Posted On 05/02/2014 By In Biblia, Pastoral, Teología With 12333 Views

Dios quiere que seamos constantes

1. La constancia, virtud cristiana

Todos los odiarán por causa de mí; pero el que se mantenga firme hasta el fin (jupomeínas eis télos), se salvará (sothésetai). Marcos 13.13

Manténganse firmes [perseverantes, jupomone] y alcanzarán la vida (ktésasthe tas psujás). Lucas 21.19, La Palabra (Latinoamérica) 

Un tanto escondidas dentro del discurso de Jesús sobre los últimos días aparecen unas palabras suyas que, dado el contexto del resto del capítulo 13 de Marcos, resumen muy bien la actitud que debía prevalecer entre sus seguidores/as: la constancia, perseverancia o paciencia (jupomenó). Al hablar de un contexto de crisis, destrucción y persecución, presenta a los discípulos un panorama muy exigente para su fe personal y colectiva. Esa misma intención aparece en el pasaje derivado Lc 21.19, así como en Lc 8.15 (los que oyen el mensaje y dan fruto por su constancia), en el sentido de resistir y ser perseverantes, aunque en Mr se subraya más intensamente el odio del que serán objeto. “De acuerdo con el contexto habría que pensar que en estos pasajes el perseverar no hace referencia a un tiempo largo de espera sino más bien a la magnitud de la tentación, los ‘dolores de parto de la época final’ que hay que sobrellevar con fortaleza y perseverancia. Lo que pondrá fin a esta espera es la venida de Cristo (Mr 13.21 y 26, parousía) Así pues, ambos motivos temáticos concuerdan la perseverancia paciente y la espera inquebrantable”.[1]

La conflictividad político-militar, trasfondo directo de la escritura de Marcos 13, y que continúa al resto del pasaje, describe la necesidad de mantenerse firme, constante, en medio de las peores circunstancias. La fidelidad al templo de Jerusalén, ante su fin inminente, ya no tenía sentido: “Al templo, de hecho, no le quedaba remedio. Pero dada la importancia ideológica que tiene el rechazo del proyecto del templo para el Evangelio de Marcos, los dolores —que no son simple­mente los genéricos— con que el evangelista ha envuelto su relato de la desaparición del templo, sugiere que el mismo escritor compuso su obra todavía a la sombra de estos acontecimientos”.[2] Ésa es la razón del desapego con que Jesús se refiere a él y plantea una nueva forma de fidelidad hacia los designios de Dios basada en su enseñanza. Más allá de esforzarse en la inútil defensa de un edificio condenado a la desaparición (Mr 13.1-4; Lc 21.5-7), ahora se trata, más bien, de fundamentarse en los énfasis proféticos y apocalípticos destacados por él.

Jesús se expresa así como parte del horizonte escatológico en el que se situó su mensaje y actuación, puesto que él preveía las dificultades ideológicas y culturales que se avecinaban en el momento en que sus enseñanzas trascendieran aún más. De ahí que la primera advertencia tenga que ver con no dejarse engañar en relación con su segunda venida y con el fin de todas las cosas (Lc 21.8-9), situaciones que han sido objeto de morbo y de falsas expectativas. La cadena de circunstancias mencionadas a continuación bien parece un recuento histórico general: guerras y calamidades (vv. 10-11), pero por encima de ellas les anuncia la forma en que reaccionará el mundo a la propagación del anuncio del Reino de Dios: rechazo de los judíos, persecución, cárcel, entrega a las autoridades (v. 12). Con base en dicha reacción, la actitud que se espera de sus seguidores es de firmeza y constancia, de tal modo que ninguna de las acechanzas les impida continuar en la fidelidad hacia el Evangelio.

