Posted On 30/08/2020 By In Biblia, Ética, Opinión, portada With 331 Views

¿De verdad «la Biblia dice»? | César Henríquez

Hoy se le sacan confesiones a la Biblia de la misma manera que los organismos de seguridad lo hacen con algunos detenidos, quienes “confiesan su culpabilidad después de ser sometidos a “intensos interrogatorios”. Todos sabemos que lo de “intensos interrogatorios” no es más que un eufemismo para no decir que la persona confesó aquello que sus interrogadores querían oír después de ser torturado y amenazado. Los interrogadores de oficio hacen preguntas para las cuales ya tienen respuestas, y hasta no escucharlas no dejan de interrogar. Escuchar hoy la frase la “Biblia dice”, es el equivalente a:  habló bajo “Intensos interrogatorios”. No pocos cristianos leen la Biblia para “encontrar” solo aquello que ya presuponen o para justificar lo que ya dan por sentado en materia de fe.

La expresión “la Biblia dice” se usa de manera muy frecuente como una forma de clausurar la conversación ya que la Biblia siempre tiene la última palabra, de acuerdo a algunos cristianos. La “Biblia dice” como hay que vestirse; con quien hay que casarse, a qué hora debo acostarme, dónde debo trabajar, qué días debo tener relaciones sexuales y hasta en qué posiciones; predice terremotos, pandemias, pestes, hambrunas, huracanes y cuanto desastre natural aparezca; cuántos hijos debo procrear; qué comer; qué presidente es puesto por Dios y cuál no; el tamaño del traje de baño para ir a la playa; la cantidad de pintura que las mujeres deben colocarse y el largo de la falda; que todos los males de la familia es por causa de la homosexualidad; a qué hora exacta de la noche puedo orar; que los adolescentes que se masturban van derechito al infierno; explica el origen del universo mejor que la ciencia. Y así para un sector del cristianismo “la Biblia dice”, como una especie de recetario, todo lo que debemos saber acerca de la totalidad de la experiencia humana.

Pero curiosamente la “Biblia hace silencio” acerca de:  las injusticias que hoy se agudizan en nuestras sociedades; de las desigualdades que cada vez se incrementan; de las exclusiones que viven diversos sectores por su condición social, económica, étnica, sexual, cultural; de los asesinatos a diario contra mujeres que cometen sus parejas; de la corrupción de líderes políticos que se asumen como cristianos; de los Derechos Humanos de los parias sociales contemporáneos; de la destrucción del planeta a causa de sistemas económicos de muerte; de la globalización de la pobreza y sus causas estructurales; de la tolerancia y respeto por la alteridad; de la dignidad humana de quienes viven en las periferias de la vida; de los abusos sexuales a que son sometidas niños y niñas; del abuso de poder y mercantilización de la fe de algunos líderes religiosos.  En otras palabras, la “Biblia dice” por un lado “mucho” acerca de ciertos temas, pero por otro “la Biblia hace silencio” e invisibiliza otros aspectos de la vida.

¿No será que cuando usamos ese eufemismo lo que estamos es escudándonos en dicha frase para imponer nuestra particular forma de entender lo que el texto bíblico contiene? ¿No será esta la forma de justificar nuestras posturas ya prestablecidas y darles ese carácter de sacralidad y autoridad que en la fe cristiana genera la Biblia? ¿No será que detrás de “la Biblia dice”  lo que queremos es imponer nuestra particular forma de entender la sexualidad humana, las relaciones de poder en la pareja y sociedad, nuestros afectos ideológicos y políticos, y nuestros particulares criterios morales? ¿No será que cuando decimos la “Biblia dice”, lo que realmente estamos expresando es: “esta es mi opinión”, y usamos el texto bíblico para darle peso y autoridad a lo que pensamos? ¿No será que argumentar con “la Biblia dice” lo que subyace es silenciar el mensaje liberador del Evangelio de Jesús porque nos escandaliza? ¿No será que lo que queremos es privilegiar nuestra particular manera de comprender el evangelio y subordinar el ministerio de Jesús a dicha comprensión?

En este punto nos percatamos que el “meollo” del asunto es de carácter hermenéutico y de cómo nos acercamos al texto bíblico. Vale la pena comparar la hermenéutica de Jesús con la que empleaban algunos fariseos y los maestros de la ley. Para Jesús no hay liberalismo, ni absolutismo hermenéutico acerca de la ley, hay relecturas de los textos, a partir del nuevo kairos inaugurado por su persona, por la vida, y en especial por la vida amenazada de los grupos oprimidos. La hermenéutica de Jesús muestra que no hay algo como principios y modelos eternos y supraculturales, como si los valores y las verdades flotaran en el aire sin ningún tipo de concreción histórica. Las palabras de Jesús son contundentes en este sentido: «Ustedes escucharon que fue dicho… mas yo os digo…».

La hermenéutica de Jesús, extrañamente, no parte del texto escrito considerado como sagrado, sino del «texto de la vida» de los que están en la periferia, quienes en Jesús se asumen también como sagrados, a tal punto que las prescripciones religiosas no son el fin, sino mediaciones; el fin es la vida de las personas en situaciones concretas desde donde se confronta el texto y se subordina. Es una hermenéutica diferente a la de los ‘maestros’, para quienes la ley estaba por encima de las personas, por lo que Jesús por medio de su praxis, replantea la hermenéutica de los textos judíos a partir de los gritos de justicia procedentes de «los pecadores», «impuros», «prostitutas», «paganos», entre otros, quienes en nombre de Dios eran objeto de la más aberrante deshumanización. Jesús niega y combate los desencuentros de relaciones existentes en aquel tiempo basadas en la raza, religión y género, legitimadas por la «sacralidad»  de los escritos veterotestamentarios.

Finalmente, la Biblia no puede ser tomada como como una enciclopedia que tiene respuestas preestablecidas para las interrogantes de cualquier época y de cualquier campo del saber, o mucho menos como una “alcahueta” de nuestros prejuicios y dogmatismos. La Biblia es un libro de carácter teológico datado en un contexto cultural específico, y así debe ser abordado. Por eso, en ella se encuentran respuestas a preguntas que ya nadie se hace en la actualidad; y, por otra parte, hay interrogantes que se levantan hoy totalmente desconocidas para la época Bíblica, lo que requiere acercamientos hermenéuticos con otras miradas que faciliten un diálogo iluminador y liberador entre el texto bíblico y las complejidades de la época moderna. Y la vida y ministerio de Jesús de Nazaret es la clave hermenéutica para enfrentar este desafío.

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