Posted On 09/07/2015 Por En Cultura, Teología With 2119 Views

El Jesucristo de Vicente Leñero: una cristología para el mundo de hoy

Para Estela Franco, amiga y psicoanalista; a quien Vicente amó, pues sin ella, opino, Vicente Leñero no habría sido quien fue.

Vicente Leñero publicó su novela sobre Jesucristo Gómez en 1979, en México. La tituló El evangelio de Lucas Gavilán. Es una paráfrasis pero es también una creación literaria que narra aquellos relatos del evangelio canónico de Lucas en unas historias localizadas en el México urbano y rural de aquel entonces, entre gente de ciudad y de pueblo y caciques, en medio de funcionarios y políticos corruptos, donde campeaba la desigualdad; injusticias que son historias ignoradas u olvidadas, relatos que alzan la voz de gente sin voz, en la novela de Leñero.

No fue una novela que se condenara por parte de las autoridades católicas de entonces, pero sí generó mucha suspicacia y desdén. Después de todo, era una novela que recogía los principios de la teología de la liberación: la lucha por la justicia para los pueblos, y una imagen más terrenal de Jesucristo, es decir una cristología hecha desde abajo (Jon Sobrino, Leonardo Boff)[1]. Alguna vez Vicente Leñero dijo en una entrevista que la novela no le dejó del todo satisfecho, pues sentía que le faltaba algo, que echaba en falta una cierta espiritualidad. El poeta Javier Sicilia escribió que, aunque admiraba las novelas de su amigo Leñero, le había desagradado profundamente el Jesucristo del Evangelio de Lucas Gavilán: Javier Sicilia confiesa que por mor de su propia espiritualidad (más bien mística) no estaba preparado para leerlo[2].

Vicente Leñero pensaba que su Jesucristo era, quizás, poco poético. Es verdad que Leñero ejerció en su escritura el principio de que la realidad es casi siempre más sorprendente que la ficción.

Sin embargo, los textos se deslindan de sus autores y producen sentidos no previstos. Así, en una época lejana a los 70’s e incluso en otras latitudes, distantes a la realidad mexicana, la novela de Leñero me resulta pertinente, vigente, e incluso portadora de una espiritualidad de abajo, desde una terrenalidad ordinaria e insólita, como se ve por ejemplo, en esta conversación del niño Jesucristo Gómez con sus padres[3]:

En la escuela rural Jesucristo Gómez aprendió a leer más pronto que sus compañeros, y desde los siete años dio señales de ser bien abusado. De José Gómez [oficial albañil] agarró el gusto por las cosas de Dios, y de su madre esa latosa costumbre de andar criticando y preguntando todo:

– ¿Por qué hay pocos que tienen mucho y muchos que tienen poco? –preguntaba Jesucristo.
–¿Por qué hay cárcel en el pueblo?
–¿Por qué el señor cura es tan rico?
–¿Por qué doña Mercedes les pega a sus hijos?
–¿Por qué se muere la gente? –preguntaba Jesucristo Gómez a su madre.
Y su madre le respondía, le iba respondiendo.
–¿Por qué hay ricos y por qué hay pobres? –volvió a preguntar Jesucristo cuando José Gómez regresó del trabajo.
–Porque así es el mundo –contestó el albañil.
–Pues qué mundo tan pinche –dijo Jesucristo. (Lucas 2:39–40; ELG, pp 39–40).

Una cristología desde abajo: al encuentro de la marginalidad

¿Podemos hablar de una (pequeña) cristología a partir de una novela? Los relatos que se componen y se ponen a disposición de los lectores no emergen de un lugar desconectado de la vida de la gente. Seguiré aquí una idea de Paul Ricoeur sobre la composición de un relato (sea histórico o de ficción): Ricoeur dice que previo a la invención de una trama o relato, existe ya una especie de pre–relato o, dicho de otro modo, la experiencia humana (el obrar y el padecer humanos) tiene una estructura pre-narrativa[4]. Y, añade Ricoeur, las historias de nuestras vidas piden ser contadas, sobre todo las historias (todavía) no contadas de los vencidos, de aquellos que están en el margen de la historia.

