Posted On 15/12/2017 By In portada, Reforma protestante With 1430 Views

Actualidad de la Reforma Protestante | Lidia Rodríguez Fernández

1.         Introducción

Para la empresa de juguetería Playmobil, celebrar la Reforma está siendo de lo más rentable. El “pequeño Lutero” se convirtió en febrero de este año en “la venta más rápida de la historia”, ya que en menos de 72 horas se agotaron los 34.000 ejemplares que conformaban el primer lote.[1]

Según cifras oficiales, la Iglesia luterana alemana ha invertido más de 23 millones de euros en la celebración de su Kirchentag o Día de la Iglesia el mayo pasado, de los cuales 11 millones fueron subvencionados por diferentes organismos públicos.[2] La escenificación en Berlín fue un tour de forcé con la sociedad alemana, profundamente secularizada, y todavía más si cabe en las localidades icónicas de la biografía de Lutero –las Lutherstädte como Wittemberg–, que hasta hace veintinueve años formaban parte de la República Democrática Alemana, en la órbita de la comunista Unión Soviética.

Pero, ¿qué sentido tiene celebrar el 31 de octubre de 1517 para nosotros/as, protestantes y evangélicos vascos, gallegos, catalanes, andaluces…? Para la inmensa mayoría de las iglesias protestantes y evangélicas, Lutero no es más que un lejano recuerdo del pasado –¡si es que lo es!–, casi irrelevante para nuestros modos de pensar, de hacer y de estar en el mundo. Y, lo que es igualmente importante, ¿qué valor real tiene la Reforma Protestante para la sociedad de la que formamos parte?

Debemos caer en la cuenta de que la Reforma Protestante trasciende el siglo XVI –la compleja transición del paradigma medieval a la Edad Moderna–; trasciende a sus protagonistas –Martín Lutero (1483-1546), Thomas Cranmer (1489-1556), Ulrico Zwinglio (1484-1531), Juan Calvino (1509-1564) y tantas mujeres olvidadas, como Argula von Grumbach (1492-1554), Marie Dentière (ca. 1495-1561), Caterina Zell (1497-1562), Caterina von Bora (1499-1552) o Isabel Dirks ((¿?-1549)–; trasciende incluso las controversias teológicas que se produjeron –la polémica en torno a las indulgencias, las críticas al poder temporal del papa, etc.–.

Historiadores, sociólogos, antropólogos y teólogos coinciden en afirmar que la Reforma –mejor dicho, las Reformas, como apuntaremos en breve– trajeron consigo notables transformaciones espirituales, culturales, sociales, e incluso políticas, que en principio no formaban parte de la agenda de los reformadores. No hay duda de que, sin la Reforma Protestante, nuestra sociedad occidental habría tomado otros derroteros y sería muy diferente en la actualidad. Los cuatro principios teológicos que guiaron la Reforma –Sola Fide, Solus Christus, Sola Gratia, Sola Scriptura–, no solo tuvieron una importancia inimaginable a la hora de redefinir la fe y la espiritualidad de aquellos hombres y mujeres, sino que también tuvieron consecuencias para la sociedad de su tiempo… y para la nuestra. La tematización teológica de los argumentos esgrimidos por los reformadores expresaba preocupaciones e intereses muy humanos que cayeron en suelo fértil, y sus demandas no quedaron circunscritas entre sus contemporáneos al ámbito estrictamente religioso. Los principios de la Reforma orientaron las decisiones políticas y los comportamientos éticos de sus protagonistas y siguen orientando los de quienes nos sentimos sus herederos/as hoy. Lo que nos enseña la historia de los orígenes de este movimiento es que no es posible hacer teología al margen de la sociedad, que no es posible creer sin que nuestra fe no tenga efectos sobre la realidad, por lo que es muy importante tomar conciencia de las consecuencias de nuestras creencias.

La bibliografía dedicada a la “historia de la influencia”[3] de la Reforma Protestante en occidente es amplísima y recorre diferentes disciplinas, desde la sociología a la psicología, pasando por la economía. Pero, por la limitación de espacio, a continuación solo resaltaremos dos de esas consecuencias de gran calado que se traducen en valores ciudadanos para nosotros/as hoy.

