Posted On 09/02/2015 By In Biblia, Opinión, Pastoral With 10056 Views

Apasionados por el Reino de Dios

Todos los seres humanos somos pasionales; es decir, tenemos pasión por algo. Para unos puede ser el deporte; para otros, la naturaleza; para otros, la religión; para otros, el poder; para otros, la tecnología; para otros, la belleza, el sexo, el dinero… Insisto, todos somos pasionales o tenemos pasión por algo.

Llevado al terreno espiritual, a pesar de que las iglesias están llenas de personas que se confiesan cristianas o, por lo menos se consideran religiosas, me atrevo a afirmar que no todos los creyentes forman parte de ese linaje especial de los apasionados por el Reino de Dios. Son creyentes, asisten a los cultos de la iglesia, intentan mantener un buen testimonio, se llevan bien con sus vecinos, incluso dan limosna…, pero no viven apasionados por el Reino de los cielos.

Cuando hablo de pasiones me refiero a que todo el ser personal vibra, siente, se entusiasma y hasta padece por una idea o un proyecto. De hecho, la palabra “apasionar” está relacionada con “pasión” que viene del latín passio, es decir, acción y efecto de padecer, sufrir, tolerar. Por ejemplo, el amor no es solo un sentimiento positivo de afecto, atracción, cariño…, sino que incluye, además, pasión, es decir, capacidad de entrega, sufrimiento, sacrificio…

No vamos a entrar a valorar las razones por las que muchos cristianos no están apasionados por el Reino de los cielos; sería un tema muy rico en matices y aspectos psicológicos de la persona. Lo que me interesa en estos momentos es enumerar algunas de las señales que identifican a aquellos que están apasionados por el Reino de los cielos.

Pasión por las Escrituras. La Palabra está en la esencia de la existencia cristiana. Sin la Palabra no hubiera habido creación, ni hubiera existido salvación. Sólo a través de la Palabra conocemos la esencia de Dios y lo que ha hecho a favor de la humanidad.

Por eso, los que están apasionados por el Reino de Dios tienen, también, pasión por la Palabra y desean conocerla cada vez más; la meditan, la escudriñan, la estudian, la cuestionan, si cabe, para detectar la esencia de la verdad, la interiorizan, la viven, la proclaman… Todo ello genera cambios en el interior de modo que, poco a poco, paso a paso, se va configurando una persona conforme al corazón de Dios, porque cuando uno está expuesto a la Palabra nada sigue igual, hay cambios que se operan en el interior de la persona y se manifiestan en su forma de pensar, de sentir y de vivir.

En un reciente artículo de Rachel Grate publicado el 22 de septiembre del 2014, se informa de que sólo seis minutos de lectura son suficientes para reducir el estrés en un 68%. Añadamos a esto altas dosis de consuelo y esperanza que encontramos en las Sagradas Escrituras. Leer, meditar y estudiar la Palabra permitirá que nuestra mente inconsciente esté mejor preparada para enfrentar las dificultades de la vida que van a hacer acto de presencia, porque la confianza en el Dios Creador permitirá mantener la esperanza más allá de nuestra existencia y circunstancias. Por eso, el apóstol Pablo exhorta: “La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros” (Col 3.16).

Pasión por el servicio. El apóstol Pablo nos recuerda el propósito de la conversión de los creyentes al escribir a los Tesalonicenses: “Os convertisteis de los ídolos a Dios para servir al Dios vivo y verdadero y esperar de los cielos a su Hijo” (1 Tes 1.9-10). Este texto es clave para entender la espiritualidad cristiana porque no solo hemos conocido a Dios para adquirir esperanza en un mundo que va a la deriva, sino que nos hemos convertido para servirle. Por eso, los que están apasionados por el Reino de los cielos han entendido que el llamado del Señor es a entregar la vida a favor de los demás.

Al servir a Dios centramos la atención en el prójimo, no en uno mismo; y esto nos permite crecer al conocer el drama que parte de la humanidad está viviendo y las necesidades que tienen los que nos rodean, conciudadanos y hermanos en la fe. Si sabemos lo que ocurre a nuestro alrededor no podemos quedar impasibles. Por eso, el creyente que tiene pasión por el Reino de Dios, toma la decisión de servir a los demás para intentar aliviar su sufrimiento, tal como hizo el Maestro. Cuando Juan el Bautista envió a unos emisarios a preguntar a Jesús “¿Eres tú el que había de venir o esperamos a otro?” (Mat. 11.3), éste les respondió: “Id, y haced saber a Juan las cosas que oís y veis. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es predicado el evangelio” (Mat. 11.5). Jesús vino para salvar a la humanidad aquí y ahora, para reducir su dolor y su angustia y los que tienen pasión por el Reino de Dios han tomado la decisión de servir a Dios, que es lo mismo que servir al prójimo mientras se camina hacia la eternidad.

