Posted On 02/11/2020 By In Liturgia, Opinión, Pastoral, portada, Teología With 268 Views

¿Cuándo si no ahora? | Ekkehard Heise

Con gran alivio y aprobación he leído el artículo de Rubén Bernal «Advertencia: Puede contener trazas»[1]. Siento alivio porque me doy cuenta de que el tema homilético no ha desaparecido en el olvido. Suscribo la «homilética honesta» de Rubén Bernal porque va en la línea del «giro empírico» que no sólo ha aportado nueva competencia y actualidad a la homilética, sino a toda la teología práctica.

No solo se trata de «trazas» (pequeñas partículas de ingredientes que supuestamente no corresponden al producto referido), sino que se trata del producto mismo. El «giro empírico», en homilética, puso fin a una supuesta pureza literal respecto al texto bíblico en la predicación expositiva, y dio lugar a un proceso de encarnación que presta especial atención no sólo al predicador y su personalidad, sino también al oyente y su mundo. Esta «Nueva Homilética» ahonda sus raíces en el siglo pasado. Fue desarrollada, primero en los EEUU y luego en Europa, desde los estudios nuevos de hermenéutica de Ludwig Wittgenstein, Martin Heidegger y otros. Investigaron las formas de la comunicación por medio del lenguaje. El lenguaje no simplemente describe la realidad, sino que también construye la realidad. Esta «Nueva Hermenéutica» (Ernst Fuchs, Gerhard Ebeling) constata que la Escritura es un evento verbal. Por tanto, la interpretación de la Biblia requiere que uno esté existencialmente abierto e involucrado para que la palabra actué con el predicador, y luego, con el lector/oyente.

La Nueva Homilética empezó con el cambio de una lectura histórico-critica de los textos bíblicos por una lectura literaria-crítica. Se detectó la calidad literaria y narrativa de la Escritura y por ende su importancia en el trabajo del predicador. David James Randolph escribió en 1965: «…preaching is being rejected as a habit and affirmed as a happening.»[2]. El “Giro lingüístico” y la Nueva Hermenéutica, finalmente enseñaron a la homilética que había llegado la hora de enfatizar la renovación de la predicación, la hora de que cambiase de ser algo rutinario a ser un espectáculo artístico espontáneo: menos teórico y más concretamente encarnado en la realidad que comparte el predicador con sus oyentes.

Dada la estrechez homilética que todavía se encuentra en tantos sermones contemporáneos, uno recuerda el juicio – ya del año 1928 – del gran predicador Harry Emerson Fosdick, quien formuló su crítica en un artículo para Harper’s Magazine (Nueva York) «What Is the Matter with Preaching?»; donde expresaba que el problema respecto a la mayoría de las predicaciones consistía simplemente en que eran aburridas. Esto podría cambiar, según Fosdick, si los predicadores elaborasen sus sermones desde las necesidades de la gente. Así el mensaje desde el púlpito se volvería relevante y transformador.

Ernst Lange[3] hablaría de «una situación homilética», una situación que desafía a predicar, una situación abierta porque pregunta por respuestas religiosas, porque pide ser interpretada religiosamente. ¿Cuándo, si no ahora en este año 2020, estamos precisamente en una «situación homilética»? Cuando se escribe este texto, una pandemia obliga a las personas de todo el mundo a permanecer en sus casas por un largo periodo de tiempo, sin saber cuándo y cómo terminará todo esto, y en qué estado encontraremos a nuestras sociedades después. Estas privaciones, hasta el confinamiento que aceptamos como algo muy necesario para frenar la rápida propagación de esta pandemia, y las noticias de enfermos y muertos que nos llegan desde afuera, nos hacen percibir la fragilidad de lo cotidiano; y, aún algo más esencial, sentimos lo quebradiza que es nuestra vida misma. De hecho, algunos periodistas comparan la situación con una guerra. Otros hablan de algo hasta entonces no conocido, no por esta generación ni tampoco en estas latitudes.

Todos estamos en la búsqueda de entender, de encontrar el sentido de esta situación, ¿cómo ubicar los acontecimientos en la visión que teníamos hasta ahora de nuestra existencia? Cada ser humano – y esto no vale solamente en tiempos de pandemia, sino que es esencialmente humano en cada época – se preocupa por interpretar su destino. Buscamos explicaciones de lo que nos acontece en algún marco teórico – transcendental. Algunos lo hacen con los textos, las narraciones e imágenes de la Biblia, hay quienes encuentran respuestas en algunos símbolos de otras religiones, otros tienen la práctica de explicarse el mundo a su manera particular. Lo que nos une es la necesidad de contestar, frente a situaciones que cuestionan nuestra vida, con afirmaciones que anclan en algo más allá de la experiencia individual, algo transcendente. La mayor parte de nuestros contemporáneos no configuran ya su identidad religiosa según la adhesión a las doctrinas de fe de las iglesias, sino que cada cual desarrolla su propia doctrina religiosa. Abundan las ayudas. La literatura, las bellas artes, la música, los productos cinematográficos hasta los series de telenovelas ofrecen respuestas «cripto»-religiosas a las preguntas y situaciones con las que nos confronta la vida.

