Posted On 25/11/2013 By In Opinión With 1453 Views

Altar, ateneo, atrio… ¡Lupa Protestante!

Sabido es que toda regla tiene una excepción, salvo aquellas que nos moriremos sin haberlas visto ceder a la bendita irregularidad. El periodismo religioso, un campo sermonístico mayormente grave, espeso y tirando a triste, tradicionalmente teledirigido desde altos despachos eclesiásticos para la preservación del dogma de turno frente a cualquier atisbo de “contaminación” del trabajo de búsqueda de la verdad informativa de los periodistas, es uno de ellos.

Lupa Protestante nació con esa intención. Ir contra corriente en la jungla digital, en la que, salvo muy contadas excepciones, “medio religioso” equivale a… “más de lo mismo”: sermones impresos y comunicación corporativa que con más frecuencia aun que en las relaciones públicas se encuadra directamente en la propaganda religiosa.

De ahí nace el ancestral desencuentro entre religión y periodismo.

La religión entendida como guardiana de la ortodoxia, la sana doctrina, la recta moral, la fe del carbonero, etc., está instalada en el dogma, la inerrancia, las verdades absolutas, la infalibilidad, la ‘resignación cristiana’, el monólogo, las respuestas de catecismo a preguntas que escribieron los mismos que se responden pero que mírese por dónde el hombre o la mujer de la calle no necesariamente nos hacemos.

Más aun: a veces, confesémoslo, ni sabíamos que existieran tales preguntas. No hace mucho leí que hay que salir a la calle a evangelizar a bibliazo limpio.

Para el periodista que entiende su oficio como un apostolado laico de búsqueda de la verdad informativa desde un estado de sospecha permanente, no puede haber más dogma que la propia incertidumbre, para lo que ha de estar siempre de guardia a la busca de la verdad informativa. Si no puede preguntar los qué, quién, cuándo, dónde, cómo y por qué, porque ya le dan el comunicado oficial listo para publicar, hemos de convenir en que el altar es espacio de recogimiento y adoración, pero no de trabajo.

Me cupo el honor no solo de colaborar muy activamente los primeros heroicos años de andadura, sino incluso de ser consultado sobre el propio nombre de la cabecera: Ignacio Simal se había inspirado en una columna con el nombre de La lupa que mantuve por más de las doscientas semanas que duró icp-e.org, precursora de Protestante Digital, donde dejé de usar el nombre que tenía que consolidarse y crecer en la cabecera de Lupa Protestante. Fue un gran honor haber ‘cedido’ el nombre a esta cabecera, que dirige con aplomo Joana Ortega.

¿Para qué sirve una lupa? Pues para acercarnos a los objetos y poder explorar la geografía íntima de su textura, los detalles más recónditos de su dibujo, la sutil anatomía del registro cromático. El universo de lo pequeño, la dimensión macro de las cosas visibles y en el sentido virtual también las latentes, se nos muestran con cartográfica exacta precisión en el ocular de la lupa. Cuentahilos lo llamamos en el argot de las artes gráficas.

Me encantaría encontrar razones para desdecirme de lo que llevo tiempo diciendo y escribiendo a propósito de que religiones y periodismo no se llevan bien. El desencuentro es más que evidente. Me refiero, claro, a las religiones como instituciones, los despachos eclesiásticos; y al periodismo independiente, el que publica las cosas que alguien no quiere que se publiquen, pues lo demás son relaciones públicas o, en el caso del periodismo religioso, el que se resiste con uñas y dientes a hacer de mera correa de transmisión de las consignas de turno.

Deber del comunicador profesional de la prensa, ya digo, es estar instalado en la sospecha y la incertidumbre, para lo cual su pulsión natural no puede ser otra que la de tener en todo momento activados los cinco sentidos del periodista que dejó definidos Kapuscinski: estar, ver, escuchar, compartir y pensar.

Poco que ver con el ADN del profesional al uso de las religiones, formado para militar en el terreno de las verdades incuestionables, las certezas absolutas, los dogmas, las consignas de cruzada.

Suerte que tienen los creyentes de que los periodistas no nos metemos a predicadores, porque el caso contrario de intrusismo –que lamentablemente cada vez se prodiga más– alcanza en ocasiones cotas ciertamente patéticas de reiteraciones de lo obvio. Un sermón jamás será un artículo de prensa. ¡No lo necesita! Cada cosa en su sitio y cada profesional a lo suyo.

Pero vele ahí que bajo la coraza de dogmas insondables y prédicas de catecismo sin turno de ruegos y preguntas, de repente se abre un resquicio a la reflexión, una ventana al aire fresco extramuros de iglesias, mezquitas y sinagogas. Al lado del férreo cliché de las verdades religiosamente correctas, léase innegociables, de repente aparece la aguja en el pajar: una teología con rostro humano que, por ilustrarlo gráficamente, pone a un lado el catecismo para enfrentarse al folio en blanco. Como pasar del altar al ateneo. Y de ahí al atrio.

En el altar impera el silencio –lo cual por otra parte está requetebién cuando lo que se busca es el recogimiento y la adoración. Pero así como el flujo sanguíneo tiene sístole y diástole y para respirar hay que inspirar primero el aire, el hecho de llevar la reflexión teológica al ateneo es una necesidad incuestionable.

El ciclo culmina al abrir la puerta de la comunicación al atrio, la bendita salida natural al debate teológico para gloria informativa de la grey al tiempo que benéfica mano de santo para que el debate del pensamiento teológico no se convierta en un bucle de circuito cerrado.

Pues ahí está Lupa Protestante. Aleluya. Un espacio abierto a la reflexión, una hoja en blanco que cada articulista va escribiendo con cada nuevo artículo. Ya iba siendo hora que el “corta y pega” de catecismos y tratados de teología por imperativo de la infalibilidad de turno empezara a tener contestación… Como autor, me impresiona esa responsabilidad, pero como lector no dejo de admirarme del nivel de los artículos de autores de primerísima línea, la sabiduría de la directora en dirigir y last but not least, el talante de un medio que lleva ocho años peleando sin desmayo por una sed de las causas más nobles y perentorias: hacer atractiva la teología.

Cada medio en su campo, de Lupa Protestante digo lo mismo que escribí hace unas semanas para Protestante Digital con motivo de la celebración de los diez años de este medio, Medicina milagrosa contra el aburrimiento: “Es posible hacer buen periodismo religioso”, en este caso, de “teología, Biblia y opinión en la red”.

Una cuarta A eleva el triángulo altar–ateneo–atrio a la categoría redonda del cuadrado: ¡Aleluya!

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