Posted On 16/08/2018 By In portada, Psicología, Teología With 428 Views

El Bien y el Mal. Una búsqueda teológica – psicológica, individual y colectiva | Cristina Hincapié

Necesitamos más psicología, necesitamos más del entendimiento de la naturaleza humana porque el único peligro real que existe es el hombre en sí mismo, él es el gran peligro y nosotros no tenemos ni idea de ello, no sabemos nada sobre el hombre… su psique debería ser estudiada porque nosotros somos el origen del mal.
Carl Gustav Jung

La sustancia dual de Cristo, el anhelo tan humano, tan sobrehumano, del hombre por alcanzar a Dios, ha sido un profundo e inescrutable misterio para mí. Mi principal angustia y la fuente de todas mis agonías y tristezas, desde mi juventud ha sido la incesante y despiadada batalla entre el espíritu y la carne… y mi alma es la arena donde esos dos ejércitos han chocado y se han reunido.
Nikos Kazantzakis

Durante tres años dediqué mis esfuerzos a leer, analizar y comprender el Génesis bíblico, un libro tan polémico como estudiado, especialmente en relación con las categorías que requería nuestra investigación. ¿Qué ha dicho y qué sigue diciendo este texto fundante sobre el Bien y el Mal?, ¿cómo se relacionan estas ideas con las nociones que tenemos de dichas categorías y con la relación que se establece –tanto ayer como hoy– entre Dios y el Hombre, en el Hombre consigo mismo y con los otros? Muchas miradas refuerzan la intuición de la inexistencia de una verdad absoluta, pues la complejidad de un libro como la Biblia y de temas tan espinosos como estos, posibilita un sinfín de interpretaciones. Aquí prima una lectura simbólica, pues todo lo que acontece en este texto no solo es una forma en la que el pueblo judío hablaba sobre estos temas a través de historias y analogías que permitieran comprender lo incomprensible, sino que también es una historia que sucede en cada uno de nosotros. Todos somos Adán y Eva, sujetos expulsados de la inconsciencia infantil del paraíso, dueños de la capacidad libre de elegir. Todos Caín y Abel, víctimas y victimarios que proyectamos en el otro aquello que nos resulta irreconciliable con la imagen que tenemos de nosotros mismos. Todos Bené Elohim e Hijas de los Hombres, dueños de un cuerpo que transita la vida cargado de emociones y en búsqueda de una unión entre lo sagrado y lo humano. Todos Noé, presenciando siempre la catástrofe y la posibilidad de renacer luego de ella. Todos Babel, intentando obedecer a un régimen totalitario (el de la razón y el de los estados), creyendo que es un castigo aquello que es un regalo: la diversidad.

En el principio, cuando mi tierra psíquica aún estaba desordenada y vacía, y las tinieblas cubrían las calles detrás de mi ventana, comenzó mi espíritu a moverse sobre la faz de las aguas. Del caos indiferenciado del inconsciente comenzaron a surgir límites, opuestos, categorías; y con estas, ideas, preguntas y reflexiones que trazaron los primeros caminos de mi vida. La violencia y el mal que observaba en el mundo se instauraron en mí como una pregunta, una que me ha atrapado durante noches de lecturas y reflexiones repetidas. Estudié psicología y de la mano del psiquiatra suizo Carl Gustav Jung, conocí el poder y la presencia viva de lo que él denominó la Sombra. También con él descubrí la fuerza y la importancia de lo sagrado, su cotidianidad y la influencia que las ideas religiosas tienen en las imágenes psíquicas y, por ende, en la conducta humana.

A partir de una serie de experiencias personales y de mis preguntas existenciales, decidí, posteriormente, estudiar teología, y de nuevo la pregunta por el bien y el mal se hizo presente en mi tesis de grado. De las ideas, cuestionamientos e intuiciones surgió el tema: Dios y Hombre narrados desde las categorías Bien y Mal en Génesis 1-11. Un diálogo teológico–psicológico. Un escenario (el Génesis bíblico), cinco pasajes llenos de signos y símbolos (Adán y Eva / Caín y Abel / Los Bené Elohim y las Hijas de los Hombres / Noé / Babel) y un camino que transita de lo individual a lo colectivo fue el mapa que guio esta conversación. Una comprensión renovada, o por lo menos completamente distinta a la escuchada en púlpitos y clases de religión, la consciencia de la libertad como el más maravilloso don dado por el Creador[1] a su creatura y la necesidad de sabernos finitos, limitados y participantes de algo más grande que nuestro ego, algunos de los grandes regalos que me dejó.