Al Jesucristo de  Vicente Leñero le gusta la gente de abajo, la gente que pierde y se queda en el olvido. Por eso la novela reproduce el lenguaje popular como pocos, el habla de la calle: las maldiciones o palabras malditas son el poco poder que todavía puede ostentar un marginado. Y desde abajo emergen las narraciones de este evangelio mexicano, con palabras burdas y precisas a la vez, con la soltura que tiene la vida modesta de la gente sencilla. Y desde abajo surge también la violencia, la discordia de la vida desigual, como ocurre con el relato de un endemoniado que es curado por Jesucristo.

En la curación de un hombre “endemoniado”, Vicente Leñero nos relata la manera como Jesucristo sale al encuentro de esa violencia que anida en la marginalidad, allí donde se congrega el miedo, cuando la amenaza circunda la vida de los desposeídos de la tierra:

[Andando por diversas poblaciones, Jesucristo Gómez está un domingo en el mercado, comiendo con otros campesinos “en el puesto de doña Cari”, quienes le invitan a desayunar y quieren que les explica cómo es eso que anda predicando, que las cosas van a cambiar y qué era eso de la justicia de Dios ganada a pulso entre todos y no llovida gratis del cielo. Estando en ello, un hombre le manda callar:]  “–¡Cállese buey, ya me tiene hasta los güevos!” [–Le dijo un hombre corpulento, borracho, llamado Doroteo, con fama de matón y con más de seis vidas sobre su conciencia, y a quien las gentes del gobernador le debían muchos servicios:]

A pesar de las advertencias, Jesucristo Gómez metió su mirada hasta el alma de Doroteo Arenas.
–Qué me ve cabrón, qué me ve, qué me ve. Aquí no venga con mamadas porque me lo chingo. […] –Véngase maestro, vámonos.

Pero Jesucristo acuclillado, continuó con su mirada metida en los ojos de Doroteo, mientras Doroteo se soltaba gritando palabrotas, iracundo porque sus amenazas no acobardaban al desconocido.

[…] –¡A mí nadie me mira así, hijo de tu chingada madre! El primer machetazo partió el plato donde había comido Jesucristo Gómez; el segundo le pasó rozando una oreja y se encajó por instantes en el tablón.

[…] Jesucristo continuó inmóvil: a su derecha y a su izquierda caían machetazo tras machetazo sin rasgarle siquiera la camisa, quizá porque el estado de embriaguez desviaba los golpes o a lo mejor porque Doroteo Arenas no se atrevía en realidad a cercenar a un enemigo que no le presentaba más pelea que el puñetazo de su mirada.

[…] La punta [del machete] dio en el filo de la baqueta y el arma, al recular, salió disparada por los aires perdida del control de Doroteo Arenas. El hombre cayó agotado, de nalgas […] Entre estertores vomitaba, al tiempo que su cuerpo iba encogiéndose y un llorar incontenible lo agitaba en convulsiones […] lagrimones llamando a su madre con una voz que parecía la de un chiquillo enfermo.
Jesucristo dejó pasar unos segundos antes de inclinarse sobre el borracho. Se rasgó la camisa y con el trozo de tela se puso a limpiar el vómito, los mocos y las babas de Doroteo. Le hablaba en voz muy baja, con ternura […]

Cuentan que esa misma noche de domingo, Jesucristo Gómez y Doroteo Arenas se fueron juntos, camine y camine, por las vereditas del Parque Nacional hasta la Rodilla del Diablo, donde nace el río Cupatitzio. (Lucas 4:31–37; ELG pp 68 – 72)

El encuentro con el endemoniado, su curación, en la paráfrasis de Leñero, nos coloca frente a la dureza del mundo marginado, delante de la rabia que campea en todos aquellos que viven fuera del orden instituido, porque son la basura, o los despojos, que produce el sistema. Y el Jesucristo de Leñero se introduce allí, para encontrarse con los rostros de la marginalidad, ¿pero no es semejante la manera como los evangelios muestran a Jesús de Nazaret, cuando se mezcla entre “pecadores y publicanos”? ¿No muestran también los evangelios canónicos el lado sombrío y amenazante de los endemoniados que son liberados por Jesús?

