kierkegaard

Posted On 16/02/2016 By In Filosofia, Teología With 2563 Views

El amor es la plenitud de la ley: Ricoeur y Kierkegaard

El amor expresa lo siguiente:

»Pero a ustedes que me escuchan les digo: Amen a sus enemigos, hagan bien a quienes los odian,  bendigan a quienes los maldicen, oren por quienes los maltratan.  Si alguien te pega en una mejilla, vuélvele también la otra. Si alguien te quita la camisa, no le impidas que se lleve también la capa.  Dale a todo el que te pida, y si alguien se lleva lo que es tuyo, no se lo reclames. Traten a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes.

» ¿Qué mérito tienen ustedes al amar a quienes los aman? Aun los pecadores lo hacen así.  ¿Y qué mérito tienen ustedes al hacer bien a quienes les hacen bien? Aun los pecadores actúan así.  ¿Y qué mérito tienen ustedes al dar prestado a quienes pueden corresponderles? Aun los pecadores se prestan entre sí, esperando recibir el mismo trato.  Ustedes, por el contrario, amen a sus enemigos, háganles bien y denles prestado sin esperar nada a cambio. Así tendrán una gran recompensa y serán hijos del Altísimo, porque él es bondadoso con los ingratos y malvados. Sean compasivos, así como su Padre es compasivo. (Lucas 6:27-36, NVI)

En una conferencia expuesta en 1989 titulada Amor y Justicia[1], Paul Ricœur propuso la relación de dos conceptos que a lo largo de la historia del pensamiento se han puesto como diametralmente opuestos; dichos conceptos son «amor y justicia». Ricœur expresa que la afirmación de que dichos conceptos son opuestos –hasta dicotómicos- radica en que las tradiciones de pensamiento, desde Aristóteles hasta nuestros días, los han colocado en diferentes categorías de pensamiento y actuar político en la humanidad.

Por un lado, el amor ha sido colocado en el terreno de lo afectivo y lo poético (en ocasiones en lo sublime como Kant), mientras que la justicia se ha insertado exclusivamente en el ámbito ético, siendo ésta, la finalidad última de la ética. Dicha expresión que reduce al amor a lo sentimental, afectivo y sensorial estriba en el constante uso del concepto en vagas interpretaciones -en ocasiones  disparatadas- de los textos que han fundado estas diferencias; hablamos de los textos griegos[2] por un lado, y por el otro, los textos de la Torá[3] judía y el Nuevo testamento del cristianismo.

Sin embargo, Ricœur expone que la máxima del amor es que conlleva en sí mismo la expresión pura del deseo. Dicho en otras palabras, el amor está en una búsqueda constante de sí mismo a través de los amantes (el amoroso y el amado) y que, bajo la acción de un llamado, expresa el deseo bajo el imperativo ¡Ámame! El amor entonces, está en constante actividad en tanto que se busca y se llama, siendo así el sujeto y objeto de su acción.

Por otra parte, la justicia ha sido asimilada en términos aristotélicos que, desde la propuesta del maestro griego, buscaba preservar y fundar orden dentro de la polis y que, hasta nuestros días, sigue vigente bajo el precepto de la búsqueda de equidad e igualdad entre los ciudadanos. La justicia desde entonces se ha visto fundamentada bajo un discurso argumentativo que intenta responder a la pregunta ¿cuál es la mejor manera de vivir en sociedad?

Ricœur propone que el error de englobar a la justicia en términos aristotélicos es el hecho de que el concepto de justicia se circunscribe exclusivamente en la tradición que se remonta a la «ley del talión» (dar a cada quién lo que le corresponde), fundada en una «lógica de la equivalencia o reciprocidad». Dicho de otra manera, la justicia se ejerce en tanto que se actúa en función de esperar del otro una acción igualitaria a la acción primera del yo, desembocando en lo que desde hace siglos se conoce como «La Regla de Oro»: “haz a otros como quieras que te hagan a ti”.

