Posted On 15/12/2017 By In Cine, Cultura, portada With 733 Views

Él entre nosotros. Cine a contra corriente | Samuel Lagunas

Tiempo estimado de lectura: 9 minutos

Yo crecí con el cine evangélico. Mexicano y estadunidense. Me acuerdo que en casa, junto a El rey león (1994), comenzaron a aparecer cintas VHS con títulos un tanto rimbombantes, o al menos así me sonaban a los 10 años: Chamula: tierra de sangre (1999) o Religión: la fuerza de la costumbre (2000), por ejemplo. Muy pronto también añadimos a la colección Apocalipsis: atrapados en medio de la tormenta (Peter Gerretson y Andre Van Heerden, 1997). Rondábamos el año 2000 y en la iglesia comenzaban a regalarnos el librito Lo que hay detrás de las caricaturas de Ernesto Ramírez Ruiz y a exhortarnos a tirar a la basura los discos de música rock. Honestamente no tengo recuerdos concretos sobre las primeras reacciones que me provocaron esas lejanas cintas. Ahora sé que las primeras dos fueron dirigidas por el mexicano Paco del Toro y que la última fue producida por los hermanos LaLonde, quienes también se encargarían de llevar a la pantalla la saga de Tim LaHaye Dejados atrás. Estaba, desde luego, el cine bíblico, ése que era exclusivamente protagonizado por Charlton Heston y que veíamos maratónicamente en Semana Santa: Los diez mandamientos (Cecil B. DeMille, 1956) y Ben-Hur (William Wyler, 1961). Fueron años en que encontraba en esas películas poco más que una experiencia familiar pero que, sin que yo lo notara, educaban mi forma de creer y de vivir lo que creía. Un rápido diagnóstico indicaría, entonces, que mi creencia y mi espiritualidad se forjó entre el miedo y el melodrama. Supongo que no fui el único. Así tenía que ser la fe, o al menos así nos lo enseñaban las películas.

Aquel escenario cambió cuando fuimos al cine como grupo de jóvenes a ver La pasión de Cristo (Mel Gibson, 2004). Acababa de cumplir 14 y ahora la religión y la vida cristiana se mostraban como un elogio del sufrimiento y las imágenes de los latigazos en la espalda del mesías menos carismático que hemos vista en la pantalla grande se amalgamaban muy bien con la exhortación a vivir una vida piadosa y alejada de los placeres de la carne. Un año después, David White fundó en Estados Unidos la compañía productora Pure Flix aunque no fue sino hasta muchos años después que la empresa adquiriría fama mundial. Y es que, mucho antes que Cuarto de guerra¸ a México llegó Mi esperanza, la campaña evangelística que aunaba discipulados con la proyección de una película en televisión abierta coronada por un sermón del iconoclasta y acérrimo detractor de Hollywood Billy Graham. Creo que la película se llamó El valor de un alma y tuvo el perverso mérito de hacer patente el fin de todo el cine evangélico: salvar almas, ganar adeptos; para eso servían y siguen sirviendo esas películas.

Mi historia personal del cine evangélico continúa en 2009 cuando me doy cuenta de que la industria editorial cristiana norteamericana ha encontrado un nuevo nicho de fortuna: los libros-película. Y allí hay que señalar A prueba de fuego (2008). Son los años en que el cine evangélico se vuelve motivacional y encuentra también en las biopics una herramienta más que redituable. En las librerías cristianas de México las películas de del Toro comienzan a ser opacadas por cintas protagonizadas por Cuba Gooding Jr. o Julia Roberts y las tramas apocalípticas son remplazadas por historias deportivas y de ascenso social. No todas eran películas confesionales pero encajaban muy bien con el discurso aspiracional (pre-coaching) de esos años. Ése era el cine que gustaba: exclusivamente yanqui. Por eso, saber de una película argentina que se estrenaría en 2009 fue una gratísima noticia, más porque estaba apadrinada por el todavía entonces ídolo musical Marcos Witt. Se llamó Poema de salvación (2011) y tengo que reconocer que me encantó. Pero en ella se sintetizaba todo el cine evangélico noventero: un adolescente rebelde hace un pacto con el diablo (o sea: se tatúa y se deja crecer el cabello) y se embarca en una exitosa carrera musical en un grupo de rock mientras su devota madre ora fervorosamente para que regrese a los pies de Cristo. Alerta de spoiler: él se arrepiente. En medio de un asalto, Pablo Olivares recuerda a Jesús y se consagra por completo a él. La película tenía todo para triunfar entre las iglesias evangélicas: una historia basada en hechos reales sobre el poder espiritual de la oración materna, una demonización simplista de looks y prácticas juveniles, y, especialmente, un dramático cambio de vida. Para bien y para mal, la cinta no contaba con una buena distribución, lo que la encasilló en un costoso e ignorado DVD.

El más reciente escalón del cine evangélico está protagonizado por Pure Flix y tiene como competidor cercano en América Latina a CanZion Producciones tratando de distribuir mejores contenidos (“Nuevo cine cristiano”, han dicho) y en México a Paco del Toro comprometido ahora con defender a la familia de las acechanzas del diablo (incluida la homosexualidad, como lo hace en la más reciente Pink. El rosa no es como lo pintan). Con cintas como Dios no está muerto, el cine evangélico ha vuelto a colocarse en boca de todos. No sólo porque la calidad de producción ha dado un salto adelante más que satisfactorio sino por lo reaccionario de sus historias en las que los protagonistas tienen que cumplir la presuntuosa misión de salvar a Dios y, de paso, a la civilización occidental. Volvemos a la dupla planteada en un principio: el miedo y el melodrama: el miedo a la muerte y el gusto por las familias y relaciones rotas que se recomponen milagrosamente.