Mujeres convocadas a ejercitar su poder

En la teología de la liberación latinoamericana de los 70’s no se articuló una visión teológica del proceso de liberación desde la mujer. De esto dan testimonio los mismos teólogos varones en diversas entrevistas que realizó la teóloga Elsa Támez en la segunda mitad de los 80’s[5]. Pero el Jesucristo de Leñero sí que tiene una visión y un acercamiento a las mujeres que no dejan de sorprender. Porque no sólo se coloca al lado de la mujer, sino que además logra mostrar en qué sentido el efecto de victimización se puede romper de alguna manera, para que la mujer devenga en un sujeto capaz. Veamos dos encuentros de este Jesús mexicano con dos mujeres sufrientes:

No había forma de consolar a Genoveva Galindo viuda de Nares [que lloraba la muerte repentina de su único hijo, al año y medio de fallecido el marido]. Tendida en su cama, cerrados los oscuros de su habitación, se pasó llore y llore un mes, dos meses, tres meses y ya iba para cuatro sin encontrar consuelo en las palabras de sus vecinas, del párroco y de los amigos, que comenzaron a convertir en un espectáculo el prolongado duelo de la viuda de Nares. Vamos a ver llorar a Genoveva, se decía ya por el pueblo, y lo que en un principio había sido un sentimiento de compasión vecinal se convirtió en un motivo para inventar chismes crueles […]

Cuando Jesucristo Gómez llegó al pueblo […] el doctor Dorantes lo llevó a visitar a la viuda de Nares […] –Cómo no voy a sentirme desdichada si Dios se olvidó de mí. Primero se llevó a mi padre, luego me quitó a mi esposo y ahora me roba al único hombre que me cuidaba. Qué voy a hacer yo sola en la vida. Qué puede hacer una mujer viuda, sin hijos, sin dinero, cargada de penas y de deudas…

–¡Trabajar! –interrumpió Jesucristo Gómez con un grito que cogió desprevenido al doctor Dorantes y lo hizo soltar su maletín–. ¡Trabajar –gritó de nuevo–. ¡Trabajar! La viuda de Nantes iba a soltar un chillido, pero Jesucristo la prendió de los hombros y se puso a sacudirla como a una mula atascada.

–Mi hijo… –aulló Genoveva. –¡Tu hijo no está muerto, estúpida! La que ha estado muerta eres tú. Siempre atenida a tu esposo, a tu padre, a tu hijo. ¡Floja, inútil, miedosa, inservible, muerta!

El doctor Dorantes nunca imaginó que ese Jesucristo Gómez a quien la gente describía como al más bondadoso de los hombres fuera ese energúmeno capaz de cachetear a una mujer indefensa […]

–¡Nadie va a vivir por ti!, ¡nadie va a perder su tiempo compadeciéndote! –Gritaba Jesucristo Gómez–. ¡Tienes la fuerza de tu hijo, la sangre de tu hijo, el alma de tu hijo! Compréndelo, mujer. ¡Levántate, con un carajo! ¡Vive!

[…] Los gritos se oían hasta la calle. La viuda de Nares fue la primera en salir. Erguida como una sonámbula caminó hasta la tienda, entre los curiosos. Detrás de ella salió el doctor Dorantes y al último Jesucristo Gómez. –Este tipo sí que se las trae. –Mis respetos. (Lucas 7:11-17; ELG, pp 100–102)

En los procesos de liberación frente al machismo hemos de pensar en la reversión de esos procesos que se internalizan en las víctimas de toda desigualdad, en el arduo trabajo de construir una imagen diferente sobre sí misma, sobre lo que hace a una mujer saberse capaz, “empoderada”.

No es difícil hacer del lenguaje adolorido, del sufrimiento injusto, una moneda de cambio. No es raro que las quejas más legítimas puedan convertirse en banderas de identidad y, sin querer, en una manera de autoidentificarse y de estar en el mundo. El problema no está sólo en las injusticias sufridas, sino en que los lamentos se conviertan en el punto de vista desde el cual se mira la realidad y se vuelvan el espejo donde una se mira a sí misma.

Entonces es cuando se necesita que alguien o algo rompa la ilusión de estar atrapados en un destino funesto, en una vida de mala suerte y condenadas a un mundo tan perverso como injusto. Porque esa percepción hace muy amarga la existencia y conduce a un modo resentido de esperar que los demás nos acepten o nos quieran. Esto es lo que quiere romper el Jesucristo Gómez de Leñero, y que logra hacerlo, me parece, el día que su amiga Marta le reclamó por una cosa muy justa.

