origen del mal

Posted On 15/07/2016 Por En portada, Teología With 4925 Views

¿Dónde situamos el origen del mal?

La práctica totalidad de las explicaciones que nos solemos dar acerca del misterio del mal no suelen dejarnos completamente satisfechos. Quizá por el hecho que, aun aceptando la autonomía de la creación, el dilema de Epicuro se halla arraigado en nuestro inconsciente y no terminamos de resolver la ecuación de cómo es posible compatibilizar el poder y la bondad de Dios con la realidad del mal.

Hemos desterrado explicaciones míticas. Sabemos que la figura del diablo se introdujo en los relatos del Antiguo Testamento, durante los últimos tiempos de la deportación, a causa del contacto entre el monoteísmo judío y el dualismo de la religiosidad persa resultado de la influencia de Zoroastro. Posteriormente, tal mítica figura se desplaza del judaísmo al cristianismo y también al mundo del islam.

Es por todo ello que ya hemos entendido que no debemos buscar fuera de nuestra propia realidad la génesis del mal; sino, como Jesús mismo enseñó, dentro de nosotros mismos. Que no son los estímulos externos los que contaminan al hombre, sino nuestras reacciones a los mismos en forma de pensamientos, motivaciones y valores no siempre alineados con el proyecto de vida expuesto y encarnado por Jesús de Nazaret.

Con frecuencia sustituimos la personificación del mal en una figura arquetípica por el propio concepto del mal; así manifestamos no creer en los demonios, pero sí en la existencia del mal como entidad. Pero esto es platonismo. Nos hallamos en la teoría de las ideas preexistentes en la que los males concretos, desde los derivados de la finitud y contingencia de todo lo creado hasta los pecados personales, estructurales y cósmicos, no serían sino reflejo del misterio de la iniquidad de la que habla San Pablo.

Pero nosotros somos más bien aristotélicos. Ya sabemos que el proceso es inverso. Que es el contacto con la pluralidad de males: guerras, genocidios, exclusión de la diferencia, injusticia, control social, manipulación, mentiras, falsas promesas, odio, rencor, insensibilidad, orgullo y un largo etcétera lo que nos conduce al concepto del mal. Pero la etiología final, la explicación última se nos resiste y la teodicea continúa envuelta en su hálito de misterio.

Apelamos a la libertad. El mal como un incorrecto uso de nuestra capacidad de decisión; pero ahí surgen nuevos interrogantes relacionados con el nivel de libertad propio de los seres humanos. Sólo Dios es libertad, en términos absolutos. Nuestra libertad se halla enmarcada también por la contingencia y finitud de nuestra realidad existencial.

Tras los estudios sobre el genoma humano nos son ampliamente conocidos los condicionamientos genéticos que se hallan en la base de nuestro desarrollo personal, enfermedades, rasgos de personalidad y, por consiguiente, de nuestras conductas más o menos acertadas. Existen condicionantes biológicos que incluyen la constitución física, el sistema hormonal, la salud o la enfermedad… que determinan muchas de nuestras reacciones emocionales frente a la estimulación del entorno.

Desde Sigmund Freud, conocemos el poder de esta instancia psíquica que es el inconsciente y cómo muchas de nuestras conductas obedecen a este mundo interior desconocido. Tampoco podemos evitar los condicionamientos ambientales y culturales. Y podríamos seguir con los condicionantes sociológicos y económicos, responsables de tantas discriminaciones, que explican, si bien no justifican, muchas reacciones asociales y violentas. La libertad se nos muestra, pues, como otra respuesta ambivalente, al constatar cuán mediatizada se halla.

La relación de Dios con el mundo, en su sentido cósmico y antropológico, y el misterio del mal se hallan vinculados a la contradicción de una imagen de Dios infinitamente bueno y poderoso, pero que no impide el mal. David Jou, catedrático de Física de la materia condensada, aporta la idea, claramente vinculada al concepto teológico de la autonomía de la creación, de que puede ser «relativamente saludable distanciar un poco a Dios del mundo, para no atribuirle tantos males. La física cuántica y la evolución biológica presentan un mundo con dinamismo propio, con tanteos que producen, de manera inextricable, novedades admirables y dolores inexplicables».

¿Quizá debemos buscar la respuesta al problema del mal en el dinamismo propio del mundo? ¿Quizá tenemos que asumir, con mayor convicción, la coexistencia de opuestos y la consiguiente polaridad de la vida? Nos cuesta integrar contraposiciones, pero la realidad está constituida por ellas. Orden y armonía, pero también caos. Belleza, pero también dolor. Conductas heroicas, pero también mezquindad. Solidaridad con los últimos, pero también su explotación.

Las intuiciones fundamentadas en la práctica clínica de Sigmund Freud también señalan la ambivalencia de la naturaleza humana. Eros (pulsiones de vida) y Thánatos (pulsiones de muerte) configuran, para el psicoanalista austríaco, la totalidad descriptiva del hombre. Su grandeza y su miseria. Sus luces y sus sombras; juntas, simultáneas, sin desvinculación; como las dos caras de una moneda. Capaces de pasar del amor al odio. Polaridades que forman parte constitutiva de nuestra naturaleza y que nos alcanzan a todos, sin excepción.

Ángeles y demonios, como expresión metafórica de nuestras potencialidades, constituyen nuestra naturaleza moral. Capaces de amar a Dios y a nuestros semejantes y capaces de generar dolor y muerte (física o emocional) de manera intencional o inconscientemente. Generosidad, solidaridad y altruismo en determinados momentos; egocentrismo y narcisismo, sin solución de continuidad, en otros. ¿No deberemos, pues, asumir la coexistencia de tendencias opuestas en nuestra estructura profunda del ser y situar el origen del mal en nosotros mismos?

La aceptación de nuestra ambivalencia debe conducirnos a la corrección de sus polos. Descubrir, en palabras del filósofo Arash Arjomandi, «el animal y el dios que llevamos dentro para no ser ninguno de los dos». Es nuestra responsabilidad aquel trabajo de introspección que nos permite detectar y corregir nuestras «sombras», pero también nuestras «luces». Y es que existe el peligro de divinizarnos en exceso cuando nuestras propias luces nos ciegan y nos sitúan en una posición ególatra frente a los demás, como le ocurrió al fariseo de la parábola cuando oraba en estos términos: «Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres». ¿Cabe situar, en lugar distinto, el origen del mal?

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