El Génesis se nos presentó como el mejor escenario ya que este da cuenta, en su relato, sobre los orígenes; y al ser un mito originario –sí, un mito– nos permite establecer el ontos como praxis y encontrar los remanentes conscientes e inconscientes que la moral judeo cristiana ha dejado en el Hombre –con mayúscula para referirnos a la humanidad y no al sexo– contemporáneo frente a las categorías Bien y Mal. En el diálogo con la psicología analítica encontramos que, de la misma manera que sucede en el relato bíblico, el desarrollo de la consciencia humana tiene un proceso y una evolución que va del caos acuoso del inconsciente, al establecimiento de una estructura denominada Yo (o Ego), y que éste, como Adán y su descendencia debe comprender los límites que le son naturales por el hecho de ser humano, como la dependencia, la muerte y la enfermedad, pues de no comprenderlos ni escuchar la voz integradora (de Dios en el Antiguo Testamento, del arquetipo del Sí-Mismo en términos psicodinámicos), se ve tentado a un estado conocido como hybris o inflación del ego donde el Hombre se considera ilimitado, omnipotente y omnisciente, lo que lo lleva a pasar por encima de lo que verdaderamente está destinado a ser y a usar su poder para abusar de la naturaleza, de los recursos y de los demás, transgrediendo o malinterpretando los preceptos bajo los que se construyen las categorías Bien y Mal.

El trayecto recorrido de Adán y Eva –entendidos no por separado sino como imagen del individuo humano– a Babel –la sociedad– nos permitió ver, a la par, un camino en el que el Hombre, psicológicamente hablando, reconoce, a través del lenguaje, de la Palabra por la que ha sido creado, que es un sujeto libre, individual y diferenciado pero limitado (Adán y Eva), para luego reconocer a otro, semejante y hermano pero diferente (Caín y Abel), hacer consciencia un cuerpo en el que las emociones cobran vida (los Bené Elohim y las Hijas de los Hombres), saber de su fragilidad frente a la catástrofe y la constante transformación (Noé), hasta entenderse como individuo psicológico, único y completo, con luces y sombras, parte de un colectivo donde no existe una «sola forma de», pues la pluralidad y la diversidad son las únicas características posibles de la vida humana (Babel).

Este camino bíblico siempre fue entendido y leído desde una perspectiva que abraza la coexistencia del Bien y el Mal, que prioriza la capacidad libre de elegir del Hombre entre ambas categorías y, sobre todo, desde una perspectiva simbólica que nos permite entender cómo Dios habla al corazón del Hombre. Mientras veíamos cómo Adán/Eva se convertían en colectivo, aprendiendo a decidir, a escuchar y a reflexionar sobre el mal, hilábamos la exégesis con un principio fundamental de la psicología analítica, el proceso de individuación. Para Jung, este proceso de autoconocimiento no solo implica reconocer y abrazar los aspectos sombríos propios para dejar de proyectarlos en el afuera y en el otro, sino que también invita a recorrer un camino interior, en el que los pasos, tal como los que recorre la humanidad en Génesis 1-11, nos llevan al centro y a la profundidad, donde la voz de la divinidad sigue presente, dotando de sentido la existencia. El proceso de individuación nos permite integrar los límites y los opuestos, sabiendo escuchar para decidir, reconociendo la finitud que nos hace naturalmente humanos, distintos al Creador, pero hechos a su imagen y semejanza, con un carácter único y un sentido particular, pero a la vez pequeñas partes de un todo. Estas reflexiones nos llevan a entender que Dios no interviene en el mundo, tal como lo quisiéramos o esperábamos, porque su gran regalo es la libertad y que este don de uso cotidiano se constituye como una responsabilidad, como un signo que acompaña nuestro entendimiento, ya que Caín, «al igual que nosotros, debe vivir toda la vida a sabiendas de que ha dejado de ser inocente y debe controlar sus arrebatos a conciencia»[2].

El tránsito de Adán y Eva a Babel nos invita a reconocer la existencia de nuestra «consciencia» en la que se encuentra el hálito de finitud que nos hace humanos, pero donde también sigue habitando el espíritu de Dios que nos convoca a una realización más «humana», más equilibrada, donde el impulso inconsciente puede ser reflexionado ya que esta posibilidad representa una responsabilidad para nuestra especie. Y si, como se sugiere en el escenario de Babel, el amor es una posibilidad de reintegración y de aceptación de lo diverso, y desde las Sagradas Escrituras «Dios es amor», la teodicea nos pone en una última reflexión necesaria respecto a la integración del Bien y el Mal, ya que esta propuesta no corresponde a un ideal de perfección, sino que más bien invita a considerar estos opuestos desde una perspectiva del alma, es decir profunda, donde una actitud «amorosa» se nos presenta como posibilidad de la «completud»[3] en la que no solo somos lo que estamos llamados a ser, sino que además nos asumimos como humanos, es decir, finitos, limitados, complejos y llamados por una voz trascendente que sigue susurrando en nuestro corazón y nos conecta con lo sagrado en nosotros mismos, en el mundo y en los otros.

