Posted On 01/12/2014 By In Biblia, Opinión With 1768 Views

El buen musulmán

Hace poco más de dos meses varios medios españoles se hacían eco de una noticia publicada en el diario italiano II Corriere della Sera.i En la misma se explicaba cómo ante el terror y el genocidio que estaba llevando a cabo el llamado Estado Islámico entre las minorías religiosas, toda una serie de personas anónimas estaban ayudando a estos cristianos y yazidíes perseguidos. Éstos eran musulmanes que se jugaban literalmente el cuello cuando avisaban, intercedían, ocultaban o ayudaban a huir a sus vecinos cristianos y yazidíes ante la inminente llegada de los terroristas del ISIS. Los testimonios en este sentido se contaban por cientos.

Una vez a salvo en la zona kurda en donde encontraban refugio, concretamente en Erbil, los cristianos iraquíes relataban cómo estos héroes anónimos, estos fieles creyentes suníes, se arriesgaban a ser decapitados públicamente por dar este tipo de apoyo y ayuda. Tanto es así que comenzaron a llamarlos “los Schindler musulmanes” en clara alusión al conocido industrial alemán que durante la II Guerra Mundial salvó a 1.200 judíos.

Destacaban especialmente la figura de un mulá que en las cárceles de Mosul iba visitando, cuidando e intentando liberar a los cristianos que estaban allí presos por los yihadistas. Todos los que habían sobrevivido gracias a su labor no dudaban en catalogarlo de santo. Además tenía una especial preocupación por las niñas que eran arrebatadas a sus familias y después vendidas como esclavas por el ISIS.

No tengo duda de que estos musulmanes que así actúan son auténticos hijos de Dios. Si nos centramos en la figura del mulá, éste pasaría a ser el paradigma a seguir por todo cristiano y no me refiero solamente a sus acciones compasivas, sino a lo que es como persona, como ser humano. Se trataría del ejemplo perfecto de lo que es ser un verdadero creyente.

Más de un lector ha podido quedarse petrificado. ¿Cómo alguien que se considera cristiano puede poner a un musulmán como ejemplo de creyente? Además, no hace mucho escribí un par de artículos que trataban sobre la Gracia y la cruz de Cristo y de cómo consideraba que estas doctrinas eran esenciales. Un poco más atrás en el tiempo, traté del concepto de pecado y de su vigencia en otros dos artículos. Por tanto, lo que estoy escribiendo en estos momentos parecería una demostración de mi incongruencia, de mi despiste, en definitiva de alguien que no hay que tomar muy en serio.

Pero es que este musulmán que pongo como el paradigma a seguir, como el modelo de la auténtica fe, no es algo que se me ha ocurrido a mí. No lo digo yo, lo dijo Jesús. Se trata de la actualización de la llamada parábola del buen samaritano.

Para los oyentes de Jesús, si alguien catalogaba de bueno a un samaritano era una contradicción de términos. Si eres bueno no puedes ser samaritano; si eres samaritano no puedes ser bueno. Sencillamente no existía algo parecido a un buen samaritano, aunque nosotros conocemos así esta parábola. También podríamos haberla llamado la parábola del justo samaritano. No estaría nada mal que hiciéramos una pausa para leerla, está en el evangelio de Lucas en 10:29-37.

Si esta actualización nos ha chocado es porque hasta ahora no nos habíamos percatado de lo que suponían en aquél instante las palabras de Jesús. La lejanía que provoca otra cultura, otro tiempo, otro contexto social y religioso ha provocado que perdamos la radicalidad del mensaje del Maestro. Sin duda, en aquél momento algunos oyentes se quedaron mudos, otros profundamente extrañados, otros debieron rechazar al Galileo en el mismo instante en el que lo escucharon. Sin duda, pensarían que estaba fuera de sí, tal vez poseído por algún demonio. Pero esto fue lo que dijo.