[De Marta y María Jiménez se decían muchas cosas, cosas buenas en el pueblo. Eran apreciadas por la gente, sobre todo Marta, la mayor, a quien la vida había tratado a golpes: perdió a su primer marido a los dos meses de casada, el segundo marido la abandonó y le dejó tres hijos, además de haberla envejecido a insultos. Era luchona: cuidaba de sus hijos, recibía un pequeño ingreso por alquilar unas tierras, y batallaba con unos hijos Escuincles del demonio, la pura piel del diablo, cómo me hacen sufrir –se quejaba Marta. A María no le había ido tan mal, a pesar de tener sus penas: era estéril, aunque su marido no la golpeaba nunca y ella consiguió un trabajo de maestra en la escuela rural.] –Con buena salud y sin la carga de los hijos qué chiste tiene. –Así hasta yo me hubiera hecho maestra y me vería igual de joven –se desahogaba Marta.

[Las hermanas Jiménez conocían a Jesucristo de tiempo atrás, desde chamacos. Incluso se decía que Marta, que se pasaba las horas platicando con Jesucristo, había andado cerca de ser su novia. Pasado el tiempo, después de que cada uno tomó su camino, cuando Jesucristo se pasaba por el pueblo prefería quedarse en casa de María, no en la de Marta.]

–Amigo ingrato, quién lo iba a decir: ahora que me ves fregada me desprecias. Claro, se te hace más cómodo irte con María porque su casa no hay berrinches de niños ni oyes hablar de enfermedades. […] Pero también te digo una cosa, Cris: allá no haces tanta falta, y eso es lo que deberías tomar en cuenta si de veras quisieras ayudarme. Porque yo no tengo un hombre al lado, ni a quien contarle de mis hijos, de mi reuma, de esta jaqueca partiéndome la cabeza en dos. Ya quisiera ver a María sufriendo lo que yo sufro […] Pero no hay derecho Cris; no hay derecho […]

–Te preocupas por demasiadas cosas, Marta, no ves más allá de tus problemas.

–Pero cómo voy a ver más allá de mis problemas si me estoy muriendo y a nadie le importa. Si tú mismo, fíjate bien, si tú mismo, con todo y tu fama de santo, no te compadeces siquiera de mis enfermedades […] ¿Eso no tiene valor? ¿Eso no cuenta?

–Si cuenta, pero María escogió la mejor parte.

–¿Escogió qué? ¡Ella no escogió nada! Tuvo suerte y se acabó. La suerte de encontrar un buen marido, la suerte de no tener hijos, la suerte de conseguir un trabajo en la escuela […] Y perdóname, Cris, pero eso de decirme que María escogió la mejor parte no es hablar con justicia ni con caridad cristiana. No me lo digas, por favor.

–Sí te lo digo, Marta.  Tú escogiste el dolor, los sufrimientos, la muerte; ella escogió la vida. (Lucas 10:38–42; ELG pp 153–156)

Cuando la injusticia social se llama homofobia

El Jesús de los evangelios canónicos muestra a un Dios insólito, que sorprende a todas las corrientes dentro del judaísmo (fariseos, saduceos, zelotes, esenios, terapeutas, herodianos). El Jesucristo de Leñero también sorprende en su visión de un tipo de liberación que responde al clamor de los marginados: no consiste en una liberación ajustada a un esquema reducido, por ejemplo a una visión de lucha de clases o a un tipo de opresión limitada a lo socio-económico.

El llamado a la libertad que practica Jesucristo Gómez se sitúa en el lugar de quien está excluido, lo cual incluye las formas de opresión que son invisibles, como ocurre con la homofobia: esas actitudes y prácticas de violencia ejercitada contra quienes no se ajustan a la norma heterosexual. Así lo vemos en el relato del “endemoniado epiléptico”, que en el relato canónico se muestra como el caso de un muchacho endemoniado, a quien su padre lleva a los discípulos de Cristo para que lo exorcicen y fracasan. Es entonces cuando el padre lo lleva a Jesús, para que lo libere de su demonio.

–Marica marica –lo insultaban desde que era niño, y el insulto se fue convirtiendo en un apodo, más bien en el nombre de pila de Mario Benítez, el primer hijo varón de Eloísa Fajardo y don Mario Benítez, dueño de una flotilla de camiones de carga que recorrían las poblaciones del Bajío.