2.         Una celebración y puesta en valor de la diversidad

La elección de la fecha del 31 de octubre se debe a un acontecimiento simbólico protagonizado por el entonces monje agustino Martín Lutero, el cual puso en marcha un movimiento que, en opinión del teólogo católico H. Küng, fue capaz de aglutinar los anteriores movimientos reformistas fracasados en torno a su figura carismática. Küng llega a afirmar con rotundidad que

Sin Martín Lutero no habría Reforma en Alemania.[4]

La hagiografía y la leyenda –más que la historiografía propiamente dicha– narran que el 31 de octubre de 1517 Lutero clavó sus famosas 95 tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittemberg. El profesor de Nuevo Testamento no hacía más que seguir la costumbre de la época, según la cual en la Universidad se hacían públicas las opiniones clavándolas en la puerta de la iglesia, y de este modo se abría el debate a todo el que deseara participar. Sus críticas, como afirma H. Küng, cayeron en un suelo fértil, mucho más fértil de lo que Lutero imaginó. Ese aparentemente inofensivo gesto de clavar un papel en la puerta de la catedral de Wittenberg supuso el comienzo simbólico de un movimiento de Reforma que se inspiró en cuatro sencillos principios: sola gracia, sola fe, solo Cristo, sola Escritura, del que muchas Iglesias protestantes y evangélicas son herederas hoy.

Ahora bien: como apuntábamos en la introducción, quienes protagonizaron el proyecto reformista fueron varios teólogos con desarrollos en ocasiones independientes y con profundas divergencias entre sí: el propio Martín Lutero en los estados alemanes, Thomas Cranmer en Inglaterra, Ulrico Zwinglio en Zúrich o Juan Calvino en Francia. Ni qué decir de tantas mujeres de toda condición social –pertenecientes a la nobleza, a la incipiente burguesía e incluso al campesinado–, que abrazaron con entusiasmo los ideales de la Reforma, algunas de ellas mencionadas arriba. Estas mujeres encontraron en el recuperado mensaje del Evangelio de Jesucristo claves para repensar los roles tradicionales que venían desempeñando en la sociedad y en la Iglesia de su tiempo. Sin las esposas de los ministros, como Caterina von Bora, que hicieron de su hogar un lugar de servicio a la iglesia; sin las activistas, como Argula von Grumbach, que pusieron su fortuna y su influencia al servicio de los reformadores; sin las maestras y predicadoras, como Caterina Zell, que formaron a los primeros conversos protestantes; sin las mártires, Isabel Dirks, que dieron su vida por causa del evangelio, el movimiento reformado no habría alcanzado la popularidad que logró en las primeras décadas del siglo XVI.

Además, la Reforma se fue abriendo camino en oleadas sucesivas, de ahí que se hable de 1) la Primera Reforma, en alusión a movimientos en realidad anteriores como los Valdenses, que surgieron en el último tercio del siglo XII; o las figuras de Juan Wycliff (ca. 1320-1384) y Juan Huss (1370-1415), condenados en el concilio de Constanza (1414-1418) como herejes;[5] 2) la Reforma Magisterial, en referencia a luteranos y calvinistas; 3) o la Reforma Radical. La mayoría de quienes nos hemos reunido somos herederos directos de esta última oleada que es, paradójicamente, el sector más desconocido del mundo protestante en la actualidad. Se conoce por Reforma Radical o ala izquierda de la Reformathe left wing of the Reformation, expresión de R. H. Bainton– a diversos movimientos que se originaron en Zúrich hacia 1525, en el entorno de los discípulos de Zwinglio, decepcionados a causa de la lentitud con que se estaba llevando a cabo la reforma oficial. Es el caso de los anabautistas, quienes defendían el bautismo de adultos como el único bautismo auténtico; sus adversarios criticaron la práctica de rebautizar –de ahí el nombre en origen despectivo de anabautistas–.[6] Algunos derivaron en grupos armados violentos, como los encabezados por Thomas Müntzer (1489-1525), protagonistas de las “guerras campesinas alemanas” (1523-1526), cuando la comprensión de la “libertad cristiana” como rechazo de las injusticias infundió esperanza a miles de campesinos desposeídos y sometidos al poder feudal de sus señores. Otros, declaradamente irenistas, sufrieron la represión de católicos y protestantes a partes iguales.

