Posted On 16/11/2020 By In Espiritualidad, Pastoral, portada With 218 Views

CUANDO LA ESPERA DESESPERA | José Luis Avendaño

Texto: Proverbios 13: 12: “La esperanza que se demora es tormento del corazón; pero árbol de vida es el deseo cumplido”.

 

  1. La fe cristiana vive de la espera en fe: La fe cristiana es una fe que vive del esperar siempre en la palabra y la promesa del Señor. Un cristianismo que no aguarda, que no espera en fe, a lo más podría ser definido como ética, compromiso político, humanismo, ideología, pero no cristianismo, pues la espera en fe es la marca y el sello del cristianismo. Es la espera de Adán y Eva para que la tierra cultivada con esfuerzo y sudor produzca finalmente la cosecha y frutos; es la espera de Noé por la lluvia que Dios había prometido; es la espera de Abraham dejando Ur de los Caldeos y aguardando que Dios le revele finalmente su paradero final, y luego que dé cumplimiento a la promesa de un hijo propio, nacido de la unión con su ya anciana esposa, por medio del cual su herencia sería incontable como las estrellas de los cielos; es la espera del mismo Abraham llevando al hijo de la promesa Isaac, a tierra de Moriah, para ser sacrificado según el mandato de Dios, confiando en que Dios seguiría siendo a pesar de esta terrible orden fiel a su promesa; es la espera de José durante sus largos años en la cárcel para que Dios se acordara de él y lo libere de esa injusta condición; es la espera del pueblo hebreo esclavizado en Egipto para que Dios escuche su clamor y lo libere de aquella dura servidumbre; es la espera de Moisés en que Dios lo capacitaría y confirmaría para llevar a cabo tal enorme misión de constituirse en el libertador de aquella nación; es la espera de Josué en que Dios lo capacitaría para continuar la labor de Moisés, en fin, es la espera de los Jueces para que Dios por medio de ellos libere al pueblo de sus opresores, de los Profetas para que Dios cumpla por medio de su predicación lo que ha prometido hacer; es la espera de los judíos exiliados en Babilonia para retornar por fin a su tierra; es la espera de Juan el Bautista por el Mesías de Israel, y es también la espera de la iglesia de todos los tiempos aguardando el retorno glorioso de Jesucristo.

 

  1. Cuando la espera es tormento del corazón: Y, sin embargo, aunque en todos estos casos se ha tratado de una espera firme y segura en aquel Dios que no miente y que cumple siempre sus promesas, con todo, hay momentos en que el cumplimiento se dilata, la respuesta se demora, y entonces nuestra espera lentamente desespera, o como dice nuestro texto de Proverbios 13: 12, se convierte “en tormento del corazón”: Es la espera de quien sufre tal vez una penosa enfermedad, una dolencia crónica, que prácticamente le inhabilita para desarrollar una vida normal, que vive entre consultas al médico y el consumo de múltiples medicamentos y tratamientos, que ha gastado prácticamente todos sus recursos económicos para costear su padecimiento, confiando en que Dios pondrá su mano sanadora en su cuerpo o al menos le dará un alivio, y nada al parecer mejora, es más, la dolencia empeora; es la espera de quien no deja de rogar para que Dios restaure su matrimonio, por un hijo o familiar cercano para que se vuelva a Dios, y lo único que observa es que su relación matrimonial se deteriora más, y que aquel ser querido cada día se torna más rebelde a Dios; es la espera de aquel que busca una oportunidad de trabajo cada día, envía currículums, se presenta a entrevistas, pero nadie le llama, no consigue ninguna plaza laboral, y así, podríamos continuar largamente, es, en definitiva, la espera de quien ve que la respuesta de Dios se tarda, se dilata, no llega, y se transforma “en tormento del corazón”.