Para Ricœur, esta lógica de la reciprocidad es la que separa al amor y la justicia y los coloca en terrenos que parecen diametralmente opuestos. En su intento de arrojar una nueva concepción, el francés expone la necesidad de plantear la justicia en términos de otra lógica a la cual denominó como una «lógica de la sobreabundancia». Dicha lógica –pensada en términos cosmológicos semitas[4]– consiste en actuar, no en términos de reciprocidad, sino de entrega. Si bien ya hemos dicho que más que reducir al amor al terreno de lo afectivo, etc. puesto que conlleva un problema en tanto que el amor llama, surge la inquietud ¿cómo es que el amor responde a este llamado?

El amor encuentra su plenitud en tanto que es llamado y deseo. El amor es deseo en tanto que busca actuar a favor del amor -o dicho de otra manera- cuando el amoroso actúa a favor del amado por la dicha del bienestar del amado; asumiendo en principio que dicho actuar no espera reciprocidad en tanto que deseo. El amoroso que está revestido del amor (pues previamente lo ha asumido en sí mismo y como parte de sí) vive o se experimenta bajo una lógica de la sobreabundancia: “te amo porque, ante todo, soy amado por el mismo amor”.

De lo anterior surge una nueva propuesta de Ricœur para la interpretación de la Regla de Oro[5] contenida en el evangelio, en la que ya no es la lógica de la equivalencia la que condiciona su ejercicio, sino la acción del amor que sobreabunda. Ricœur dice:

En efecto, sin el correctivo del mandamiento del amor, la Regla de Oro se vería sin cesar jaloneada hacia el sentido de un máximo utilitario cuya fórmula sería do ut des, yo doy para que tú des. La regla: da porque te ha sido dado, corrige el a fin de que de la máxima utilitaria y salva a la Regla de Oro de una interpretación perversa que siempre es posible. (Ricœur, 1981/2009:41)

Pero el puente hecho por Ricœur no es del todo una novedad, ya un siglo antes, un escritor de igual interés había expresado al respecto entre la relación entre el amor y la justicia por lo que nos ha resultado pertinente el acercamiento a este predecesor de Ricœur; nos referimos a Søren Kierkegaard.

La caridad es plenitud de la ley

En 1847 en su compendio de discursos edificantes titulado Las obras del amor[6], Kierkegaard –de manera similar a Ricœur- establecía un puente entre el amor y la justicia en su capítulo “La caridad es plenitud de la ley”[7]. En él, Kierkegaard expone que la expresión máxima del amor es el cumplimiento de la ley, en tanto que la ley –que es la que procura la justicia- solo encuentra su finalidad última en el amor.  Es decir, Kierkegaard asume que la ley encuentra su sentido [de ser cumplida] en tanto que su cumplimiento sea la expresión activa del amor.

“La ley te condena” menciona Kierkegaard, aludiendo a Pablo de Tarso en su Carta a los romanos, dado que te muestra –o revela- aquello de lo que se está alejado: el amor [el amor hacia Dios, el amor hacia el prójimo]. De ahí que el Estado de Derecho, más que ayuda para los individuos se convierta en una “piedra de tropiezo”. La ley debe estar supeditada al amor en tanto que, por sí misma, solo se convierte en una exigencia incapaz de cumplirse si es que ésta solo se realiza bajo la lógica de la reciprocidad y no de la entrega, porque ¿quién quiere hacer [o dejar de hacer] gratuitamente?

La ley está supeditada al amor, en tanto que su cumplimiento no depende de la fuerza de su argumentación y su validez, sino en función de la fuerza que el amor conlleva cuando llama a actuar, pero para que esto suceda es necesario que se ejerza –como menciona Ricœur –  desde la economía del don.

