Posted On 26/11/2013 Por En Cultura, Música, Opinión With 1007 Views

De Cronos y Kairós

Sin duda, uno de los aforismos más conocidos del controvertido jesuita y escritor Baltasar Gracián en el Oráculo manual y arte de prudencia es aquel que reza: Lo breve, si bueno, dos veces bueno. En cambio, en los servicios religiosos de algunos de nuestros entornos eclesiales se percibe un auténtico desprecio hacia esta sabia recomendación. Parece como si la espiritualidad pudiese medirse y, para no quedarnos cortos, se sustituyese la brevedad de la sentencia de Gracián por la cantidad: más de todo.

En unos casos son más decibelios. Vaya por delante que uno es amante de la música y del empleo de instrumentos para acompañar los himnos con los que expresamos nuestros sentimientos a Dios. Pero el papel de la música es de apoyo o soporte; es un medio, no un fin en sí misma como ocurre en un concierto. En el culto cristiano, su finalidad es facilitar la introspección, la mirada interior, la reflexión, el análisis personal, la quietud o el sentimiento exultante, la oración mental, la orientación a Dios, el plural lenguaje del corazón… Ahora bien, cuando deja de ejercerse este papel subordinado, por elevación de los decibelios y las nuevas tecnologías que los producen, ¿no corre el riesgo de adquirir un protagonismo y una notoriedad tal que su función mediadora sea sustituida por su propio protagonismo?

La experiencia espiritual del profeta Elías, y la de tantos creyentes a lo largo del tiempo, se produjo en el viento apacible y delicado al que habían precedido un viento poderoso que quebraba las peñas, un terremoto y el fuego. ¿Cómo definir la línea roja de la intensidad sonora? Aun asumiendo el inevitable elemento de subjetividad, quizá esta es traspasada cuando desaparece su acción mediadora y la atención se dirige a la propia música sin que se produzca la acción de trascenderla. Cuando el medio se convierte en fin.

Por obra y gracia de la dilatación temporal de los espacios denominados de adoración y alabanza, más canciones hasta el límite de la saturación. Todos sabemos que cuando algo está saturado ya no admite más contenido de la sustancia que fuere. La saturación también se da en el plano psicológico y una de sus manifestaciones es la insensibilización. No podemos ir contra las estructuras neurológicas y cuando se supera un determinado umbral, que sin duda difiere de unos a otros, todo cuanto se añada producirá ya poco efecto. En el caso que nos ocupa es el cantar sin conciencia de lo que cantamos, es la acción mecánica y poco reflexiva que produce una interminable sucesión de cantos en detrimento, en más de una ocasión, de la centralidad que corresponde a la Palabra de Dios en el culto cristiano.

Más “mantra”. Los vientos de la postmodernidad parecen soplar en la dirección de repetir estrofas y coros una y otra vez hasta convertir el himno en “mantra”. En el contexto de las religiones y filosofías orientales la repetición de frases o textos pretende inducir a la persona un estado de profunda concentración. Entre nosotros quizá genera efectos más propios del hemisferio cerebral derecho (potenciación de sentimiento y reacciones emocionales) que del izquierdo (análisis y reflexión). Con todo, los conocimientos de la psicología diferencial y las diferencias de personalidad nos impiden el juicio fácil, por cuanto hay tantas formas de espiritualidad como personas, pero con el más de todo solo se contempla una determinada tipología.

Otras tipologías de personalidad requieren menos de todo; hasta alcanzar el silencio y la introspección, ya que en el silencio y en la quietud es donde pueden profundizar en la experiencia de Dios. Una cierta característica de nuestra liturgia es la falta de tiempos de silencio. Las diferentes partes de culto se suceden sin considerar que el silencio puede llegar a ser un elemento importante de la estructura cúltica. El silencio permite escuchar la Palabra de Dios, acogerla, interiorizarla y permitir su acción transformadora.

Más discurso. Con frecuencia, cuando las neuronas ya poco más dan de sí al haber invertido un importante espacio de tiempo en la llamada primera parte del culto, como si éste no formase una unidad integrada, empieza el sermón u homilía. En algunos casos, reducido a una pequeña reflexión por falta de tiempo. Pero en otros, obviando el hecho de que nuestra capacidad de atención es limitada, el sermón sobrepasa estos límites.

Estamos en la efervescencia de las nuevas tecnologías de la comunicación y su característica común es la brevedad del mensaje (valga como ejemplo los poco más de cien caracteres de twitter). La capacidad para mantener la atención de forma concentrada y sin distracciones es cada vez menor. Desconectamos fácilmente. Ciertamente cabe evitar la generalización por cuanto hay bastantes variables en juego: la propia personalidad del oyente, el interés por el tema propuesto, la forma comunicativa del predicador, el empleo de medios…; pero de nuevo tendremos que asumir y aceptar la existencia de unos límites, por muy personales que estos sean. Cuando el discurso se alarga y el orador se pasea desde el Génesis hasta el Apocalipsis, ¿qué queda? ¿no sería mejor unas pocas ideas básicas?

Todo ello nos conduce a la suma de las partes: más tiempo. El tiempo (cronos) invertido en el culto no es la medida de la espiritualidad de las personas o comunidades. Más tiempo suele llevar aparejado, como resultado de nuestra biología de la que no podemos sustraernos: el cansancio, el aburrimiento y la desconexión mental. Ya los griegos distinguían entre el tiempo cronológico o cronos, concepto cuantitativo, y el kairós, de naturaleza cualitativa por lo que de especial pudiese darse en el tiempo. Un exceso de cronos puede dar al traste con el kairós que es el objetivo del culto cristiano: la apertura al Absoluto. Esta es la modalidad de tiempo que debería preocupar con independencia de su durabilidad. En honor a la objetividad, habrá que reconocer qué aspectos personales y también culturales establecen significativas diferencias entre colectivos respecto a estas cuestiones.

No podemos negar, dadas las variables de personalidad y entornos culturales a los que ya hemos hecho mención, que el más de todo pueda llegar a ser significativo para unos; pero es también patente que no lo es para todos. Para muchos, más no es mejor. Vivimos de forma diferencial nuestra espiritualidad y el culto de nuestras iglesias debería tener presente tales diferencias. En este sentido, la iglesia también debe ser inclusiva y todos, dentro de los límites de lo posibilista, deberían poder vivir el culto como kairós, un tiempo especial y significativo.

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