Posted On 15/10/2013 By In Cultura, Ética, Historia, Opinión With 1557 Views

Calvino y Servet, la historia y las lecciones morales

Hace unos días un buen amigo me preguntó acerca de la reacción de Calvino ante Servet, ejecutado en Ginebra en 1553 por sus obras antitrinitarias. No escribo sobre esto para ofrecer una síntesis de los hechos acaecidos en Ginebra, ya que cualquiera podría encontrar suficiente información en otras fuentes (“El hereje perseguido” de Bainton, o cualquier biografía respetable de Calvino). Escribo más bien porque la cuestión puede servir para preguntarnos acerca de la relación que los evangélicos han tenido con la historia. Y pienso no solo en la historia eclesiástica; después de todo, la pregunta de mi amigo tuvo lugar la semana en que en Chile conmemorábamos los 40 años del derrocamiento de Allende, por lo que por estos lares sobreabundaron ejercicios de “memoria” de la más variada naturaleza.

A mi amigo le respondí de la manera en que, supongo, tiende a responder quien se ha aproximado a una pregunta como ésa por su interés en la historia del siglo XVI: destaqué que lo que le ocurrió a Servet responde, ni más ni menos, a la práctica estándar de dicho siglo; que el papel de Calvino en el proceso judicial mismo es relativamente insignificante; que incluso si hubiese sido un papel importante, éste estaría lejos de dejarle mal parado en un contexto como ese –comparar un muerto en Ginebra con las innumerables víctimas de cualquier territorio luterano, anglicano o católico pone las cosas en perspectiva. Pensé que estaba diciendo algo interesante. Después de todo, del mismo modo en que el proceso contra Servet creó una avalancha de obras contra Calvino, de otros centros de la Reforma, como Wittenberg, no faltaron las cartas de felicitaciones. Vistas así las cosas, lo que a mí me parecía realmente interesante de esta pregunta histórica era cómo en medio de ese contexto el caso de Servet y Calvino llegó a ser tan célebre y el resto de los casos tan ignorados.

Mala o buena, sospecho que esta respuesta no contestaba realmente a lo que mi amigo me estaba preguntando. Su pregunta no era una pregunta de historia. Su pregunta era, por decirlo así, una pregunta moral: preguntaba qué debemos pensar sobre la acción de Calvino respecto de esa historia puntual, cómo debemos hablar sobre cómo se comportó, y cómo afecta eso a la razonabilidad de que alguien se presente, por ejemplo, como calvinista, en el mundo contemporáneo. Si ésa es la pregunta, mi respuesta fue tan inadecuada como cuando a alguien le preguntan por las violaciones a los derechos humanos en una dictadura, y en lugar de responder, efectivamente, condenándolas, procede a dar una larga explicación histórica sobre la naturaleza de las crisis institucionales en su país. En casos como ésos, la sospecha, a veces justificada y a veces injustificada, es que se están simplemente minimizando las atrocidades del caso.

De modo análogo, muchas de las explicaciones históricas sobre el modo en que se trataba a los herejes en el siglo XVI tienden a ser vistas como si uno no se atreviera a llamar a lo malo, malo, cuando es Calvino –o cualquier personaje del que uno se sienta deudor- el que está involucrado.

Hay algunas lecciones importantes que, me parece, podemos aprender de situaciones como ésta. La primera, y la más obvia, es que para responder bien hay que saber lo que a uno le están preguntando. Y rara vez lo sabemos; ni en la vida pública ni en la vida de iglesia. Usamos las mismas palabras, pero nos inquietan cosas muy variadas. Quienes respondemos con explicaciones históricas a preguntas morales, corremos el riesgo de que lo que digamos, correcto o incorrecto, sea leído como simple insensibilidad moral. No están del todo equivocados los que sospechan eso. Fácilmente ocurre que la respuesta histórica sea efectivamente parte de una evasión moral, o que por una malentendida lealtad se crea tener que dar explicaciones que mantengan lo más limpio posible el nombre de x o y. Cosas como ésa efectivamente suceden, ayer, hoy y siempre. ¿Un ejemplo? John Owen, el gran defensor de la tolerancia entre los reformados del siglo XVII: defendiendo en sus escritos que la persecución por motivos religiosos siempre era reprobable, no podía evitar escribir que el caso de Servet era distinto, el único caso en el que “el celo de los que le dieron muerte puede ser absuelto” (Vindiciae Evangelicae, Works of John Owen XII, 41). Por no hablar de lo que ocurre entre quienes somos menos que Owen… Concedo, entonces, que suele ser bueno comenzar nuestras conversaciones dejando claro que nadie está dispuesto a excusar cosas inexcusables.

