Posted On 25/08/2009 By In Libros, Opinión With 2036 Views

Anarquía y Cristianismo

Es de bolsillo, de pocas páginas y editado en castellano por una pequeña editorial mexicana. Se trata del libro Anarquía y cristianismo, del pensador y activista cristiano francés (1912-1994) Jaques Ellul. Fue publicado el año 2005 por Editorial Jus, y apareció originalmente en francés en 1988. Hace poco más de una década yo lo leí en su versión inglesa, la de Eerdmans Publishing Company. Considero que el radical y provocativo librito debiera ser estudiado con sensibilidad por quienes buscan tener bases bíblico teológicas del poder y la participación política. De la misma manera tendría que ser punto de referencia para los protestantes/evangélicos interesados en alcanzar altos puestos gubernamentales y ocupados en crear partidos políticos de pretendida orientación cristiana.

En México el filósofo, sociólogo y teólogo Ellul es poco conocido. Escritos suyos, sobre todo artículos, han sido publicados por revistas como la que dirigió Octavio Paz, me refiero a Vuelta. La mayor difusión de su pensamiento, entre lectores evangélicos, en América Latina fue la que hizo la Fraternidad Teológica Latinoamericana, cuyo número del Boletín Teológico dedicado al escritor de confesión reformada se convirtió en referencia obligada para una generación que estaba formando su marco teológico en un Continente convulsionado. Recuerdo las peripecias para tratar de conseguir títulos en nuestra lengua de la autoría de Ellul, entre ellos La sociedad tecnológica Editorial Labor, y La ciudad, Editorial La Aurora. Cuando alguien en nuestro grupo cristiano universitario lograba hacerse de una copia, los demás integrantes le urgíamos para que terminara de leerla y entonces pudiera pasar a manos y ojos de un nuevo e impaciente lector.

Ya dijimos que Jaques Ellul fue reformado, e incluso desde 1953 formó parte del Consejo Nacional de la Iglesia Reformada de Francia. Sin embargo su carácter reformado, es decir calvinista, fue atípico porque las ideas de Calvino no fueron, para él, cuerpo de creencias incuestionables o para ponerse en práctica a rajatabla. En muchos momentos su hermenéutica es anabautista, radical y contra las teologías protestantes que en el siglo XVI se plegaron al modelo de iglesias magisteriales y territoriales. No cabe duda que su calvinismo es distinto al de aquellos que se formaron en países donde esa confesión fue declarada oficial. Como francés, Ellul era consciente que su fe reformada era del tipo Iglesia de creyentes, de una minoría que desarrolla su vida cotidiana en un contexto hostil. Él mismo, al inicio de la obra que venimos comentando, nos dice que su compromiso de fe no fue resultado de una herencia eclesiástica: “Soy cristiano, no de origen ni de familia, sino por conversión… a partir de la conversión estamos comprometidos con cierto estilo de vida y por otra parte, con cierto servicio que Dios pide. Así, la adhesión a la fe cristiana no es de ninguna forma un privilegio en relación con las otras, sino una carga suplementaria, una responsabilidad, un trabajo nuevo.”

De lo que yo llamo el pensamiento reformado/anabautista, que desde las clasificaciones teológicas rígidas es un contrasentido y un despropósito, de Jacques Ellul encuentro nítida evidencia en otra obra suya –devastadora por su radical crítica al cristianismo institucionalizado que da la espalda al Evangelio- y en la que escribe, “Ahora bien: el pensamiento evangélico es lo opuesto exacto a esto (la tentación del poder, de ejercer la violencia y la dominación). Uno se hace cristiano únicamente por la conversión. Por la acción del Espíritu Santo se opera una mutación del hombre viejo, naturalmente perverso, y se hace de él un hombre nuevo. Sólo la conversión, y cuando es ésta consciente, reconocida, cuando hay ‘fe del corazón y confesión de la boca’, produce un cristiano. A este nuevo nacimiento, opuesto al nacimiento natural, lo confirma el signo exterior del bautismo que implicaba, al parecer, un reconocimiento expreso de la fe” (La subversión del cristianismo, Ediciones Carlos Lohlé).

Nuestro personaje fue profesor universitario, en Burdeos, y por ende participó en las polémicas ideológicas de los dos tercios finales del siglo XX. Se comprometió en los años de la ocupación nazi (1940-1944) con la resistencia y el régimen de Vichy lo despojó de su puesto en la universidad. Fue crítico de los totalitarismos, tanto fascistas como de izquierda. Muy temprano vio contradicciones en los marxistas que negaban la existencia de un nuevo autoritarismo, en nombre de la clase trabajadora, en la Unión Soviética. Pero su crítica del comunismo no significó integración a los puntos de vista que veían en la sociedad moderna y capitalista la mejor opción para el desarrollo de los seres humanos. Fue un duro crítico de esas sociedades, cuyo centro es la divinización de Mammón, y dejó constancia de ello en su libro Dinero y poder. Al mismo tiempo que su intensa actividad docente en la universidad, y su dedicación a la producción intelectual, que dejó más de cuarenta libros, Ellul fue un personaje comprometido con la comunidad de fe que se reunía en su casa, el grupo lo componían mayormente trabajadores y sus familias.

