Posted On 06/01/2018 By In Opinión, portada With 752 Views

Eclesiología para botánicos | Augusto Millán

Tiempo estimado de lectura: 2 minutos

Antes de estudiar teología estudié botánica. Así que cuando en los textos bíblicos se habla del trigo y la cizaña yo entiendo que se habla del Traticum sativum y de la Lolium temulentum. De la misma manera que cuando en los textos canónicos se narra el sufrimiento que causan algunas personas a otras yo pienso en las hojas modificadas de algunas plantas que le sirven de armas defensivas: las espinas.

Las personas que más penas me han causado son a menudo, por no decir siempre, las que más muestras de amor me han dado. Y las que amo contra todo pronóstico. Y es que son las relaciones familiares, las de amistad, las de profesión y las de la comunidad donde habito las que producen las laceraciones más urticantes. Las que se encarnan y producen humores dolorosos.

El embaucamiento más común en una comunidad es culpar de nuestro estado emocional a alguien cercano. Pero el mayor reto, es reconocer a la misma vez, que nosotros somos más que los daños que nos han causado. Somos más que lo que hacemos. Somos más que lo que los demás dicen de nosotros. Somos más de lo que nosotros pensamos de nosotros mismos.

En realidad somos hechura del Sr. Dios. Pero una hechura posterior a la de los mangles y a la de los pinos. A la de las anacardeacéas. Si, fuimos hechos después de las rosas y los jazmines. Despúes del mamey y del cedro. Mucho después de los helechos y las tomateras. Y como fuimos hecho después tenemos lo mejor de cada una de ellas. Poseemos espinas y aromas. Resistencia y resiliencia. Colores y emociones.

Solamente cuando me he creido que soy lo que el Sr. Dios ha querido hacer conmigo es que he tenido la libertad de perdonar a los que me han herido. A los que me abrazaron con espinas.

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