Pero dicho eso, creo no menos importante recordar la necesidad que tenemos de permitir un genuino inquirir histórico. La mayoría reconocemos, en grados muy distintos, tener algún interés por comprender nuestro pasado, ya sea el de nuestra comunidad nacional o el de nuestra fe. Pero sospecho que nuestro principal obstáculo hoy no es cuánta intensidad y ecuanimidad estamos dispuestos a derrochar, ni por cuánto tiempo nos podamos dedicar a semejante tarea. Nuestro principal obstáculo es que buscamos moralizar demasiado rápido. Nos interesa saber qué fue lo bueno y qué fue lo malo del pasado; tratamos el pasado casi como si fuera un futuro al cual le estamos imponiendo unas lecciones de comportamiento civilizado.

No queremos tratar de entender nuestro pasado político reciente, ni tampoco nuestro pasado eclesiástico remoto; pero queremos poder juzgarlos a ambos. Nos da miedo el hecho de que si empezamos a entender, si empezamos a explicar, podríamos estar excusando lo inexcusable; y así, la tarea de comprender no la abordamos nunca – hasta el historiador profesional es capaz de eludirla de por vida.

Del mismo modo que debemos cuidar la explicación histórica como evasión, debemos cuidar el trato puramente apologético respecto de la propia historia confesional, y también cuidarnos de ese trato moralizante del pasado. Naturalmente, esto no significa que sobre el pasado no haya que emitir juicios. No es que no esté ahí para que, de algún modo, intentemos aprender de él. La duda, aún con todo, es si acaso el modo apresurado –previo a los esfuerzos por la comprensión histórica- en el que solemos emitir nuestros juicios, sirve de algo para nuestra propia formación moral. Piénsese en el caso de Servet y Calvino. Algunos apelan al “espíritu de la época” para así intentar mostrar que todo lo que ocurrió fue de lo más normal. Ese modo de abordar las cosas merece justos reproches, y no es más que una versión en formato histórico de la manera en que solemos justificar cualquiera de nuestros actos apelando al espíritu de nuestro tiempo.

Como segundo camino se nos abre el de afirmar que no importa la época en la que se viva, el hereticidio –tal como la ejecución de adversarios políticos- solo debe merecer nuestra condena. ¿No es afirmar esto un mejor camino que el primero? Parece obvio que sí, pero la verdad es que no lo creo. Porque ese modo de abordar las cosas, en el que se pretende emitir un juicio moral con independencia de la comprensión del pasado, nos impide ver con precisión lo que hizo que ese pasado propendiera a cierto tipo de errores. Paradójicamente, puede ocurrir, por tanto, que precisamente sea ese trato moralizante del pasado el que más fácilmente nos ponga en riesgo de repetir sus errores.

Deberíamos preguntarnos si acaso los caminos opuestos que se presentan en nuestra relación con la historia no son en realidad idénticos. Una cultura que promueve una relación con el pasado en la que sólo se escribe la historia desde los vencedores, hacia quienes se pide irrestricta lealtad, desemboca en la generación siguiente en el simple enjuiciamiento del pasado. Los dos fenómenos ocurren tanto en la historia eclesiástica como en la historia política. La conciencia de ese hecho podría tal vez ayudarnos a usar la historia eclesiástica como una suerte de campo de entrenamiento, en el que los cristianos adquieran hábitos de comprensión que sirvan, cuando nos toque a cada uno, para hacernos cargo de la gris historia política de nuestros respectivos países.

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