Control de natalidad

Posted On 31/01/2018 By In Ética, Opinión, portada With 245 Views

Control de natalidad, caminos separados entre Roma y el protestantismo moderno | Alex Roig

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La Iglesia católica y las iglesias nacidas de la Reforma han estado enfrentadas durante cinco siglos en muchos temas doctrinales, especialmente soteriológicos, sin embargo, compartían unos mismos principios morales respecto a la vida familiar y la sexualidad, hasta que hace poco esta unanimidad se rompió, al mismo tiempo que se daban ciertos pasos de acercamiento doctrinal en los temas teológicos controversiales de antaño. Me refiero a la cuestión del control de la natalidad, que consideramos un poco en un artículo anterior sobre el tema de lo natural y lo antinatural en la sexualidad.

El mundo antiguo conocía perfectamente el control de natalidad —escribe Kimberly Hahn—, el divorcio, la homosexualidad, el adulterio, el aborto y las relaciones prematrimoniales. En muchos lugares del Imperio romano estas prácticas eran tan comunes y socialmente aceptables como lo son hoy día en Estados Unidos. Sin embargo, los cristianos condenaban unánimemente esas acciones. Y la Reforma protestante asumió esta tradición. De hecho, protestantes y católicos compartieron una misma ética sexual durante cuatrocientos años a partir de la Reforma. En materia de amor, sexo y matrimonio, la tradición cristiana proclamó la misma doctrina hasta la década de 1930. Desde entonces, las distintas denominaciones protestantes han ido rompiendo todas las posiciones una por una, pero el Magisterio de la Iglesia católica ha permanecido firme[1].

¿Qué ocurrió en esa fecha para producirse semejante divorcio?

Ocurrió que “en 1930, la Conferencia Anglicana de Lambeth (Inglaterra), se convirtió en el primer organismo oficial cristiano en aprobar el uso de la anticoncepción en casos extremos”[2], de modo que dejó a la Iglesia católica la defensa en solitario de lo que Kimberly Hahn llama “la santidad del acto matrimonial”.

En aquella conferencia de Obispos anglicanos se trató, entre otros temas como “Raza”, “Paz y guerra”, el “Matrimonio y vida sexual”, que suscitaron violentas conmociones y discusiones dentro de la asamblea, siendo las resoluciones relativas a las mismas las más enconadamente comentadas por el pueblo y por los clérigos. Sobre todo lo que más preocupó a la Conferencia fue la gravísima cuestión del birth control y de las prácticas anticonceptivas.

Desde hacía un par de décadas en Inglaterra se debatía con intensidad este tema y muchos estadistas favorecían la restricción del número de hijos como el remedio quizá más eficaz del paro y de la crisis obrera, problema social acaso el más grave de aquel momento.

Ya en la Conferencia de 1908, cuando el problema no tenía la misma gravedad, había considerado el asunto negativamente, y en la Resolución 42 declaraba ilícitos todos los medios encaminados a prevenir los nacimientos, pidiendo la prohibición de todos los productos farmacéuticos especiales, de todos los anuncios y reclamos corruptores.

En la Conferencia de 1930 se abrió un poco la mano. En la Resolución 13 se proclamó el carácter natural, y por tanto, querido por Dios, del instinto sexual y del valor moral de las relaciones conyugales; en la 14 se proclamó asimismo la gloria de la fecundidad, el gozo que aporta a las familias, su importancia nacional, su efecto saludable sobre el carácter de los padres y de los hijos; en la 16 a 19, se condenó enérgicamente el aborto y todas las formas de vicio y de amor ilegítimo; pero en la Resolución 15, la más famosa y discutida, se afirmaba lo siguiente:

“Cuando se vea claramente la obligación moral de limitar o de evitar la paternidad, el método a seguir debe decidirse según los principios cristianos. El primer método y el más obvio es el abstenerse completamente de las relaciones conyugales todo el tiempo que sea necesario, llevando una vida de disciplina y de dominio de sí mismo, con la ayuda y gracia del Espíritu Santo. Hay casos, sin embargo, en que se encuentran a la vez la obligación moral, claramente percibida, de limitar o de evitar la paternidad, y sólidas razones de orden moral para no adoptar una abstención completa. En estos casos la Conferencia reconoce (agree) que pueden ser empleados otros métodos, siempre que se proceda a la luz de los mismos principios cristianos. La Conferencia condena enérgicamente el empleo de cualquier método por motivos de egoísmo, de sensualidad o de simples conveniencias personales”.

