Posted On 01/07/2014 By In Opinión With 3247 Views

¿Apostasía o conciencia cristiana?

Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma (Jer. 6, 16 RVR60)

Lo que hoy compartimos con todos nuestros amables lectores y amigos de Lupa Protestante no es precisamente una reflexión sobre un pasaje concreto de la Santa Biblia como hemos venido haciendo por lo común; tampoco un pensamiento sobre una última noticia de corte político o económico que haya llamado la atención del gran público en periódicos, radio, televisión o internet. Por no ser, ni siquiera es una consideración acerca de un tema teológico específico. Nuestro artículo de hoy responde a una realidad sobre la que venimos recabando información variada, directa o indirecta, desde hace más de un año y a la que cabría, entendemos, prestar mucha atención en los círculos evangélicos. Nos va en ello bastante más de lo que creemos.

Hace algún tiempo que aparecen en las redes sociales (“el medio de comunicación más efectivo de nuestros días entre el pueblo llano”, como alguien ha dicho) ciertas menciones a personalidades destacadas del mundo evangélico, eso que llaman por mal nombre “líderes”, que abandonan sus iglesias respectivas y se convierten al catolicismo romano. No es que sean una aplastante mayoría, desde luego, pero sí lo suficientemente conocidos en sus medios o denominaciones respectivas como para que su defección se constituya en “noticia bomba” por el impacto de sacudida que ello produce en ese su entorno particular. No sólo se trata del pastor sueco Ulf Ekman, conocido en su país por la megaiglesia pentecostal que había fundado. También se podrían mencionar otros nombres, como los archiconocidos fundamentalistas norteamericanos Dave Amstrong, Douglas Bogart, Scott Hann, Steve Wood, y tantos más, que en su día destacaron como puntales del evangelicalismo más combativo y militante —y más anticatólico, dicho sea de paso—, pero que hoy engrosan las filas de la Iglesia Romana e incluso en algunos casos de las Iglesias Ortodoxas Rusa, Griega, Rumana, Búlgara, Servia, etc[1].

Lo que no se ventea tanto en las redes sociales, sino que se vive más en el anonimato, pero no por ello se trata de algo menos real, es la cantidad de creyentes evangélicos “de a pie”, no precisamente pastores ni “líderes” de ningún tipo, que también se vuelven a Roma, de los cuales hemos conocido recientemente a algunos y hemos mantenido con ellos interesantes conversaciones. Si se tratara de simples casos aislados, ya fueran personas conocidas o desconocidas, “líderes” o “no líderes”, podría quedar todo relegado al mundo de lo anecdótico. No pasaría nada y la vida seguiría igual. De hecho, ni siquiera trataríamos hoy en estas páginas un tema tal. Pero la realidad es que este asunto va por otros derroteros: no es sólo una persona o un grupo pequeño quien toma la decisión de regresar a formas de cristianismo más antiguas; son muchos y en número creciente. Y, digámoslo con toda claridad, puede llegar a resultar preocupante cuando las cifras ascendentes de tales defecciones se hagan públicas y sean conocidas de todos.

Vaya de entrada nuestro más acendrado respeto por quienes deciden abandonar el mundo evangélico; es su decisión. Y al mismo tiempo, vaya nuestra más sincera repulsa a quienes de manera inmediata e irreflexiva lancen sus anatemas contra estos creyentes hermanos nuestros que han tomado la determinación, sin duda dolorosa, de romper con su entorno evangélico y encaminarse hacia Roma u otra iglesia de tipo antiguo. No nos vale en absoluto aquello de salieron de nosotros, pero no eran de nosotros (1 Jn. 2, 19), tan manido y tan usado que de hecho se ha desgastado y ya no significa nada. Precisamente, esos creyentes que abandonan sus iglesias en las que muchos de ellos han nacido para engrosar las filas romanas u ortodoxas orientales, no suelen ser ni falsos cristianos, ni hipócritas, ni gente inconversa o inmadura en la fe. Al contrario. Podríamos asustarnos más de uno al razonar con ellos y comprobar el porqué de una toma de posición tan diametralmente opuesta a lo que hasta ahora habían profesado. Se presenta ante nuestros ojos una situación en la que hemos de aplicar más que nunca las palabras de Jesús No juzguéis, para que no seáis juzgados (Mt. 7, 1). Abrochémonos los cinturones, por lo tanto. Lo vamos a necesitar.