Jesús relató una parábola en la que un hombre iba de Jerusalén a Jericó y en el trayecto fue asaltado. Los ladrones le robaron todo lo que tenía y lo dejaron desnudo y medio muerto. La casualidad hizo que por allí pasará en primer lugar un sacerdote, después un levita y por último un samaritano. Los dos primeros pasaron de largo, el último tuvo compasión. Lo auxilió, lo puso en su propia cabalgadura y lo llevó hasta un mesón. Al mesonero le pagó de su bolsillo el dinero necesario para su cuidado hasta su regreso.

Son necesarias, antes de seguir, algunas aclaraciones. De forma automática pensamos que todos los oyentes de Jesús condenarían al sacerdote y al levita y, aunque consideraban a los samaritanos como despreciables, aplaudirían su acción al mismo tiempo que reprobarían a los ladrones, a los que catalogarían de malvados. Pero si así pensamos es porque no conocemos de forma adecuada el marco social, económico y religioso de la época.

En este tiempo había abundancia de ladrones y en este trayecto, de Jerusalén a Jericó, eran temidos. Sin duda los había despiadados y sin escrúpulos, pero otros no eran así y habían llegado a esta situación forzados por un sistema económico terriblemente opresivo.

La inmensa mayoría de las tierras eran propiedad de los gobernantes y de la alta aristocracia. Los pequeños propietarios eran muy escasos, y su día a día enormemente duro. Además, los impuestos que debían pagar eran muy altos y, por supuesto, también estaba el diezmo al templo. Así, el número de pobres, de endeudados y de desempleados era descomunal, y muchos de ellos debían formar bandas de ladrones para sobrevivir. No eran pocos, todo lo contrario, los que veían con buenos ojos a estos ladrones, ya que se dedicaban a robar únicamente a los ricos, a la clase social alta, dejando en paz al ciudadano normal, de a pie, que solía ser pobre.

Curiosamente, el hombre al que roban y dejan medio muerto no es identificado, es anónimo. Llama la atención el hecho de que lo dejaran desnudo, lo que podría indicar que se trataba de algún comerciante pudiente, por lo que la ropa sería un bien preciado. Por tanto, los que escuchaban la parábola de Jesús podrían muy bien haberse identificado con los ladrones y no con el agredido.

Entonces es cuando pasa por el lugar un sacerdote que vio al herido, pero pasó de largo. El sacerdote realmente tenía razones para no pararse. Si habían asaltado a aquella persona lo que debía hacer era darse la mayor prisa posible, ya que él podría ser el siguiente. Los sacerdotes pertenecían a la clase alta, eran acaudalados y tenían buenas relaciones con el poder romano. Por ello eran odiados por una considerable cantidad de personas, la masa de gente pobre. Además, si el hombre gravemente herido moría en aquél momento podía contaminarse. A un sacerdote le estaba prohibido, por la ley mosaica, tocar cadáveres. En este sentido Dios estaba de su parte y, por si fuera poco, el herido estaba sin ropa, no había forma de identificar de quien se trataba. A lo mejor era un despreciable samaritano. Si se contaminaba ya no podría llevar a cabo sus labores al frente del templo. Así que tenía razones más que de sobra para pasar de largo y así lo hizo.

El levita que llegó en segundo lugar no estaba en mejor lugar que el sacerdote. Formaba parte de la adoración del templo y estaba sujeto igualmente a un llamado estricto a la no contaminación ritual. Ellos habían sido escogidos especialmente por Dios para ministrar en este recinto sagrado. Su primer deber no era la compasión sino la pureza. El levita también tenía razones para no auxiliar a un anónimo desdichado.

Por último pasó el samaritano. Éste tuvo compasión.

Un samaritano en este tiempo era el hereje, el mestizo, el extraño, el que debía ser rechazado, señalado y condenado. Por tanto, el llamado buen samaritano sería actualmente el buen musulmán, el buen budista, el buen testigo de Jehová o el buen mormón. Para muchos cristianos esto no existe, no hay algo así como un buen budista o un buen testigo de Jehová, que es exactamente lo que pensaban los oyentes de Jesús de los samaritanos. De hecho, lo que hace que este relato se convierta en parábola es la inserción en el mismo de un samaritano compasivo. Una parábola es una historia de la vida diaria que no se distingue de cualquier otra salvo por algo que se inserta y que es tan inusual que hace que el relato tome unas dimensiones únicas, proveyendo así una enseñanza moral y espiritual.