[…] Su padre se encorajinaba por la cobardía de Mario y le tundía con el cinturón y hasta con la hebilla del cinturón para que se hiciera hombre […] En un cumpleaños su madre le regaló una guitarra eléctrica y con ella iba a tocar y cantar en los bailes. Lo celebraban mucho, pero sus amigos y hasta sus parientes lo seguían llamando Marica […] Se descaró a los dieciocho años, luego que uno de los choferes de su padre lo inició en la perversión […] entre más lo moqueteaba [su padre] más le decía Marito que sí, que sí era cierto y no había sido por la fuerza, que sí, que le había gustado porque él era diferente, así lo había hecho Dios y a mucho orgullo que lo llamaran marica, maricón, cachagranizo, joto, invertido, putete: –Ese soy, eso soy –lloraba Marito bañado en sangre.

Fue la desgracia de la familia, la deshonra, el acabose. Su padre se dio a la bebida y empezó a desatender los negocios […] a su hermana que tenía dos años menos no quisieron darle trabajo en la presidencia municipal porque en tu familia hay un puto: contó que le dijeron. Lucas 9:37–43; ELG pp 135–138.

En la teología de la liberación de los 70’s y 80’s se comenzó a usar el término “pecado estructural” para plantear que el pecado supone el  “enmascaramiento” del mal en las estructuras que operan en la vida social, que son estructuras de injusticia y de opresión. Esta noción de “pecado estructural” recuperó el concepto bíblico del “pecado del mundo”, que muestra cómo hay una ceguera espiritual frente al orden social y cultural, que se opone a la voluntad de Dios[6].

Esta invisibilidad es lo que se halla en la homofobia que, igual que el racismo o el machismo, se compone de una serie de prácticas, actitudes, estilos de vida, lenguaje y emociones, que establecen una manera de vivir “normal” y obligatoria para todos. Pero en esa normalidad se establece una violencia contra quienes no se ajustan a ese orden: así quedan excluidos (y violentados) quienes no son de raza blanca, son marginadas las mujeres y son rechazadas las personas que no se ajustan al género heterosexual.

Pero la novela tiene la virtud de mostrarnos el modo dramático o patético en que se ejercita esa “normalización”, esa mirada de lo “natural”, incapaz de reconocer la violencia que se descarga sobre quienes son “diferentes”. Es así como los discípulos de Jesucristo Gómez fracasan en su intento de “exorcizar” a Mario Benítez:

Estaba enterada [doña Eloísa] de la fama del maestro y de sus discípulos, les dijo, y ora que tenía la oportunidad quería pedirles consejo sobre el caso de Mario. Con pelos y señales les platicó toda la historia, pero Santiago el de Aguascalientes y Simón Vázquez no hallaban qué decir, menos qué aconsejar: con esos casos nunca nos hemos topado, señora, la verdad es una desgracia como cualquiera, y aunque nos damos cuenta de su pena, nosotros, bueno, nosotros nada más, si usted insiste, hablamos con el muchacho y si quiere hasta le echamos un discurso, a lo mejor si el muchacho oye hablar y piensa un poco en las injusticias sociales de la región, a lo mejor, quién sabe, le entra la responsabilidad y la hombría.

[…] pero el muchacho se burló de ellos apenas escuchó la palabra injusticia. Incluso exageró sus amaneramientos y se puso a chulear a Santiago el de Aguascalientes. Fue muy triste. –Lo sentimos, señora, no hay nada que hacer.

Y entonces aparece en escena Jesucristo Gómez, que realiza una intervención que sorprende y que, en esa apertura insólita, lleva nuestra comprensión de la liberación más allá de los límites que solemos imponerle.

–Yo no merecía este castigo de Dios, no lo merecía. –Dios no castiga a nadie –replicó Jesucristo [conversando con don Mario Benítez, después de conocerse en la trastienda de Camilo y bebiendo cerveza juntos]. –A mí me castigó. Mi hijo fue así desde chiquito, así nació.

[…] deje en paz a su hijo y no lo haga sentirse anormal ni un vicioso. No es ningún pecado ser así. –Ahí si me va a perdonar, pero no. Lo que yo quiero es que mi hijo se enderece y lo voy a conseguir por las buenas o por las malas. –Eso no es importante. –¿No es importante? Qué bien se ve que usted no tiene un hijo maricón, compadre, y que no conoce a mi muchacho. Es un joto de lo peor, y lo grita. Grita que le gusta que le den por detrás, nomás imagínese. Todo se burlan, todos lo insultan, todos lo desprecian. –Eso sí es importante, para que vea. –¿Qué? –Que todos lo desprecian.