Puesto que no podemos prodigarnos en el tiempo haciendo una exposición exhaustiva de todas y cada una de las razones que llevan a tantos hermanos evangélicos a dejar sus iglesias y encaminarse hacia otra clase de cristianismo (pues cada persona es un mundo en sí misma), únicamente vamos a indicar las tres causas más generalizadas que hemos obtenido tanto de lecturas sobre el tema como de nuestra indagación personal, a la espera de que resulten de provecho para el amable lector ¡y para nosotros mismos!

La primera de ellas es lo que llamaríamos la confusión del verdadero evangelio con un anticatolicismo visceral, lo que falsea la realidad de las cosas. Se trata de una característica muy propia de países latinos, como el nuestro y todos aquéllos que se expresan en castellano, portugués, italiano, francés y rumano[2], y también de algunos otros que, sin ser latinos de lengua o cultura, son católicos de tradición nacional, como Irlanda, Bélgica[3] o Polonia en nuestro continente europeo. La implantación del protestantismo en estos países (y del evangelicalismo posterior que casi lo ha sustituido del todo), salvo los casos en que su presencia es patente desde la Reforma, como Francia, Bélgica, Rumanía o Irlanda, constituye un fenómeno histórico reciente, normalmente decimonónico[4], y muy ligado a sociedades misioneras de corte anglosajón, británico o, sobre todo, norteamericano. En demasiadas ocasiones, como sucedió en España y otras naciones hispánicas, la predicación protestante y evangélica del siglo XIX aunaba sus esfuerzos con ciertos tintes políticos de carácter revolucionario en la época, y siempre anticlerical, rasgo éste que se acentuó aún más en nuestro país tras la desgraciada Guerra Civil, en la que el régimen resultante hizo de un muy peculiar catolicismo su bandera. Ello ha gestado una imagen completamente distorsionada entre muchos evangélicos de lo que es realmente ser católico, percibido demasiadas veces como algo despreciable y rechazable por principio[5]. La idea del católico como alguien pueblerino, adorador de ídolos y perverso por necesidad (sobre todo si es sacerdote[6]), inconverso por “no haber nacido nunca de nuevo”, y sobre todo ignorante de la Palabra de Dios, a la que sustituye por oscuras tradiciones medievales e inquisitoriales dictadas por el papa de Roma, figura vinculada con el anticristo escatológico, se ha venido abajo para muchos evangélicos inquietos cuando han comprobado de por sí que ser un auténtico católico no conlleva precisamente ser inmoral (la moral católica es muy estricta, tanto como la evangélica y en ocasiones más), ni idólatra en el más puro sentido de la palabra, ni ignorante de la Biblia. Son muchos los evangélicos que han descubierto en los católicos, especialmente en gente instruida y piadosa, auténticos hijos de Dios verdaderamente convertidos[7] que estudian y leen con interés las Sagradas Escrituras y se preocupan porque su iglesia represente realmente a Cristo en el mundo. En una palabra, han descubierto en ellos hermanos cristianos que enfocan ciertas cosas de manera diferente, pero que profesan la misma fe de Cristo y con los que se puede dialogar y compartir ideas y conceptos religiosos de manera civilizada. Si a ello añadimos que los sacerdotes ostentan por lo general una mejor formación que buen número de pastores evangélicos (que no tienen ninguna) y que la figura papal no siempre aparece vinculada al oscurantismo medieval de otrora, sino que hay pontífices más mediáticos y más abiertos en cuanto a su manera de pensar[8], dejando expeditas las puertas a ciertas innovaciones que muchos católicos llevan pidiendo desde hace tiempo y que los asemejaría más al mundo protestante, se comprende que algunos evangélicos que se habían criado en el catolicismo romano hayan tomado la decisión de volver a sus raíces religiosas, y otros que habían nacido en hogares evangélicos hayan preferido dejar su herencia porque sienten que no se les ha informado bien en relación con la otra iglesia.