“Resistir hasta el final” tiene una consecuencia claramente señalada en Marcos y Lucas: en el primero, se garantiza la salvación, y en el segundo, la continuidad de la vida. Pero no se trata solamente de sobrevivir a los conflictos derivados de la persecución sino a mantenerse en la existencia plena en el plano espiritual (Mr) y en la capacidad de seguir influyendo con su presencia en el mundo (Lc), ambos como propósitos centrales de Jesús para beneficiar a sus seguidores. La “paciencia militante” y la constancia requerida se constituyen en un virtud cristiana reclamada por el ambiente ante las exigencias que cada momento crítico plantean al seguidor/a de Jesús de Nazaret. Para Mr 13.13b, la recompensa va más allá de cualquier cosa imaginada o prevista por los cálculos humanos materiales:

«Desde la inseguridad, derrota o muerte se pasa a la seguridad, triunfo y vida. Se entra en el tiempo utópico, el télos, pero a nivel individual, no social. […]

Como aparece en 8.35, perder la vida por la adhesión a Jesús y por la proclamación de la buena noticia no es un fracaso, sino un triunfo sobre la muerte, pues así asegura el hombre la permanencia de la vida. Pero esto no se propone como premio o meta, sino como dato objetivo o consecuencia necesaria. Para el seguidor, por tanto, lo importante es realizar su tarea sin temor ni a la misma muerte.»[3]

Por todo ello, ser constantes en el seguimiento de Jesús y en el compromiso con la venida de su Reino al mundo es una tarea insoslayable que deberá realizarse en medio de los avatares del mundo, como prueba de la eficacia de una fe capaz de transformarlo.

2. Constancia, fidelidad y compromiso

Pero es preciso que la perseverancia lleve a feliz término su empeño, para que ustedes sean perfectos, cabales e intachables. Santiago 1.4, La Palabra (Hispanoamérica)

En la misma de su maestro, el apóstol Santiago acometió la tarea de instruir y orientar a las comunidades donde tenía influencia. Su empeño se situó, como casi la totalidad del Nuevo Testamento, en proveerlas de recursos para resistir los embates de diversos tipos que enfrentaban en su diario acontecer. Participando también del horizonte escatológico, es decir, del contexto de profunda crisis, desencanto y desilusión que producía la esperanza en una intervención directa de Dios para arreglarlo todo, y de un ambiente de persecución y rechazo hacia el testimonio de Jesucristo en medio del Imperio Romano, se dirige “a todos los miembros del pueblo de Dios dispersos por el mundo” (1.1), lo que demuestra una visión totalizante, universal, y hoy diríamos, global. De ahí procede su inicial insistencia y exhortación para resistir los embates de todo tipo y, paradójicamente, vivir con alegría en medio de las pruebas (v. 2). Ellas incitan y obligan a fortalecer la fe como propósito central, para lo cual es necesaria una fuerte dosis de constancia y perseverancia.

Siguiendo el análisis de Frank Pimentel, biblista dominicano, podemos decir que la orientación mayor es a resistir mediante las herramientas provistas por Dios mismo. Como parte de un proyecto alternativo de existencia personal y colectivo a partir de la fe en Jesucristo como enviado de Dios (el Reino), se plantea la posibilidad de vivir y pensar también de manera alternativa:

«El/la creyente, por tanto, debe tomar conciencia de que las dificultades asumidas por la causa del Proyecto alternativo de Dios nos ofrecen la posibilidad de fortalecer nuestra fe. El profeta, en su condición de persona comprometida con la causa de Dios y de los hermanos más empobrecidos y débiles debe vivir con alegría aun en medio de las pruebas y las persecuciones. Así lo había querido Jesús, cuando propuso un estilo de vida diferente a sus discípulos (cf. Mt 5.12). Esa alegría, mostrada por los seguidores del carpintero de Nazaret, se convertirá en un testimonio creíble para tantas personas que, por miedo al conflicto y a las dificultades, no asumen un compromiso con la causa de los más débiles.»[4]

El despliegue hábil de la capacidad de resistencia a los ataques desde diversos frentes es a lo que aquí Santiago denomina constancia. Es la fortaleza de espíritu capaz de contestar creativamente con una práctica comunitaria sólida y transformadora, organizada y efectiva para trastocar las imposiciones del sistema imperante. Comenta Pimentel:

«Santiago, y su comunidad de fe, desafían la opinión tradicional, según la cual Dios probaba a sus fieles, y en ocasiones los metía en la tentación para asegurar si en verdad querían permanecer como discípulos/as suyos. Santiago parece compartir la opinión de Pablo, según la cual las pruebas y tentaciones que nos vienen no son superiores a nuestras fuerzas, simplemente porque Dios no lo permite. Su presencia en medio de nuestro camino de fe y solidaridad nos da la certeza de que podremos superar las pruebas, porque “con la tentación nos dará el modo de poder resistir con éxito” (1 Co 10.13).

