Posted On 12/10/2012 By In Opinión With 2807 Views

Concilio Vaticano II (1962-1965): una valoración protestante


A la memoria de José Míguez Bonino, por su discernimiento y sabiduría.

 

Hoy se cumplen 50 años del inicio del llamado Concilio Ecuménico Vaticano II. La visión del Papa Juan XXIII y su insistencia en llevarlo a cabo tuvo un impacto histórico que todavía nos desafía. La sabiduría de proponer un “aggiornamento”, la puesta al día de la iglesia con los tiempos cruciales y llenos de interrogantes del siglo XX fue un gran acierto.

Me gustaría comentar brevemente en este escrito cuatro dimensiones sobre el impacto de este gran evento ecuménico en Latinoamérica y el Caribe: el contexto histórico de aquella década tan convulsionada y agitada, el impacto bíblico-teológico de este Concilio Ecuménico en la teología latinoamericana de la liberación y en todo el cristianismo, el impacto en movimientos ecuménicos de inspiración protestante y la fundación de dos entidades muy prominentes en el escenario eclesiológico latinoamericano y caribeño:  la fundación de la Fraternidad Teológica Latinoamericana y la fundación del Consejo Latinoamericano de Iglesias.

La década de 1960 a 1970 experimentó por un lado el surgimiento de movimientos insurgentes en Centroamérica y el ascenso de movimientos populares de liberación, dictaduras en Brasil (1964) y Chile (1973) y una creciente crisis económica del capitalismo internacional entre 1967 y 1972. El otro impacto importante fueron las revueltas estudiantiles, particularmente en Europa, en mayo de 1968.

La mayor influencia del Concilio Ecuménico Vaticano II en Latinoamérica y el Caribe lo constituyó el surgimiento de la teología latinoamericana de la liberación y su método teológico, que insistió en enfatizar una praxis de fe liberadora y el compromiso con los pobres en decirles que Dios los ama y quiere su liberación. El Vaticano II también abrió una nueva dimensión de la hermenéutica bíblica que ha probado ser una herramienta fundamental en desatar un sentido de la palabra de Dios y su vigencia en el presente y futuro de América Latina. En 1969 este movimiento proveyó un horizonte de esperanza para millones de pobres en el continente, dentro y fuera de las iglesias.

Los protestantismos latinoamericanos y caribeños comenzaban a dar signos de avance en la búsqueda de unidad a nivel continental organizada en movimientos tales como Iglesia y Sociedad (ISAL), Comisión Evangélica Latinoamericana de Educación, ambos fundados en 1962 en Huampaní, Perú, la Fraternidad Teológica Latinoamericana (1970) y el Consejo Latinoamericano de Iglesias (CLAI), en formación en 1978 y constituido en 1982. Todas estas iniciativas recibieron la oleada de inspiración y entusiasmo que significó el Concilio Ecuménico Vaticano II para la renovación de la Iglesia Católica Romana y de todo el cristianismo latinoamericano y caribeño.

El libro que de manera sucinta y clara resumió las implicaciones del Concilio Vaticano II fue el libro del recientemente fallecido teólogo, Dr. José Míguez Bonino, Concilio abierto. Una interpretación protestante del Concilio Vaticano II (Buenos Aires: La Aurora, 1967). José Míguez fue el único observador protestante latinoamericano en dicho Concilio, junto a personalidades protestante del calibre del Dr. Albert C. Outler, teólogo metodista norteamericano y el pastor David du Plessis, pentecostal sudafricano.

En ese breve e enjundioso libro, José Míguez Bonino nos ofrece una visión balanceada e inteligente sobre la importancia, las implicaciones de este evento histórico del cristianismo mundial. Lo que más valoro y recuerdo de mi primera lectura del libro en 1968 fue la sobriedad para exponer temas gruesos, sobre todo sobre la eclesiología, enfatizando un tema que fue una constante en su teología: la dimensión de una eclesiología relativa entre las tradiciones protestantes dada su diversidad y muchas veces su atomización. Míguez nos ofrece así su sabiduría y amplio conocimiento de la teología católica-romana, con todos sus matices, y los retos que nos plantea a los protestantes en el diálogo ecuménico. Su propia tesis doctoral sobre la tradición y la escritura en la teología católica ya nos abrió el panorama para la discusión. El acervo de su producción teológica y el compromiso ecuménico es ya un aporte definitivo que ha marcado y marcará futuras discusiones.

Por el otro lado, Míguez Bonino enfatiza allí lo promisorio de aquel “concilio abierto” y los desafíos que planteaba la renovación misma de la Iglesia Católica Romana en sus diversas expresiones alrededor del mundo. Y José Míguez Bonino siempre insistió en que la misión y la unidad en la perspectiva del reinado de Dios, se mueve entre la historia presente (conflictiva) y el futuro glorioso (escatológico). A través de la fe en Jesucristo, manifestada en la iglesia como señal de nueva humanidad, inaugurada en la vida resucitada de Jesús. En el camino de obediencia hacia el reino de Dios es que aspiramos a vivir un horizonte de paz con justicia, en la plena esperanza de un reino en plenitud que nos aguarda.

Me parece pertinente afirmar que el Concilio Vaticano II, bajo la fuerza del Espíritu, fue un hito histórico que transformó el cristianismo mundial para siempre. Para Latinoamérica y el Caribe fue la fuente para crear una teología autóctona y contextual que nos ha obligado a repensar y renovar nuestra fe.

Hace 50 años bajo la visión e inspiración de un hombre de Dios, el Papa Juan XXIII, se abrió un espacio para una conversación amplia que tiene implicaciones hoy en temas tan acuciantes como el diálogo interreligioso, una teología de la creación que incluye absolutamente todo lo que Dios ha creado y una fe que nos permita creer en este siglo XXI, a pesar de todo.

Carmelo Álvarez – Chicago, IL,   11 de octubre 2012

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