La segunda podríamos muy bien llamarla biblicismo irracional, y hace bastante más daño del que podría parecer a simple vista. La propaganda evangélica más tradicional desde el siglo XIX en nuestros países hispánicos ha consistido en difundir la Biblia como única Palabra de Dios revelada a los hombres frente a la Iglesia de Roma, en la que las tradiciones y el magisterio eclesiástico tienen igual peso doctrinal que las Escrituras, según se suele decir[9]. En esta labor se comprometieron en su día colportores que actuaron en ocasiones como auténticos héroes. Dado que la Iglesia Católica cometió en aquel momento el craso error de prohibir las ediciones de las Sociedades Bíblicas, muy pronto se estableció en la mente de los conversos a la fe evangélica la idea de que ellos eran “el pueblo del libro”, enlazando así con el postulado reformado Sola Scriptura, aireado como bandera por los misioneros anglosajones a veces con excesiva virulencia. Ahora bien, la realidad que muchos evangélicos sinceros han encontrado en sus iglesias en este siglo XXI, y ya en la segunda mitad del XX, ha sido muy otra. Su lectura y estudio personal y colectivo de la Palabra de Dios les ha mostrado que no son el pueblo de ningún libro, definición que casa mejor con otros sistemas religiosos no cristianos[10], sino el pueblo de una Persona muy especial: Jesucristo. Jamás el Nuevo Testamento declara a los creyentes cristianos seguidores de un texto escrito, sino discípulos de Alguien que murió y resucitó, y por ello vive para siempre. El axioma reformado Sola Scriptura, efectivamente, encuentra su significado auténtico no por sí mismo, no aislado como un compartimento estanco, sino en estrecha combinación con los otros enunciados por Lutero: Sola Fides, Sola Gratia, Soli Deo Gloria y especialmente Solus Christus. Demasiadas congregaciones evangélicas, so capa de adhesión a las Sagradas Escrituras, han traicionado en realidad el pensamiento de la Reforma y han erigido en su lugar un ídolo de papel, haciendo de la Biblia, e incluso de una edición o una versión concreta de ella, casi una materialización de Dios, de manera que leerla o estudiarla con ojos críticos se transforma de inmediato en impiedad, herejía o blasfemia. Son demasiados los evangélicos actuales, especialmente gente bien formada, con una educación académica no incompatible con su fe y su compromiso cristiano, que se encuentran totalmente fuera de lugar en denominaciones dirigidas por fanáticos integristas en las que se pretende una literalidad absurda (y muy mal intencionada) de las Escrituras, una focalización de la praxis cristiana en temas y asuntos que nada tienen que ver con el evangelio de Cristo, y en las que se condena y se anatematiza abiertamente a quienes no comparten sus puntos de vista, con lo que se ha erigido junto a las Escrituras, y en realidad por encima de ellas, otra clase de tradición y de magisterio eclesiástico que nada tiene que envidiar a Roma ni a la Ortodoxia oriental en lo que a medievalismo e intransigencia se refiere. Iglesias que han erigido la guerra contra las ciencias naturales, la interpretación de las profecías apocalípticas o la autoría tradicional de los libros bíblicos como sus principios fundamentales, entre otras enseñanzas, lo que realmente han hecho ha sido traicionar el mensaje de Cristo y han alzado ídolos tan abominables como los que se pueden encontrar en otras prácticas religiosas[11]. La Biblia no es ya más esa Palabra de Dios que revela a Cristo y la redención del género humano, sino un manual de normas de vida y de una moral harto discutible[12], cuando no un libro infalible de historia (natural o humana) o un mapa profético para el futuro, en lo que siempre, tarde o temprano, las fisuras y las grietas se hacen demasiado evidentes. Si a ello añadimos que las iglesias protestantes históricas, acusadas de liberalismo por los fundamentalistas evangélicos, e incluso la propia Roma[13] alientan, por el contrario, un estudio divulgativo serio de las Escrituras, teniendo en cuenta todo aquello que una sana crítica nos ha aportado sobre los textos antiguos y los géneros literarios, comprendemos el porqué de que tantos evangélicos abandonen sus congregaciones e ingresen en la Iglesia Católica, donde pueden leer y comprender la Biblia con mucho mayor interés.

