Posted On 15/04/2020 By In Biblia, portada With 870 Views

De la angustia a la esperanza | Luis N. Rivera Pagán

Domingo de Resurrección
12 de abril de 2020
Iglesia Evangélica Unida
Río Piedras, Puerto Rico

Son variados y muy diversos los momentos fundamentales en la celebración de la semana santa cristiana.

Primero, la entrada a Jerusalén, lo que se rememora como el domingo de ramos, porque Jesús es recibido por el pueblo con ramos celebratorios, vítores y aplausos. Lo cual, naturalmente, despierta recelos y malestares en las mentes y corazones de los jerarcas políticos imperiales y religiosos dogmáticos.

Segundo, la confrontación en el templo, cuando Jesús acusa a las autoridades religiosas judías de convertir el templo en mercado lucrativo. Jesús derriba al suelo las mesas de quienes intentan explotar económicamente la religiosidad popular.

Tercero, la postrer cena de Jesús con sus discípulos, con pan y vino, considerada tradicionalmente como la primera comunión litúrgica.

Cuarto, la angustiosa noche previa al arresto, donde prevalecen en Jesucristo la tristeza y la angustia.

Quinto, el arresto, maltrato y tortura de Jesús, seguidos por la crucifixión, una de las formas más crueles de ejecución jamás concebidas.

Sexto, la resurrección de Jesús y la celebración de la esperanza humana ante el pecado y las injusticias que prevalecían en esa sociedad y también en la nuestra contemporánea.

Lo que prevalece el día previo al arresto, después de celebrar la primera comunión litúrgica, es la angustia. La intensidad de la tristeza de Jesús es conmovedora. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 26:38), exclama angustiado y en unos momentos, dicen las escrituras “lleno de angustia… era su sudor como grandes gotas de sangre que caían sobre la tierra” (Lucas 22:44). Jesús percibe lo que le espera: un martirio atroz y cruel; sabe que será el depositario del odio y recelo de las autoridades imperiales y coloniales, políticas y religiosas.

En la madrugada del viernes, Jesús es arrestado y las autoridades se aprestan a difamarlo, maltratarlo, torturarlo y finalmente ejecutarlo.

El dolor físico de la tortura, en sus diversas formas dolor físico es intenso. Pero mayor es el menosprecio social que prevalece. El menoscabo, los insultos a granel que recibe. Jesús es insultado y agredido, verbal y físicamente, por las autoridades políticas, sociales y religiosas. Incluso por el populacho que reclama a viva voz su ejecución.

Su crucifixión es pública. Una tortura atroz, por el dolor físico y porque se convierte en objeto de diversión pública. Es un espectáculo atroz, que se transforma sin embargo en motivo de recreación social.

Mientras tanto, sus discípulos se escurren y huyen. Sus corazones y mentes sucumben a la amargura y desesperación. Un horrendo temor se apodera de ellos. Temen que el suplicio que sufre Jesús también les toque a ellos padecer.

Nosotros recordamos esta semana esos eventos en medio de una aterradora crisis de salud, social y económica global. Recomiendo a todos la lectura, o la relectura si ya la han leído, de la novela de Albert Camus, La peste (1947), prestando especial atención a los dos sermones predicados desde el púlpito por el sacerdote jesuita Paneloux, dos homilías muy distintas en perspectiva y contenido.

El primer sermón padece de un dogmatismo rígido e inexorable. La atroz epidemia que sufre el pueblo, afirma en esa ocasión este sacerdote, es un castigo divino a sus múltiples pecados. El segundo sermón, sin embargo, acontece después que Paneloux ha presenciado la trágica muerte de un niño inocente. Y ya entonces la lucha al interior de su alma es distinta y ora a Dios porque prevalezca su gracia sobre el sufrimiento del pueblo. Ese sacerdote se entrega luego al cuido del pueblo y muere como víctima de esa epidemia, entonces conocida como peste bubónica.

Pero hoy rememoramos y celebramos otro evento, inesperado, extraordinario: la resurrección de Jesús y el renacer de la esperanza humana. Hoy conmemoramos la victoria del bien sobre el mal, de la esperanza sobre la amargura, de la alegría celebratoria sobre la tristeza de la angustia, de la virtud sobre la crueldad.

En nuestro específico e inesperado contexto, no lo olvidemos ni marginemos, de intensa preocupación por el futuro incierto de todos nosotros y nosotras, hoy celebramos el renacer de la esperanza. En este nuestro contexto, recomiendo dos cosas:

Primero, releer el final del capítulo 25 del evangelio atribuido tradicionalmente a Mateo (Mateo 25:31-46), uno de los seguidores de Jesús. Aconsejo su lectura por la importancia que ese texto concede a la solidaridad con los pobres y minusvalorados socialmente, sobre la exclusiva y en ocasiones excluyente creencia doctrinal. La solidaridad con los menospreciados de la historia, dice ahí Jesús, es la principal prueba de la fe en sus palabras y acciones. En el momento crucial de su existencia, Jesús ubica su mensaje en la tradición profética bíblica de solidaridad con quienes Franz Fanon llamó “los condenados de la tierra”.

Segundo, cantar el hermoso y hoy muy pertinente himno compuesto por el obispo metodista Federico Pagura, titulado “Tenemos esperanza”. Ese himno acentúa lo que todos debemos celebrar hoy: el renacer de la esperanza gracias a la vida, la crucifixión y la resurrección de Jesucristo. Y cito, para concluir, ese fabuloso himno del obispo Pagura, cuya amistad disfruté por última vez en Porto Alegre, Brasil, en el 2006, en La Paz, Bolivia, en el 2008, en la iglesia Discípulos de Cristo en Puerto Nuevo, Puerto Rico, en el 2012, y en La Habana Cuba, en el 2013.

Tenemos esperanza

Porque El entró en el mundo y en la historia;
porque El quebró el silencio y la agonía;
porque llenó la tierra de su gloria;
porque fue luz en nuestra noche fría.

Porque nació en un pesebre oscuro;
porque vivió sembrando amor y vida;
porque partió los corazones duros
y levantó las almas abatidas.

Estribillo:
Por eso es que hoy tenemos esperanza;
por eso es que hoy luchamos con porfía;
por eso es que hoy miramos con confianza,
el porvenir en esta tierra mía.

Porque atacó a ambiciosos mercaderes
y denunció maldad e hipocresía;
porque exaltó a los niños, las mujeres
y rechazó a los que de orgullo ardían.

Porque El cargó la cruz de nuestras penas
y saboreó la hiel de nuestros males;
porque aceptó sufrir nuestra condena,
y así morir por todos los mortales.

Estribillo

Porque una aurora vio su gran victoria
sobre la muerte, el miedo, las mentiras;
ya nada puede detener su historia,
ni de su Reino eterno la venida

Obispo Federico Pagura

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