[Jesucristo conoce a Mario, le pide oírlo cantar y tocar su guitarra; conversando con él, se entera que un músico homosexual de Guanajuato, de quien Marito andaba medio enamorado, lo había invitado a irse a vivir con él y trabajar en una banda de rock] –Pero mi padre ya lo supo, y dijo que si me iba me salía a buscar hasta el último rincón del infierno y nos pegaba de balazos a los dos.

[Jesucristo fue a discutir de nuevo con don Mario] –¿Así amenazó a su hijo? – Y lo cumplo compadre, por la Virgen Santísima. –No va a cumplir nada, don Mario, entiéndame: deje en paz al muchacho, no lo siga fregando. Ya bastante trabajo le va a costar al muchacho encontrar su propio camino. –Lo mato y lo remato, cómo diablos no. –Lo que va a hacer es dejar de avergonzarse de su hijo y darle dinero para que se vaya a vivir tranquilo a Guanajuato. –¿Eso me aconseja? –Eso. –Óigame compadre, no son formas de enderezar a mi hijo. –El que necesita enderezarse es usted, compadre –replicó Jesucristo Gómez

[Finalmente, Marito se fue a Guanajuato, contentísimo, dos días antes que Jesucristo y sus dos discípulos abandonaran la población] –La regamos, ¿verdad? –Quisimos agarrar la cosa por el lado del compromiso. Por eso tratamos de hablarle de las injusticias sociales y de la marginación. […] Jesucristo dijo: –Sólo que aquí el marginado era él. ELG, pp 139–141.

Espiritualidad sin religión: estados mínimos de santidad

En los debates contemporáneos sobre la era secular, propia de todo lo que ha venido con la modernidad y la posmodernidad, se intenta ir más allá de lo religioso, o de las instituciones religiosas, para poder rescatar la importancia de la espiritualidad. Y esto porque, al paso de las décadas, y a pesar de la secularización (o quizás gracias a ella) se constata una inquietud por lo trascendente, una gran diversidad de prácticas que expresan múltiples maneras de experimentar lo que apunta a lo espiritual.

En éste contexto, y en ésta polémica y miríada de experiencias, quisiera mostrar uno más de los encuentros del Jesucristo de Vicente Leñero, donde yo veo un estupendo ejemplo de espiritualidad sin religión. Es un relato donde podemos ver algo que se podría denominar, frente a las experiencias paradigmáticas de misticismo o de espiritualidades espectaculares, un “estado mínimo de santidad”.

[El Manco Tenorio era un excomulgado. Había sido uno de los más devotos feligreses del padre Lucio, amén de hombre virtuoso, marido cumplidor y promotor incansable de las campañas moralizadoras emprendidas por la parroquia. Hasta que se instaló en las cercanías del pueblo un circo, integrado casi exclusivamente por una troupe de mujeres contorsionistas que, según se oyó decir, alquilaban sus habilidades contorsionistas a la población masculina después de las funciones. Para lanzarles un discurso moral se presentó el Manco Tenorio y acabó] enredado entre las piernas de una contorsionista, y durante un par de semanas frenéticas descubrió los placeres de la carne y de los tragos. Todavía estaba borracho cuando una mañana de viernes regresó al pueblo y entró en el templo en el momento en que el padre distribuía la comunión.

[Cuando el padre Lucio le negó la comunión] Arremetió contra el sacerdote, le arrancó el cáliz, e imprecando contra la religión, contra su esposa, contra todos los fieles, se puso a arrojar al aire las hostias consagradas como si fueran confeti. […] Cuando se arrepintió de su grandísima culpa ya era demasiado tarde […] –Yo no puedo perdonarte –le dijo [el padre Lucio] –. Tu pecado fue una ofensa contra el Espíritu Santo y esa excomunión está reservada al Santo Padre, de perdida al obispo.

[El Manco Tenorio sufre una tormenta de repudios: su mujer lo abandona, los hijos se quitan su apellido, el pueblo lo trata como a un apestado. Como no consigue el perdón, ni el acceso al obispo] Enloqueció. Perseguido por los remordimientos, sufriendo por anticipado los castigos del infierno adonde iría su alma apenas abandonara a ese cuerpo pecador, se lanzó a recorrer los pueblos lamentándose y a blasfemar en descampado.