Una fe probada en el sufrimiento produce la paciencia (1.3). Sin embargo, no se trata de asumir una actitud pasiva o estoica; más bien se trata de la actitud fundamental que necesita el/la creyente para vivir con coherencia y dignidad. Por otro lado, en medio de la resistencia es necesario realizar acciones concretas que expresen nuestro compromiso con la causa de la justicia. De nada valdría la resistencia, la paciencia en el sufrimiento, si no es para producir los frutos del amor solidario que van gestando una sociedad alternativa y que van haciendo la realización del Proyecto de Dios en medio de la sociedad en la que se vive.

«El/la creyente debe conocer el origen de la prueba y la tentación. Es de dentro de nosotros/as mismos/as de donde nace la codicia y el deseo de dominar a los/as hermanos/as. Formamos parte de una humanidad herida por el pecado. Por eso cuando no se vive en actitud de continua resistencia nos dejamos llevar por nuestras propias pasiones; pero eso sólo nos conduce a la muerte y a la vida sin sentido.» (Idem)

Se trata, entonces, en nuestros tiempos, de “resistir exitosamente”, no de sumarse a la idolatría del éxito a toda costa. La sobrevivencia se basa en superar los guiones escritos de antemano por el sistema para cada uno. Tal como lo propone Walter Brueggemann en sus 19 tesis al respecto: Resistir espiritualmente consiste en ser constantes y fieles al proyecto al que Dios nos ha llamado. Y no es cosa fácil, por lo que mutuamente hemos de convocarnos a esa fidelidad, constancia y compromiso.

3. Constantes en la fe y en la misión

Tú, en cambio, has seguido de cerca mi enseñanza, mi estilo de vida y mis proyectos. Has imitado mi fe, mi mansedumbre, mi amor y mi paciencia (jupomoné). II Timoteo 3.10, La Palabra (Hispanoamérica)

La segunda carta a Timoteo, perteneciente a esa zona de la iglesia cristiana deudora del esfuerzo de San Pablo por configurar su presencia en el mundo, muestra una fuerte insistencia en la fidelidad al legado doctrinal recibido. Para lograrlo, recomienda persistir en los énfasis doctrinales o teológicos paulinos, puesto que la transmisión de la responsabilidad ejercida por el apóstol era vista como la concentración del Evangelio mismo, a tal grado que esa labor se convirtió en un auténtico “paradigma pastoral”, a partir del cual podrían evaluarse las subsecuentes prácticas de la misma tarea. Se trataba de “releer a Pablo una generación después” y de resistir la influencia de esas nuevas ideas (haeresis) mediante una intensa enseñanza de la verdad, valiéndose tanto de las Escrituras (316-17) como de la propia tradición que Pablo había dejado (1.13-14). Néstor Míguez explica el contexto de la epístola situándola en su perspectiva social y eclesial:

«2 Tim puede considerarse más “paulina”, en tono, tiempo y en sus líneas teológicas generales, que las otras pastorales. Es, en alguna medida, como un “testamento paulino” (4.6-8). Su autor ha reunido en un escrito algunas consideraciones y recuerdos de su relación con Pablo, ha recuperado los consejos de éste, y les ha dado forma epistolar. La carta tiene un tono que por momentos se vuelve íntimo y apela a la cotidianeidad, con abundantes referencias a personas y hechos que están en la memoria inmediata de los protagonistas. Con todo, comparte con las otras pastorales un tono más autoritario y una preocupación por el orden eclesial, que si bien presente en las cartas a las iglesias, aquí aparece más fuerte. La iglesia ya es un lugar de discusión doctrinal, y la tarea de enseñanza va adquiriendo un lugar cada vez más importante, lo que señala la presencia de nuevas generaciones, nacidas en familias donde ya hay conversos, de la cual el propio Timoteo podría ser un ejemplo (Hch 16.1).»[5]

