Posted On 16/04/2015 By In Historia, Teología With 1786 Views

Bonhoeffer y los evangélicos

Es la semana en que se conmemora la ejecución de Bonhoeffer y en un artículo reciente Will Graham se pregunta si acaso este teólogo alemán fue «evangélico». Y no es que su respuesta negativa sea incorrecta, aunque argumenta en un estilo que permitiría hasta demostrar que el cardenal Belarmino no fue católico. El problema no es la respuesta, sino la pregunta.

Imagine usted al pobre Bonhoeffer intentando entender la discusión. ¿Evangelikal? Con seguridad nunca oyó esa palabra. ¿Evangelisch? Claro, respondería, originario de la iglesia de la unión prusiana, de una familia con trasfondo tanto liberal como pietista, influenciado por la obra de Karl Barth pero sin digerirla de modo completo, fuertemente impactado por sus hermanos bautistas en Harlem, pero también por su estrecha relación con el arzobispo de Canterbury. Fue –y para notarlo basta con asomarse a su obra- alguien influenciado en un momento u otro por todas las grandes tradiciones del protestantismo.

En una cosa tiene razón Graham, y es que la obra de Metaxas a la que refiere vuelve tal vez a Bonhoeffer demasiado digerible para el evangélico promedio, con frecuencia ajeno a esas tradiciones. Aunque la sugerencia de que esto, a su vez, haya llevado a los evangélicos a beber de Bonhoeffer alguna rampante heterodoxia resulta algo insólita – los problemas evangélicos no suelen ir por el lado del exceso de lectura, y si algo de Bonhoeffer se lee son los escritos devocionales que Graham omite en su diatriba.

Cabe además notar que lo de Metaxas, con todas las faltas que se le pueda encontrar, es también corrección de otras presentaciones unilaterales de Bonhoeffer: había sido presentado como precursor de toda clase de corrientes teológicas del último medio siglo y un correctivo a eso ciertamente era necesario; pero es de la naturaleza de los correctivos el riesgo de la unilateralidad.

Pero como quiera que se opine sobre la unilateralidad (¿tan terrible?) de Metaxas, cabe notar que algunos de los puntos que de su obra se desprenden de hecho coinciden con resultados de investigadores más serios. La relación de Bonhoeffer respecto de Barth, por ejemplo, se ha ido revelando cada vez como menos servil, y en la comparación bien puede uno acabar inclinándose por Bonhoeffer: en los años 33 y 34, por lo pronto, la cuestión judía ocupó para Bonhoeffer una centralidad que para Barth aún ocupaba más bien el rechazo de la teología natural. Que la imagen recibida de Bonhoeffer merezca ser revisada, y eso de modos que puedan volverlo más cercano a lo mejor del mundo evangélico, no es pues ningún disparate.

Desde luego, bien podría alguien objetar que un autor susceptible de lecturas tan variadas y cambiantes es tal vez finalmente algo incoherente. Existe, sin embargo, algo distinto de la incoherencia: el estar lentamente progresando, y morir antes de llegar a la definitiva madurez… Pero eso es compatible con tener una identidad medianamente clara. ¿La tenía Bonhoeffer? Si hoy tuviese que reescribir el libro que algunos años atrás escribí sobre el mismo, una de las cosas que resaltaría con mayor claridad es la creciente importancia dada por Bonhoeffer a los escritos confesionales luteranos. No perteneció al ala confesional más estricta del luteranismo, en la que se encontraba su primo Hermann Sasse, pero el aprecio por las confesiones de fe es en su obra de una singular constancia. Por supuesto que Bonhoeffer no fue vagamente “evangélico”: pero no porque fuera un militante cerrado de alguna escuela teológica contemporánea, sino porque era luterano.

Y eso explica el tenor de su relación tensa con el mundo “evangélico”. Quien quiera formarse una impresión al respecto, tiene que leer los informes de Bonhoeffer tras sus dos estadías en Estados Unidos, en particular el segundo, titulado “Protestantismo sin Reforma”.Porque ahí uno lo encuentra enfrentando con crítica y aprecio el mundo evangélico, y la crítica que ahí se encuentra no es la de un “liberal”, sino precisamente la de un cristiano “confesional” (por flexible que fuese su confesionalismo): del “protestantismo sin Reforma” le preocupa que difícilmente entenderá lo que son “un sermón, una confesión, un dogma, una iglesia, la comunión”. Pero la suya no es la crítica arrogante del que desde una “iglesia histórica” mira hacia abajo al resto. Confrontado con el protestantismo norteamericano bien sabe que “nadie puede ser justo con estas iglesias mientras que las evalúe a partir de la teología de las mismas”. Y tal diálogo genuino entre las iglesias de la Reforma y el protestantismo sin Reforma le importaba en grado sumo: lo califica en este ensayo como “la tarea decisiva de hoy”.

Si se quiere responder hoy de modo positivo a esa tarea, lo que se debe hacer es cambiar de pregunta. La pregunta no es “¿fue Bonhoeffer (o quien fuere) evangélico?” La pregunta es “¿está el mundo evangélico dispuesto a oír a quienes le hablan desde el resto de la tradición cristiana?” Pocos sugerirán que Bonhoeffer debe ser el único faro que oriente la labor teológica de los evangélicos; pero con su crítica cercanía sí puede ser un caso privilegiado para ver cómo se responde a dicha pregunta.

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