Posted On 05/06/2015 Por En Ética, Opinión With 589 Views

Baltimore, Maryland: los efectos de la guerra contra la gente de color

La ciudad de Baltimore ha vuelto a poner en la mira internacional un caso de injusticia racial. [1] Freddie Gray, joven afroamericano de 25 años fue arrestado el pasado 19 de abril por la policía del lugar cuando se encontraba en una zona conocida por ser punto de venta y consumo de drogas. Entre sus posesiones, Gray tenía una navaja. Al ser custodiado y mostrar resistencia, los policías le golpearon hasta quebrarle la columna vertebral causándole así la muerte; mientras el caso se investiga, la indignación, el dolor y la rabia entre la juventud afroamericana local les ha llevado a movilizarse violentamente en los barrios: “barricadas y vandalismo” han hecho de las principales avenidas de la ciudad un “campo de guerra”. Así es como la prensa y las autoridades locales generan opinión pública sobre lo que desde el 27 de abril, después del funeral de Gray, viene sucediendo. A partir de hoy la ciudad tiene Toque de Queda de las 10 de la noche a las 5 de la madrugada. Más de 5,000 policías se han movilizado para establecer el “orden social”.

Este hecho no es aislado y son de los pocos que por la brutalidad, salen a la luz. Las muertes de Eric Garner (New York 17 de julio de 2014), Michael Brown (Ferguson, Missouri, 9 de agosto de 2014) y el niño Tamir Rice (Ohio, Cleveland, 22 de noviembre de 2014) dan cuenta de la injusticia racial en Estados Unidos y abren públicamente el debate sobre qué es la justicia racial y el sistema de justicia penal y policial no sólo en aquellos estados con larga tradición segregacionista de mayoría afroamericana como lo es Missouri, sino también en centros caracterizados como epicentros de la multiculturalidad como lo es New York.

La jurista y académica Michelle Alexander autora de El color de la Justicia. La nueva segregación racial en Estados Unidos (Capitán Swing, 2014), hace una declaración bastante contundente para entender qué está pasando con la comunidad afroamericana en tiempos de la administración de Barack Obama. Su tesis principal es que en los últimos años hubo una idea vigente entre la comunidad afroamericana sobre la elección de Obama: con un presidente de color el Movimiento de los Derechos Civiles había llegado al alba de la justicia; por ello, los esfuerzos de líderes negros se enfocaron a la exigencia y cumplimiento de los programas de acción afirmativa[2] y a la aplicación de los Derechos Civiles en todo rincón de la unión americana. Creyeron que con Obama en el poder, la nación había triunfado sobre la raza. Así el discurso racial se invisibilizó y neutralizó (el término correcto en inglés es colorblindness) oficialmente, pues en la práctica, los estereotipos hacía los afroamericanos que la mayoría blanca construyó históricamente para discriminar a la gente de color, siguen expresándose en mecanismos legales para obstaculizar su acceso a la educación, vivienda y empleo.

Para la autora de El color de la Justicia, la administración de Obama ha fortalecido un nuevo sistema de castas en donde el privilegio blanco hace esfuerzos en reglas y discursos desde el poder para preservarse y mantener su dominación a través de nuevas formas de control racializadas; su máxima expresión es el encarcelamiento en masa de jóvenes afroamericanos por drogas o delitos menores. Para Alexander, esta realidad ha destruido muchos de los avances logrados décadas atrás en materia de Derechos Civiles; sus efectos son devastadores: la gente de color que está o estuvo en prisión serán ciudadanos de segunda clase como lo fueron en la década de 1940 las Leyes Jim Crow (conjunto de leyes locales y estatales promulgadas entre 1876 y 1965 para regular el sistema de segregación hacia la población negra en espacios públicos en los estados del Sur) y como lo hacen ahora las políticas de la Guerra contra la Droga y de La Ley y el Orden.

Baltimore tiene un significado especial para mí. En el 2012, en el contexto de la Caravana por la Paz USA, organizada por el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad[3] como parte del Centro de Estudios Ecuménicos e Iglesias por la Paz, tuve la oportunidad de acompañar a personas que tienen familiares muertos o desaparecidos por la Guerra contra las Drogas que impulsó el entonces presidente mexicano Felipe Calderón (2006-2012). Recorrimos 23 ciudades de los Estados Unidos y antes de llegar a la Casa Blanca en Washington, pasamos dos días en Baltimore. Mientras íbamos en el autobús, por los vidrios veíamos casas y comercios abandonados. Casas hermosas que habían sido construidas de ladrillos rojos, con grandes ventanales de madera blanca, balcones hacía la calle y pequeños jardines… Un grupo de jóvenes activistas blancos, miembros del colectivo anarquista 2640 y Neil Franklin, miembro de Law Enforcement Against Prohibition fueron nuestros anfitriones y nos dijeron que hace no más de dos décadas, esas casas estaban llenas de familias trabajadoras a las que los bancos y el gobierno habían dado facilidades para adquirir propiedades a crédito. En su mayoría, quienes habitaban esas casas eran afroamericanos que a lo largo de las décadas de 1980 y 1990 empezaron a ser despedidos de los trabajos locales, y poco a poco sus hijos e hijas nacidos en esos años, por la escasez de dinero y falta de oportunidades desde la infancia,  integraron pandillas. Así el negocio de la droga, el narcotráfico y la prostitución precedieron a la industria naviera y de servicios, lo que ocasiono la migración de varias familias que endeudadas, ya no pudieron pagar los intereses acumulados. La política de drogas tuvo un fuerte impacto en la juventud afro: muchos jóvenes vivieron redadas policíacas y en poco tiempo la juventud afro de Baltimore estaba presa, muerta en las calles, o sin oportunidades médicas, laborales y escolares.