El don, como donación-entrega (es que el don es dado y para darse), y que a su vez se asume desde la lógica de la sobreabundancia (doy porque me ha sido dado), es el que permite que la ley adquiera el sentido de justicia. Ya no es la justicia aristotélica que “da esperando algo a cambio”, sino la que “da porque es capaz de dar” y sobre todo “porque le surge el deseo de dar [y dar-se]”. El amor, pues, hace un retorno hacia sí mismo a través de la justicia.

Es posible que el amoroso experimente el amor como plenitud de la ley, porque no se subordina a la ley sino todo lo contrario, la ley se asume como expresión activa y concreta del amor que busca donar-se a sí mismo a través del prójimo; ese prójimo que eres tú y soy yo, somos todos (humanos y no humanos). Hacer justicia -como deber hacia el otro-  ya no es una norma sino la expresión del amor (el deber hacia el otro ha cancelado la deuda de aquél otro, pero a su vez su exigencia es darlo todo). Es el retorno que hace el amor hacia sí mismo a través del amoroso y el amado, manifestado en la entrega absoluta en nombre de la justicia.

Para renovar nuestra praxis cotidiana

¿Cómo hacer real el llamado al que Cristo nos exhorta a cada instante? La tarea parece descomunal ¿Cómo amar a quien consideramos que no es digno de recibir amor? La respuesta es clara: “hemos de ser amorosos así como Cristo lo ha sido con nosotros”.

Tu vida y la mía, y quizá aún no lo notes, muchas veces se encuentra alejada de la sobreabundancia del amor. Quizás en este momento creas que la relación con tu amado o amada está a punto morir como una flor cortada; quizá te sientes inconforme porque no ha cumplido tus expectativas, o quizá tú no has logrado cumplir con las suyas haciendo que la mirada de ambos se desvíe, y aquella amistad que los unía y fortalecía poco a poco se desvanece. Tal vez la relación con papá o mamá se ha fracturado porque no cumplieron aquellas promesas que hicieron, o tal vez aquellas exigencias que pedían no las viste en ellos. Quizá tu corazón está quebrantado porque tus hijos te han abandonado y crees que el esfuerzo ha sido en vano, y viene a ti el peso del fracaso por aquellos errores –que dices: por qué no resarcí en su momento. O tal vez alguien, que no tiene rostro, te lastimó y quebrantó aquella inocencia que te mantenía de pie, partiéndote en mil pedazos fracturando completamente tu ser.

Sea que tú lo experimentes o porque al encender el monitor lo único que mires es injusticia y desgracia, recuerda que el amor sobreabunda. Sea que a tu lado veas el maltrato y la ruina [de tu prójimo, de cualquier ser vivo], sea que lo observes a miles de millas de distancia, no olvides que el amor sobreabunda. Porque en tanto creas con todo tu corazón, con toda mente, y con todas tus fuerzas que Cristo es la plenitud de la ley y que ha cumplido aquellas exigencias que para el mundo parecían imposibles, salvándonos de la imposibilidad, y se dio a sí mismo para darnos –a cada instante- la posibilidad de comenzar de nuevo. Si crees que Cristo es la plenitud de la ley entonces ten la confianza de que todos tus errores y faltas han sido borrados porque el perdón ha llegado a tu vida dándote la oportunidad de renacer de aquellas cenizas que creíste “no dejarías de ser”. Si crees que Cristo es la plenitud de la ley, recuerda que tú también puedes serlo y que aquello que el mundo dice: es imposible de perdonar, de resarcir, de renovar, para el amor es posible y por lo tanto para ti lo es.