Es en este caudal, bosquejado intencionalmente desde mi propia biografía, que se sitúa, colosalmente, la película colombiana Él entre nosotros. Escribo colosalmente porque ella se planta contra toda esta corriente de cine evangélico y se esfuerza por dirigir el cauce hacia otro lado. Él entre nosotros es un documental y desde allí es que hay que comenzar a establecer distancias. Al cine evangélico no le gustan las historias concretas de vida. Amparado en las biopics y en las tramas con desenlaces oscilantes entre la gloria y el castigo, lo único que le importa a las películas cristianas y confesionales es el “deber ser” de las y los creyentes, el cómo deben vivir, no quiénes realmente somos ni cómo es que realmente vivimos. Elegir el documental antes que la ficción le permite a Él entre nosotros tomar otra vía: la de la cercanía y la inmediatez. Dirigido por Tomás Castaño y situado enteramente en Medellín, el documental, no obstante su atomización en numerosas voces, no renuncia a contar una historia y desde el primer minuto admite la importancia de los relatos. Pero contrario a la ampulosa y kilométrica telenovela brasileña Moisés y los diez mandamientos (2015) o a la miniserie La Biblia (2013) que optan por una representación cuasi literalista de los relatos bíblicos (bastante melodramatizada en la producción apadrinada por Edir Macedo y sus secuaces), en Él entre nosotros la historia de Jesús importa en la misma medida que importan las historia de vida que allí vemos reflejadas: el relato de la vida de Jesús es también el relato de la vida de Lina, de Carlos, Carolina, de Daniel y de Enrique. El relato de Jesús es el que posibilita y atraviesa la historia de cada uno de ellos.

Él entre nosotros, en este sentido, no niega su identidad cristiana pero sí evita caer en ese “sueño dogmático” que ha caracterizado al cine evangélico hasta ahora. El término kantiano bien puede entenderse si lo ilustramos con el cuento del traje del emperador. Helo ahí, pues, caminando entre la multitud con la certeza de que viste las mejores ropas del séptimo arte, pero la verdad es que está totalmente desnudo y arrinconado. Supone que es el único cine necesario, pero la verdad es que es irrelevante. No ocurre así con el documental de Tomás Castaño precisamente porque no posee ninguna misión redentora; en cambio, como todo buen documental, cumple la honrosa función de registro y testimonio.

¿De qué habla Él entre nosotros? De modos de ser y de posibilidades de vida desechadas y negadas por el cine evangélico tradicional. El documental, gran acierto, abre paso a la diferencia desde la cotidianidad. Jóvenes músicos, diseñadoras de modas, pintores, fotógrafos, artistas, unen sus voces y sus perfomances para hablar de la vida y de cómo ésta se abre paso entre el hastío y la apatía que puede provocar la vida en las metrópolis. El escenario natural donde vemos algunos de los tributos a artistas que incluye el documental contrasta con las banquetas grises y las multitudes ensimismadas de la ciudad. Es la vida que triunfa sobre la muerte. Es, sin palabras, otra forma de contar la historia de Jesús.

La otra distancia que se observa entre Él entre nosotros y el resto del cine evangélico es teológica. Las historias personales se intercalan con reflexiones teológicas y pastorales de John Hernández, Elsa Tamez, Elizabeth Sendek, Felipe Trujillo y Juan Esteban Londoño, quien fungió también como asesor teológico del documental. Sus opiniones, lanzadas desde la vistosa comodidad de un sillón rojo que tiene muchas veces como fondo la ciudad de Medellín, refuerzan el discurso que va construyendo el resto de los protagonistas con sus obras y con sus palabras. El Jesús que surge de esa luminosa conjunción no es para nada el mártir que nos restriega Mel Gibson, sino un Jesús humano que no niega en ningún momento esa condición, sino que la asume en su plenitud y en su complejidad: un Jesús que se abre al mundo con su gracia y con su alegría, que sana con sus manos y transforma con sus relatos. No es un Jesús que acorrala con la muerte sino un Jesús que abraza con la vida. Él es quien se mueve entre las calles y entre el tráfico de nuestras ciudades. Él es quien está entre nosotros.

Él entre nosotros es, finalmente, una apuesta por reconciliar al cine evangélico con la juventud. Mientras la mayoría de las películas evangélicas gozan de un rechazo casi unánime por la mayor parte de los jóvenes (aún creyentes) dada la displicencia con que son retratados y los numerosos estigmas con que son sobrecargados en las cintas, este documental llama la atención porque deja en claro (contrario a la generalizada suposición de que a los jóvenes ya no nos importa Dios) el interés que hay en las juventudes por hablar de Dios y vivir su cotidianidad desde Él; pero el documental se aleja con razón de la idea de sacrificio y aislamiento que el cine evangélico se ha encargado de pregonar y opta por evidenciar cómo en la música, en la fotografía, en la pintura, en la danza, en el diseño y en el mismo cine se abren formas de cristalizar el impulso y el deseo que hay de vivir, aún a pesar de las condiciones de violencia que nos rodean. Celebro que el cine evangélico latinoamericano dé señales de renovación y si en un futuro hay que hablar de “nuevo cine cristiano”, seguro tendremos que comenzar por aquí, por Él entre nosotros.

 

El documental “Él entre nosotros”:

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