Posted On 17/10/2013 By In Biblia, Opinión, Teología With 2980 Views

El abrazo: Visión y misión para una iglesia receptiva (Desafíos a la comunidad de fe desde Hechos 20: 1-12 )

Introducción

El viaje de Pablo a Macedonia, Grecia y a la ciudad de Troas, reseñado en el texto de Hechos 20:1-12 es parte del llamado tercer viaje misionero del Apóstol Pablo, el cual tenía el propósito de confirmar la fe de la iglesia naciente y también buscar las ofrendas que se habían recogido para los hermanos y hermanas pobres de Jerusalén (Hc. 18: 22-23)

Encontramos aquí una referencia directa a la práctica de las primeras comunidades cristianas de reunirse como iglesia los domingos en memoria del día de la resurrección de Jesús. Ya no se reunían en Sabat como indicaba la ley, sino el primer día de la semana según el calendario judío, esto es en domingo.

Pero hay algo más interesante y peculiar en este relato. Aquí encontramos la primera referencia explícita sobre la práctica de la Eucaristía en la iglesia naciente. El texto permite apreciar que la comunidad no solo se reunía para profundizar en la palabra y en la comunión fraterna y sororal sino, además, conmemoraba la Última Cena como acto sagrado de memoria, en el cual la fracción del pan resultaba una proclamación de una fe que celebraba y propiciaba la comunión entre hermanos y hermanas con y en el Resucitado.

Quiero resaltar tres desafíos que nos hace el texto bíblico respecto a la manera de relacionarnos en la comunidad de la fe.

De la argumentación (dia-legomai) al diálogo (homiléo)

El teólogo y comentarista bíblico, Pablo Richard, estudia este texto y marca la diferencia que hay en el discurso de Pablo referido en los primeros versículos del texto y la conversación que se desarrolla desde la media noche hasta el inicio del nuevo día.

El texto resalta que al principio Pablo “les abrazaba y les exhortaba” y rápidamente agrega que “les exhortaba con abundancia de palabras” (v. 1 y 2). La idea sobre la extensión de las exhortaciones se hace evidente en los vv. 7 a 9 cuando se dice que Pablo les enseñaba mediante un “largo discurso”; el cual -cómo Eutico puede evidenciar-se “alargó”, “largamente”, más de lo prudente.

La prédica era extensa y no era una conversación precisamente, ni menos aún un diálogo, sino una serie de argumentaciones que buscaban convencer a las y los oyentes sobre los fundamentos de la nueva fe.

Pablo Richard lo expresa así:

“El discurso de Pablo hasta la media noche está resumido en el verbo “argumentar” (dia-legomai v. 7), que es el tipo de discurso que Pablo siempre tiene con los judíos (cf. 17,2-3.17; 18,4; 19,8-9). Pablo alargó este tipo de argumentación de una manera tal, que el joven Eutico se quedó dormido y se cayó de la ventana… Por eso Pablo cambia su discurso: desde la Eucaristía a media noche hasta la mañana, Pablo ya no argumenta, sino conversa (homiléo v. 11).“ (Pablo Richard, El Movimiento de Jesús después de su Resurrección y antes de la Iglesia Una interpretación liberadora de los Hechos de los Apóstoles)

La argumentación del inicio del relato se transforma en conversación, homiléo, y de ahí proviene la palabra «homilía» que procede del verbo griego homilein, que significa «conversar familiarmente» (Vittorio Peri, La Homilía, Ed. Sígueme).
Es en este desafiante texto donde, por primera vez, se hace mención explícita del lugar de la homilía en la comunidad de fe.

Claro, el salto de lo que es la compresión de la homilía como un mensaje que puede ser conversado familiarmente, a lo que hoy se han transformado muchas homilías, con lenguajes rebuscados, de domingos y de bibliotecas, quizás explica el por qué de la cara de aburrimiento de muchas personas mientras escuchan sermones más que mensajes y argumentaciones más que diálogos llenos de la familiaridad que nos da la fe y la presencia de su Espíritu en la comunidad.