Porque El amor habita en ti, en cada uno de los corazones que le buscan y que quieren asemejarse más a él, porque El amor ha hecho un pacto desde el inicio del tiempo y promete nunca alejarse, siempre quedarse y donarse hasta sus últimas consecuencias. Tal como lo expresó Kierkegaard:

Cristo lo hizo todo por amor y quería hacer bienaventurados a los seres humanos. Y ¿mediante qué? Mediante la relación con Dios porque él era amor. ¡Sí, él era amor, y sabía consigo mismo y con Dios que él traía el sacrificio de la reconciliación, que amaba a los discípulos de verdad, que amaba al género entero de los seres humanos, o bien a todo aquel que quiera dejarse salvar! (p,142)

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Nota: El presente trabajo se expone como uno de los escritos personales del autor. Se espera por parte del lector la consideración para ser comentado  y abierto a discusión, pero también el deseo de que sea para la edificación de sus receptores. Cita tomada de Romanos 10:13 (BLPH): “El amor constituye la plenitud de la ley”

[1] Castañón introduce: Amor y Justicia  «Amour et justice» fue, primero, una conferencia pronunciada por Paul Ricœur cuando se le dio, en 1989. El premio Leopold Lucas, que recompensa “trabajos eminentes en el terreno de la teología de las ciencias humanas de la historia o de la filosofía”(p,7)

[2] Quizá el mejor ejemplo es El Banquete de Platón, en el cual el eje de discusión es la diferenciación del amor entre iguales y su influencia demoniaca dentro de la actividad filosófica. Platón describe el diálogo entre la posición que se tiene de eros y su relación con lo bello, disertándose diversas posturas al respecto.

[3] Por otra parte, el centro del ethos judío se basa en el shemá: Amarás a Dios con todo tu corazón(…) Será en los escritos poéticos donde se hará la expresión erótica ligada al ágape y que debido a la dicotomización producida desde la edad media adquirirán valores distintos desplazando al eros de la actividad característica del ágape.

[4] Al respecto Ricœur expone la base de la reflexión judía de la siguiente manera:

Contrariamente a nuestra espera, la fórmula no es la del Éxodo, la del Levítico o Deuteronomio, sino la del Cantar de los cantares cuya lectura se hace, según el ritual judío en cada fiesta de pascua: El amor –dice el Cantar-, es más poderoso que la muerte (…) el mandamiento de amor brota de ese lazo de amor entre Dios y un alma solitaria. El mandamiento que precede a toda ley es la palabra que el amante dirige a la amada: Ámame. (p,22)

[5] La cita textual de la crítica de Ricœur es la siguiente:

Que la Regla de Oro provenga de  o remita a una lógica de equivalencia, es algo que está marcado por la reciprocidad o la reversibilidad que esta regla instaura entre lo que el uno hace, y lo que es hecho al otro, entre actuar y sufrir, y, por implicación, entre el agente y el paciente, quienes, aunque irremplazables, son proclamados sustituibles. (p,38)

[6] Este texto es uno de los diversos tratados del 47`s que Kierkegaard realizó. Kierkegaard ha sido un gran precursor de la crítica teológica y filosófica rompiendo con los cánones para la interpretación de los textos bíblicos.

[7] Para este ensayo he tomado en consideración la siguiente cita de Kierkegaard (1847/2006), que aunque poco extensa, me permito citarla puesto que ha sido la base reflexiva del presente trabajo:

Esta es la razón de que el mismo apóstol diga acerca de él que «Cristo era el fin de la ley» (Romanos 10,4). Lo que la ley no era capaz de producir, igual que tampoco puede hacer bienaventurado a un ser humano, eso era Cristo. En tanto que la ley con su exigencia se convirtió en la ruina de todos, en su fin, porque nadie era lo que ella exigía, enseñando únicamente a conocer el pecado aprendido, así Cristo se convirtió en la ruina de la ley, porque él era lo que ella exigía. Su ruina, su fin; pues cuando la exigencia se cumple, entonces la exigencia solo existe en el cumplimiento, más consiguientemente ya no existe en cuanto exigencia
[…]
Sí, él era el amor y su amor era la plenitud de la ley. (p,128)

Bibliografía

Kierkegaard, S. (1847-2008), Las obras del amor. (D. Gutiérrez, Trad.) Salamanca, España: Sígueme.

Ricoeur, P. (1989-2009), Amor y justicia. (C. Adolfo, Trad.) México, D.F. México: Siglo XXI.

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