Posted On 30/08/2012 By In Opinión, Pintura With 1660 Views

Durero, el cuerpo de Cristo

Alberto Durero

Alberto Durero

Según Wikipedia, este cuadro de Alberto Durero — Alberch Dürer para los puritanos— mide 67×49 centímetros, óleo sobre tabla, data de finales del siglo XV y se encuentra en la Alte Pinakothek de Munich. A primera vista parece un ecce homo más, la enésima representación de Jesucristo. Pero todo cambia cuando descubrimos que el título de la obra reza ‘Autorretrato’. He aquí el cuerpo de Durero, he aquí su mirada penetrante, he aquí sus cabellos dorados. Los que creímos ver a Cristo en el cuerpo de Durero, sin embargo, no estábamos del todo equivocados. Con toda la intención, el artista ha inscrito en su cuerpo la simbología típica de las representaciones del cuerpo sacro. Así, Durero convierte la profesión de su fe en un acto corporal. A través de la transmutación de su cuerpo se declara a sí mismo como hijo de Dios. Sí, su cuerpo, con todas sus imperfecciones, sus descosidos, su asimetría, sus claroscuros. Y esa mirada penetrante se clava en nuestros ojos al observar éste óleo y descubrimos que es en ese preciso instante en el que nuestras pupilas se encuentran con las pupilas del artista, como en una suerte de espejo en el que nos vemos reflejados, que nos invita a vivir, como ha hecho él, nuestra propia experiencia de fe como un acto corporal. Si aceptáramos la invitación de Durero, nuestra piel, nuestras entrañas, nuestros fluidos, nuestra realidad física más inmediata, adquirirían lecturas diametralmente diferentes a las acostumbradas y nos obligaría a redefinir los conceptos con los que hemos trabajado hasta ahora. Posiblemente, entonces, deberíamos hacer nuestra la cita de Michel Foucault en la que el filósofo francés escribe: El alma, efecto e instrumento de una anatomía política; el alma, prisión del cuerpo. Por lo tanto, el instrumento de insurrección, de protesta, de posibilidad, de esperanza, de lucha, de resistencia, el único instrumento de acción posible es nuestro propio cuerpo, allí donde las estructuras de poder nos obligan a vigilarlo, amputarlo, contenerlo, ignorarlo, castigarlo, anularlo, olvidarlo… Alberto Durero mira al cielo, como buscando a Dios, y ve reflejado en él su propio cuerpo; a través del lienzo, de esa tabla de 67×49 céntimetros pintada al óleo, el artista nos desafía a encontrar nuestro cuerpo en el reflejo de su propio cuerpo, en aquel que ha encontrado al alzar los ojos al infinito.

Tags : , ,

Bad Behavior has blocked 473 access attempts in the last 7 days.