En Anarquía y cristianismo, Ellul desarrolla una incisiva crítica de los poderes políticos. Hace, a partir de una panorámica bíblica y no nada más a partir de algunos textos aislados, lo que podríamos llamar una desacralización del poder. Dice que su postura, además, tiene constante presencia en la historia cristiana, ya que aunque a veces muy disminuido siempre ha existido un anarquismo cristiano en todas las épocas. De nueva cuenta refiere al anabautismo del siglo XVI, al de perfil pacífico y contrario a la unión Iglesia-Estado, al que erróneamente se ha tenido por apolítico cuando era anarquista “con un matiz que citaré por ironía: Las ‘autoridades’ son enviadas por Dios como una plaga para castigar al hombre malo. Pero los cristianos, desde el momento en que se conducen bien y no son malos (¡!) no tienen porque obedecer en nada a las autoridades políticas, y deben organizarse en comunidades autónomas, al margen de la sociedad y los poderes” (la cita es tomada por Ellul del libro Christian Anarchy, de Vernard Eller)

Dado que existe una percepción popular y generalizada del anarquismo como sinónimo de exacerbado desorden y violencia, Ellul aclara de entrada su deslinde y se declara absolutamente pacifista y nos dice cuál es el hilo que corre por el cristianismo anarquista que proclama: “…implica primero la ‘objeción de conciencia’ a todo aquello que constituye nuestra sociedad capitalista (o socialista degenerada) e imperialista (por igual, sea burguesa o comunista, blanca, amarilla o negra).” Nos llama a desenmascarar los mecanismos de poder y dominio establecidos por toda organización humana, así como el derecho a denunciar su propaganda que reduce el pensamiento critico y pretende la uniformización intelectual.

Pero una cosa es la crítica a los poderes constituidos y otra un idealismo que lleva a crear imágenes románticas de los seres humanos, que serían capaces de organizarse socialmente sin principios de autoridad. Por cierto que es necesario redimir el concepto autoridad, que generalmente se concibe como control y dominio cuando, nos dice Fernando Savater, la palabra tiene un origen distinto y significa hacer crecer. Por lo tanto el anarquismo de Ellul, a la vez que una crítica de los poderes constituidos es un llamado a construir nuevos principios de autoridad lejanos a la jerarquización verticalista y dominadora, y en su lugar ir armando otros modelos de servicio. Por eso nos subraya que él “no cree en la sociedad anarquista pura, sino en la posibilidad de crear un nuevo modelo social… entre más aumente el poder del Estado y de la burocracia, más necesaria será la afirmación de la anarquía, única y última defensa del individuo, es decir, del hombre”.

El anarquismo por el que aboga Ellul se nutre de la Palabra, así lo deja en claro en el capítulo “La Biblia, fuente de anarquía”. El autor hace un estimulante recorrido por Las Escrituras, y demuestra, así lo considero, que la crítica del poder en la Biblia es una constante, lo mismo que el llamado para que en el pueblo de Dios no se divinice al poder ni a quienes lo detentan. En concordancia con John Howard Yoder, en su The Politics of Jesus, Ellul rescata la vía política de Jesús y establece su normatividad para los seguiodore(a)s del Cordero inmolado: “Todos los jefes de las naciones, cualquiera que sea la nación, cualquiera que sea el régimen político, las tiranizan. No puede haber poder político sin tiranía. A los ojos de Jesús es una evidencia y una certeza. En otras palabras, no hay poder político bueno cuando hay jefes poderosos… Jesús no aconseja salir de la sociedad e ir al desierto, sino permanecer dentro constituyendo comunidades que obedecen a otras reglas. Lo que se basa en la convicción de que no podemos cambiar el fenómeno del poder. Esto es de alguna manera profético si pensamos en lo que se convirtió la Iglesia tan pronto entró en el terreno político y comenzó a hacer política. Se corrompió por la relación con el poder como por la creación en ella misma de esas autoridades”.

Cuando en muchas iglesias protestantes/evangélicas existe una idealización del poder político y domina la ilusión de que la sociedad cambiará automáticamente con la llegada de los cristianos al gobierno, la lectura del libro de Ellul se vuelve una corriente de aire fresco que pudiera contribuir a diseminar tantos humos que nos impiden ver la dimensión real del mundo de la política y su ejercicio.


*Carlos Martínez García es sociólogo, escritor y miembro del Consejo Editorial de la revista «Espacio de Diálogo», publicada por la Fraternidad Teológica Latinoamericana de México. También es miembro del Centro de Estudios del Protestantismo Mexicano.

Publicado por P+D, 2006. Reproducido con permiso del autor

 

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