Posted On 21/11/2014 By In Biblia, Opinión With 1158 Views

El festival del becerro: una meditación

Cuando Josué escuchó el griterío del pueblo, dijo a Moisés: — Se escuchan gritos de guerra en el campamento. Y Moisés respondió: — No son gritos de victoria ni de derrota; lo que estoy oyendo son cantos festivos. Cuando llegó Moisés al campamento y vio el becerro y las danzas...” (Éxodo 32:17-19 BTI)

No somos tan burdos. No tenemos un becerro físico en torno al que celebrar un festival de alabanza. No. Más bien construimos un “becerro” a través del discurso domesticador que impartimos desde nuestras plataformas eclesiales, y la puesta en escena en el que lo enmarcamos. Ello produce en nosotros multitud de emociones y experiencias que confundimos con el encuentro existencial con el Dios que se manifestó en Jesús de Nazaret.

Los cánticos y las danzas se convierten en un fin en sí mismas. Y en ese momento de euforia confesamos como los antiguos israelitas: ¡Israel, este es tu dios, el que te sacó de Egipto! (Éxodo 32:4 BTI); y realmente es verdad, experimentamos a dios -así en minúsculas-. No al Dios que se preocupa y ocupa de las personas empobrecidas, liberándolas de las estructuras injustas que propician los faraones de este siglo, y trasladándolas a espacios sociales en los que los poderes del Imperio están suspendidos.

Cuando el festival del becerro finaliza, regresamos a la vida cotidiana narcotizados, y con la resaca a cuestas. Al día siguiente caemos en la cuenta que nada ha cambiado. Nos sucede como a los protagonistas descritos por Joan Manuel Serrat en su canción “Fiesta”: “Y con la resaca a cuestas, vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza, y el señor cura a sus misas…” Quedando a la espera de la próxima experiencia de euforia que el festival del becerro nos proporcione.

La experiencia de adoración, alabanza y escucha atenta de la Palabra de Dios nos conduce necesariamente a la encarnación del deseo de Dios en medio de la historia. Y ese deseo, a saber, es el que expone el viejo profeta hebreo cuando escribe que la voluntad del Dios del Éxodo es el “abrir las prisiones injustas, romper las correas del cepo, dejar libres a los oprimidos, destrozar todos los cepos; compartir tu alimento con el hambriento, acoger en tu casa a los vagabundos, vestir al que veas desnudo, y no cerrarte a tus semejantes. Entonces brillará tu luz como la aurora, tus heridas se cerrarán en seguida, tus buenas acciones te precederán, te seguirá la gloria del Señor” (Isaías 58:6-8 BTI) Y es que cuando nos sale al encuentro el Dios de Jesús de Nazaret, somos insuflados de fuerza para construir espacios liberados del Imperio, y en ellos no hay lugar para las frustrantes resacas que producen los “festivales del becerro”. Soli Deo Gloria

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