No obstante, ante ese contexto de historia reciente, tuvimos la oportunidad de ver un poco de esperanza. En el parque Irvington unos chicos nos preparaban hamburguesas, papas y salchichas a la parrilla. Mientras bailaban al ritmo de hip-hop, en un templete un joven miembro de la organización Líderes de un Hermoso Fracaso (LBS por sus siglas en inglés) tomó el micrófono para darnos la bienvenida. El trabajo de LBS se enfoca en la reinserción de jóvenes afros que salen de la cárcel; su método es a través de la música y el trabajo social. Para dar muestra de lo que han logrado, dos chicas interpretaron composiciones que ellas mismas elaboraron. Ahí, con sus voces a capela, me hicieron recordar la música góspel de la espiritualidad afro en iglesias bautistas y metodistas. Al finalizar, un joven de casi dos metros y con voz portentosa se presentó como pastor y promotor de trabajo social entre jóvenes adictos. He de recordar que algunas madres llegaron con las fotografías de sus hijos e hijas a compartir sus testimonios de cómo la Guerra contra las Drogas les había arrebatado a sus hijos, aún sin ser consumidores o vendedores de drogas; policías les habían matado a quemarropa, y sus muertes aún quedaban impunes.

Sin duda, recordaré Baltimore por su belleza, por su calidez humana y porque hay muestras de cómo las instituciones religiosas con sus recintos se van transformando. Durante nuestra estancia pernoctamos en la Iglesia Saint John, una iglesia que en sus orígenes, principios del siglo XIX, fue metodista, después episcopal y finalmente fusionada con la Iglesia Unitaria. A lo largo del siglo XX no estuvo exenta de controversia entre laicos y religiosos. En 1981 este templo sirvió como sede de la Iglesia Metropolitana, caracterizada por una gran comunidad lesbico-gay; años después la nave del templo sirvió como refugio para indocumentados nicaragüenses y salvadoreños. Saint John, fue bastión de resistencia y denuncia de personas con orientaciones sexuales diversas que se pronunciaron contra las guerras en el Golfo Pérsico. Hoy día,  dicha iglesia es resguardada por el colectivo anarquista 2640 que actualmente la usa como centro comunitario.

Baltimore tiene una gran población joven afroamericana y es una de las ciudades más afectadas por la Guerra contra la Droga. Este lugar es un claro ejemplo de esa creciente casta inferior de la que Michelle Alexander habla en su libro. Ahí se han dado crueles enfrentamientos entre la policía y jóvenes, donde muchos de éstos son asesinados impunemente sin la más mínima consideración a dar su palabra o defenderse. Antes de hablar, la policía empuña su arma y tira a quemarropa. En el recorrido pude ver calles enteras sin habitantes; cómo si fueran pueblos fantasmas. Para entender ese escenario se nos explicó que al encarcelar a un miembro de familia, esa es una causa poderosa para negar a la familia entera crédito o hipoteca para sus casas; y más aún, si jóvenes salen de la cárcel e intentan recuperar su dignidad para salir a buscar oportunidades laborales o educativas, al ver que no las hay, podrían volver a cometer delitos menores y regresar a prisión. La justicia penal es ese sistema para controlar a aquellos sectores poblacionales afroamericanos que son considerados casta inferior.

La tesis de Alexander sobre el sistema de castas se reafirma cuando sabemos que policías blancos al presentar sus declaraciones argumentaron que dispararon en cumplimiento de su deber y eso les valió la exoneración de cargos y a cumplir una condena por asesinato. Pero esos casos también obligan a pensar que no sólo el encarcelamiento masivo es la máxima expresión de la injusticia racial, ¿qué pasa cuando los afroamericanos pierden la vida en espacios públicos en manos de policías blancos?  Sobre este tema el discurso oficial de Obama es que no hay confianza entre la policía y las comunidades de color; la tarea entonces es trabajar por construir esa confianza.

