades. Mediante el trabajo, la persona se inserta en la vida social y participa de ella
  • Atender carencias del prójimo y poder desarrollar la solidaridad.
  • Contribuir al desarrollo y el progreso de la humanidad cooperando, de este modo, al bien común.

El trabajo en la actualidad

A partir de la revolución industrial, las tesis marxistas, la aparición de los sindicatos… el trabajo, inicialmente una obligación o deber, deviene en derecho exigible, reconocido en la práctica totalidad de las constituciones modernas.

La revolución industrial produjo cambios paradigmáticos en el sistema de producción (mayor cantidad de productos en menor tiempo y a menor precio) y en la economía. Ello comportó para la clase obrera largas jornadas laborales, la utilización de mujeres y niños en tareas peligrosas, insalubridad y una baja retribución por el trabajo.

Estas condiciones son las que darán lugar a la lucha sindical a fin de lograr unas mejores condiciones objetivas de trabajo, jornada de ocho horas, períodos vacacionales… hasta la llegado de la crisis de estos últimos años.

Hoy la maldición para muchas personas no es el trabajo, como sucedía antaño, sino la carencia del mismo, que conduce (cuando no se da el soporte familiar o de entidades asistenciales) a la exclusión social y pérdida de estatus socioeconómico de quien no puede trabajar.

El desempleo es un problema muy serio que, en nuestro país, afecta en torno a un 25% de la población, de modo especial a los jóvenes e inmigrantes. La situación de muchos de quienes trabajan tampoco es halagüeña, ya que la mayoría de los nuevos contratos son temporales o mini Jobs, hecho que sitúa a grandes sectores de la población en la precariedad y la provisionalidad, por mucho que la “casta”, política y empresarial, traduzca el término como flexibilidad laboral.

Esta trágica situación va acompañada de una progresiva pérdida de los derechos laborales y sociales logrados, con arduos esfuerzos, a lo largo del pasado siglo. Los “recortes” no son únicamente económicos, también de derechos. La inseguridad en la que tantas personas se han visto instaladas dificulta su estabilidad emocional y su desarrollo personal.

¿Y el papel de la iglesia?

Sin duda en muchas de nuestras comunidades hay personas que se hallan en esta situación. Es también función de la iglesia ayudar a las tales a superar los sentimientos de baja estima personal como resultado de no lograr integrarse en el mercado laboral. La vida humana posee otras dimensiones y la carencia temporal de trabajo no debe afectar la dignidad ni el valor intrínseco del individuo.

Urge crear espacios de acompañamiento en los que fomentar la solidaridad, la empatía, la cercanía… con quienes sufren las consecuencias económicas, psicológicas y espirituales del paro o de la precariedad laboral; de manera que pueda superarse la falacia de que formar parte de las listas del paro evidencia un fracaso personal. Espacios en los que fomentar la esperanza, identificando las fortalezas de las personas y considerando los recursos que pueden actualizarse. Es una forma de construir el Reino de Dios.

Urge, a la vez, actuar proféticamente y levantar la voz ante toda forma de injusticia. Con frecuencia la iglesia procura hacer oír su voz en temas de naturaleza sexual o en cuestiones bioéticas. No es tan habitual hacerlo en relación con el tema del trabajo y de la distribución de la riqueza. Asuntos no faltan: corrupción en la clase política y empresarial, sueldos escandalosos en directivos de primer nivel, estafas, sueldos congelados (por años ya) a los funcionarios, discriminación laboral por cuestiones de género, puestos de trabajo y retribuciones precarias… Todo ello, pecado estructural no suficientemente condenado.

Se impone una mística de ojos abiertos; de cercanía a las víctimas y de denuncia de los opresores. Somos llamados a construir también el Reino de Dios en medio de las realidades más complejas de la vida y, por ende, en el mundo del trabajo.

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