Para la psicología analítica, «la bondad no reinará en el mundo cuando haya triunfado sobre el mal, sino cuando nuestro anhelo por el bien deje de estar basado en la derrota del mal. Mientras sigamos entregados a la búsqueda exclusiva de la santidad y no aceptemos humildemente nuestra condición imperfecta será imposible alcanzar la verdadera paz»[4] basada en el amor que integra. Pero debido a lo «inservibles» que se han vuelto los fundamentos morales de las instituciones que nos enseñan sobre el tema del Bien y el Mal, las decisiones humanas se convierten «en un acto creador subjetivo». Debemos pues exhortar al individuo –e incluso a nosotros mismos– a una propia decisión ética sin caer en ninguno de los opuestos: «debemos ser lo suficientemente libres como para evitar el bien y para hacer el mal si nuestra decisión ética lo requiere así», pues ese individuo, que a su vez se hace colectivo, suele «ignorar totalmente su propia capacidad de elección» y busca en el afuera, especialmente en las grandes instituciones morales una respuesta a su dicotomía, pero allí se repiten unas «viejas generalizaciones», en oposición a la experiencia personal, parafraseando a Jung.

Somos conscientes de la necesidad de la acción, de la transformación social y de las complejas y largas implicaciones que puede tener un tema tan espinoso como el Bien y el Mal; sin embargo, y siguiendo las enseñanzas del maestro suizo, solo en la medida en la que haya suficientes individuos dispuestos al cambio podremos cambiar como sociedad. Y «así las cosas, para responder al problema del mal en la actualidad es absolutamente necesario el autoconocimiento, es decir, el mayor conocimiento posible de la totalidad del individuo»[5] donde sigue habitando silenciosamente la voz de lo divino.

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[1] En este texto, al igual que en la tesis, nos referimos siempre a Dios de manera masculina ya que así lo presenta el texto. Sin embargo, concuerdo con los movimientos feministas de la teología en cuanto se refiere a que “la sustancia o esencia de la Divinidad es imposible de “imaginar”, como advertía Tomás de Aquino; pero, si la esencia divina nos es inaccesible, la experiencia de Dios es posible desde el momento en que Dios mismo hace experiencia de nosotros siendo el Dios encarnado, como ser humano, no sólo como varón concreto”. Cf. Trinidad León Martín. Pensar y nombrar a Dios en perspectiva feminista. Contenido disponible en: http://blog.uca.edu.ni/meme/files/2011/03/pensar-y-nombrar-a-Dios-en-perspectiva-feminista.pdf. Así mismo, con autoras como la teóloga alemana Elisabeth Schüssler Fiorenza quien propone hablar de D**s para salir del kiriarcado planteado por la historia de la Iglesia.

[2] Kathleen Martin, edit., El libro de los símbolos. Reflexiones sobre las imágenes arquetípicas (Madrid: Editorial Taschen, 2010), Asesinato / Matanza, 750.

[3] Para Jung, la idea o ideal de «perfección», puede caer fácilmente en juicios moralistas que en vez de aceptar e integrar los aspectos sombríos tiende a rechazarlos para luego ser proyectados en el afuera. En esta medida, el proceso de individuación no plantea una meta moral en el sentido ético de la palabra, sino que más bien invita a un reconocimiento de los aspectos luminosos y sombríos, así como de la consciencia y el inconsciente, pues para él, la psique es, principalmente, una totalidad. En la psicología analítica, la noción de totalidad o completud tiene tres significados que se encuentran relacionados entre sí: «la totalidad hace referencia al conjunto de los procesos psíquicos conscientes e inconscientes (…) En segundo lugar, para Jung la totalidad es el objetivo del proceso de individuación (…) la totalidad no es algo hecho o acabado, sino algo que debe hacerse y completarse (…) En tercer lugar, la totalidad abarca la relación del individuo con los semejantes, con la sociedad. El hombre carente de relación con los demás no tiene ni puede tener totalidad». Alarco Von Perfall, Diccionario de psicología de C. G. Jung, (Lima: Fondo editorial Universidad de San Martín de Porres, 2011),  330.

[4] Bard Schmookler, «La toma de consciencia de nuestra escisión interna» en Encuentro con la sombra. El poder del lado oscuro de la naturaleza humana, ed. Connie Zweig y Jeremiah Abrams (Barcelona: Editorial Kairós, 1992), 279 – 282.

[5] Carl Gustav Jung, «Problema del mal en la actualidad», en Encuentro con la sombra. El poder del lado oscuro de la naturaleza humana, ed. Connie Zweig y Jeremiah Abrams (Barcelona: Editorial Kairós, 1992), 243 – 244.

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