A la tercera y última vamos a darle el nombre de pérdida total de la espiritualidad cristiana. Así, como suena, aunque parezca exagerado. Desgraciadamente, no lo es. Son demasiados los evangélicos que sufren lo indecible en sus iglesias, a las que aman realmente, viendo el deterioro absoluto que experimenta la vida espiritual de las congregaciones. No nos referimos a lo que se entendería habitualmente por “mundanalización” de las costumbres, ni a la falta de asistencia a ciertas reuniones otrora bien nutridas de público. Es otra cosa lo que queremos señalar. Por un lado, se encuentra lo que hemos indicado en el párrafo anterior acerca del biblicismo integrista, que tantos estragos causa. Por el otro, una buena parte del mundo evangélico ha cometido el craso error de estigmatizar cualquier manifestación de espiritualidad tradicional cristiana para sustituirla recientemente con sucedáneos repugnantes que son, dígase lo que se quiera, paganos y decadentes. Lo diremos más claro: desde el siglo XIX han sido muchas las congregaciones radicalmente opuestas a las formas litúrgicas en el culto sagrado dominical, tildándolas de romanismo y de idolatría, y privando, por tanto, a sus feligreses de elementos tangibles que reflejasen su religiosidad. Denominaciones enteras se han jactado de haber eliminado todo vestigio de catolicismo en sus capillas, dándoles un aspecto desolador de almacén que no casa con nuestra cultura religiosa y produce, de forma inconsciente, cierto desapego emocional. Lo que no tenían en cuenta los concienzudos misioneros anglosajones procedentes de grupos “no conformistas”[14] es que el culto sagrado implica un orden de por sí, y que tarde o temprano se instala de forma inconsciente una liturgia que puede estar más o menos elaborada, pero que siempre aflora. El deseo enfermizo de diferenciarse de los demás por aquello de “no ser del mundo”, falsa lectura de Jn. 15, 19, además de una gravísima manipulación de las congregaciones por parte de hábiles charlatanes, ha contribuido sin duda al hecho de que en demasiadas capillas se haya dado al traste con todo un estilo de música sacra de gran solemnidad y se haya establecido en su lugar un ñiguiñogui insoportable, de baja estofa, que acompaña a cultos de los cuales lo mejor que se puede decir es que dan la impresión de ser un circo o una discoteca popular de verbena de barrio bajo. El silencio y la música inspiradora, la liturgia bien elaborada, que tanto contribuyen a la elevación y a la paz interior de los creyentes, ya no existen en muchas iglesias evangélicas. Quienes desean encontrarlo, han de emigrar literalmente a otro tipo de organización religiosa más histórica, más respetuosa con el culto divino y sus participantes. El mundo evangélico, además, ha cometido un grave error, sacrílego en realidad, en relación con los sacramentos, fuente innegable de fortaleza para los cristianos desde el siglo I. Al relegarlos en su particular teología a meros símbolos que cualquiera puede ejecutar, o los ha desacralizado por completo (como es el caso de la Sagrada Comunión o Cena del Señor), o ha hecho de ellos un escudo protector y una barrera contra los demás (como sucede con el bautismo, cuya validez muchos evangélicos intransigentes se niegan a reconocer si no se efectúa de una manera determinada en exclusiva). Si a ello unimos, por no alargarnos más, el hecho de nutrir a los creyentes con una literatura panfletaria, mal escrita en su país de origen y peor traducida a nuestras lenguas, en las que lo único que se vende es fórmulas para ser feliz, para prosperar económicamente, para que la iglesia crezca, para obtener mayor comunión con Dios y respuesta a nuestras oraciones o manifestaciones milagrosas a la carta, o sea, puro márketing yankee mal adaptado a otras culturas y sobre todo, mal pertrechado para elevar las mentes de los fieles, ya tenemos el círculo completo. Resulta desolador comprobar cómo cada vez son más los creyentes evangélicos bien formados que buscan literatura espiritual católica romana dejando de lado tanta basura que se pregona como libros cristianos cuando en realidad no lo son. Conocemos a demasiados hermanos que lamentan profundamente el desconocimiento insultante que hay en las iglesias evangélicas acerca de los comentarios bíblicos y devocionales redactados por los Reformadores y grandes figuras del protestantismo histórico, hoy incluso estigmatizadas desde tantos púlpitos regentados por fanáticos e incompetentes showmen. Por decirlo claro, el descubrimiento de unas ceremonias litúrgicas auténticamente cristianas, reverentes, dignas, con fundamentos firmes en las Escrituras y en la Iglesia antigua; la revalorización de los sacramentos instituidos por Jesús Nuestro Señor con un alto valor que evidencia la Gracia redentora de Dios en las vidas de los creyentes; y el conocimiento de los escritos de los llamados Padres de la Iglesia y otras obras elevadoras de espiritualidad real centrada en Cristo que se hallan en autores reputados como católicos, son una razón más que ha propiciado la defección de muchos hermanos nuestros.