Jesucristo Gómez conoció la historia del Manco Tenorio cuando Pachita Morales lo llevó ante él. –Este tipo está loco, maestro –dijo Pedro Simón–. Es un fanático. –Pero sufre –replicó Jesucristo Gómez.

[…] –¿Tú crees en mí? –le preguntó. –Yo creo que usted puede ayudarme para que me levanten la excomunión –gimió el Manco Tenorio. –Yo puedo levantártela –dijo Jesucristo Gómez. –¿De veras?

–Si crees en mí puedo hacerlo. –¿Ahorita mismo? –Ahorita mismo. –¿Y podré comulgar mañana? –Mañana y cuantas veces quieras. –¿Qué tengo que hacer? –Preguntó el Manco Tenorio tirándose de rodillas como para recibir la absolución.

Jesucristo lo sujetó del brazo sano y lo obligó a levantarse. –Nada –le dijo–. Vete en paz.

[El Manco Tenorio comulgó al día siguiente en otro pueblo. Le llevan el chisme al padre Lucio, pero nada puede hacer para detener] la ola de sacrilegios, porque el Manco Tenorio se internó en la ciudad y se pasaba las mañanas de templo en templo comulgando como un desaforado. Solamente comía hostias consagradas, y aunque estaba cada día más enjuto y anémico, según decían quienes se lo encontraban de cuando en cuando de pura casualidad, en su semblante de loco se transparentaba la felicidad de un alma en estado de gracia. Lucas 6:6–11, ELG, pp 88–92.

Para concluir: ¿Creía Vicente Leñero en el Jesucristo de Leñero?

¿Creía Vicente en el Jesucristo de Vicente Leñero? No sabría decir mucho al respecto. El autor de una novela no coincide necesariamente con el escritor. Todos sus amigos, y muchas personas que le trataron de cerca, reconocen en Vicente a un cristiano que fue muy crítico con la institución religiosa, al tiempo que era un hombre honesto y muy atento al semejante que tenía cerca de él. La veta religiosa está presente en su muy diversa producción literaria (novela, cuento, teatro, guión cinematográfico, etc)[7].

En el escrito de Javier Sicilia que mencioné al inicio, el poeta dice de su amigo: “…me enseñó también que la resurrección podía leerse como el descubrimiento de Cristo en el prójimo: ‘El Cristo resucitado es el que está a tu lado, tu prójimo’”. Además, para Vicente hay siempre un Jesucristo que se vierte incesantemente en las narraciones: “Jesús es un narrador espléndido. Su doctrina está hecha de cuentos que no tienen una dirección unívoca. Están hechos para desconcertarnos, para hacernos pensar, para no anquilosarnos en la univocidad doctrinal” – le dijo a Javier Sicilia[8].

El teólogo metodista José Míguez Bonino escribió alguna vez sobre las imágenes de Jesucristo en América Latina y señaló que es todo un desafío responder a la pregunta que hizo el mismo Jesús ¿Quién dice la gente que soy yo?, dados sus muchos rostros en la historia latinoamericana (diversos rostros ubicados entre la imagen del Cristo derrotado, sufriente y valedor del sufrimiento resignado y el Cristo celestial, asociado a los poderosos).

El mismo Míguez Bonino señaló que, a pesar de todo, el mismo Jesucristo se manifiesta a sí mismo, en esos cristianos que se lanzan a buscar una tierra nueva y, en el camino, descubren a Jesucristo delante de ellos y a su lado[9]. Entre esos cristianos que se lanzaron a la búsqueda de otro Jesucristo en América Latina, y que posiblemente en ese camino nuevo lo intuyeron y encontraron, creo que se encuentra el escritor, y el creyente, Vicente Leñero.

Conocí a Vicente Leñero por Estela, su mujer. Estela es psicoanalista y participé con ella en un grupo de supervisión clínica colectiva. Estuvimos juntos en un grupo donde nos reuníamos para hablar e investigar sobre psicoanálisis y fe[10]. En alguno de esos encuentros, pude dar gracias a Vicente por sus textos: recuerdo haberle comentado cuánto me había gustado su novela La vida que se va, y me dijo: “esa novela me costó mucho hacerla, por eso me da gusto haberla terminado”. Respuesta modesta de un escritor que siempre practicó, y elogió, el rigor de escribir y re-escribir.