La historia de los afroamericanos en los Estados Unidos está marcada por un constante control de instituciones como la esclavitud y las leyes segregacionistas en donde el racismo como política e ideología, se adaptó. Después de abolida la esclavitud, los parlamentos de los estados del Sur implementaron Códigos Negros a fin de aprobar leyes estrictas para gente negra, estableciendo sistemas de peonaje y más adelante, en las primeras décadas del siglo XX, la segregación se expresó en las Leyes Jim Crow con la prohibición de asientos interraciales en la primera clase de los trenes y buses, imponiéndola también en las escuelas. Métodos efectivos para atemorizar todo intento de resistencia fueron muertes y linchamientos hacia los afroamericanos (una de sus mayores expresiones es el Ku-Klux Klan). En tiempos de esclavitud, los blancos poderosos se valieron de la táctica de “soborno racial” para poner a los blancos e inmigrantes pobres en contra de los negros. Así, aquellos vigilaban y controlaban lo mismo que competían por el trabajo. Al fin de la esclavitud, muchas ideas e imaginarios permeaban la mentalidad popular de los blancos en relación a los negros, aún abolidas las Leyes Jim Crow. Dichas leyes sufrieron un gran golpe con la desobediencia civil en 1955 de Rosa Parks en un autobús de Montgomery, Alabama, al negarse a ceder el asiento a un hombre blanco pues ese acto, nada aislado de una profunda movilización que la población afroamericana ya estaba planeando, llevó a la lucha por los Derechos Civiles y la promulgación en 1964 de la Ley de Derechos Civiles permitiendo que la gente de color pudiera acceder a empleo, educación, a fondos federales, y un año después, se implementó la Ley de Derecho al Voto, la cual permitió la participación efectiva de los afroamericanos.

Aun así, con esos logros las metáforas, expresiones y estereotipos ignominiosos sobre los afros suelen ser un arma muy poderosa que policías emplean para provocar el odio y el enfrentamiento. Para el analista social Michael Erick Dyson, esto muestra la cultura que se ha levantado sobre la violencia y la falta de respeto por la gente de color y las minorías. Así que el problema de fondo no es una situación de confianza, como señala la política oficial, sino de justicia racial. Los constantes asesinatos de gente de color han llevado a la población afroamericana y a sectores blancos a favor de la equidad y justicia raciales a amplias movilizaciones retando el discurso de neutralidad racial que Obama y las instituciones encargadas de impartir justicia han manejado. Esta es una lucha por desmantelar el racismo legalizado e institucionalizado en las leyes, en los sistemas arbitrarios de detención empleados por policías en todos los órdenes de gobierno (local, estatal y federal) abusando de su autoridad;  e intenta hacer efectivos no sólo los ideales de aquellos luchadores de las décadas de 1960 y 1970 en el terreno de los Derechos Civiles.

Ahora es un momento en que las comunidades afroamericanas movilizan, de nueva cuenta, su reserva moral. Por ejemplo, al funeral de Gray asistieron el activista Elijah Cummings,  el pastor Jesse Jackson y otros pastores bautistas locales  (obispo Walter S. Thomas y Ron Owens) haciendo llamados a la pacificación, en el intento de recuperar el legado de King (“la moral no se puede legislar pero la conducta a través de leyes justas se puede regular”). No obstante sus llamados, los jóvenes que enfrentan a las autoridades en pandillas bien organizadas, como The Crips, Bloods y Black Guerrila Family,  alimentan su resistencia y oposición a la justicia oficial no por el mero hecho de hacer “vandalismo”. Hay que leer que sus desafíos y acciones van más allá; es un clamor contra los prejuicios, los abusos policiales y el reclamo a una plena ciudadanía que comenzaría por reconocer que el sistema norteamericano tiene gran responsabilidad por mantener sociedades altamente segregadas.

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[1] Este trabajo es una reflexión coyuntural, pero he tomado información de dos escritos que elaboré anteriormente: “Baltimore, Maryland: los efectos de la guerra contra la gente de color” en, Las Caravanas del Movimiento por la Paz con Justicia y dignidad: Itinerarios de una espiritualidad en resistencia, México, Centro de Estudios Ecuménicos-MPDJ-Iglesias por la Paz, 2013, pp. 161-163; “El color de la Injustica en los Estados Unidos, 12 de enero de 2015,  blog  La sola idea: http://jaeldelaluzgarcia.blogspot.mx/2015/01/el-color-de-la-injusticia-en-los.html

[2] Elaboración de programas de recuperación e integración de mujeres y hombres de color en las escuelas y universidades, incluso las más exclusivas, para lograr una equidad racial que favorezca a la comunidad afroamericana. Es una iniciativa que viene desde la organización pionera de lucha por los derechos de la comunidad afroamericana a principios del siglo XX: Asociación Nacional para el Desarrollo de la Gente de Color (NAACP, por sus siglas en inglés), y que se fortaleció con el triunfo del Movimiento de los Derechos Civiles a finales de la década de 1960.

[3] En el 2011 cuando el hijo del poeta mexicano Javier Sicilia fue asesinado junto a otros amigos por capos de la droga, no siendo ni vendedores ni consumidores de droga. Ese acto hizo que Sicilia emprendiera junto a otros padres y madres que tienen experiencias similares, caminatas, caravanas y diálogos con la sociedad civil y federal a fin de denunciar que la Guerra contra las Drogas ha causado en su mayoría la muerte de ciudadanos comunes.

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