Posted On 28/12/2017 By In portada, Teología With 1384 Views

Creatividad teológica, peregrinaje y voz profética | Luis Rivera-Pagán

Discurso de aceptación del Doctorado Honoris Causa en Divinas Letras, conferido por el Seminario Evangélico de Puerto Rico el 4 de junio de 2016

“Despierto en cada sueño
con el sueño con que Alguien
sueña el mundo.
Es víspera de Dios.
Está uniendo en nosotros sus pedazos.”
Los juegos peligrosos (1962)
Olga Orozco

A Justo L. González y Jorge Pixley

Agradezco a la junta de directores, a la facultad y a la presidencia del Seminario Evangélico de Puerto Rico la distinción que hoy me confieren al otorgarme un Doctorado Honoris Causa en Divinas Letras. Un saludo muy afectuoso a la clase graduanda del 2016, que hoy culmina con éxito sus estudios, y también a mi clase graduanda de 1966, que hace 50 años celebramos con alegría una ceremonia similar.

Mis años de estudios en el Seminario fueron decisivos en mi formación personal y profesional. Dos profesores fueron especialmente significativos.

Con Justo González aprendí a estudiar con minuciosa atención las tradiciones teológicas. Fue en gran medida por su inspiración que seguí estudios doctorales, primero en la Universidad de Yale y luego en la de Tubinga, Alemania, dedicándome a la investigación de la historia del pensamiento cristiano. Esa etapa culminó en una disertación sobre los intensos debates doctrinales en el siglo segundo, desde la perspectiva de uno de los más importantes teólogos de ese momento, Ireneo de Lyon.

Jorge Pixley, por su parte, me inculcó el análisis cuidadoso y crítico de las escrituras sagradas y las diversas corrientes exegéticas y hermenéuticas, en complejo y desafiante diálogo con las penurias y los agravios de la realidad latinoamericana y caribeña. Pixley dedicó más de tres décadas a la formación bíblico/teológica de generaciones de seminaristas de Puerto Rico, México y Nicaragua, además de dar múltiples conferencias y cursos por toda América Latina y el Caribe.

Honrar honra, por eso dedico esta distinción que hoy me otorga el Seminario Evangélico a esos dos insignes profesores de la década de los sesenta.

Esas experiencias como estudiante de esta institución tuvo varias consecuencias importantes en mi vida personal y profesional. En primer lugar, tomar en serio la creatividad teológica como una actividad de máxima excelencia académica. Todos mis escritos, en sus múltiples temas – los debates en el siglo dieciséis sobre la conquista y cristianización de América, los sustratos apocalípticos de los armamentos nucleares, los desafíos del ecumenismo en el siglo veintiuno, las convergencias entre la literatura y las religiosidades latinoamericanas y caribeñas, los laberínticos esfuerzos en la España del siglo dieciséis por traducir la Biblia al castellano, los diversos senderos de la teología protestante puertorriqueña, las variadas perspectivas de las teologías de liberación, la descolonización de la teología como pensamiento subalterno y transgresor, el diálogo entre las voces teológicas y las culturas sociales, la voz profética como solidaridad con las comunidades oprimidas y menospreciadas, las estrategias hermenéuticas en los conflictos entre Israel y Palestina, los lamentos y resistencias de la mujer en las tragedias bélicas, los imperativos teológicos de las modernas oleadas migratorias, la crítica a la misoginia y a la homofobia como expresiones distintas pero concurrentes de exclusión, entre otros asuntos – han exigido un esfuerzo conceptual e intelectual intenso y riguroso. Como bien afirmó el gran escritor cubano José Lezama Lima en su fascinante libro La expresión americana (1957): “Sólo lo difícil es estimulante.”

Ha sido una labor de creatividad teológica que se inició con un artículo publicado en 1965, en Puerto Rico Evangélico, en aquellos años la principal revista protestante puertorriqueña, titulado “Ágape y resistencia no-violenta en Martin Luther King, hijo” y culmina cinco décadas después en la reciente publicación de los libros Ensayos teológicos desde el Caribe (2013), Peregrinajes teológicos y literarios (2013) y Essays from the Margins (2014).

Un segundo elemento prioritario de mi vida ha sido el contante peregrinaje. La mayoría de los ensayos publicados en mis libros proceden de conferencias previamente dictadas en México, Nicaragua, Ecuador, Argentina, Chile, Guatemala, El Salvador, Costa Rica, Brasil, Cuba, República Dominicana, Trinidad Tobago, Jamaica, Barbados, Hungría, Checoslovaquia, Rusia, Suiza, España, Alemania, India, Palestina, El Líbano, Malasia y los Estados Unidos. Es un peregrinaje que pretende hacerle saber al mundo que en Puerto Rico, la colonia más antigua del mundo, como nos llamó el eminente jurista José Trías Monge, leemos, pensamos, hablamos, escribimos, dialogamos y debatimos. En resumen, somos capaces de enunciar nuestra propia palabra. Ha sido una romería continua que aspira a cultivar la memoria de un pueblo irredento, pero que se niega a renunciar a su identidad propia. Como bien argumenta Eduardo Lalo, en su laureada novela Simone (2011), la invisibilización de Puerto Rico es una de las lacras más lamentables de nuestra subordinación colonial.

Pero mi vida no ha consistido solo en escribir y dar conferencias en diversas partes de nuestro mundo ancho y ajeno, como lo tildase el escritor peruano Ciro Alegría. También fui marcado de manera indeleble por las vigorosas voces proféticas que caracterizaron la década de los sesenta. Los biblistas latinoamericanos nos enseñaron que es imposible leer cuidadosamente la Biblia sin percibir en ella el predominio de la convocatoria profética a la solidaridad con los menesterosos y marginados. “Abre tu boca en favor de quien no tiene voz y en defensa de todos los desamparados… defiende la causa del desvalido y del pobre” (Proverbios 31:8-9); “¡Haced justicia al oprimido y al pobre, librad al débil y al indigente, rescátenlos del poder de los impíos!” (Salmo 82:3-4).

