Posted On 15/12/2017 By In Opinión, portada With 5815 Views

Costa Rica, el hastío y el miedo a la libertad | José Chacón

En muchas latitudes vemos el auge del pensamiento, sentimiento y vitalidad de las políticas de extrema derecha y de corte fascista o nazi. Costa Rica no es ajena a esta tendencia.

Podemos ver un ejemplo paradigmático en la asunción al poder de Donald Trump en Estados Unidos. Europa no es ajena a esta tendencia y Latinoamerica vive una verdadera revitalización de las ideas de extrema derecha que tanto dolor trajeron durante décadas.

Según Erich Fromm, en su libro “El miedo a la libertad”, capítulo VI, existen factores psicológicos que pueden potenciar que una sociedad tome el rumbo del fascismo. Fromm analiza los factores sociales, políticos, económicos y psicológicos que dieron con el nacimiento del fascismo y el nazismo en la Alemania previa a la Segunda Guerra Mundial.

La primera consideración que hace Fromm en su libro es que

“…una parte de la población se inició en el régimen nazi sin presentar mucha resistencia, pero también sin transformarse en admiradora de la ideología y la práctica política nazi. En cambio, otra parte del pueblo se sintió hondamente atraída por esta nueva ideología, vinculándose de una manera fanática a sus apóstoles”.

No todos los que votarían por tendencias de extrema derecha realmente estrían convencidos de tal ideología, otros factores motivarían su apoyo. Sin embargo, otra parte de la población se sentirían verdaderamente comprometidos con las ideas de corte populista y fascista. En Costa Rica podríamos vislumbrar en el primer grupo a las personas que, por motivos religiosos reaccionarios o conservadores, estarían de acuerdo en frenar el avance de legislaciones a favor de minorías cuya forma de vida amenace sus creencias o el statu quo moral que propugnan. En este sentido, el sentimiento religioso conservador estaría dispuesto a apoyar políticas fascistas, aunque en el fondo no comulgue enteramente con tal ideología. Pero ve en las propuestas fascistas una salvaguarda de sus “valores” morales, que entiende como “amenazados” por las políticas tendientes a promover los derechos de las minorías.

En este caso, aquellos que vean amenazada la moral particular religiosa en la que creen, buscarían una especie de “profeta” que pueda articular un discurso acorde con sus temores. Un personaje que pregone vaticinios de destrucción, de castigo, de desgracia y de “fuego divino” si los derechos de dichas minorías logran consolidarse. Entonces ya se tendría un profeta, una profecía y un “pueblo” que cree en ambas cosas. El profeta es el vocero de Dios para la salvación de la patria, la profecía vaticina la destrucción de la cristiandad y el castigo divino en forma de violencia, terremotos y huracanes. Dios, por tanto, giraría su cara y dejaría al país a solas contra el mal.

En la mitología de estos grupos existe la sensación de poder y de ser una verdadera mayoría sólida, clara y homogénea. Sin embargo, si diseccionamos este bolsón de población, nos daremos cuenta de cuán heterogéneo es. Una marcha en la que todos caminan vestidos de blanco puede crear la falsa ilusión de un verdadero bloque con una idea muy definida y clara. Pero dentro de esa marcha existen personas que caminan porque están en contra del aborto, pero no necesariamente en contra de la Educación para la afectividad y la sexualidad y viceversa. Así, también, algunos de los que marchan se sienten envalentonados para cantar un himno fascista llamado “Cara al Sol”, un himno de la Falange española JONS, que caracteriza la dictadura de Franco, pero otra parte de los manifestantes no tengan ni idea de lo que se está cantando ni su significado.

El peligro, según Fromm, es que aunque no estén comprometidos con la ideología fascista, la apoyarían a “ojos cerrados” por miedo al cumplimiento de la “profecía”.

Fromm continúa en sus valoraciones:

“Desde el punto de vista psicológico, esta disposición a someterse al nuevo régimen parece motivada principalmente por un estado de cansancio y resignación íntimos”.

La descripción psicología de hastío, desconfianza, decepción, resignación y dudas profundas hacia todo tipo de liderazgo e instituciones democráticas, es un calco del estado actual de nuestra sociedad. Existe un fermento de incomodidad y hartazgo, de enojo colectivo que quiere un verdadero cambio de forma radical. La violencia, inseguridad y la corrupción son un buen caldo de cultipo para los sentimientos nacionalistas o ultranacionalistas. Aquí los votantes más jóvenes suelen ser las presas más fáciles para los discursos populistas, como vemos en el siguiente párrafo de Fromm:

“Los individuos pertenecientes a las generaciones más viejas constituyeron la base de masa más pasiva; sus hijos, en cambio, tomaron una parte activa en la lucha. La ideología nazi -con su espíritu de obediencia ciega al “lider” su odio a las minorías raciales y políticas, sus apetitos de conquista y dominación y su exaltación del pueblo alemán y de la “raza nórdica”- ejerció en estos jóvenes una atracción emocional poderosa, los ganó para la causa nazi y los transformó en luchadores y creyentes apasionados”.

El malestar hacia los líderes precedentes, a la autoridad de los mayores que han dejado perder la economía, la seguridad y el orgullo de la patria, inflama el sentimiento de urgencia y de enojo contra todo lo que considere enemigo de su prosperidad, estabilidad o seguridad. En este punto se crean “fantasmas” irreales, amenazas exacerbadas y chivos expiatorios que, por medio de imágenes hostiles, procuran saciar la sed de control y de “limpieza” de la sociedad. Es decir, se llega a pensar que entre más “pura” y “homogénea” (menos diversa) es una sociedad, más segura, sana y próspera podrá ser, cultivando valores, ideas e ideales idénticos. Dicho de otro modo, crece el miedo a la diversidad.

Aquí es posible que, además de los temerosos religiosos, también se reconozcan a sí mismos lo jóvenes decepcionados y sedientos de cambio radical. Ellos no buscan un profeta, sino un caudillo. Una persona de “mano dura” y con propuestas drásticas, que logre soliviantar los temores y las ansias de cambio urgente y radical.

En ese estado psicológico, las sociedades son capaces de entregarle toda su confianza a un “mesías” (ya sea visto como profeta o como caudillo) que pueda tocar sus sentimientos y temores, avivando una cierta esperanza de cambio radical, que corte por lo sano con todo lo malo que ha estado pasando.

“Hitler resultó un instrumento tan eficiente porque combinaba las características del pequeño burgués, resentido y lleno de odios -con el que podía identificarse emocional y socialmente la baja clase media-, con las del oportunista, dispuesto a servir los intereses de los grandes industriales y de los junkers”.

Remata el psicólogo en su libro.

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(Foto de la ilustración: https://es.wikipedia.org/wiki/Saludo_fascista#/media/File:Bundesarchiv_Bild_183-H13160,_Beim_Einmarsch_deutscher_Truppen_in_Eger.jpg)

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