 

  1. La frustración de la espera: Podemos responder de mejor manera ante el dolor, la dificultad, la aflicción, cuando sabemos que estos tendrán un pronto fin, y vemos la mano de Dios interviniendo de alguna manera. Pero cuando la espera se alarga en el tiempo y nos parece que Dios está ausente, corremos el serio riesgo de experimentar una crisis en nuestra fe, aquel “tormento del corazón” al que se refiere el texto de Proverbios. Si acudimos al libro de Job, particularmente a su primer capítulo, veremos que al inicio de sus tragedias éste responde de un modo extraordinariamente ejemplar a lo sucedido:

Entonces Job se levantó, y rasgó su manto, y rasuró su cabeza, y se postró en tierra y adoró, y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito. En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno (Job 1, 20-22).

 3.1      El caso de Job: Sin duda, una encomiable forma de responder a la tragedia y a la aflicción. Job no culpa a Dios, no se rebela ante él por las terribles pérdidas que ha sufrido, solo se postra, se humilla, adora a Dios, y reconoce que sin importar lo que suceda, Dios merece ser alabado, bendecido, porque él es Dios, y nosotros simplemente sus creaturas. Y, sin embargo, conforme el calor de la prueba y la aflicción se alarga, se agudiza, y Dios parece esconder su rostro, estar ausente, no dar respuesta a sus hirientes preguntas, Job entra en crisis, su inicial actitud de espera paciente en Dios comienza a transformarse radicalmente en “tormento de su corazón”. En los capítulos siguientes nos encontramos con un Job que derrama abiertamente y sin tapujos toda su amargura, su frustración, su decepción, llegando incluso y en su mismo dolor a proferir juicios contra Dios que si los dijera cualquier creyente hoy en día diríamos que blasfema, que nunca se ha convertido, que no conoce a Dios. Así, por ejemplo, Job llega a sugerir incluso en ciertos pasajes del libro que Dios es un Dios cruel, que se goza del sufrimiento de sus creaturas. Un Dios indiferente al dolor de estas. Un Dios que premia al perverso, pero, en cambio, que olvida al justo, y no sólo esto, sino que lo acosa, lo maltrata, no le da tregua.

 

3.2       Hemos hecho todo lo correcto y aún no hay respuesta: Déjeme preguntarle: ¿Se ha sentido Ud., alguna vez decepcionado de Dios por no haber respondido a su clamor cuando más necesitaba de su intervención? ¿Ha llegado a pensar que Dios es indiferente a sus necesidades, que no le importa su dolor, o que incluso es un Dios cruel? ¡Hemos hecho todo lo que un creyente se supone debe hacer en nuestras aflicciones, pruebas, dolores! Hemos orado intensamente, hemos creído con fe en que Dios responderá, no hemos dejado de participar de la comunidad, hemos intentado tener la mejor actitud, pero, aun con todo, el cielo parece de bronce, Dios parece estar muy lejano y distante, esconderse. Y, entonces, al igual que en el caso de Job corremos el serio riesgo llegar a dudar de que realmente Dios esté interesado en nuestra vida, que le interese nuestra aflicción y, en consecuencia, llegar a decepcionarnos de él por no dar respuestas a nuestras sinceras y tan legítimas peticiones. Si Dios es un Dios de amor, y a la vez soberano, como se nos enseña, decimos: ¿Por qué entonces no responde a nuestras oraciones y nos somete a una tan larga, hiriente y dolorosa espera? Y es que: “La esperanza que se demora es tormento del corazón; pero árbol de vida es deseo cumplido”, dirá nuestro pasaje de Proverbios.

 

  1. ¿Por qué la espera desespera al punto de llegar a transformarse en tormento del corazón?