Así, a los primeros movimientos reformadores mencionados le siguieron otros que con el paso de los siglos han ido añadiendo mayor complejidad al esquema de las familias protestantes y evangélicas. El pietismo surgió en el siglo XVII en la Europa central y prolongó su influencia a lo largo del siglo XVIII hasta concretarse en el XIX en la aparición de varios grupos o denominaciones que se derivan históricamente del mismo. Se produjeron intentos sucesivos de “reformar la Reforma” dentro de las grandes familias protestantes, como los protagonizados dentro del Anglicanismo: 1) por los bautistas en el seno del puritanismo inglés del siglo XVII, fuertemente influidos por los menonitas; 2) por el predicador John Wesley (1703-1791), fundador del Metodismo en el siglo XVIII; 3) o por las Asambleas de Hermanos en Irlanda y la Inglaterra del siglo XIX.

Mención especial por su influencia en la configuración de ese mapa merece la implantación del movimiento pentecostal a partir de los años 80 y 90 del siglo pasado. El pentecostalismo es un movimiento nacido en el seno de las Iglesias protestantes norteamericanas de poco más de cien años de antigüedad, que terminó por configurarse en una serie de grupos o denominaciones propias que en origen provenían de tradiciones diversas, de ahí que en la actualidad encontremos énfasis teológicos y culturales muy variados en su seno. Al margen de las denominaciones pentecostales, a partir de 1960 surgen individuos, iglesias e incluso denominaciones que aceptan parte de las creencias referidas al Espíritu Santo y asumen la liturgia de las iglesias pentecostales,[7] aunque sin dejar de pertenecer a su denominación originaria y sin renunciar a su propia tradición y singularidad.[8]

En consecuencia, habría que hablar, más que de Reforma, de Reformas, ya que desde sus comienzos la Reforma fue un fenómeno intrínsecamente plural y diverso que paulatinamente ha dado lugar a la amplia constelación de denominaciones, iglesias y grupos evangélicos que configuramos el complejo mapa del Protestantismo actual, formado por iglesias y comunidades que coincidimos en unos cuantos principios básicos como la sola Scriptura, la salvación por la sola fe o la centralidad de Jesucristo, pero con énfasis característicos divergentes.

Aquí radica una de las aportaciones más importantes que podemos hacer a nuestra sociedad, una sociedad necesitada de ejemplos concretos de encuentro, diálogo y reconciliación entre quienes piensan, creen y sienten de modo distinto. La celebración del 500 aniversario de la Reforma Protestante solo tiene sentido hoy si la convertimos en una nueva oportunidad para encontrarnos y reconocernos como hermanos/as en aquello que une a todos los cristianos y cristianas: la dependencia de la gracia salvadora de Dios, la centralidad de las Escrituras como fundamento de la teología y de la ética, y la centralidad de Cristo crucificado y resucitado para la espiritualidad humana.

Somos conciudadanos en una sociedad que demasiadas veces crea identidades uniformes, monolíticas, que acentúan las singularidades, levantan muros y se fundamentan en el exclusivismo. Frente a quienes presumen ser los depositarios de la verdad absoluta e inmutable, como sociedad, estamos llamados a escuchar y comprender profundamente la “verdad del otro”, a dejar que resuene en nuestro interior, porque la verdad de ese “otro” puede ocultar una verdad implícita también para nosotros/as. De todos/as depende que las amenazas del fundamentalismo y del integrismo no den al traste con la convivencia que tanto nos ha costado construir colectivamente.

Los protestantes y evangélicos deberíamos ser los primeros en poner en valor la diversidad, porque para nosotros/as es un don del Espíritu, no un mal inevitable que erosiona la convivencia o las identidades individuales o colectivas. Deberíamos ser los primeros en defender que la pluralidad es un signo de vitalidad y el resultado coherente del ejercicio de la libertad de conciencia, en tanto que valor inalienable que permite que cada uno de nosotros/as encuentre a Dios siguiendo su propio camino y reconozca los caminos que otros también emprendieron. Esto nos conduce a la importancia de la segunda aportación actual de la Reforma que quiero compartir con todos/as ustedes.