Los obispos eran conscientes del paso tan trascendental que estaban dando, y por eso aclaraban: “Es necesario reconocer que hay en la Iglesia anglicana una fortísima tradición, según la cual el uso de métodos preventivos no es lícito en ningún caso al cristiano. Nosotros reconocemos el valor de este testimonio, pero no podemos aceptar tal tradición como absoluta y definitiva. Se debe hacer constar que ella no está fundada sobre ninguna instrucción contenida en el Nuevo Testamento. No se apoya sobre la autoridad de ningún Concilio Ecuménico”. Por eso, respondiendo a un sentido de responsabilidad ante la nueva situación, la Conferencia se manifiesta “franca y claramente, teniendo plenamente en cuenta hechos y condiciones que no existían en el pasado, pero que son consecuencia de la civilización moderna”[3].

La Resolución de la Asamblea fue aprobada con 193 votos a favor, 67 en contra y unas 40 abstenciones. Para muchos esta Resolución ausó un terremoto en el cristianismo mundial. Rompió con una tradición cristiana de 1900 años de antigüedad. Causó un terremoto en el cristianismo mundial. Para el movimiento ProLife católico este fue un evento histórico trágico.

En el sur de EE. UU. los metodistas, bautistas y presbiterianos protestaron contra la tendencia anglicana de promover la anticoncepción, y así se mantuvieron hasta los años 60, aunque en la práctica muchos de sus pastores hacía tiempo que habían regulado el número familiar con pocos hijos. Hoy, la generalidad de las iglesias protestantes y evangélicas, excepto pequeños muy aislados, como los amish, los huteritas, admite el uso de contraconceptivos para para regular la natalidad. Hasta los más fundamentalistas y enemigos del liberalismo teológico, aceptan, o al menos practican, la Resolución de los liberales anglicanos de Lambeth respecto al control de la natalidad.

Pocos teólogos protestantes, si alguno, se ha manifestado en contra del birth control[4]. Sólo un historiador de nota, Pierre Chaunu (1923-2009), prestigioso profesor de la Sorbona de París (Francia), pionero de la historia cuantitativa y autor de una obra científica de considerable magnitud e influencia. Dedicó especial atención a la historia de España[5], y también de Latinoamérica[6], así como la historia de la Reforma[7]. Pues bien, Chaunu, desde de su extenso conocimiento de la demografía histórica, en 1975 publicó un libro que bien pronto se publicó en español: El rechazo de la vida[8]. En él realiza un exhaustivo estudio histórico, económico y demográfico, para avisarnos de los peligros del control de la natalidad y proponer una política de “procreación”. “El crecimiento cdero —escribe—, es la seguridad de la muerte de la especie, puesto que consiste en conservar nuestras malas costumbres en un mundo envejecido, sin proyecto, incapaz de reformarse”[9].

En la misma estela, unos años después escribe y se publica en español Historia y población[10], donde denuncia la Francia que se descristianiza, que abandona las prácticas religiosas, que destruye la familia, que rehusa la natalidad y acepta sin pudor el aborto, actitudes, que conducen a un “futur sans avenir” (futuro sin porvenir). Casi al final de su vida da a la imprenta La mujer y Dios. Reflexiones de un cristiano sobre la transmisión de la vida[11], donde vuelve a incidir en su misma preocupación por la deserción occidental de la natalidad. Chaunu, reformado convencido, no tuvo reparos en admitir que lo mejor que había leído sobre la regulación de la natalidad fue un libro magnífico escrito en 1965, “su título es Amor y responsabilidad. Su autor es un tal Karol Wojtyla, más conocido como Juan Pablo II. No sabría recomendar bastante su lectura. Al mismo tiempo, como protestante, debo alabar la grandeza y la inteligencia del papa Pablo VI cuando publicó la encíclica Humanae vitae.

Chaunu fue muy criticado en España por Ricardo Lezcano, quien califica a Chaunu de “campeón del natalismo y profeta de los males del envejecimiento demográfico”. Lezcano considera que el escritor francés, al prohibir el aborto, limitar el uso de anticonceptivos y desanimar a los matrimonios que piden orientación familiar, no se le ha ocurrido pensar “que si el Estado quiere más nacimientos lo que debe hacer es velar porque las parejas dispongan de una vivienda digna, de que haya abundantes y baratas guarderías y que los embarazos sean objeto de una vigilancia médica extensa y gratuita”[12]. “Querer resucitar ahora el baby boom de los cincuenta y los sesenta es desconocer en absoluto los peligros de la super población, que éstos sí que son reales y que representan un suicidio demográfico[13]. No podemos entrar ahora en el interesantísimo tema de la explosión demográfica, tan negada por muchos como el cambio climático, pero, para terminar con Chaunu, él hizo una predicción que el tiempo se ha encargado de desmentir: “Según mis cálculos —afirmó—, en el conjunto del planeta las generaciones no podrán ser sustituidas a partir del 2020. El hecho es que el fenómeno de la caída total de la población no es evidente en los primeros 30 años porque la población sigue creciendo por efecto del envejecimiento”[14].