La carta abre con redoblado impulso en la exhortación a la fidelidad, subrayando los dones recibidos de Dios y formalizados por la naciente institución de la iglesia (1.6). Pablo, como maestro transmisor de la “auténtica enseñanza” (1.13) era la autoridad de referencia para cualquiera que deseara colaborar en el proyecto comunitario cristiano. En el cap. 2 la exhortación sigue siendo personalizada, aunque ahora la firmeza y la fidelidad son presentadas como exigencias concretas para responder ante los riesgos de incurrir en debates innecesarios que solamente confundan a los creyentes (2.23). En el capítulo siguiente aparece un fuerte lenguaje para describir los peligros mayores, relacionados con la cercanía del fin de los tiempos: la presencia y actuación de falsos maestros, cuya enseñanza y moralidad son extremadamente perniciosas. La lista de anti-valores es larga y contundente, como queriendo abarcar todo el espectro moral y conductual: desde el egoísmo y la avaricia, hasta la dureza de corazón y la deslealtad, pasando por el desprecio por los padres y la traición, además de la piedad falsa (3.2-5). ¡En total son 19 acusaciones! Y todavía se agrega una cadena de observaciones sobre otro aspecto inmoral en su conducta (3.6-7), para finalmente afirmar que tales personas “son absolutamente incapaces de dar con la verdad” (7b), igual que los magos charlatanes que compitieron con Moisés en Egipto.

Tanta negatividad doctrinal y ética puede acechar al nuevo pastor que deberá afrontarla con una fidelidad y paciencia a toda prueba, aunque la exhortación concreta es a huir de esas personas (v. 5b) como una medida radical de precaución. El autor de la carta personaliza en sus siguientes palabras el modelo a seguir para permanecer constante en el seguimiento y la fidelidad de Jesucristo, reconociendo tres elementos con los que ha sido posible sostenerse: a) la enseñanza (doctrina); b) estilo de vida (conducta); y c) los proyectos (propósito, 10a). En un segundo momento acepta también que Timoteo ha imitado, se ha mimetizado, y ha mantenido la fe, la mansedumbre (macrothumía, la antigua “longanimidad”), el amor y la paciencia o perseverancia [jupomoné] (10b), otras cuatro virtudes del apóstol. Todo ello es la base propuesta para mantener la fidelidad y la constancia. A la misión conjunta, expresada por el acompañamiento físico, había que agregar una sólida comprensión e identificación ideológica y espiritual con el proyecto paulino (v. 11), pues el verbo utilizado aquí (parekoloúthesas, “has seguido de cerca”) refleja un “estudio minucioso”, detenido de las verdades proclamadas por el maestro que está delegando tamaña responsabilidad. Esta relación entre ambos hacía mucho tiempo que se había establecido y ahora se trataba de consolidar la empatía que existía entre ellos para beneficio de la tarea eclesiástica.

De modo que la exhortación a la constancia tiene un fuerte componente personal, pues las penurias por las que juntos habían pasado fortalecieron el compromiso de la persona más joven que es estimulada a seguir, ya sin la presencia física de su maestro, por un sendero de pruebas, como una garantía de que avanzaba por el rumbo correcto (vv. 11b-12). A eso mismo somos llamados hoy: a atender activamente las enseñanzas recibidas, a adaptarlas de manera creativa en nuestras circunstancias específicas y a divulgarlas de la mejor manera. Así demostraremos, fehacientemente, quiénes han sido nuestros maestros (v. 14b) y cumpliremos fielmente la tarea que nos ha sido encomendada.


[1] U. Falkenroth, “Paciencia (jupomeno)”, en L. Coenen et al., dirs., Diccionario teológico del Nuevo Testamento. III. 3ª ed. Salamanca, Sígueme, 1993, p. 239.

[2] Leif E. Vaage, “El evangelio de Marcos: una interpretación ideológica particular dentro de los cristianismos originarios de Siria-Palestina”, en RIBLA, núm. 29, www.claiweb.org/ribla/ribla29/el%20evangelio%20de%20marcos.html.

[3] Juan Mateos, Marcos 13: el grupo cristiano en la historia. Madrid, Cristiandad, 1987, pp. 275-276.

[4] F. Pimentel, “Codicia, resistencia y proyecto alternativo. Un acercamiento socio-lingüístico y actualizante a la carta de Santiago”, en RIBLA, núm. 31, www.claiweb.org/ribla/ribla31/codicia.html.

[5] N. Míguez, “Se trata de fidelidad. Estudio de 2 Timoteo 2.9-15”, en RIBLA, www.claiweb.org/ribla/ribla50/se%20trata%20de%20fidelidad.html

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