3.         Una celebración y puesta en valor de la libertad

Es cierto que los escritos de Martín Lutero apuntan a que en el origen de su actuación se encuentra una intención estrictamente teológica, de orden eclesial. El concepto de “libertad cristiana” de Lutero se establece en términos espirituales e individuales, influido por los largos años de lucha interior ante la imagen de un Dios airado y en confrontación con el sistema de indulgencias que explotaba económicamente los medios de salvación. El monje agustino se presenta como un teólogo cristiano y no como un pensador interesado en asuntos políticos, ya que las coordenadas de su reflexión son exclusivamente bíblicas y teológicas, tal y como demuestran sus escritos. En las charlas de sobremesa, en las cartas a sus allegados o en los sermones, Lutero se auto-percibe, fundamentalmente, como un cristiano, como un hombre de fe que confía en la gracia inmerecida de Dios que le libera del pecado y sus consecuencias. Leemos:

No tengo nada y no soy nada, a no ser que me puedo casi gloriar de ser cristiano.[9]

Pues a mí, maldito, pobre, indigno y miserable pecador, Dios, Padre de toda misericordia, me confió el Evangelio de su querido Hijo, haciéndome fiel y veraz, y hasta ahora me ha mantenido y fundado en él…[10]

Dicho lo cual, no es menos cierto que su protesta contra el poder temporal del papa, sus reflexiones sobre la libertad del cristiano o su reivindicación de la vida ordinaria produjeron un profundo impacto en el imaginario social y promovieron cambios que han pervivido hasta hoy. El concepto luterano de “libertad” tuvo importantes efectos que afectaban directamente a la forma de entender la acción política, y la personalidad pública que fue Lutero hizo que se instrumentalizara su figura, proyectando sobre él toda suerte de anhelos libertarios. Leemos al historiador Thomas Kaufmann en su última obra traducida al castellano, una biografía del reformador:

Algunos caballeros imperiales lo saludaron como abogado de su lucha contra la supremacía de los príncipes territoriales y por la libertad alemana; algunos burgueses vieron en él a un simpatizante de su batalla por la autonomía de las ciudades; algunos campesinos vieron en él a un garante de sus exigencias en pos de la justicia social…[11]

En sus escritos de 1520,[12] un año trascendental para la historia de la Reforma, Lutero enfatiza la libertad del “hombre espiritual” para obedecer al evangelio, la libertad de una conciencia informada y conformada por las Escrituras. En La cautividad babilónica de la Iglesia, Lutero reflexiona en el apartado dedicado al bautismo sobre la liberación que este sacramento produce en todo cristiano. Leemos:

Esta es la libertad, ésta la conciencia que proclamo con confianza. A los cristianos no les pueden imponer leyes en justicia hombres ni ángeles, a no ser en la medida en que los mismos cristianos lo deseen; estamos totalmente liberados. Si fueren impuestas algunas, se soportarán de forma que siempre quede a salvo la libertad de conciencia para darse cuenta y afirmar con seguridad que se les está infiriendo una injuria que soportan con gloria, y siempre tratando de no justificar la tiranía por miedo a no criticar al tirano.

Como podemos apreciar, la trascendencia pública de tales afirmaciones es evidente: las reflexiones teológicas se convierten en preocupaciones e ideales políticos…

La confrontación de la conciencia individual ante Dios, tal y como la vive Lutero en su propia experiencia vital y la expresa en sus escritos, marca una nueva forma de enfrentarse al poder que es contrario al evangelio, legitimada teológicamente a partir de la “libertad cristiana”. La resistencia ante la considerada “idolatría papista” será para los protestantes ingleses inseparable de la resistencia frente a la tiranía política. La famosa sentencia de Jesús “Dad al Cesar lo que es del Cesar, y a Dios lo que es de Dios” (Marcos 12,17) será para los puritanos ingleses el contrapunto a la divinización del poder del rey como “cabeza de la Iglesia”.

La libertad de conciencia en la Iglesia y frente a la Iglesia servirá de escuela para las libertades políticas en los países mayoritariamente protestantes. Las acciones del cristiano liberado por Cristo ya no se miden necesariamente por su adecuación con las leyes establecidas, ni por su correspondencia con la opinión pública en general o con las consignas de un partido político, en particular. La libertad de conciencia se postulará como un derecho frente al Estado, legitimando la participación ciudadana y los movimientos de resistencia y objeción de conciencia.

Por otra parte, el tan criticado pesimismo antropológico protestante, que concibe al ser humano como un ser pecador, caído, favorecerá los principios democráticos que limitan el poder político mediante mecanismos de control y equilibrio diversos, fórmulas que van desde los sistemas parlamentarios actuales a diferentes formas de federalismo.

