Posted On 02/06/2015 By In Biblia, Opinión, Teología With 3627 Views

“Bendita tú entre las mujeres”

Es matemático. En el mundo evangélico hispanohablante, como en el de otros pueblos de raigambre y lengua neolatina, las capillas pueden ostentar nombres de lo más altisonante, desde los propios apóstoles[1] o personajes relevantes de la Biblia[2], si están adscritas a denominaciones de tipo histórico, hasta conceptos abstractos de significado teológico[3], sin que ello llame demasiado la atención o moleste a nadie; pero no se encuentra, hasta donde llega nuestra información, prácticamente ninguna que se llame “Iglesia de Santa María”, “Parroquia de la Virgen María”, “Capilla de la Madre de Nuestro Señor” o algo parecido[4]. Y cuando se predica sobre algún que otro personaje de la Biblia, sea masculino o femenino, los púlpitos evangélicos en general suelen evitar hacerlo sobre la madre de Jesús, salvo alguna que otra mención o alusión a su persona, especialmente en Navidad o en las liturgias de Viernes Santo. A decir verdad, no existe, que sepamos, ninguna prohibición tácita o expresa en relación con este asunto, pero la realidad es que la figura de la Virgen María suscita en el subconsciente, y en ocasiones también en el consciente, de muchos creyentes y predicadores evangélicos un cierto rechazo nunca abiertamente confesado, pero rechazo al fin y al cabo. Lo hemos comprobado en más de una ocasión in situ.

La razón es obvia.

La Iglesia Católica Romana, muy particularmente en los países de rancia solera hispánica, ha desarrollado toda una piedad popular e incluso un folclore religioso, no exento de ciertos tintes políticos y nacionalistas en ocasiones, que gira en torno a las mil y una advocaciones de María, de suyo tan arraigadas en las culturas ibéricas. Con todo, esa profusión de santuarios, festividades, tradiciones locales, leyendas piadosas, procesiones de imágenes, e incluso toda la elaboradísima teología mariana que intenta, peor que mejor, distinguir escrupulosamente el culto a María de la adoración a Dios dándole el curioso nombre de hiperdulía, no son capaces de impedir que en la mente de un elevado porcentaje de fieles evangélicos la figura de la Virgen venga asociada con ese concepto tan terrible que es la idolatría, tan lleno de resonancias veterotestamentarias en relación con los cultos paganos de los cananeos y otros pueblos antiguos.

Esta situación contribuye a que se pierda en el ámbito evangélico, lamentablemente, una de las fuentes más ricas de la Teología de la Gracia, tal como nos la revela el Nuevo Testamento, de manera especial en la literatura lucana.

La figura de María aparece de forma discreta en los Evangelios, tanto en los Sinópticos como en Juan. Lo mismo se puede decir del libro de los Hechos de los Apóstoles, que, curiosamente, sólo la menciona una única vez y en relación con la comunidad cristiana naciente (1,14). No se la nombra en el epistolario paulino[5] ni en el universal, y la única posible alusión a ella que encontramos en el Apocalipsis, el famoso capítulo 12 (La mujer y el dragón), se presta a tanta discusión que muchos prefieren no considerarla como tal, pese a la influencia que ha tenido en las representaciones pictóricas de la Inmaculada Concepción.

En resumidas cuentas, la Virgen María es un personaje que podría muy bien pasar casi completamente desapercibido en las páginas sagradas del Nuevo Testamento, de no ser por la sucinta narración de su asombrosa maternidad y por el impresionante testimonio que ha dejado de su fe en los primeros dos capítulos del Evangelio según San Lucas. Fijémonos, simplemente, en tres situaciones muy concretas.

