Posted On 13/01/2020 By In Opinión, portada With 1081 Views

Desiglesiados | Alfonso Ropero

Debo ese vocablo a mi amigo Lucas Magnin, autor de la Rebelión de los santos (CLIE, Barcelona 2019). Define a todos aquellos que han sido criados en la iglesia, escuchando sermones, asistiendo a la escuela dominical, pero un buen día rompen los lazos con sus iglesias respectiva: se desiglesizan. Bien porque al realizar estudios superiores se enfrentaron a un conjunto de ideas para los que nos estaban preparados, resultado de lo cual fue su pérdida de fe; bien por despego emocional, doctrinal o de cualquier otro tipo —o por preferir una vida independiente fuera de la iglesia—, el caso que cada día son más los jóvenes que abandonan las iglesias. Y este fenómeno se da, en diverso grado, en Europa de un modo preocupante, pero también en Estados Unidos y Latinoamérica.

Los desiglesiados son personas que conocían la fe, al menos teóricamente, que asistían a los cultos, muchos de ellos hijos de familias creyentes o asistentes desde hacía tiempo, hasta que llega el momento que la fe ya no les dice nada, que les atrae más otras cosas. Es un fenómeno que afecta tanto a la Iglesia católica como a las diversas iglesias protestantes.

No hay duda que es un problema preocupante a nivel pastoral y teológico. ¿En qué está fallando la iglesia? ¿Se debe a la forma de predicar o exponer el evangelio?, o ¿es culpa de la calidad de vida de la comunidad cristiana?, ¿es posible recuperar, o detener el éxodo de los desiglesiados? Cada cual puede plantearse sus propias interrogantes y hacer sus cábalas, o incluso negar el problema, basándose para ello, como no podía ser de otra manera, en un texto bíblico: “Se fueron de nosotros, pero no eran de nosotros (1 Jn 2:19).

El fenómeno de los desiglesiados es antiguo. Dicho sumariamente: hace un par de siglos que en muchos países “cristianos” centroeuropeos se dejó de creer en el infierno, creencia minada por las ideas ilustradas y racionalistas, en consecuencia, perdido el miedo a la condenación eterna, muchos dejaron de asistir a la iglesia, a la que se consideraba como tabla de salvación de los pecados y, en especial, de los tormentos reservados a los condenados. Negada la perdición eterna, se negó la sociedad que la predicada, y además se la censuró por el uso del miedo como medio de mantener a la gente sometida a la iglesia y su clero. De ahí el bulo de que la religión es un invento de los sacerdotes para mantener al pueblo bajo su dominio, amenazado constantemente a los feligreses con espantosos castigos de ultratumba. Ahí está el testimonio gráfico de los murales y pinturas sobre el infierno para confirmarlo.

A la vista de este rechazo, los predicadores redoblaron sus sermones sobre el infierno y sus penas, que tan efectivos habían sido en otro tiempo, pero, para su sorpresa, se encontraron que ya no surtían efecto, dejaba indiferentes a sus oyentes, y ofendidos a sus opositores. Sólo en algunos países católicos del sur de Europa, como España, se mantuvo viva esta creencia, y cuando pareció decrecer, a partir del año 1939, la jerarquía católica, en alianza con la dictadura franquista, no solo detuvo la hora del reloj histórico, sino, sino que la retrasó un par de siglos. El Estado dejó en manos de la Iglesia la educación moral y religiosa de toda la nación. Los sermones sobre el infierno y sus horrorosas penas fueron habituales durante años en los llamados Ejercicios de Espiritualidad, obligatorios a nivel nacional en todos los centros de educación pública. Recuerdo particularmente a un fraile que nos habló viva y dramáticamente de los sufrimientos del infierno en relación a Lázaro y Epulón, cuando el rico pidió a Lázaro que mojase la punta de su dedo con saliva para aliviar su sed, y ni siquiera este mínimo consuelo le fue concedido. Y así, toda una eternidad en el fuego abrasador que no cesa, sintiendo una sed implacable que no será calmada ni con una gota de saliva. ¿Pueden imaginarlo? Toda-una-eternidad sufriendo la agonía de una sed imposible de saciar. Había que ser muy duro para no salir corriendo en buscar de un confesor para obtener la absolución de los pecados y así dormir tranquilo, por lo menos durante una noche.