Las frecuentes censuras en las sagradas escrituras se dirigen, en su gran mayoría, contra quienes usan el poder público – político, económico y religioso – para la injusticia y la opresión. Ejemplo destacado es el amargo juicio que emite el profeta Miqueas (Miqueas 3:1-4), al increpar a los gobernantes de Israel:

“Oíd ahora… jefes de la casa de Israel… que aborrecéis lo bueno y amáis lo malo, que les quitáis su piel y su carne de sobre los huesos; que coméis asimismo la carne de mi pueblo, y les desolláis su piel de sobre ellos, y les quebrantáis los huesos y los rompéis como para el caldero, y como carnes en olla. Entonces clamaréis a Yahvé, y no os responderá; antes esconderá de vosotros su rostro…”

¿Qué ha significado esa voz profética para este puertorriqueño que estudió en el Seminario Evangélico, prosiguió el doctorado en Yale y Tubinga y concluyó su vida docente como catedrático en el Seminario Teológico de Princeton?

Primero, cerciorarme que la Biblia versa sobre un pueblo pequeño y marginado, como el nuestro, sujeto continuamente a la avaricia imperial de grandes potencias – Egipto, Asiria, Babilonia, Persia, Macedonia, Roma – pero cultivando siempre una profunda e irrenunciable esperanza de liberación. El pertenecer a una nación pequeña, a la merced de las ambiciones de dominio de un imperio, pero sin claudicar jamás el perenne sueño de libertad, ha sido uno de los elementos claves de la voz profética. Es también un rasgo distintivo de la historia de nuestra nación puertorriqueña. No pocas veces en mis constantes peregrinajes me vienen a la mente los versos de una de mis poetas preferidas, la mexicana Rosario Castellanos,

“Alguien, yo arrodillada: rasgué mis vestiduras

Y colmé de cenizas mi cabeza.

Lloro por esa patria que no he tenido nunca,

La patria que edifica la angustia en el desierto…”

Segundo, la voz profética es implacable contra toda clase de discrimen, marginación u opresión social, sea a causa de las penurias económicas, las diversidades étnicas, raciales, culturales, religiosas o de género. Ejemplo destacado es el acerbo juicio que Jeremías hace de la conducta de Joaquín, rey de Judá (Jeremías 22: 13-17):

“!Ay del que edifica su casa sin justicia, y sus salas sin equidad, sirviéndose de su prójimo de balde, y no dándole el salario de su trabajo!… Tus ojos y tu corazón no son sino para tu avaricia, para derramar sangre inocente y para oprimir…”

Y quienes se jactan de pasar largas horas en ayuno y devoción, no deben olvidar la amonestación de Isaías (58:6-7):

“El ayuno que yo escogí,

¿no es más bien… soltar las cargas de opresión,

dejar ir libres a los quebrantados y romper todo yugo?

¿No es que compartas tu pan con el hambriento,

que a los pobres errantes albergues en casa…?”

La voz profética destaca también aquellos cuyos derechos humanos son menoscabados. El profeta Jeremías en su vigorosa denuncia de quienes cumplían con las normas cúlticas especificadas en los textos sagrados hebreos, pero desligadas de la solidaridad con los excluidos, asevera:

“No fiéis en palabras de mentira, diciendo: ‘¡Templo de Jehová… es éste!’ Pero… si en verdad practicáis la justicia… y no oprimís al extranjero, al huérfano y a la viuda, ni en este lugar derramáis la sangre inocente… yo os haré habitar… en la tierra que di a vuestros padres para siempre.” (Jeremías 7:4-7)

Los extranjeros inmigrantes eran, y son todavía hoy, marginados por sus orígenes étnicos, raciales o culturales, las viudas y sus hijos huérfanos por vivir en una sociedad patriarcal y androcéntrica.

La discusión actual en Puerto Rico sobre equidad de género involucra dos asuntos distintos pero íntimamente vinculados. El primero tiene que ver con el pleno respeto a los derechos humanos de la mujer. Lograrlo exige desligarse de una longeva tradición cultural de sumisión femenina. El patriarcado androcéntrico es un legado lamentable que debemos superar. El segundo asunto, la homofobia, se refiere al discrimen contra las personas de diversa identidad de género y orientación sexual. Su marginación social es tan censurable como el racismo, la xenofobia o la misoginia. La inequidad y la iniquidad son hermanas gemelas.

No es asunto únicamente de una perspectiva académica. Requiere la inserción en la larga e inacabable historia de las esperanzas y luchas de liberación de las comunidades marginadas y maltratadas. Se trata de lo que la teología latinoamericana tildó de praxis, como matriz inseparable de la teoría. Es algo que hemos aprendido en el surgimiento vigoroso de teologías liberacionistas de múltiple cuño: latinoamericanas, feministas, mujeristas, afroamericanas, indígenas, tercermundistas, gais y queer. Nos topamos aquí con un alegre carnaval de la inteligencia de la fe. O un concierto barroco, como lo llamaría el escritor cubano Alejo Carpentier.

Concluyo.

La creatividad teológica en diálogo con la academia y la cultura, el peregrinaje por el mundo ancho y ajeno para que la voz puertorriqueña se reconozca y valore, la adhesión a la voz profética. Todo esto lo aprendí en mis años de estudio en el Seminario Evangélico de Puerto Rico. Con mucha gratitud en el corazón acepto este reconocimiento que hoy se me otorga y felicito muy profundamente a la clase graduada de 2016.

¡Muchas gracias y que Dios les bendiga!

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