 

4.1       Sujetos al tiempo, el espacio y los sentidos: La primera razón en que puedo pensar acerca del porqué nos cuesta tanto esperar en Dios, y mientras más se alarga la espera y la respuesta no llega correr el evidente riesgo de experimentar una profunda crisis, desesperarnos, incluso frustrarnos con Dios, sea el hecho de que somos seres limitados en el tiempo y el espacio. En efecto, no poseemos la mirada de Dios que lo cubre todo, no nos podemos adelantar al futuro, para ver el desenlace final de nuestra vida. Nuestra percepción de la realidad es limitada, fragmentada, sólo podemos vivir una sola pieza a la vez de este gran rompecabezas que es la vida, y entonces cuando nos golpea el dolor, el infortunio, la aflicción, el tiempo se alarga y no hay respuestas, podemos llegar pensar que lo que nos ocurre no tiene sentido, propósito, que nuestra vida es un sinsentido, y que quizás siempre quedaremos en esta misma condición de aflicción, abandono, silencio de Dios.

 

4.2       Propósito y sentido: El filósofo alemán Friedrich Nietzsche dijo alguna vez algo muy cierto. Él dijo: “Quien tiene en la vida un porqué, puede enfrentar cualquier cómo de la vida”. Es decir, quién puede ver en sus aflicciones, dolores, infortunios un propósito, encontrar un margen sentido puede sobrellevar de mejor manera lo que enfrenta. Pero eso es precisamente lo que las largas esperas en Dios, sin respuestas, pueden arrebatarnos: encontrar algún sentido o propósito a lo que nos ocurre. Decíamos que somos seres limitados por el tiempo y el espacio, pero además nos conducimos en la vida a través de los sentidos, de aquello que podemos ver, tocar, oler, gustar, y entonces, en medio de la espera se nos exige confiar en un Dios al que no podemos ver, que no podemos tocar, que no podemos oír, en el que solo debemos creer por fe. Si somos verdaderamente honestos, tendríamos que reconocer que a veces parece una verdadera locura seguir creyendo en Dios, esperando en él, cuánto más Dios parece escondido, distante, y lo único realmente concreto que sentimos, vemos, experimentamos es la aflicción, el dolor, el problema que nos afecta, la espera hiriente. Con cuanta razón Lutero veía precisamente en los sentidos el gran enemigo de la fe, pues solo la fe puede ver en aquello que para nuestros sentidos no es más que derrota, fracaso, olvido, a Dios actuando y obrando con propósitos eternos. Es por esto también que el apóstol Pablo nos recuerda en la 2 carta a los Corintios 5: 7: “Porque por fe andamos, y no por vista”. Pero andar por vista es lo natural, andar por fe lo sobrenatural, lo que desafía nuestros sentidos, nuestras limitaciones de tiempo y espacio.

 

4.3       Adelantarnos a Dios: Y ya que somos seres limitados por el espacio y el tiempo, y sujetos a nuestros sentidos corremos también durante los largos tiempos de espera no solo el riesgo de desesperarnos, enojarnos con Dios, sino también intentar procurar nuestras propias soluciones, nuestras propias maneras de medicar nuestro dolor, en otras palabras buscar nuestras propias formas de “apurar a Dios”, aunque con aquello no hagamos más que agudizar más el dolor, alargar el tiempo de espera y aumentar todavía más los problemas. Recordemos, por ejemplo, a Abraham, el “padre de la fe”, que al ver que los años pasaban y la promesa que Dios le había hecho de tener un hijo propio con Sara no se cumplía, no encuentra nada mejor, presionado por su propia esposa, de tener un hijo con su sierva, Agar, y así acortar ese tiempo hiriente de espera, con el resultado de dar a luz a un niño que no era hijo de la promesa, y que luego se constituiría en un pueblo que será una espina durante toda la historia de Israel. Recordemos el caso de Saúl, que presionado por los filisteos, y el propio pueblo de Israel que desertaba ante el enemigo, y viendo que el profeta Samuel se retardaba, decide él mismo ofrecer holocaustos, atribuyéndose funciones que no le correspondían y desobedeciendo el mandato de Dios, con el resultado de que al llegar por fin el profeta Samuel, le comunica el duro mensaje que por actuar de esta forma, Dios ha decidido no hacer su reino duradero y dar su trono a otro hombre. ¿Y que hay de nosotros?  Yo mismo, mis queridos, y lo digo con dolor y vergüenza, en no pocas oportunidades he fallado en mi espera, y he buscado mis propios modos de apurar los propósitos de Dios, buscar mis propias soluciones a la vida, con el único resultado de complicar aun más las cosas y alargar más la dolorosa espera.