El infierno siempre ha sido una cantera de conversiones. En una encuesta realizada en Estados Unidos hace años daba que las conversiones tenían lugar principalmente en la adolescencia, entre los 17 y 18 años, y que la mayor motivación era librarse de las penas del infierno. Este no es un tema menor, no hay que olvidar, que, como asegura Fermín Bocos, “el temor a Dios y al infierno ha regido la vida del ser humano desde la noche de los tiempos. Como civilización, hemos crecido sobre el convencimiento de que nuestra conducta tenía una sanción en la otra vida. Esto ya lo decían los egipcios, y luego el judaísmo y el cristianismo lo tomaron prestado. El miedo al infierno nos ha configurado” (Viaje a las puertas del infierno. Ariel, Barcelona 2015).

A la pérdida del temor a la condenación eterna se le sumaron las gratificaciones de la vida presente, que, gracias al progreso y las vertiginosas innovaciones tecnológicas, parecían dejar atrás aquello de “aquí gemimos y suspiramos los desterrados hijos de Eva, en este valle de lágrimas”. La revolución digital ha convertido el mundo moderno y su oferta en un parque temático inagotable. En la sociedad secular hay cada vez menos espacio para la religión, no por ataque o menosprecio, sino por abundancia de ofertas de diversión y autorrealización. ¿Qué niño de hoy iría a ver los escaparates de las tiendas y de los grandes almacenes para ver los belenes, tan populares antaño como medios de expresión popular de la fe? Hoy se va en busca del último modelo del último smartphone o playgame.

Muchas iglesias han reaccionado a esta situación del hombre moderno, y sobre todo de los jóvenes, recurriendo a las técnicas del mundo del espectáculo, convirtiendo sus cultos o reuniones en un show de carácter religioso, con mucha música, baile y danza en nombre de Dios. Otras, las más grandes, son como un parque temático de tentaciones menores, departamentos especializados para jovencitos, adolescentes, adultos y familias en general, tratando así de ganarse un espacio de relevancia social y reteniendo al mayor número de gente posible (véase David Lyon, Jesús en Disneylandia. Cátedra, Madrid 2002). 

Otras iglesias, en otras latitudes, especialmente pobres, han respondido con un mensaje que satisfaga las necesidades del hombre moderno en esas sociedades: necesidad de prosperidad, de salud, de protección, de autoestima, de aceptación, ajustando su mensaje a esas necesidades, que prometen suplir con un acto de fe y entrega a la voluntad de Dios, con la esperanza de que Dios cumpla su parte bendiciendo a los que le bendicen. Son, de momento, las que más crecen. Hoy la necesidad de salvación de los pecados se siente con menos urgencia que en otros tiempos, si es que se siente en absoluto.

Las razones de los que se desiglesizan pueden ser numerosas, que a la vez responden a la psicología de cada cual. Desde mi punto de vista el cristianismo actual ha perdido el norte. No sabe adónde va, qué hacer, excepto aquellos que asustados del presente miran al pasado en busca de fundamentos firmes.

Le fe y el seguimiento de Cristo nunca han sido fáciles para el sentir de las gentes, pese a que Cristo dijo que “su yugo” es ligero (Mt 11:30). Nadie da algo sin esperar recibir nada a cambio. Muchos darían parte de sí al mensaje del evangelio si creyeran que a cambio salen ganando. En otro tiempo, el perdón de pecados, la seguridad de vida eterna, la prosperidad temporal, la sanidad de sus enfermedades, etc. Ciertamente el cristianismo no opera según el principio de “doy para que me den”, pero es evidente que en la fe en Dios se produce una relación de donación por ambas partes. En su amor Dios ofrece a la criatura humana la salvación por pura gracia, en su respuesta de fe, el creyente acepta agradecido esa oferta y se entrega a él confiadamente.