Por supuesto que a nadie se les escapaba que existían samaritanos que podían ayudar de esta forma. De igual manera, no todos los sacerdotes o levitas pasarían de largo sin auxiliar a una persona en este estado. La clave, vuelvo a repetir, no está solamente en la compasión, sino en el hecho de que Jesús elija a un samaritano como ejemplo a seguir. Jesús rompe así con los prejuicios raciales, religiosos y culturales.

Ante lo dicho hasta aquí, es posible que se considere que bueno, no está mal, pero que he caído en una serie de exageraciones sin fundamento al poner al musulmán como ejemplo de perfecto creyente, de hijo de Dios, ya que éste debería ser un cristiano, de correcta doctrina, con una vida familiar y social sin mancha. Pero de nuevo acudo a Jesús. El contexto de esta parábola es la respuesta que le da el Galileo a un Maestro de la ley sobre cómo alcanzar la vida eterna. Se enmarca como explicación del más grande mandamiento; la parábola es una ilustración de lo que está diciendo.ii

El escriba le preguntó a Jesús qué hacer para alcanzar la salvación, algo que él ya sabía debido a que su propia respuesta, ante una subsiguiente pregunta de Jesús, es validada por las palabras del Maestro. La salvación sólo es posible amando a Dios con todo nuestro ser y al prójimo como a uno mismo.

El escriba ha contestado bien, aquí está la salvación, pero no tenía muy claro quién era su prójimo. Al menos eso es que lo quería aparentar, ya que sí que sabía muy bien quién no lo era. Un judío de este tiempo reconocía automáticamente en otro judío al prójimo, y aún así hacían distinciones. Un prójimo no era un gentil o un publicano y, mucho menos un samaritano. De nuevo el Galileo pega un golpe en la mesa. El experto en las Escrituras hebreas conocía de forma teórica el corazón de la ley divina, pero no tenía ni idea de su significado.

Amar sin que le importara quién era su prójimo, como lo hizo el samaritano o el mulá, era hacerlo para con Dios, ya que el primero lleva su imagen. El pecado no borró esta impronta, la deformó, la manchó, pero el ser humano sigue llevando su semejanza. Toda persona tiene una responsabilidad primera con su prójimo al que ve cada día y, a través de él podrá encontrar al Creador. Ya está bien de declaraciones “piadosas”, como aquella que mantiene que los que jamás han escuchado de Jesús están perdidos para la eternidad. La voz de Dios puede encontrarse en el interior de cada persona, puede escucharse en la impresionante naturaleza, oírse en una ley moral que aparece cada vez que tenemos que tomar una determinación. Si además nos llega a través de las Sagradas Escrituras es lo más a lo que se puede aspirar. Pero, Dios no está limitado a un libro, por muy sagrado éste que sea. Él es más grande, más poderoso y más compasivo. Dios no está enmarcado, encorsetado y preso en ninguna de nuestras doctrinas favoritas.

Sí, estoy convencido de que sólo en Cristo hay salvación; que por su muerte y resurrección la vida ha sido posible para la humanidad, pero estoy en contra de los estrechos parámetros que hacen que esta salvación sólo sea posible para los que hagan una confesión doctrinal perfecta y, por supuesto, que estén sentados en uno de los bancos de nuestra iglesia.

Claro que las creencias tienen una gran relevancia; ya he escrito en este mismo medio de la superioridad a todos los niveles del cristianismo pero, lo que no se puede hacer es poner una creencia por encima de la compasión hacia otro ser humano. Debemos percatarnos de que en la parábola la compasión se extiende a los dos protagonistas principales. El samaritano la usa para con el hombre herido, pero Jesús la utiliza con el samaritano. El Maestro está elevando a este hombre despreciado y lo está poniendo como ejemplo para los oyentes que se consideraban a sí mismos parte del pueblo elegido. El samaritano ha sido restituido y todo ello gracias a un acto que él mismo tuvo hacia otra persona. Dicha acción no nació de un impulso casual, sino que procedió de un corazón transformado a pesar de no tener ni idea de quién era Jesús y de su labor salvífica. Su compasión fue recompensada con la compasión de Dios; su misericordia expresada en el socorro de aquella persona medio muerta le valió la misericordia divina.iii