Pasión por la Comunidad cristiana. La iglesia es el instrumento más importante que usa Dios para el desarrollo del proyecto del Reino de los cielos. Es cierto que hay cristianos que no se reúnen en una iglesia e intentan desarrollar su vida espiritual lejos de las comunidades cristianas; en mi opinión, es un camino equivocado y me causa tristeza porque es en la iglesia donde se ha de anticipar el Reino de Dios, ya que es a través de las relaciones interpersonales, caracterizadas por el amor, el perdón, la igualdad, la justicia, la tolerancia, la libertad, la inclusión…, como se hace evidente y palpable el Reino de los cielos. Por eso, los que tienen pasión por el Reino de Dios trabajan en la construcción de una iglesia que refleje los valores de ese Reino.

Me causa cierto desasosiego saber de comunidades que están obsesionadas por el pecado y no por la gracia; comunidades que señalan con el dedo a los pecadores, en lugar de proclamar la posibilidad del perdón que Dios ofrece; comunidades que se convierten en guardianas y garantes de la verdad mientras separan a los puros de los impuros… Éstas son comunidades en minúscula. Una Comunidad cristiana que sigue el camino del Reino de los cielos no puede ser así. Por eso, necesitamos personas apasionadas por el Reino de Dios y que eso se refleje en una pasión especial por la iglesia de Jesucristo que lucha y trabaja por un mundo mejor, capaz de atraer a otros al Señor. El problema está cuando miramos hacia el interior de la iglesia y vemos cuán lejos estamos de la pretensión del Maestro. Nos recuerda el apóstol Pablo que Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella (Ef. 5.25); los apasionados por el Reino de Dios siguen el ejemplo de Jesús y les apasiona la Comunidad cristiana.

Pasión por seguir a Jesús. Si nuestro Señor nos ha fascinado con su vida y con sus palabras y hemos sido persuadidos para tomar el testigo de los que nos han precedido, seguiremos a Jesús con ilusión, esfuerzo y esperanza; y, además, pasaremos por este valle de sombra de muerte con el poder del Espíritu de Dios que iluminará la senda a seguir en medio de la calamidad que nos rodea. El autor de la carta a los hebreos habla de los héroes de la fe, algunos conquistaron reinos y tuvieron vivencias extraordinarias llenas del poder de lo alto; pero otros, sufrieron hasta lo indecible; y todos ellos vivieron por fe (Heb. 11.1,ss.). A continuación, centra la atención en los que les siguieron en la carrera de la vida, y añade: “puestos los ojos en Jesús” (Heb 12.2). Jesús predicó el evangelio del Reino, y los que quieran ir en pos de él tendrán que seguir sus pisadas (1ª Ped. 2.21; 1ª Juan 2.6). No será una vida fácil, pero será fascinante y transformadora porque, cuando uno se encuentra con Jesús, y le conoce de verdad, nada sigue igual.

Jesús apasiona porque no fue un teórico, no vino para dar clases magistrales, ni siquiera pretendió cambiar el sistema, si es que podemos hablar en estos términos; tampoco le interesó el dinero, el poder, el prestigio o la fama, temas en los que los dirigentes políticos de nuestros días son expertos. A Jesús le interesaban las personas y, por eso, se enfrentó a la “casta”, es decir, a los sacerdotes, escribas, fariseos y nobles poderosos. Fue capaz de tocar a un leproso, hablar con una mujer a solas, aceptar a los marginados, prostitutas, publicanos y demás proscritos. Por eso apasiona Jesús, porque no se alió con los acaudalados, sino que se puso al lado de los humildes. Éste es el camino para aquellos que sienten pasión por seguir a Jesús.

Decíamos al principio que todos somos seres pasionales; es decir, todos tenemos pasión por algo. El mundo que nos ha tocado vivir necesita gente apasionada por el Reino de Dios; las iglesias están llenas, medio llenas o casi vacías de gente religiosa, que busca aliento para cultivar su espiritualidad. Pero necesitamos personas que estén apasionadas por el Reino de Dios, personas que piensen, sientan, vivan, se entusiasmen, vibren y hasta padezcan en el Reino de los cielos. Los profetas del Antiguo Testamento no solo vivieron en la cresta de la ola y tuvieron experiencias extraordinarias con el Dios todopoderoso; también sucumbieron y se enfrentaron a la decadencia del pueblo y sufrieron la incomprensión, la intolerancia, el rechazo, el menosprecio… Pero estaban apasionados por el Dios en el que creían y por la tarea que les había encomendado.

Por todo ello, el pueblo de Dios necesita que las personas que lo integran se conviertan en apasionados del Reino de los cielos; que tengan pasión por las Escrituras, pasión por el servicio, pasión por la iglesia y pasión por seguir a Jesús. Nada ni nadie podrá resistir tal empuje, tal osadía, porque ese pueblo trabajará en la construcción de un mundo mejor mientras espera que el Mesías venga a hacer un mundo nuevo.

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