Posted On 05/05/2014 By In Opinión, Pastoral With 1416 Views

Cuando Dios permite más de lo que podemos soportar (I)

En diciembre de 1942 llegaban a Alemania por avión las últimas cartas de los combatientes alemanes que quedaron asediados en Stalingrado. Una de ellas fue la escrita por un soldado, hijo de un pastor protestante, que le decía a su padre:

Plantear el problema de la existencia de Dios en Stalingrado, significa negarlo. Debo decirlo y me pesa doblemente. Tú me has educado, porque faltaba mi madre y siempre me has puesto a Dios ante mis ojos y mi alma. Y me pesan estas palabras doblemente, porque serán las últimas mías y ya no podré decir otras que las corrijan o anulen. Tú eres pastor de almas, padre, y en la última carta digo la verdad o lo que creo que es verdad. He buscado a Dios en toda zanja, en toda casa destruida, en mis camaradas, cuando estaba en las trincheras y en el cielo. Dios no se ha manifestado cuando mi corazón clamaba por él. Las casas estaban destruidas, los camaradas eran tan heroicos o viles como yo, en la tierra había hambre y homicidios y del cielo caían bombas y fuego. Dios es el que me falta.

No, padre, no hay Dios alguno. Lo repito y sé que es una cosa terrible y para mí irreparable. Y si existe Dios, sólo está cerca de vosotros en los libros de los salmos y en las oraciones, en las palabras devotas de los sacerdotes y pastores, en el repique de las campanas y el perfume del incienso. Pero en Stalingrado, no (Einaudi, 1971, p. 33). [i]

En ocasiones me pregunto el lugar que ocupan en algunas corrientes cristianas aquellos que se quedaron en el camino. No hace mucho acabé un libro, entre tantos otros similares que existen, que tenía el propósito de aceptar los acontecimientos trágicos de la vida, el dolor intenso, como un tiempo para crecer, para descubrir más acerca de Dios. El autor, un psiquiatra cristiano, hablaba desde su amplia experiencia profesional y los casos que presentaba, decía, eran todos reales. De esta forma el libro se centraba en cómo usar el dolor, el sufrimiento, como medio privilegiado para crecer en la fe. Por supuesto el autor daba pautas, marcaba un proceso por medio del cual aceptar la tragedia y cambiarla en algo positivo.

Es este mismo enfoque el que suelo ver en casi todas partes. Libros, predicaciones o charlas informales entre creyentes, suelen adoptar una misma línea. Creo que es del todo acertado intentar que el doliente salga de su estado de hundimiento, es lo deseable, a lo mejor que se puede aspirar en estos casos, pero me preocupa el hecho de que casi nadie hable del que no es capaz de lograrlo. El que no pueda no tiene por qué deberse a que no haya puesto suficiente esfuerzo de su parte o a que no tenga una “cantidad” determinada de fe. Este hecho deja un tremendo hueco en el que se sitúan no pocos creyentes y para los cuales parece no haber ni una sola palabra.

Siempre he escuchado que cuando se habla, cuando se aconseja, hay que buscar la edificación, proveer ánimo o lograr que el cristiano reconozca alguna situación en su vida en la que no esté actuando bien. Esto también me hace pensar que existen cosas que no son religiosamente correctas y se evitan o, como mucho, se nombran de pasada porque, como digo, no son «edificantes». Pero, ¿Dónde se enmarca al creyente que ha sufrido tanto que no ha podido superarlo? ¿Y al que ha visto tanta maldad, como el soldado en Stalingrado con el que abría este artículo y que naufraga en su fe?

En charlas o libros se tratan los pasos para salir de estados depresivos, en los que se reconoce la tremenda dificultad por la que tiene que pasar la persona atribulada aunque se recalca que es posible hacerlo. Pero, ¿Y si el enfoque de la asesoría no es el correcto y hace que la persona doliente todavía se sumerja más en el estupor? Esto ocurre en los casos en los que se hace a Dios responsable directo del mal sufrido. Así, ahora la persona doliente tiene que «aceptar» además a un Dios que no le entiende.

¿Y qué ocurre con la persona que no puede ser atendida, la que no tiene posibilidad de pasar por este proceso? La respuesta es que, salvo que ocurra un milagro, su herida permanecerá abierta. Pero, ¿Qué ocurriría si en este estado vuelve a sufrir otra tragedia? La devastación consecuente será, al menos, doblemente terrible. Es como si en un mismo lugar cayeran, con un intervalo de tiempo, dos bombas. ¿Y qué pasaría si esa persona volviera a ser protagonista de nuevo de otra tragedia? El resultado da miedo pensarlo.

No estoy hablando de casos imposibles, hipotéticos, que no se dan. Desgraciadamente han sido y son muy frecuentes especialmente cuando se producen desastres naturales de grandes proporciones y, como no, en los conflictos armados.