Aquí radica otra de las aportaciones más importantes que podemos hacer a nuestra sociedad, una sociedad necesitada de ejemplos concretos de la defensa pacífica de los derechos y las libertades individuales y colectivas. Empleando unas palabras que pronunciara el teólogo argentino José Míguez Bonino (1924-2012) hace ya más de treinta años, la celebración del 500 aniversario de la Reforma Protestante solo tiene sentido hoy si…

…–y en la medida que– logre recapturar el papel subversivo que realizó en el pasado, pero en la situación radicalmente distinta en la que hoy nos hallamos.[13]

Los protestantes y evangélicos deberíamos ser los primeros en poner en valor la defensa de la libertad de conciencia y sus consecuencias, porque hemos transitado esos mismos caminos de liberación que abrieron quienes vivieron la fe desembarazándose del lastre que siglos de exigencias institucionales habían colocado sobre sus hombros, con la “conciencia cautiva de la Palabra de Dios”, tal y como dijera Lutero de sí mismo en la Dieta del Sacro Imperio Romano Germánico celebrada en Worms (Alemania). La hagiografía –más que la historiografía propiamente dicha–[14] nos cuenta que, forzado a retractarse de sus escritos ante el emperador Carlos V, el todavía monje agustino afirmó el 18 de abril de 1521 lo siguiente:

Como Vuestra Majestad y Vuestras Mercedes, Señores Príncipes Electores y Príncipes desean una contestación sencilla, simple y precisa, daré una respuesta que no tenga ni cuernos ni dientes, a saber, salvo el caso de que me venzan y me refuten con testimonios de las Sagradas Escrituras o con argumentos y motivos públicos, claros y evidentes –puesto que no creo ni al papa ni a los concilios solos, porque es manifiesto y patente que han errado frecuentemente y se han contradicho a sí mismos– y como yo con los pasajes citados y aducidos por mí estoy convencido y mi conciencia está ligada a la Palabra de Dios, no puedo ni quiero retractarme, porque no es seguro ni aconsejable hacer algo contra la conciencia. Aquí estoy [el énfasis es mío], no puedo proceder de otra manera. ¡Que Dios me ayude! Amén.

Los protestantes y evangélicos deberíamos ser los primeros en defender el derecho al inconformismo, a la resistencia no violenta, a la objeción de conciencia que lucha por un mundo mejor. No puedo dejar de citar a otro Martín Lutero, en este caso el pastor bautista y premio Nobel de la Paz Martin Luther King (1929-1968), posiblemente el líder y activista más conocido del Movimiento por los Derechos Civiles en Estados Unidos. En su larguísima “Carta desde la cárcel de Birmingham” (16 de abril de 1963), MLK responde a las críticas de extremismo vertidas contra él en una carta pública elaborada por ocho líderes religiosos[15] de Alabama tras ser detenido y encarcelado después de una protesta no-violenta en contra de la segregación racial:

…aunque me molestó inicialmente el calificativo de extremista, a medida que iba pensando sobre el tema fui sintiéndome más y más satisfecho con esa etiqueta. ¿Acaso no fue Jesús un extremista del amor: “Amad a vuestros enemigos; perdonad a los que os insultan; haced el bien a los que os odian y rezad por los que sin piedad abusan de vosotros y os persiguen”? ¿Y no era Amós un extremista de la Justicia: “Dejad que la justicia discurra como el agua y que la equidad corra como un inagotable manantial”? ¿No era Pablo un extremista del Evangelio: “Llevo en mi cuerpo las señales de nuestro Señor Jesucristo”? ¿Y no era Lutero un extremista: “Me mantengo en mis palabras; no puedo obrar de otra manera: que Dios me ayude”? ¿Y John Bunyan: “Permaneceré en la cárcel hasta el fin de mis días antes que destruir mi conciencia”? […]

Así que la cuestión no es si debemos ser extremistas, sino qué tipo de extremistas debemos ser. ¿Seremos extremistas del odio o del amor? ¿Seremos extremistas de la preservación de la injusticia o de la difusión de la Justicia? […] Quizás el Sur, la nación y el mundo necesitan desesperadamente extremistas creativos.

Sus anhelos de justicia y libertad nos conducen directamente a la conclusión de esta breve reflexión sobre la actualidad –y relevancia– de la Reforma Protestante para la Iglesia y la sociedad de hoy–.