En nuestros días, el historiador Allan C. Carlson, luterano conservador, fundador del Congreso Mundial de las Familias y especializado en la Europa moderna, también se ha manifestado contra el control de la natalidad, en base al envejecimiento de nuestra sociedad y la despoblación de nuestros países occidentales. Para Carlson, el protestantismo aceptó la anticoncepción por la tibieza de su clero casado. Durante los 20 años previos a 1930, el clero anglicano predicó inconsecuentemente contra la anticoncepción, pues el hecho es que ellos mismos tenían pocos hijos. Su predicación, pues, era poco convincente y creaba mala conciencia. Un censo de 1911 demostró que los pastores anglicanos tenían menos hijos, apenas 2,3 de media. Sus homólogos luteranos, por las mismos años, tenían 3,7 hijos, que hoy puede parecer mucho pero era muy inferior de lo que la generación anterior veía como normal. Para justificar esta situación, lo que unos y otros hicieron fue razonar teológica e intelectualmente lo que venía siendo una práctica común. Por eso se sumaron a la corriente de los medios anticonceptivos[15].

La Iglesia católica permaneció inmutable, aquello era una prueba más de la degradación protestante. Ese mismo año de 1930, el Papa Pío XI publicó la encíclica Casta Connubi, donde alerta sobre los errores y atentados contra la santidad del matrimonio cristiano, “apoyándose en falsos principios de una nueva y perversísima moralidad”. “Ninguna ley humana puede privar a un hombre del derecho natural y originario de casarse, ni circunscribir en manera alguna la razón principal de las nupcias, establecida por Dios desde el principio: «Creced y multiplicaos»” (Casta Connubi, n. 4). “La prole, por lo tanto, ocupa el primer lugar entre los bienes del matrimonio. Y por cierto que el mismo Creador del linaje humano, que quiso benignamente valerse de los hombres como de cooperadores en la propagación de la vida, lo enseñó así cuando, al instituir el matrimonio en el paraíso, dijo a nuestros primeros padres, y por ellos a todos los futuros cónyuges: Creced y multiplicaos y llenad la tierra” (n. 6).

El Concilio Vaticano II ratifica esta misma doctrina: “El matrimonio y el amor conyugal están ordenados, por su propia naturaleza, hacia la procreación y educación de los hijos. Los hijos son en realidad el don supremo del matrimonio y contribuyen substancialmente al bienestar de los padres” (Gaudium et Spes, 50). Al afirmar esto, el Magisterio aclara que la Iglesia no tiene ninguna enseñanza específica acerca del tamaño óptimo de la familia. Tampoco enseña, como dicen algunos, que el matrimonio esté obligado a tener todos los hijos que le sea posible. En las decisiones respecto al tamaño de la familia, la pareja  “tomará en cuenta cuidadosamente tanto su propio bien como el de sus hijos, los ya nacidos, y aquellos que se prevean en el futuro. Los padres considerarán estos elementos a la luz de las condiciones materiales y espirituales de los tiempos, y de su propio estado de vida. Por último, llevarán a consulta los intereses del grupo familiar, de la sociedad temporal, y de la misma Iglesia” (Gaudium et Spes, 50).

Para el Papa Juan Pablo II, las decisiones acerca del número de niños y de los sacrificios que ellos requieren, no se deben tomar con miras solamente a un mayor confort o mantener una existencia tranquila. A lo que se opone el Magisterio católico es al control artificial de la natalidad. La razón básica de esta oposición es que tal acción es contraria a la naturaleza que Dios nos ha dado. En el acto natural de la relación marital los esposos ocurren dos cosas que no se deben separar: Los esposos se expresan amor mutuo y se abren a que ese amor sea fecundo. Los métodos artificiales de anticoncepción pretenden separar estos dos aspectos al extinguir la posibilidad creadora.

En la encíclica Humanae Vitae, del Papa Pablo VI, comienza señalando la primera forma ilícita de regular la natalidad: el aborto. Y añade: «Igualmente inaceptable, como ha declarado la autoridad magisterial de la Iglesia frecuentemente, es la esterilización directa, bien sea perpetua o temporal, bien sea del hombre o de la mujer” (n. 14). Esta frase condena en conjunto la ligazón de tubos, vasectomías y la pastilla anticonceptiva. Y continúa: “Igualmente excluida está toda acción que, bien en anticipación del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, intenta, bien como fin o como medio, hacer imposible la procreación” (n. 14). Estas formas antinaturales incluyen la pastilla, los IUD (intra-uterine-devices-dispositivos intrauterinos), espumas, diafragmas, condones, retracción preorgásmica, masturbación mutua o solitaria y prácticas sodomitas.

