Posted On 25/11/2015 By In Ecumenismo With 1486 Views

Amistad, amistad; más allá de los ecumenismos estrechos

Muchas veces he sido blanco de enconadas críticas por mis compromisos pastorales a favor de la unidad de las iglesias. Soy pastor y teólogo bautista y, como tal, para muchos de mis amigos y amigas es sumamente criticable que participe en acciones conjuntas con la Iglesia Católica, que predique en iglesias que no son las de mi tradición denominacional o, peor aún, que trabaje en proyectos interreligiosos, así estos sean de corte social y solidario.

Así estamos: los evangélicos prefieren relacionarse con evangélicos, los católicos reunirse con católicos, los pentecostales congregarse con sus hermanos pentecostales y los neopentecostales celebrar con los fieles de su propia megaiglesia. Y lo más grave es que a esto lo llaman fidelidad a la sana doctrina, entereza teológica y lealtad cristiana. ¡Vea usted!

Hector P. TorresEn mi caso, aprendí muy temprano, en la convulsionada Colombia de los años 80, que la unidad no solo es deseable —como anhelo escatológico futuro—, sino necesaria y urgente —como proyecto misionero presente—, sobre todo si lo que buscamos como personas de fe es contribuir en la construcción de un mundo que se parezca más al mundo con el que sueña el Creador: justo, solidario y en paz (Shalom), donde nuestras diferencias confesionales no sean vistas como obstáculo, sino como una riqueza creativa para juntar las manos y servir en favor del sueño de la reconciliación, que es el sueño del Reino.

John F. Kennedy expresaba con lucidez: «Si no podemos poner fin a nuestras diferencias, contribuyamos a que el mundo sea un lugar apto para ellas». Kennedy no presumía de teólogo; fue lo que fue, pero ¡cuánto servicio nos presta su frase para una labor teológica y pastoral en medio de nuestro mundo plagado de hostilidades absurdas!

A propósito de mis opciones interconfesionales e interreligiosas, guardo como tesoro inapreciable las amistades que he hecho durante estos más de 35 años de peregrinaje a favor de la unidad; comencé muy joven, por allá en 1980. La amistad ha sido mi mejor recompensa: amigos y amigas de una iglesia y de la otra, gente con opiniones teológicas contrarias a las mías (pero gente, al fin y al cabo), hermanos y hermanas de diferentes confesiones y denominaciones que dicen lo que yo nunca diría y hacen lo que yo jamás haría (pero hermanos y hermanas, al fin y al cabo).

Mis convicciones bautistas, mis opciones evangélicas y mis principios cristianos han crecido a la par de mi vocación ecuménica (aunque, dicho sea de paso, nunca he sido miembro institucional de ningún organismo ecuménico). Sea la oportunidad de agradecerles a todos su espléndida amistad.

En estos días, mientras pensaba en estos temas, revisé en mi biblioteca un libro que me regaló con su autógrafo mi amigo el pastor Héctor P. Torres (ver fotografía adjunta); eso fue el año pasado mientras estábamos en Miami, en la Feria Cristiana de EXPOLIT. Héctor, para los pocos que no lo conocen, es uno de los pioneros en América Latina de la doctrina de la guerra espiritual, la cartografía de demonios, la teología de la prosperidad y otras especulaciones teológicas (perdón, Héctor). Ha escrito varios libros (algunos de ellos con Peter Wagner), ha ofrecido cientos de conferencias y predicado miles de sermones sobre esos temas. Poco tengo que ver con estas enseñanzas, pero mucho que hacer con gente como Héctor. Lo conocí hace muchos años; he discutido con él varias veces; trabajamos juntos en la creación de una red latinoamericana de oración. Pese a las diferencias, mantenemos la amistad; por encima de los desacuerdos teológicos, valoramos nuestra común vocación de servicio a las iglesias; él a su manera y yo a la mía. Nuestras divergencias no impiden nuestro afecto, ni las contrariedades el respeto mutuo.

Agustín de Hipona enseñaba: «En lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; en todo, caridad» [In necesariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas]. Y hoy, el nombre de la caridad es la amistad; amistad ecuménica que de testimonio del amor de Dios en todo. Amistad que vaya más allá de donde suelen ir los ecumenismos estrechos.

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