La primera de todas ellas es, lógicamente, ésa que la finisecular tradición cristiana universal ha designado con el nombre de la Anunciación. Las palabras que le dirige el ángel Gabriel son de por sí harto significativas: ¡Salve, muy favorecida! (Lc 1,28), en griego kekharitomene, participio perfecto pasivo en forma femenina que, al ser traducido al latín como gratia plena (“llena de Gracia”)[6], ha dado pie a toda una teología muy particular[7]. Al saludo del ángel y su posterior anuncio de una maternidad fuera de toda lógica humana, la respuesta de la Virgen no es otra que: He aquí la sierva del Señor (Lc 1,38) en la edulcorada traducción de RVR60 y muchas otras al uso en nuestro idioma, ya que el término empleado por la propia María es dule, es decir, “esclava”, como muy bien lo vierte la Biblia de Jerusalén. Dejando de lado los adornos literarios del relato —pues nunca se ha de olvidar que San Lucas Evangelista se muestra como un maestro consumado del idioma en que escribe[8]—, resalta la idea de que, ante una tan gran manifestación de la Gracia y la misericordia de Dios para con ella y para con su pueblo, María sólo sabe reaccionar de una manera: sumisión incondicional a la voluntad divina. Tal como se nos ha transmitido, esta narración obvia por completo las dificultades que aquella a la sazón jovencísima doncella[9] hubo de arrostrar, sin duda alguna, en medio de la sociedad en que vivía, no precisamente por ocultar la realidad tras un velo de falso misticismo, sino porque todo el relato, el conjunto del Evangelio en sí, rezuma la idea de que la Gracia de Dios es suficiente para abrir caminos allí donde no los hay en lo que se refiere a la redención del género humano. María tuvo ante sí el gran desafío de vivir una gestación de la que muy difícilmente podría dar razón válida a nadie (podemos suponer que el común de los mortales de la época, incluso entre los israelitas, no prestaba demasiado crédito a las apariciones angélicas, y mucho menos si éstas conllevaban embarazos no esperados o no buscados), y que incluso ponía en entredicho su honorabilidad como persona, además de la de su propia familia. Nada de cuanto se diga en relación con este asunto puede ser otra cosa que el descolorido reflejo de una realidad por demás complicada e imposible de abarcar. La gravidez de María, lejos de ser un “estado de buena esperanza”, como decimos hoy, sin duda pasaría por todo lo contrario a ojos de quienes la conocieran y la trataran. El gozo de aquella esclava del Señor ante el inminente nacimiento de un hijo no concebido según los cauces normales, sólo podía ser tal para sí misma en aquellos momentos como una respuesta de fe a la Gracia incomprensible del Dios de Israel.

La segunda es el episodio de la Visitación a su prima Isabel, esposa del sacerdote Zacarías y madre de Juan el Bautista. Únicamente queremos llamar la atención del amable lector al cántico puesto en labios de María por el evangelista (Lc 1,46-55), hermoso salmo al que la tradición da el nombre de el Magníficat[10] y del cual Martín Lutero haría en su día un hermoso comentario. Los versículos finales, 54 y 55, rezan literalmente:

Socorrió a Israel su siervo,
Acordándose de la misericordia
De la cual habló a nuestros padres,
Para con Abraham y su descendencia
Para siempre.

En líneas generales, cuando se habla de esta composición o se hacia algún comentario sobre ella, se suele incidir en lo que manifiestan los primeros versículos: la glorificación de Dios por parte de María (vv. 46-47), la confesión de su pequeñez (v. 48a) o su bienaventuranza ante todas las naciones (v. 48b) por las maravillas que Dios había hecho en ella (v. 49). Pero tenemos tendencia a olvidar el resto del cántico, especialmente los últimos versículos arriba citados, en los que descansa el peso del poema, pues indican su propósito, apuntan a una finalidad muy concreta que no es otra que cantar la salvación eterna que Dios había provisto para la estirpe de Abraham, o sea, para Israel. No desdicen, pues, estos versículos de lo que será el contenido general del Evangelio según San Lucas; pese a lo que tantas veces se ha afirmado en medios teológicos acerca de su autor no judío, o de su mensaje dirigido especialmente a los creyentes de la gentilidad, lo cierto es que el tercer Evangelio destaca, paradójicamente, por ser aquél que más hincapié hará de los cuatro en la redención que Dios ha preparado para Israel; también para los demás pueblos, ciertamente, pero no sin Israel, no aparte de la simiente de Abraham. Al colocar, por tanto, las estrofas de esta composición en labios de la Virgen María, San Lucas Evangelista hace deliberadamente de ella el primer heraldo del cumplimiento del plan de Dios para con su pueblo que aparece en su narración[11], vale decir, la primera persona que proclama de manera ostensible la plenitud de la Historia de la Salvación.

La tercera y última que mencionamos nos la brinda el relato del nacimiento de Jesús, con el anuncio de los ángeles a los pastores y la consiguiente adoración de éstos últimos al recién llegado. Unas breves palabras que leemos en 2,19 y que se repetirán en el v. 51 de manera más abreviada al relatársenos la estancia de un Jesús adolescente en el templo de Jerusalén entre los doctores de la ley:

Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.