La misma enseñanza católica que condena explícitamente el uso de los métodos artificiales de regulación de la natalidad, aprueba explícitamente el uso de la planificación natural de la familia.

Ya que tanto los métodos naturales como los artificiales tienen el propósito de limitar el tamaño de la familia, podemos preguntarnos ¿cuál es la diferencia moral entre ellos? La respuesta es que los medios naturales de planificación familiar no separan artificialmente el amor unitivo y la procreación. Los esposos respetan la fecundidad y se abstienen en esos días. Ese respeto fomenta el respeto y amor mutuo entre los esposos. La esposa respeta su fecundidad y el esposo crece en virtud y apreciación hacia su esposa como compañera. 

Según la enseñanza católica, Dios ha dispuesto, en el contexto integral de su creación, métodos naturales para controlar los nacimientos según los exijan las necesidades personales y sociales. Entre ellos, la crianza natural de pecho, que ha sido un regulador y “espaciador” natural de embarazos. En tiempos recientes, científicos y médicos han desarrollado otros medios naturales.

Para los analistas católicos, el uso creciente de métodos artificiales desde 1913 ha sido acompañado de un aumento de divorcios de casi un 500 %. Las parejas católicas antes tenían una tasa de divorcios más baja que parejas de otras confesiones. Pero, lamentablemente, matrimonios católicos se unieron al uso de anticonceptivos, sobre todo en la década de 1960, la tasa de divorcio entre los católicos ha subido desde entonces hasta el mismo nivel.

Ciertamente, los fieles católicos de casi todos los países occidentales no parecen prestar atención a la enseñanza de sus autoridades religiosas respecto al control de natalidad mediante métodos naturales. Quitando grupos conservadores y muy motivados, como el Camino Neocatecumenal, por ejemplo, la mayoría de los matrimonios católicos hace tiempo que hicieron oídos sordos a la enseñanza de su Iglesia sobre este tema. Es más, cada día se hace más patente la protesta del pueblo fiel al respecto, limitando el número de hijos a mínimos. Lo último, las mujeres católicas estadounidenses, tanto anglosajonas como hispanas, se manifiestan en su mayoría contra de la planificación familiar natural. Solo un 22% de las encuestadas que han estado casadas o que han vivido con una pareja respondieron que han seguido las prácticas recomendadas por la Iglesia para la planificación del embarazo sin el uso de los anticonceptivos[16].

El protestante de solo Biblia no ve tan claro como sus hermanos católicos eso de “creced y multiplicaos”. Quizá tampoco quiera verlo, por menos convierten un solo texto bíblico o una doctrina particular en mismísima palabra de Dios. De todos modos, Roma admite honestamente que su enseñanza no se basa única y exclusivamente en la Biblia. Es un pilar esencial de su teología que la Biblia es la base fundamental para conocer la verdad, pero por si sola no es suficiente y puede ser manipulada. “La doctrina y la moral están contenidas en el Depósito de la Fe formado por la Biblia y la Tradición (la enseñanza constante y perenne de la Iglesia en materias de fe y moral que nos viene de Cristo por medio de los Apóstoles)… Jesús no nos dejó solamente con un libro, sujeto a interpretaciones personales y contradictorias, sino que estableció su Iglesia y la constituyó como Maestra con autoridad magisterial, guiada por el Espíritu Santo. Por eso debemos evitar el «reinterpretar» los textos bíblicos, para hacer ver que estos pecados son compatibles con la doctrina bíblica”.

Ciertamente los textos que componen la Biblia son primero “tradición-transmisión-apostólica” surgidos al calor de una comunidad o comunidades concretas que constituyen el círculo hermenéutico que hace posible su interpretación. No podemos desarrollar ahora este tema en el contexto de nuestro artículo, baste decir la tradición apostólica es una guía en aquello que quiso ser guía. Baste saber que los llamados Padres de la Iglesia y los antiguos escritores eclesiásticos realizaron una interpretación bíblica dentro de unas coordenadas condicionados por el necesario diálogo con la cultura helenística del tiempo e incluso por las circunstancias políticas de los seis primeros siglos de la era cristiana. A ellos les tocó lidiar con la necesidad de un canon bíblico de referencia y el problema de los límites de las diversas interpretaciones de la Escritura. Pero la cosa no terminó allí, no hizo sino empezar. Cuando se habla de la lectura de la Biblia desde la Tradición viva de la Iglesia, no se quiere decir otra cosa sino la presencia viva del Espíritu en la Iglesia, “el Espíritu que va haciendo a la Iglesia releer constantemente la Escritura en cada nueva circunstancia de la vida de la Iglesia, realizando una correcta fusión de horizontes y un adecuado crecimiento de los efectos del texto”[17].