4.         Conclusión. Semper reformanda

¿Cuál es, en definitiva, la fundamentación última de cualquier actuación que pretenda anclarse en las intuiciones de los reformadores del siglo XVI? La razón fundamental para la celebración del 500 aniversario de la Reforma Protestante, tanto para quienes profesamos esta fe como para la ciudadanía en general, es que la Reforma sigue pretendiendo ser un proyecto de transformación a la espera de un mundo mejor. Hace 500 años, la Reforma supuso un giro copernicano en el quehacer teológico que el teólogo alemán Paul Tillich denominó “el principio protestante”. No es una mera doctrina, ni siquiera es la doctrina central del protestantismo, sino que va mucho más allá: “[e]s el criterio último de toda experiencia religiosa y toda experiencia espiritual; yace en su base, estando o no consciente de ello”. Citamos a Tillich:

El principio central del Protestantismo es la doctrina de la justificación por la gracia, lo cual significa que ningún individuo y ningún grupo humano puede pretender una dignidad divina por los logros morales, por su poder sacramental, por su santidad, o por su doctrina. Si, consciente o inconscientemente, ellos pretenden tal cosa, el Protestantismo exige que sean desafiados por la protesta profética, que da a Dios solamente la absolutez y la santidad y niega cualquier pretensión de orgullo humano. […][16]

El principio protestante es el juicio a toda realidad religiosa y cultural, incluyendo la religión y cultura que se denomina a sí misma “protestante”.[17]

Tillich sigue diciendo

El cristianismo es definitivo en la medida en que tiene el poder de criticar y transformar cada una de sus manifestaciones históricas; y este poder es, precisamente, el principio protestante.[18]

El teólogo critica a la religión vinculada al statu quo, esa que sacraliza la realidad y renuncia a la transformación social, y por ello establece una clara distinción entre “el principio protestante” y “el protestantismo” en tanto que realización histórica, coyuntural y por tanto provisional. Las iglesias protestantes y evangélicas no agotamos “el principio protestante”. Esta auto-comprensión posibilita el gran principio reformado de ecclesia reformata semper reformanda, “iglesia reformada en permanente reforma”, con la conciencia clara de que vivimos inmersos en el “ya, pero todavía no”.[19] No es casualidad que el famoso eslogan latino naciera en el siglo XVII, un siglo después del entusiasmo inicial de las Reformas.[20] Llegado el cansancio y la desilusión, la expresión ecclesia reformata semper reformanda insiste en que la Iglesia debería seguir auto-examinándose constantemente y renovarse en la autenticidad de la doctrina evangélica. Esta manera de concebir la Iglesia cristiana posibilita la necesaria autocrítica y nos reafirma en la necesidad de una continua revisión, actualización y transformación de nuestras creencias y prácticas para responder desde la fidelidad a la Palabra a los nuevos retos y desafíos que cada generación trae consigo.

¿Cuáles serían, entonces, las 95 tesis que necesitaríamos clavar hoy en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg? Permítanme que clave las tres primeras…

1) En esta sociedad de mercado, donde todo parece tener precio y hasta lo más sagrado está en venta, protestantes y evangélicos proclamamos que el perdón de Dios no lo está. Que la gracia ofrecida en Jesús es gratuita, y que ese don entregado libremente nos da la posibilidad de salir de la lógica de la retribución, del intercambio que define el do ut des, para entrar en una economía gratuita del don, del puro amor a cambio de nada.

2) Ante el reto ecológico, protestantes y evangélicos proclamamos que somos parte de la creación, una creación que gime y sufre dolores de parto (Romanos 8,22) debido a nuestra codicia. Que esta tierra devastada, saqueada y contaminada no es un bien de consumo, y que nuestra tarea es mantenerla para las futuras generaciones, vivir con ella y crecer con ella, a la espera “de nuevos cielos y nueva tierra” (Apoc 21,1; cf. Is 65,17).

3) En medio de tantos pueblos sufrientes donde se siguen conculcando los derechos fundamentales, protestantes y evangélicos proclamamos que nuestro lugar está junto a la cruz, es decir, junto a las víctimas y los todavía perdedores de la historia, porque la búsqueda de la justicia no termina con la promulgación de leyes justas, sino que nuestro horizonte es la misericordia que busca la igualdad, la paz y la libertad de Jesús, que va más allá de las leyes humanas.

En definitiva, la actualidad de la Reforma se muestra en el potencial crítico que el Crucificado y Resucitado tiene para cuestionar, no solo la sociedad de nuestro tiempo, sino –sobre todo– la respuesta que el pueblo de Dios dé a su llamada.