Este cuadro tan conocido de la comunidad cristiana primitiva reunida en un espacio cálido y familiar provoca la pregunta respecto a si la evolución de las práctica cúlticas y el desarrollo de las estructuras y la institucionalidad de la Iglesia no habrá sacrificado esto más humano, entrañable y comunitario que vemos en las primeras comunidades de fe.

“Es posible que los cultos hayan ganado en solemnidad; pero, ¿no habrá sido a costa de perder la atmósfera de familia?” (Barclay, comentario a Hechos).

El diálogo en tono familiar, el culto evidenciado en relaciones y prácticas fraternas y sororales de comunión, es un modelo para la iglesia contemporánea. Las y los creyentes, tantas veces encerrados en áridas diferencias y estériles discusiones fratricidas, necesitan de la reparadora experiencia de conversar juntos y juntas, saberse familia y redescubrir que la celebración de la fe que nos une es lo que da sentido a nuestra existencia y a nuestra misión.

La comunidad cristiana moderna necesita la experiencia de la comunidad que nos hace sabernos y sentirnos hermanos y hermanas unidos en la celebración y seguimiento de los gestos del Resucitado.

Por eso la primera enseñanza que resaltamos del texto es que mejor que contender, discutir y disputar, es conversar, dialogar y consensuar desde aquello que nos une y nos moviliza, hacia gestos concretos, profundos y transformadores de vida y amor.

Del individualismo al pan compartido: una casa con lugar para tod@s

J.J. Tamayo en su libro Hacia la Comunidad: iglesia profética Iglesia de los pobres resume la experiencia comunitaria de la iglesia primitiva como que “se sustentaba en la fe, el culto y el ágape. La fe consistía en la adhesión al mensaje de Jesús expuesto en formulaciones breves, cuyo núcleo central era la fe en la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret… El centro de la celebración era el momento de compartir el pan y el vino… el clima era muy participativo… Antes de la cena del Señor se celebraba una comida para todos, pobres y ricos, hombres y mujeres, libres y esclavos… La comunión con Cristo en la cena del Señor debe ir acompañada de gestos de solidaridad como es el compartir. La comida compartida es, para el Apóstol, signo de fraternidad.” (Tamayo p. 49).

Para las personas más pobres de la comunidad la mesa y el pan compartidos tenían una significación especial, profunda, que dotaba de “cuerpo” al mensaje, pues en esa mesa se proclamaba la fe de un modo muy concreto y palpable:

“La Fiesta del Amor,[Agape] en la que todos participaban, y que era una comida congregacional, probablemente la única comida decente que muchos pobres y esclavos harían en toda la semana. Los hermanos comían juntos en amor y armonía… Era una expresión excelente del ambiente familiar de la iglesia. Todo esto sucedió por la noche, probablemente porque era el único tiempo en que podían estar presentes los esclavos y los trabajadores; y eso explica también el problema de Eutico.

Estaba oscuro, y hacía calor bajo el bajo techo del piso de arriba. Las muchas lámparas… formaban una atmósfera pesada. Eutico, sin duda, había estado trabajando todo el día antes de venir a la reunión, y estaba cansado. Se sentó en… la ventana buscando el aire fresco; pero, claro, entonces las ventanas no tenían cristales ni rejas. El cansado Eutico, dominado por la atmósfera recargada, sucumbió al sueño y cayó al patio exterior.” (Barclay, comentario a Hechos).

Sobre este episodio Luis Alonso Schökel completa la idea diciendo:

“Pablo domina la situación: la celebración de la vida del resucitado no va a terminar con la muerte de uno de los participantes; antes bien, el incidente servirá para mostrar «la fuerza de la resurrección». (Schökel, Biblia del Peregrino, Nuevo Testamento, Edición de Estudio, Verbo Divino )

La práctica de vida comunitaria en la iglesia primitiva no se centraba en las carencias o en las dificultades sino en los recursos puestos al servicio del proyecto. La misma comunidad proveía de sus propios recursos todo lo necesario para la reunión. La hora del encuentro era ajustada para que todos y todas pudieran estar en la celebración. Alguien ofrecía el aposento, otras personas traían las lámparas y quienes podían llevaban comida para ser compartida.