Y ahora, al poner el punto y final, viene la pregunta con la que titulábamos esta reflexión: ¿Apostasía o conciencia cristiana? ¿Qué mueve en realidad a tantos evangélicos sinceros y verdaderos cristianos, más de los que esperaríamos, a romper con sus iglesias y buscar denominaciones históricas, incluso Roma o la Ortodoxia oriental, para adorar y servir a Dios? El texto de Jeremías con que encabezamos nuestra meditación tiene un doble sentido: es el que han empleado muchos que se han ido y que hoy son católicos romanos u ortodoxos. Pero para los que quedamos supone un desafío. No podemos quedarnos de brazos cruzados contentándonos con decir que quienes han marchado “nunca se habían convertido en realidad” o que “eran falsos hermanos”.

Que no seamos nosotros en realidad los inconversos o los falsos.

[1] No incluimos a los evangélicos adheridos a la Comunión Anglicana, dado que esta iglesia se considera a sí misma una via media entre Roma y la Reforma, por lo que también es una denominación protestante. Tampoco mencionamos a evangélicos convertidos al judaísmo o al islam, dado que en este caso se trata de personas que han abjurado del cristianismo, por lo que no entran dentro del campo de nuestra reflexión.

[2] En lo referente a los rumanos y los moldavos, de lengua neolatina, el fenómeno suele ser una antiortodoxia visceral, dado que Rumanía y Moldavia se engloban en el mundo ortodoxo oriental. Para el caso es lo mismo o parecido.

[3] Como muy bien sabe el amable lector, el 58% de la población belga no es de lengua francesa (valones), sino de expresión holandesa (flamencos).

[4] En el caso español se suele hablar de una “Segunda Reforma”, aunque el nombre se nos antoja un tanto exagerado. La Reforma del siglo XVI, si bien tuvo sus representantes en nuestro país, fue abortada por la inquisición.

[5] Nos vienen a la mente infinidad de “testimonios” de creyentes evangélicos de diferentes denominaciones que comienzan por lo general más o menos así: “Yo antes era católico. Era un borracho, un jugador, mujeriego, pendenciero y gandul que golpeaba a mi esposa y a mis hijos. Pero cuando por la Gracia de Dios conocí el evangelio, entonces cambié y ahora…” Algo que, dicho sea de paso, nos ofende sobremanera a quienes hemos sido criados en familias católicas y jamás hemos vivido degradaciones de ese tipo, sino todo lo contrario.

[6] Las noticias sobre pederastia y abusos sexuales en colegios religiosos y seminarios católicos ha contribuido a reforzar esta imagen entre muchos evangélicos.

[7] Descubrimiento que suele ir parejo con la decepción de comprobar que muchos presuntos evangélicos, comenzando por más de un pastor, son gente totalmente inconversa e incluso corrupta en sus costumbres y su moral privada.

[8] El actual, sin ir más lejos, si lo comparamos con el rancio papa Ratzinger o con el fundamentalista y fanático Karol Wojtiła, figuras desagradables donde las haya habido. Ya el siglo pasado el papa Angelo Roncalli, Juan XXIII, considerado como “el papa bueno” (clara alusión a que lo anteriores no lo habían sido), al convocar el Concilio Vaticano II, dio un giro a la imagen retrógrada y fanática del catolicismo romano más rancio.

[9] Más de un católico romano bien formado, laico o eclesiástico, dirá rotundamente que tal afirmación es una falacia y una calumnia.

[10] El islam, por ejemplo.

[11] Estas realidades son aún más drásticas en las sectas surgidas en el mundo anglosajón del siglo XIX, en las que la misma lectura de la Biblia viene siempre condicionada por las palabras del “profeta” o “vidente” fundador, de tal manera que nadie puede salirse de la línea marcada por él.

[12] Como la que relega a la mujer a un papel que no tiene cabida en una sociedad actual, o que le impide el acceso al sagrado ministerio, entre otras lindezas.

[13] Ningún católico bien formado deja de reconocer la primacía protestante (no evangélica, precisamente) en los estudios bíblicos, de la que se reconocen seguidores. Lo malo es que en nuestros países, incluso las iglesias protestantes históricas evidencian demasiadas veces un fundamentalismo irracional en demasiados de sus ministros, lo que no coadyuva a que muchos evangélicos insatisfechos con sus denominaciones busquen integrarse en ellas antes que en el catolicismo.

[14] Non-conformist en inglés, término que se refiere a los movimientos religiosos británicos contrarios a la Iglesia de Inglaterra.

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