En ellos, creyentes han visto cómo su fe era demolida, ya no podían creer en Dios. Otros se sumían en estados depresivos crónicos, morían en vida. De estos «perdedores» nadie se acuerda, no hay lugar para ellos. Es mucho “mejor” centrarse en los que demostraron, y nunca mejor dicho, una fe a prueba de balas.

Es cierto que en medio de tragedias terribles ha habido creyentes que las han afrontado de una forma que sobrepasaba toda lógica y mantuvieron su fe hasta el final. Pero también tenemos testimonios de que en esa misma tragedia otros no pudieron seguir creyendo. No faltan tampoco los que quedaron psicológicamente dañados de por vida.

Shusaku Endo fue un escritor cristiano japonés que se preguntó esto mismo. A mediados del siglo pasado el joven Endo se sintió atraído por la historia de los mártires japoneses en el tiempo de los gobernantes sogún, en el siglo XVII.

En claro contraste con la conocida frase de Tertuliano de que «la sangre de los cristianos es la semilla de la iglesia», la persecución padecida por los cristianos japoneses había sido tan atroz que casi acabó con la iglesia en aquellas tierras. Se considera que ha sido la persecución más exitosa de la historia. Aquellos que no apostataban eran atados a postes dentro del mar para que cuando la marea subiera se fueran ahogando poco a poco; otros eran atados a balsas y dejados a su suerte en el mar; otros eran colgados boca bajo y colocados sobre hoyos en los que había cuerpos muertos y excrementos.

Endo en su habitual visita a un museo, donde se mostraban diversos objetos relacionadas con el desastre nuclear que sufrió Japón en la Segunda Guerra Mundial, fue atraído por un «fumie» del siglo XVII.

Un «fumie» era una imagen de Jesús o de María con su hijo realizado en bronce y dentro de un marco de madera. Con esto se probaba a los cristianos de aquel tiempo. Si éstos pisaban el «fumie» era el acto de apostatar y como consecuencia se los dejaba en libertad. De lo contrario la tortura o la muerte les esperaba. En ocasiones ambas.

El «fumie» que Shusaku Endo observaba era el de María con Jesús en sus brazos, pero debido al desgaste casi no podía verse la imagen. Este desgaste tan severo era el resultado de los miles de cristianos que habían apostatado. Esto dejó fuertemente impresionado a Endo que se preguntaba qué habría significado para aquellas personas ese acto, qué habrían sentido. A la par él mismo se hizo la pregunta, ¿habría sido uno de ellos?

Como suele pasar en los libros de historia de la iglesia los testimonios que aparecen bien registrados son de aquellos que permanecieron, de los que no abandonaron la fe sobre la base de una fortaleza divina, pero apenas hay menciones de los que no pudieron, de los que se quebraron. Así, el mismo pueblo de Dios decidió que estos no eran dignos de ser recordados.

Sin duda siento admiración por los testigos valientes que dieron sus vidas en lo más arduo de la prueba, pero también siento una inmensa compasión por los que no la pudieron soportar. Igual que Endo, pienso en mí y en mi familia y me hago la misma pregunta, ¿qué habría hecho yo? Es curioso, pero me doy cuenta al leer los evangelios que los débiles, los rotos, los cobardes, tienen un lugar privilegiado en la gracia. Sé que Jesús nunca deja al caído aunque en esos momentos nos sintamos solos, nadie nos puede alejar de su amor, esto no depende de nosotros.

Shusaku Endo se prometió que iba a llenar ese vacío y que a partir de entonces se dedicaría a escribir la historia de estos apóstatas. La novela que está considerada como su obra maestra, Silencio, es uno de estos escritos.

Desde estas líneas reclamo la dignidad que estos creyentes merecen. El que se niegue o se ignore el hecho de que un cristiano puede perder su fe, que puede ser deshecho por pruebas que van más allá de sus fuerzas, me parece una forma cruel de actuar.

Decir una vez tras otra que el creyente tiene una oportunidad para el crecimiento en medio de la tragedia es sólo una verdad a medias. También por esa misma tragedia puede hundirse y alejarse de Dios de por vida… aunque Dios nunca lo haga de él. Además no todas las personas son iguales ni las experiencias dolorosas tampoco.

Creo que el pensamiento en algunos círculos creyentes sobre este tema está prisionero de dos ideas que hace que no pueda contemplar todo el cuadro al completo… pero para considerarlas habrá que esperar a un próximo escrito, en éste ya no me queda espacio.

i Einaudi. 1971. Ultime lettere da Stalingrado. Turín, p. 33. Citado en Mario Serenthá, El Sufrimiento humano. (Bilbao: Ediciones Mensajero, 1995), p. 111.

Crédito para imagen de la ilustración: pulsar aquí

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