 

  1. ¿Hay esperanza?: Pero, entonces, dirá Ud.: ¿Hay esperanza? ¿hay alguna manera de poder resistir a estos muchas veces largos e hirientes tiempos de espera? No quiero dejarle sin esperanza, y es por eso que quiero darle ahora algunas sugerencias respecto a cómo enfrentar la espera que muchas veces desespera y se transforma en “tormento del corazón”.

 

5.1       El Dios escondido: Es cierto que en los tiempos de espera, Dios parece muchas veces estar ausente, escondido, ajeno a nuestro clamor. Lutero se refirió muchas veces al “Dios escondido”, a este Dios que parece estar ausente para nosotros, incluso cuando más lo necesitamos. Pero, en realidad, dirá Lutero, Dios se esconde únicamente para que le busquemos, para estirar nuestra fe.

 

5.2       Ser honestos con Dios: En segundo lugar, le propongo ser totalmente honesto con Dios, brutalmente honesto, si se quiere, en sus difíciles tiempos de espera. Me costó mucho tiempo entender que Dios, cuánto más en estos tiempos de dura espera, quería que yo le abriera mi corazón y le expresara con toda honestidad cómo me sentía, que le hablara de mi frustración, de mi decepción, incluso con él mismo. Muchas veces como evangélicos se nos ha enseñado que la queja no agrada a Dios, que no importa lo que padezcamos, suframos debemos siempre decir lo que es “cristianamente correcto”. Pero, sabe, actuar así no es ni sano para su salud física, mental y espiritual, ni tampoco agrada a Dios. Vemos en el libro de Job que Dios nunca reprendió a Job por expresar abiertamente su pena, su amargura, incluso decir miles de disparates desde el dolor que le desbordaba, pero sí censuró a sus amigos a pesar de toda la corrección de sus discursos y de intentar defender a Dios. Por otra parte, Dios tampoco reprendió ni censuró a Elías por pedirle le quitara la vida en medio de su frustración, ni se escandalizó con Jeremías por maldecir el día en que nació, agobiado por la aflicción. Somos nosotros los que nos escandalizamos, no Dios. Dios puede con lo que decimos desde el dolor.

5.3       Pequeños grupos de apoyo y contención: De ahí, entonces, mis queridos hermanos la enorme importancia de contar con algún grupo pequeño de la iglesia o algún amigo con quien podamos abrir con toda libertad nuestro corazón, en donde se nos pueda contener y podamos compartir nuestra frustración, queja, amargura sin el temor a ser censurados, menospreciados o condenados por expresar lo que sentimos.