Pablo llamó la atención a los Corintios sobre la responsabilidad ética de la comunidad cristiana a la hora de sentarse a la mesa. Las personas reunidas en memoria de Jesús no pueden servir banquetes de abundancia que resulten excluyentes para la parte más pobre de la comunidad.

En la iglesia primitiva todo se ponía al servicio común y se hacía con el fin mayor de seguir profundizando en la experiencia del Espíritu y del Resucitado en medio de la comunidad reunida. Así el mensaje se encarna en nuevas prácticas de justicia y solidaridad que dan testimonio de la vida y alientan la esperanza.

Por eso decimos que el camino que marca el texto es una invitación a salir del individualismo, de la vida centrada en nosotras y en nosotros mismos, y superar los deseos egoístas (de poder, de poseer y de sobresalir) para reunirnos como familia que celebra que la diversidad no es un valor negativo para la iglesia, sino una bendición.

Al reunirnos en la fe nos anima un mismo Espíritu común que rompe las barrearas, nos nutre y nos da sentido, en la doble vertiente de la palabra “sentido” como aquello que nos aporta dirección y, también, como aquello que nos provee de una profunda comprensión de nuestra identidad y propósito.

La identidad más profunda de la iglesia, como comunidad que vive y celebra la vida y los gestos de Jesús, debe ser la de promover y propiciar encuentros sagrados que nutran la vida de las personas, entre sí y con Jesús. Las diversas expresiones de la iglesia primitiva se sustentan en la experiencia edificante de la comunión fraterna y sororal.

Jesús convoca a una mesa común y abierta que es memoria, anuncio y proclamación profética de un mundo nuevo por venir. En la mesa se celebra la vida de Jesús, la esperanza de un mundo nuevo y la certeza de su cumplimiento a su regreso, pero iniciándose hoy y cada día. Ésta debe ser nuestra memoria y nuestra práctica de una fe que celebra la experiencia comunitaria como fermento para la transformación del mundo.

“Profundizar en la dimensión de la iglesia como comunión significa estar disponibles a un examen del misterio global de la iglesias, con vistas también a una reinvención de sus estructuras, al menos al nivel de la acción pastoral”. (G. Grasso, Diccionario Teológico Interdisciplinar, tomo II)

El abrazo: modelo de relaciones para una iglesia pertinente y receptiva

Hechos 20 en el v. 1, v. 10 y también en su último v. 37, menciona el abrazo y el beso como parte de las prácticas afectivas y familiares de la iglesia primitiva. Parece ser que la fe no tiene sólo que ver con creencias, con discursos y con rituales, hay algo más.

Ser de la familia de Dios no sólo es cuestión del intelecto, o de afirmaciones y dogmas, también tiene que ver con nuestras prácticas y con nuestro cuerpo. Tiene que ver con el espíritu y con los afectos, emociones y sentimientos que nos movilizan.

La iglesia es desafiada a encarnar la fe, es decir a poner la fe en el cuerpo. El cuerpo es lo que nos permite relacionarnos, acercarnos, sentir a la persona (otra y otro) que está a mi lado. Poner la fe en el cuerpo es traducirla en gestos concretos de amor y fraternidad. Poner la fe en el cuerpo tiene que ver con comunicarla desde el abrazo, la caricia, la mano secando una lágrima o estrechándose con la persona que sufre.

No podía ser de otra manera, el Dios que se encarnó, que “puso el cuerpo” como instrumento de salvación, que se identificó con las personas más sufridas y se sentó en sus mesas, tocó sus heridas, sanó sus dolores, abrazó a niños y niñas, devolvió la vida, perdonó pecados, no podía requerir otra cosa de su comunidad que no sea traducir la fe en gestos concretos.

