Posted On 11/04/2020 By In Opinión, portada, Teología With 423 Views

Cuarentena y vía crucis | Nicolás Panotto

Como cristiano, no dejo de pensar en la vida y los acontecimientos cristológicos como un eco de nuestras vivencias humanas. Allí reside, precisamente, el valor teológico y existencial del símbolo de la encarnación divina. La vía crucis y el evento pascual son parte fundamental de este legado. Una historia que, lamentablemente, en una parte de la tradición evangélica, ha perdido ese profundo y tan necesario sentido de paradoja, como decía Lutero: el pathos hacia la crucifixión como un evento atravesado por la injusticia, la incertidumbre, el sufrimiento, la locura.

Por eso estas fechas son un llamado al silencio. Un silencio que no sólo se despliega  reverente sobre un hecho religioso fundante, sino como memoria de una experiencia teológica primordial que habitó a Dios mismo: el silencio que Jesús demandó al Padre (Mt 27.46) Un silencio que no fue tomado ni como acto heroico ni como resignación, sino como exclamación de disgusto y tristeza desde la dolorosa sensación de abandono frente al hecho inevitable de la crucifixión. Una cruz cargada sobre las espaldas como señal de burla y de victoria de los poderes. Una muerte que tiró sobre tierra toda la esperanza mesiánica acumulada por las seguidoras y seguidores que avistaban, finalmente, la consumación de una promesa histórica.

La vía crucis es una historia de debilidad, de vulnerabilidad, de desorientación, de nerviosismo, de contradicción, de fracaso, de profundo abatimiento. La muerte apareció como un espía que se acercó lentamente, a escondidas pero asomándose lo suficiente, poco a poco, para dar cuenta de su presencia, incitando una sensación de asfixia y extenuación, que ni el propio Jesús pudo evitar. Una historia que evoca imágenes muy distintas de aquellos teoremas sobre la potentia divina a las que la tradición nos tiene acostumbrados.

Podemos decir que todo esto representa un retrato de lo que estamos viviendo en estos tiempos de pandemia. Atravesando una vía crucis invadida de incertidumbre, en una coyuntura que nos llegó de un día para otro, sin saber cuándo acabará. La muerte se expone groseramente a través de miles de vidas que llenan una cuadrícula estadística en planillas expuestas diariamente en los reportes oficiales, que ya nos acostumbramos a ver como parte de nuestra rutina. Una sensación de abandono que se traduce en la ausencia de políticas que protejan la vida y en el ineludible “distanciamiento social” que nos aleja de quienes nos rodeamos, teniendo que vernos de un día para otro reconfigurando nuestra existencia en “aislamiento”, voluntario o forzado. Toda proyección queda corta de un día para el otro. Lo único que sabemos es que en algún momento todo terminará. No sabemos cuándo, cómo, en qué condiciones, ni qué quedará de pie, ya que todo lo que pensábamos seguro, colapsa con el paso de los segundos.

Permítanme una percepción que puede rozar la herejía: el encierro a veces se siente como la tumba de Jesús sellada por la piedra. No sólo los encierros de cada quien en su casa (lo cual ya implica un privilegio frente a tantos millones que no lo pueden hacer y que se ven expuestos a la muerte), sino también en esa sensación de perplejidad, de carencia de palabras, de vernos invadidos por un límite que nos confronta con nuestra impotencia. Es el agobio del no saber, como expresó en una pertinente reflexión el filósofo Emmanuel Biset: “Alojar la incertidumbre significa, por lo menos, dos cosas: soportar el silencio y dar tiempo a la pregunta… No saber. No se sabe cuándo el derrumbe del mundo es un desplazamiento mínimo: todo parece ser diferente, pero las cosas siguen ahí. La pequeña mutación es el contraste entre un mundo trastocado y el árbol indiferente frente a mí.”

Vivimos en un tiempo donde la desazón y la esperanza se encuentran en una lucha casi épica, aunque parezca una guerra que vemos ajena, muchas veces, de nuestro sentido común. “Las cosas ya no serán como antes”, es una frase que se repite cada vez con más asiduidad, aunque no sabemos bien qué significa. Lo que es seguro, es que dicha idea manifiesta una de las realidades más profundas de nuestra endeble existencia: nos vamos haciendo en el camino aunque todo parezca licuarse, sosteniéndonos en que la fuerza de la realidad traerá consigo cosas nuevas. Los acontecimientos están forzando todas las fronteras de lo conocido, mostrando su fragilidad, pero dándonos con ello la oportunidad de hacer las cosas distintas.

Que estas pascuas de pandemia podamos pensar en la vía crucis como una vivencia de cuarentena, donde no tenemos otra que lidiar con la muerte que nos rodea, como ese contrapunto tan real que también forma parte de la vida. Una muerte que nos sacude, que nos expone, que nos quebranta. Una muerte que, como ya sabemos (y esperamos), se muestra inevitable pero no tiene la última palabra.

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