5.4       Acepte el misterio y la condición caída de este mundo: En tercer lugar, acepte el misterio y la condición caída y dañada de este mundo. Vivimos en un mundo caído, afectado por el pecado, en donde todas las relaciones están dañadas. Este mundo no será jamás lo que anhelamos que sea, no es el cielo. Por lo tanto, la naturaleza está dañada, las relaciones humanas están dañadas, nuestros cuerpos están dañados, la política está dañada. Esto significa que el dolor, la frustración, las enfermedades serán siempre parte de esta vida. Por supuesto, no estoy diciendo que tengamos que resignarnos a los males de la vida, ni mucho menos, pero sí estoy diciendo que esta es la consecuencia real de vivir en un mundo caído. Acepte también que hay muchísimas cosas que jamás tendrán respuesta en esta vida, y que jamás llegaremos a comprender, y que quedarán dentro de la dimensión del misterio de la voluntad de Dios. ¿Por qué sigo lidiando con está dolorosa enfermedad, si le he pedido con tanta intensidad a Dios me la quite? ¿Por qué mi ser querido tuvo que fallecer a pesar de que no dejé de orar por él, y le necesitaba tanto? ¿Por qué tengo un mal matrimonio si he dado todo lo humanamente posible por esta relación? Algún día cuando estemos en la presencia de Dios, llegaremos a entender todas las cosas. Pero, aunque no las podamos entender ahora mismo, sí debemos entender y creer por fe que ninguna de ellas escapa a la soberanía de Dios, que en las manos de nuestro Dios de amor, ningún dolor se pierde, porque “todas nuestras lágrimas -dice el Salmo 56, 8-, están guardadas en su redoma”. Y él tiene propósitos en nuestras vidas, aun en aquellos terribles y asfixiantes tiempos de aridez, de desierto, de hiriente espera. Busque a Dios con persistencia, con intensidad, siga llamando, siga golpeando a la puerta, no sé de por vencido, no baje los brazos, no se rinda, siga esperando en él. El Salmo 130, 5-6, dice: “Esperé yo al Señor, esperó mi alma; en su palabra he esperado. Mi alma espera al Señor más que los centinelas a la mañana, más que los vigilantes a la mañana”. Dios no le defraudará, Dios es un Padre amantísimo, y le ama profundamente.

5.5       Cuando el enemigo gana y nos derrota: ¿Sabe Ud., cuando el enemigo gana y consigue su objetivo de derrotarnos? El no gana cuando expresamos nuestra queja ante Dios, cuando le gritamos nuestro dolor, cuando nos asaltan dudas, cuando nos sentimos débiles, cansados, frustrados. No, el enemigo de nuestras almas consigue su objetivo y gana cuando en medio de la espera nos hace decir: “Hasta aquí llego, esto del cristianismo no es para mí”. “Me fallaste, Dios, no estuviste para mí cuando más lo necesité, dejaré entonces de buscarte, de presentar mi súplica delante de ti, dejaré de congregarme, me olvido de ti”.

5.6       Formando el carácter: Recuerde, son en los tiempos de larga espera, de espera hiriente, las temporadas de árido desierto, los largos valles en donde Dios forja en nosotros un carácter probado, de resiliencia, en donde nuestra fe se acrecienta, donde nuestra visión se aclara, y donde llegamos a relacionarnos de un modo más cercano y profundo con el Dios en el que decimos creer. Solo una vez que Job atravesó todo ese tiempo de espera, pudo llegar a decir: “De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven” (32, 5). Con cuanta verdad escribió el pastor y escritor W. A. Tozer aquello de: “Difícilmente Dios pueda usar grandemente a una persona a la que no haya herido antes profundamente”. Termino con este pensamiento: Corrie ten Boom, una mujer cristiana holandesa, que con toda su familia durante la Segunda Guerra mundial fue llevada a un campo de concentración nazi por haber escondido a judíos en su casa, siendo ella finalmente la única sobreviviente de ese infierno, gustaba repetir un poema que aprendió precisamente en uno de los campos de concentración de parte de una compañera que lo había perdido todo. Y que creo que nos enseña cómo enfrentar aquellas duras etapas de nuestra vida de espera, desierto, dolor, aflicción, pérdidas, sequedad, a las que muchas veces no le vemos ningún sentido, y que se transforman en “tormentos del corazón”.

Mi vida es como un tapiz trabajado entre Dios y yo. Yo no escojo los colores. Él trabaja incansablemente. A veces trabaja con el dolor, y yo, con orgullo vano, me olvido de que Él ve el derecho del tapiz y yo sólo el revés. Sólo cuando el telar se silencie y las agujas dejen de cruzarse, Dios desenrollará el tapiz y explicará la razón de Su diseño: los hilos oscuros eran tan necesarios en las manos del Experto Tejedor como lo eran los hilos de oro y plata para embellecer el tapiz que Él había diseñado. Cada situación que Dios permite que vivamos, cada persona que Él pone en nuestras vidas, constituyen la preparación misteriosa y perfecta para el futuro que solamente Él es capaz de ver.

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