Soli Deo Gloria.

____________

[1] El primer lote se puso a la venta el pasado 6 de febrero.

[2] https://www.kirchentag.de/ueber_uns/finanzen.html.

[3] Las expresiones castellanas “historia efectual”, “historia de los efectos” o “historia de la influencia” traducen el término alemán Wirkungsgeschichte, tomado de la hermenéutica filosófica de Gadamer.

[4] http://www.iglesiabautista.org/articulos/view/?id=31.

[5] Los orígenes de la Reforma se encuentran ya en el siglo XIV, en los movimientos de John Wyclif (1320-1384) y Jan Hus (1369-1415); ambos denunciaron la venta de indulgencias y los abusos que su práctica originaba, cuestión que dio comienzo al movimiento reformador de Lutero. En el siglo XVI se sumará el Humanismo, con Erasmo de Rotterdam (1466-1536) como máximo exponente. Su obra Enchiridion de 1503 supone un giro hacia la espiritualidad bíblica que influirá en el caso de los mal llamados luteranos españoles, que en realidad beben directamente del humanismo erasmista. Erasmo prepara una edición griega y latina del NT, y aboga por cambios muy similares a los que defenderá Lutero.

[6] Cf. R. H. Bainton, Roland H., “The left wing of the Reformation”, Studies on the Reformation, Mass, Boston, 1963; Yoder, John Howard (ed.), Textos escogidos de la reforma radical, La Aurora, Buenos Aires, 1976; Williams, George H., La reforma radical, Fondo de Cultura Económica, México, 1983; Estep, William R., The Anabaptist Story: An Introduction to Sixteenth-Century Anabaptism, 3ª ed., Eerdmans, Grand Rapids, 1996; Weaver, J. Denny, Becoming Anabaptist. The Origin and Significance of Sixteenth-Century Anabaptism, 2ª ed., Herald Press, Penssylvania-Ontario, 2005.

[7] De ahí que al comienzo se les denominara “neo-pentecostales”.

[8] La penetración de las doctrinas pentecostales comenzó en la iglesia Episcopal de EE.UU., aunque muy pronto iglesias bautistas, luteranas, menonitas, metodistas y presbiterianas se adscribieron a esta corriente.

[9] “Ego veo nihil habeo et sum, nisi quod Christianum ese me prope glorier” (WA 18,786,25s). Citado en Thomas Kaufmann, Martín Lutero, 18.

[10] Ibid.

[11] Id., 11.

[12] A la nobleza cristiana de la nación alemana, La cautividad babilónica de la Iglesia y, por último, La libertad cristiana.

[13] J. Míguez Bonino, “Historia y misión. Los estudios históricos del cristianismo en América Latina con referencia a la búsqueda de liberación”, en VV.AA., Protestantismo y liberalismo en América Latina. San José, DEI-SBL, 1983, 31.

[14] El texto del discurso, cuyo fragmento recogemos aquí, no fue redactado por Lutero. Inmediatamente después de la celebración de la Dieta de Worms se publicó como una hoja volante y se incluyó en un folleto más amplio con evidentes fines propagandísticos a favor del rebelde Lutero.

[15] Los religiosos que firmaron la carta fueron los obispos C. C. J. Carpenter, Joseph A. Durick, Paul Hardin y Holan B. Harmon, el rabino Hilton L. Grafman, y los reverendos George M. Murray, Edward V. Ramage y Earl Stallings. Martin Luther King les respondió con esta carta abierta, cuyo título original era “A Call for Unity”, “Una llamada a la unidad”. El texto fue publicado como “Carta desde la cárcel de Birmingham” por The Christian Century el 12 de junio de 1963.

[16] P. Tillich, La era protestante. Paidós, Buenos Aires, 1965, 236, cf. 331s.

[17] Id., 173.

[18] Id., 26.

[19] La fórmula teológica “ya, pero todavía no” se debe a Óscar Cullmann, quien en su clásico Cristo y el tiempo (Barcelona 1967) describe con estas palabras la tensión escatológica que se produce entre lo que ya podemos experimentar del reinado de Dios en la historia humana, y lo que todavía no se ha realizado.

[20] Con toda probabilidad, la expresión nace en el seno de la tradición reformada holandesa. Jodocus van Lodenstein (1607-1678), un teólogo holandés, parece ser el primero que formuló la idea en su formato actual.

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