Debemos volver a destacar, para que quede claro, que una persona, cualquiera que sea su cultura, religión o ideas políticas, no será aceptada por Dios sobre la base de ninguna de ellas sino en relación a cómo respondió a esa ley interior a la que llamamos conciencia. Esa ley moral indicará si una idea o creencia es buena o no y así también la acción que se desprende de ella. Si usa de compasión a pesar de lo que dicte su entorno y su propia religión se convertirá en un “buen samaritano”. Esa compasión hará que ya no esté sujeto a tal o cual sistema religioso o de pensamiento, sino a algo muy superior a todo ello, al Dios verdadero que le habla desde su interior y que lo transforma.iv

Esto además lo llevará a cabo porque entiende que si Dios existe no puede querer mal para el ser humano que es obra de sus manos. A la par, también entenderá que si el Dios que es creído en su propio contexto desea matar a un inocente no puede ser un Dios bueno y por ello no merece la pena seguirlo. Se trata por tanto de una convicción interna de que todo aquello que se le haga al prójimo en realidad es como hacérselo al Creador, es un auténtico temor de Dios expresado en hechos para con otro ser humano. Este prójimo adquiere muchas identidades sociales, puede ser el vecino, nuestro hijo, nuestro familiar. Esto es lo que Jesús estaba diciendo.

Ante esta parábola, ante esta enseñanza medular de Jesús, debemos situarnos en un lado o en el otro. De esto también trataban las parábolas, de aludir al que escuchaba, de hacer que se tuviera que identificar con alguno de sus protagonistas y así provocar una respuesta en los oyentes. Es posible que lo que en este artículo se dice pueda resultar para algunos escandaloso, mientras que para otros será consolador. Dependiendo de nuestra respuesta nos identificaremos con el levita, con el sacerdote o con el samaritano; no existen más opciones. Pero, dicho lo cual nadie podrá decir que no comprende las palabras de Jesús y el golpe que a nuestra conciencia producen. Tenemos que afrontar el reto, enfrentar las exigencias del Maestro cuando le dijo al teólogo, al experto de la Ley: “Pues vete y haz tú lo mismo”.

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i Por ejemplo en http://www.libertaddigital.com/opinion/pablo-molina/schindler-en-irak-73438/ o en http://www.teinteresa.es/mundo/Schindler-musulmanes-salvan-cristianos-Irak_0_1204079775.html.

ii Ver Lucas 10:25-28.

iii Y en este punto podemos comprobar cómo la parábola vuelve a proveer otro giro. Ya no es únicamente la compasión de una persona para con otra, ni de que el elemento más sobresaliente sea el samaritano como decía más arriba, se trata del tremendo amor de Dios para con todo ser humano. La parábola del buen samaritano es la parábola del buen Dios compasivo para con todos.

iv Aquí voy a rescatar las palabras textuales del artículo publicado en http://www.libertaddigital.com/opinion/pablo-molina/schindler-en-irak-73438/.

Son los mismos creyentes salvados por estos musulmanes quienes los catalogan de santos y sin duda conocen muy bien la significación que este concepto tiene en el cristianismo. Hablando del mulá dice el artículo:

“… que en las prisiones de Mosul se encargó de visitar, cuidar y tratar de liberar a numerosos cristianos asirios encarcelados por los yihadistas. Todos hablan de él como un santo por sus desvelos para con los perseguidos, especialmente con las niñas no musulmanas, que suelen ser vendidas como esclavas por los terroristas.

Los musulmanes que así actúan se arriesgan a ser decapitados en la plaza pública por traicionar los principios del islam según los interpreta el EI. A pesar de ser suníes como los yihadistas, estos héroes anónimos siguen ayudando a sus semejantes sin tener en cuenta la religión que profesan, haciendo gala de un arrojo y generosidad cuya verdadera magnitud sólo conoceremos cuando la amenaza terrorista del Estado Islámico haya sido erradicada.”

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