Un día nos encontramos con Vicente y Estela en una lectura pública de una obra de teatro sobre Lutero, en Coyoacán, al sur de la ciudad de México. Después de la lectura tuvimos una amena conversación entre amigos sobre Lutero y su apasionada defensa de la justificación por la fe sola, sin el mérito de las obras. Vicente hizo un comentario que me impresionó mucho, a mí como cristiano protestante: “no creo que nadie pueda seguir creyendo que nos salvamos por la fe. Nos salvamos por el amor”.

No sé si Vicente creía en el Jesucristo de Leñero, pero sé que creía en el Jesucristo que se sabía amado por el Padre y que nos abre los brazos a todos, a todas. Como Vicente le escribió, en un sueño, a Javier Sicilia: “Hasta pronto, Javier querido. Voy a donde está Juanelo [el hijo asesinado de Javier], al amor del Padre donde te esperamos. No desesperes. Sigue luchando. Nosotros teníamos razón contra la noche y la muerte.”

______________________________

[1] Vicente relata (en Más gente así, p. 188) que cuando trabajaba en el manuscrito de El evangelio de Lucas Gavilán, le telefoneó Enrique Krauze, de la revista Vuelta: “Octavio Paz quiere una colaboración tuya. Mándame lo que gustes”. Le envió un fragmento de su novela, que era la narración de la muerte de su Jesucristo Gómez. Poco después Krauze le volvió a telefonear: “Al consejo de redacción de la revista no le gustó tu texto, Vicente; particularmente a Gabriel Zaid que es creyente como tú. Mándanos mejor otra cosa”. Vicente insiste en que no enviará otra cosa y que ellos decidan si lo publican o no. Se publicó en el número 31 de Vuelta, junio de 1979. El texto se puede ver: http://www.letraslibres.com/sites/default/files/pdfs_articulos/Vuelta-Vol3_31_06EvLucGVL.pdf.

[2] “Vicente Leñero, mi amigo”, en Proceso, semanario de información y análisis, no. 1988, 14 de diciembre de 2014, p. 32.

[3] El evangelio de Lucas Gavilán, Barcelona: Seix Barral, 1979. En adelante citaré ELG, más la paginación, junto con el texto correspondiente del evangelio canónico de Lucas, tal como se señala en la novela, para mostrar la paráfrasis.

[4] Cf. Paul Ricoeur (1989), Tiempo y narración, Madrid: Cristiandad, vol. I, p. 148.

[5] Cf. Elsa Tamez (ed.) (1988), Teólogos de la liberación hablan sobre la mujer, San José: DEI; en inglés: Against machismo: Rubem Alves, Leonardo Boff, Gustavo Gutiérrez, José Miguez Bonino, Juan Luis Segundo … and others talk about the struggle of women : interviews, Yorktown Heights, NY: Meyer-Stone Books, 1987.

[6] Cf. el capítulo sobre “pecado” de José Ignacio González Faus, en Ignacio Ellacuría y Jon Sobrino (eds.) (1990) Mysterium liberationis. Conceptos fundamentales de la teología de la liberación, Madrid: Trotta, pp 93–106.

[7] Cf. Leopoldo Cervantes: “Vicente Leñero: un escritor católico contra viento y marea”, http://protestantedigital.com/cultural/34702/Vicente_Lenero_un_escritor_catolico_contra_viento_y_marea; “El Evangelio de Lucas según Vicente Leñero”, http://protestantedigital.com/cultural/34772/El_evangelio_de_Lucas_segun_Vicente_Lenero; y “El Evangelio de Lucas según Vicente Leñero (II)”, http://protestantedigital.com/cultural/34828/el_evangelio_de_lucas_segun_vicente_lenero_ii.

[8] “Vicente Leñero, mi amigo”, op. cit. Pp. 33, 34.

[9] Cf. “Who is Jesus Christ in Latin America today?”, en Jose Míguez Bonino (editor) (1984), Faces of Jesus. Maryknoll, NY: Orbis Books, p. 6.

[10] Estela Franco compiló y escribió una estupenda introducción a un libro colectivo que escribimos en ese grupo llamado Epismo: Experiencia de Dios y psicoanálisis, México: Promexa, 1991.

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