Entonces, hoy en día, la tarea de la predicación, ha de entenderse frente a esta autonomía del homo religiosus, que en un sentido radical protestante se siente sólo responsable de su creencia, de su fe con las que interpreta su destino en y, a veces, más allá del mundo. La predicación busca el diálogo con el individuo contemporáneo posmoderno, haciendo sugerencias que compiten con sus propias interpretaciones de su vida. En esta situación competitiva, es importante que el predicador o la predicadora, tengan un conocimiento preciso de los intentos interpretativos que sus contemporáneos encuentran en el mercado libre de ofertas significativas. El primer acto del predicador, entonces, sería reconocer la autonomía de sus oyentes, respetarla como base de un diálogo entre iguales y estudiarla profunda y empáticamente.

No se proclama más el evangelio; se lo comunica. Termina cualquier autoritarismo. Desde el púlpito ya no se orienta a unos ignorantes, «niños espirituales», sobre por dónde andan las cosas (no solamente en asuntos de la fe), sino que a base de los textos bíblicos (sola scriptura) el predicador o la predicadora hacen sugerencias para la interpretación de la vida y la praxis de ella. Estos ejemplos probados de la tradición bíblica son puestos a disposición de sus oyentes.

Cuando todo paternalismo del predicador o de la predicadora ha terminado, la tarea de elaborar el discurso religioso desde el púlpito con todo vigor retórico crece considerablemente. A los textos bíblicos se los lee no tanto como mandamientos dictatoriales (la ley), sino percibidos como expresiones polifónicas de experiencias humanas (encarnación) de la presencia de Dios (evangelio de la salvación).[4] Estas narraciones, imágenes, interpretaciones, expresiones de fe en un lenguaje simbólico, son, a su vez, los esfuerzos de los autores bíblicos de contestar las preguntas y experiencias existenciales de la gente de su época. En la predicación, esto se les ofrece a los sujetos contemporáneos de hoy, quienes a su manera formulan y se plantean las mismas incertidumbres religiosas. Además requiere de parte de los predicadores y de las predicadoras unas habilidades retóricas y estéticas importantes.

La predicación se convierte en una obra de «arte abierta»[5] que desafía a los oyentes, y provoca sus interpretaciones. Los oyentes tienen que lidiar con el asunto, y en este proceso interior, llegan a editar su propio sermón a base de lo que acaban de escuchar. En homilética se habla del «auredit»[6] para referirse al producto de este activo proceso de recepción. El oyente se vuelve co-autor de la predicación. El predicador se convierte en interlocutor que ofrece, de manera inductiva, partiendo de las experiencias del oyente, las respuestas bíblicas; considerando, a cada persona de su audiencia, como un sujeto autónomo y dueño de su propia interpretación del mensaje y de la posterior incorporación de este a su vida.

¿Cuándo si no ahora? La pandemia nos dio una visión particularmente clara de lo que es la tarea de la predicación en los tiempos actuales de la posmodernidad. Han cambiado los paradigmas homiléticos. Ya no se puede esperar que los domingos bajo el púlpito se reúnan personas que estén dispuestas a seguir al orador en cualquier tema. Más bien la situación en un acto ministerial y en el tipo de predicaciones que escuchamos en estas ocasiones, pueden servir como paradigma. Se empieza con la referencia a la vida concreta de los oyentes. Y respecto al rol del que habla y sobre quién habla, vale lo que dice el título del libro del famoso homilético y predicador norteamericano Fred B. Craddock, quien enseñaba a predicar «As one without athority»[7].

 


[1] Lupa Protestante 26.10.2020.

[2] La cita la encontré en O. Wesley Allen Jr., The Renewed Homiletic, Minneapolis 2010, p. 7. (Se rechaza la predicación como algo habitual y se la afirma como un “happening”, un espectáculo artístico improvisado).

[3] Ernst Lange (1927 – 1974), profesor de teología práctica, funcionario de la Iglesia Evangélica en Alemania y del Consejo Mundial de Iglesias. Su homilética marca en Europa central el despertar del proceso de renunciar a la homilética bajo la influencias de la “Teología de la Palabra de Dios” siguiendo a Karl Barth.

[4] El homilético Albrecht Grözinger señala, siguiendo a Jean François Lyotard y Gianni Vattimo: El cristianismo sólo puede ser transmitido hoy en día si lo separamos de la forma del gran relato. En esto ayuda que al principio de la tradición bíblica no hay una gran narración, sino pequeñas historias de eventos y acontecimientos. Ya hay cuatro relatos sobre el destino de Jesús. En este sentido: Albrecht Grözinger, Homiletik, Gütersloh 2008, p.30s

[5] Umberto Eco, Opera Aperta, 1962. El semiólogo italiano entiende una obra de arte como un símbolo, que no es unívoco, sino que provoca una pluralidad de sentidos.

[6] Wilfried Engemann, Einführung in die Homiletik, Tubinga 2011². En analogía con “manuscrito“ Engemann crea esta palabra del latín audire/auris; p. 11. En español puede sonar más familiar hablar de “auredito” en referencia a la palabra “manuscrito”.

[7] Como alguien que no tiene autoridad. Craddock, Fred B., As one without athority, St. Louis, Missouri, EEUU, 2001⁴.

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