Una declaración sencilla, como una pincelada rápida ejecutada sobre un lienzo, que aparentemente no da la impresión de decir demasiado, pero que rezuma contenido. Es a partir de ella, única en todo el Nuevo Testamento, de donde algunos exegetas antiguos y modernos han deducido una fuente muy particular del Evangelio lucano y de la que no habrían dispuesto los otros evangelistas. Fuera o no así, lo cierto es que leemos en este versículo una actividad muy concreta de María de la que estamos muy necesitados los creyentes de todas las épocas, pero de manera particular los de la nuestra. No se limita a guardar, a atesorar recuerdos de momentos especiales, como quien colecciona fotografías, sino que medita sobre ellos, hace de ellos un objeto de importante y trascendental reflexión. Tal como se expresa el evangelista, la meditación de María trasciende los pensamientos habituales de una madre cualquiera en relación con su hijo; apunta a algo diferente, más profundo, algo que toca a una dimensión trascendente, que penetra los mismos arcanos divinos, pero no con el humano anhelo de comprender lo incomprensible, sino con la confianza que transmite la fe y con la esperanza que únicamente se recibe por Gracia. María no sólo es una mujer israelita piadosa que obedece a la voluntad de Dios; no sólo se muestra como una creyente que alaba a Dios y le da gloria por su misericordia y su Gracia inefable en su propósito redentor; es también alguien que hace de la reflexión sobre los hechos portentosos del Dios de Israel una parte destacada de su existencia. La religiosidad de la Virgen María no se limita a manifestaciones externas puntuales, sino que impregna su existencia y concede un importante espacio a la reflexión, con lo que deviene un ejemplo a imitar para todos los creyentes.

No nos debe extrañar, por tanto, que el Padre más importante de la Iglesia occidental, San Agustín de Hipona, viera en ella la imagen del cristiano fiel y ponderado por antonomasia, y que la describiera con las siguientes palabras:

“María es más dichosa en comprender la fe en Cristo que concebir en su seno a Cristo. Su lazo maternal no le hubiera servido de nada, si no hubiera sido más feliz en llevar a Cristo en su corazón que llevarlo en su seno». De natura et gratia, XXXXVI. P.L., 44, col. 267.

Que ni prejuicios inveterados ni una comprensión equivocada priven jamás a tantos miles de creyentes cristianos de nuestros días de esa extraordinaria manifestación de la Gracia soberana de Dios que es la figura de la Virgen María.

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[1] Conocemos capillas que se llaman “Iglesia de San Pablo”, “de San Pedro”, “de San Andrés”, “de San Bernabé”, “de San Juan el Teólogo”, “de San Juan Evangelista”, y hasta “de los Santos Apóstoles de Nuestro Señor”.

[2] “Iglesia de San Juan Bautista”, “de San Lucas”, “de San Marcos”, “de San Esteban Protomártir”, etc.

[3] “Iglesia de la fe verdadera”, “de la victoria en Cristo”, “de la reconciliación”, “del Reino venidero”, etc.

[4] La única excepción la constituyen algunas parroquias episcopalianas.

[5] Salvo que consideremos las palabras Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, que leemos en Gá 4,4, como una mención directa, algo que muchos exegetas no consideran.

[6] El verbo griego kharitóo, “favorecer”, efectivamente, tiene la misma raíz que el sustantivo kharis, “gracia”.

[7] Martín Lutero, quien, pese a ser el Reformador protestante por antonomasia, tenía una gran veneración por la figura de María, traduce esta expresión por “querida María”. Cf. su Misiva sobre el arte de traducir.

[8] Una antigua tradición hace de él, además, un pintor. Quienes se adhieren a ella gustan de señalar que muchas de las escenas descritas en su Evangelio y en los Hechos de los Apóstoles parecen más bien compuestas de trazos que de frases o cláusulas gramaticales.

[9] Se ha señalado en ocasiones que la edad de María en el momento de la Anunciación no debía rebasar los trece o catorce años.

[10] De su primera palabra en la Biblia Latina: magníficat significa “engrandece”.

[11] Tendríamos que decir, para ser más precisos, el primer heraldo humano. Antes lo hace el ángel Gabriel con el sacerdote Zacarías en 1,15-17 al hablar de la misión del Precursor de Cristo, de Juan, que cumpliría la profecía de Mal 4,5-6.

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