Un abrazo a quien está sufriendo, un vaso de agua a quien la necesita, ropa para quien no la tiene. La comunidad de fe, en seguimiento de Jesús debe, también, “poner el cuerpo” y expresar compromiso, en especial con aquellas y aquellos que más necesitan recibir el aliento y la cercanía de una comunidad solidaria.

La experiencia comunitaria de la iglesia primitiva nos invita a recrear la vida abrazando una fe nueva y sensible que se hace cuerpo mediante gestos concretos de fraternidad, sororidad, justicia y amor. Hacer concreta la fe es lo que nos permite salirnos de nosotras y nosotros mismos y abrirnos al otro y a la otra, como lugar concreto y específico donde servir al “totalmente otro” que es Dios.

Las otras y los otros, tan diversos y tan distintos, son el espacio sagrado donde encontrarnos con Dios y experimentar la comunión. Cuando entramos en comunión con las personas más sufridas, postergadas, oprimidas y marginadas de nuestra sociedad, nos encontramos verdaderamente con Jesús y con su Espíritu.

Así la comunión y la sacralidad de la experiencia de la vida compartida dejan de ser una abstracción o un concepto para transformarse en una experiencia relacional sagrada, que nos revela a Dios mismo y que también nos revela nuestra identidad más profunda, como hermanas y hermanos, hijas e hijos de un mismo Dios que nos nutre y moviliza con su Ruaj (Espíritu, soplo) que da vida.

El abrazo de Pablo a sus hermanas, hermanos y al joven muerto, hacen carne el mensaje y expresan la fuerza, el calor y el dinamismo de una fe que lucha por la vida. De igual manera que Cristo y que los profetas antes y después de Él, es el mismo Espíritu que experimenta la comunidad.

La iglesia contemporánea con todas sus crisis y fortalezas, quizás como el joven Eutico tendido en el suelo sin resistencia alguna, debe volver a ser abrazada por el Espíritu de Aquél que anima a la comunidad y enciende el corazón de sus seguidoras y seguidores.

La pareja que caminaba lentamente a Emaús sintió el calor de la presencia de Jesús releyendo las escrituras y le descubrió al partir el pan. Pero al quererle abrazar el Señor desapareció, como invitándoles a volver a la comunidad, a abrazarse y a celebrar que el que estaba muerto ha vencido y vive para siempre en la comunidad de las personas que abrazan la vida y encarnan el Espíritu de la nueva creación.

Hoy hay multitudes que viven entristecidas y tocadas por la muerte. El ejemplo de Jesús y de su iglesia primitiva nos desafía a traer vida en medio de la no-vida. Somos llamados y llamadas a abrazar la fe abrazando a otros y a otras que necesitan plenitud y vida.

La iglesia de Jesús es llamada a abrir sus brazos a las personas más sufridas y necesitadas, aquellas que de una manera especial necesitan reanimarse al sentir el calor de un Espíritu que les dé plenitud y vida. La iglesia del siglo XXI debe ser como aquella comunidad que incluía y abrazaba a personas esclavizadas, sufridas, las y los más pobres y les daba vida. Debemos expresar la fe mediante el afecto, la fraternidad y relaciones de justicia que aporten vida a quienes más la necesitan.

El abrazo para la iglesia es modelo de relaciones. Pero especialmente es modelo de misión. Una comunidad de fe pertinente, receptiva, viva y eficaz, abraza la vida y debe abrazar la diversidad, proclamando la vida buena y nueva que Cristo quiere dar.

Cuando las personas y las comunidades, desde su fe, extienden los brazos para dar vida a las personas oprimidas, marginadas y excluidas de la mesa, Dios mismo se hace visible y Jesús se hace presente dejándonos saber que su Espíritu sigue alentando la esperanza de una nueva humanidad en la que Él cree y que juntas y juntos podemos construir.

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