El diálogo presente se mueve en las coordenadas de la ciencia y la secularización. Ese es nuestro horizonte al que como cristianos tenemos que responder desde los principios evangélicos presentes en la Biblia, de manera que sin dejar de ser fieles a esos principios seamos igualmente fieles a las necesidades del presente a la luz de nuestro conocimiento actual del ser humano y su biología, su historia y su evolución. Al final, como al principio, resulta que estamos al servicio de la vida, porque ella es el tribunal de toda verdad, y ese servicio condiciona nuestra manera de ver el espíritu en la letra de la Revelación, de manera que seamos fieles al Dios vivo, cuya gloria es el hombre vivo. No somos repetidores de fórmulas pasadas —de las que somos deudores dialécticamente—, sino generadores de sentido para el enriquecimiento de la vida y la felicidad del ser vivo.

De esto hablaremos luego.

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[1] K. Hahn, El maravilloso plan de Dios para el matrimonio, p. 10. ‪Ediciones Rialp, Madrid 2006.

[2] Id., p. 25. Cf. Miguel Ángel Fuentes, Matrimonio cristiano. Natalidad y anticoncepción (IVE Press, New York 2009); José Alfredo Elía Marcos, ¿Superpoblacion? La conjura contra la vida humana (Editorial Digital Reason, Madrid 2015).

[3] Lambeth Conference 1930. Resolutions Archive. Anglican Consultative Council 2005 http://www.anglicancommunion.org/media/127734/1930.pdf

Charles Gore, Lambeth on Contraceptives. Mowbray, Londres 1930 http://anglicanhistory.org/gore/contra1930.html

[4] Cf. André Dumas, El control de los nacimientos en el pensamiento protestante. La Aurora, Buenos Aires 1968.

[5] P. Cahunu, La España de Carlos V, 2 vols. (Ediciones Peninsula, Barcelona 1976; reeditado en un solo volumen por RBA, Madrid 2005); Sevilla y América, siglos XVI y XVII (S.P. Universidad de Sevilla, Sevilla 1983).

[6] P. Chaunu, Historia de América Latina. Eudeba, Buenos Aires 1997.

[7] P. Chaunu, Le Temps des réformes. La crise de la Chrétienté. L’éclatement 1250-1550 (Fayard, París 1975); Id., L’aventure de la réforme. Le monde de Jean Calvin (Editions Complexe, 1991).

[8] P. Chaunu, El rechazo de la vida. Análisis histórico del presente. Espasa-Calpe, Madrid 1978.

[9] P. Chaunu, El rechazo de la vida, p. 229.

[10] P. Chaunu, Historia y población. Un futuro sin porvenir. FCE, México 1982.

[11] P. Chaunu en colaboración con Jacques Renard, La femme et Dieu. Réflexions d’un chrétienne sur la transmission de la vie. Fayard, París 2001.

[12] R. Lezcano, “Los nuevos apóstoles de la procreación”, El País, 4 de diciembre de 1980.

https://elpais.com/diario/1980/12/04/opinion/344732409_850215.html

[13] R. Lezcano, “El fantasma del envejecimiento demográfico”, El País, 14 de marzo de 1992. https://elpais.com/diario/1992/03/14/opinion/700527610_850215.html

[14] “No somos seis mil millones de habitantes, la ONU miente”

http://www.notivida.com.ar/Articulos/Demografia/No%20somos%20seis%20mil%20millones%20de%20habitantes.html

[15] “¿Por qué los protestantes aceptaron la anticoncepción? Por la tibieza de su clero casado” https://www.religionenlibertad.com/por-que-los-protestantes-aceptaron-la-anticoncepcion-por-la-tibieza-de-22782.htm

[16] “Las mujeres católicas de EEUU, a favor del diaconado femenino y en contra de la planificación familiar natural”, http://www.periodistadigital.com/religion/america/2018/01/22/religion-iglesia-america-eeuu-mujeres-catolicas-diaconado-femenino-planificacion-familiar-natural.shtml

 

[17] José Manuel Sánchez Caro, “Hermenéutica bíblica y teología”, Scripta Theologica, 29/3 (1997), p. 841-875.

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