¿Qué es la salvación? Va mucho más allá del perdón de pecados y la seguridad de la vida eterna, en un futuro más o menos lejano. La salvación es un proceso de regeneración y de recuperación del ser que el sujeto humano, por su pecado, había perdido.

Desgraciadamente las iglesias ofrecen un visión limitada y reducida de la salvación, entendida como perdón del pecado, a la que sigue un proceso de santificación que, en ocasiones, se entiende formalmente y con tintes legalistas. Hay que ir más allá de ese concepto de salvación, incluso de aquel que añade al perdón de los pecados la sanidad del cuerpo y otros dones de tipo carismático. Este más allá de la salvación consiste en recuperar la enseñanza total del cristianismo primitivo, del Evangelio apostólico, que nos dice que Cristo es el Salvador o Redentor del mundo, pero también, entre otras cosas, el Renovador de la humanidad; el segundo Adán mediante el cual se recupera la creación de su condición postrada, y el creyente, hombre y mujer, se reintegra a su ser más íntimo en la intimidad de Dios. De ahí la importancia que Pablo al concepto de la nueva creación y de la nueva criatura en Cristo. Esta nueva criatura, o nuevo ser en Cristo, en lucha contra el viejo ser, es una tarea de por vida capaz de llenar una vida y desarrollarla en toda su plenitud.

A los jóvenes hay que ilusionarlos y entusiasmarlos con la nueva vida en Cristo, que en ningún modo les merma o roba su personalidad o su libertad, sino todo lo contrario, la potencia para que se realice conforme al propósito creativo original de Dios, en justicia, verdad, amor, misericordia, compasión, valentía, confianza…, valores todos que realizan la existencia humana y que los necesitamos más que nunca.

Frente a esa fealdad tóxica del egoísmo, el orgullo, la arrogancia, la voluptuosidad…, el cristianismo opone la belleza benéfica del amor, de la verdad, de justicia.

La vida cristiana no se agota en la asistencia a la iglesia o la esperanza de la vida eterna, la vida cristiana tiene una forma especial, Cristo, es cristiforme, con todo lo que esto significa de plenitud y comunión con la fuente sustantiva e impelente de nuestro ser. En nuestra cristificación se juega el sentido de nuestro ser en la iglesia y en el mundo. Pues Dios en nosotros es la esperanza de gloria y la fuerza de ser o el valor de ser frente a la miseria del mundo y a nuestras propias ambigüedades y carencias.

Hay que retar a la Iglesia, y a nosotros mismos, a emprender esa vía por la que entregamos todo para recibirlo todo. Dios nos pide el corazón, el centro de nuestra personalidad, pero nos lo pide para darnos un corazón nuevo, precisamente porque sabe lo dañado que está, lo débil que es, lo necesitado que está auxilio y estímulo.

La iglesia, la comunidad cristiana, debe ser la punta de lanza de una nueva humanidad en Cristo, creada y remida para recrearse a imagen de aquel que la creo; imagen que hemos contemplado en toda su perfección en la persona de Cristo, el primogénito de toda creación y el Cabeza de la nueva humanidad.

Los jóvenes no rehúyen lo retos, los desafíos, al contrario, los necesitan; lo que rehúyen, y con razón, es la rutina, la tradición, el legalismo, los camino trillados, el conformismo; los jóvenes quisieran comerse el mundo, y con razón, pero para que el mundo no se los coma a ella, necesitan aprender a ser, a saber ser y estar, a saber medirse la potentes fuerzas a las que se oponen; por ello necesitan ir a Jesús y beber de su fuente, aprender de su vida, a confiar en su palabra.

Los desiglesiados son antes que nada los descristianizados por la misma iglesia, que no ha sabido transmitirles la audacia de la fe, la radical novedad de la nueva creación en Cristo Jesús. Claro que siempre ha habido gente negada al mensaje de Jesús, reacios a los valores del espíritu, impermeables a la acción de la gracia, pero por parte de la iglesia no debe quedar le presentación ante los ojos de quienes quieran ver la excelencia del mensaje que le ha sido confiado.

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