Posted On 28/09/2020 By In Biblia, Ecología, Ética, Opinión, portada, Teología With 281 Views

EL LAMENTO DE LA TIERRA . UNA LECTURA ECOLÓGICA DE OSEAS Cap. 4 | Joseba Prieto

EL LAMENTO DE LA TIERRA . UNA LECTURA ECOLÓGICA DE OSEAS Cap. 4[1]

Hoy, en pleno siglo XXI, somos más conscientes que nunca de la crisis ecológica que amenaza nuestra Tierra. Ante la urgencia y la relevancia de esta situación, me pregunto: ¿es posible abordar de alguna forma esta cuestión desde el texto bíblico? ¿Tiene la Ecología alguna relevancia a nivel teológico?

Somos conscientes de que la Biblia no es un libro de ciencia, ni tampoco de ecología. No pretendemos, por tanto, encontrar soluciones concretas al problema ecológico en los textos bíblicos. Gracias a Dios tenemos científicos y ecólogos que dedican sus vidas a estudiar estas cuestiones y confiamos en su trabajo por el futuro del planeta.

Con todo, la Ecología hunde profundamente sus raíces en la antigüedad. Quizá nuestros antepasados no sabían muy bien cómo funcionaban los ecosistemas, pero a un nivel primario sabían cómo funcionaba la tierra para poder sembrarla, cultivarla y cosecharla. Sabían cómo cultivar viñedos y olivos. Sabían cómo preparar el vino aunque no conociesen la bacteria de la fermentación. En la antigüedad, la mayor parte de las personas vivían inmersas en esta “ecología primitiva”. Nosotros, hombres y mujeres modernos con estudios y formación académica, quizás nos apresuramos al pensar que los pueblos de la antigüedad no sabían nada de Ecología pero su contacto íntimo con la Naturaleza les llevó a desarrollar una sabiduría ecológica que, de alguna forma, ha podido quedar plasmada en sus relatos y tradiciones. Al fin y al cabo, la Ecología estudia y analiza el modo en que los seres vivos nos relacionamos entre nosotros y con el medio en que vivimos[2]. De hecho, si algo evidencia la actual crisis ecológica es nuestra incapacidad para gestionar la relación con la Naturaleza y sus recursos. ¿Podremos encontrar en los textos bíblicos principios “ecológicos” que nos puedan ayudar hoy?

 A priori, cuando hablamos de ecología, en lo que menos pensamos es en cristianos levantando su voz en pro del cuidado de la Tierra. Pero, ¿es realmente la Ecología una cuestión ajena a nuestro mensaje? ¿O será que nos resulta más cómodo no tener que implicarnos en ello?

En primer lugar, hay que reconocer que el cristianismo, influido por la filosofía griega, ha fomentado a lo largo de su historia una cosmovisión de la realidad que nos ha desconectado profundamente de la Naturaleza. Así, ésta se convirtió en un mero “escenario”, un telón de fondo donde tenía lugar la historia humana. Siguiendo las huellas del pensamiento griego, se promovió una visión dualista de la realidad, que dividía lo material de lo espiritual, lo natural de lo divino.

Desde esta óptica, los seres humanos nos veíamos como los protagonistas de la historia, el ombligo de la Creación. En realidad, ni siquiera nos considerábamos parte de este mundo. Y, en este esquema, Dios quedaba igualmente separado de la Naturaleza, ajeno. En definitiva, la trascendencia y la perfección de Dios se interpretaban a la luz de ese dualismo filosófico, alejando a Dios de la materia, un Dios cuyo único interés estaba en las almas humanas y su destino en el “más allá”.

Evidentemente, ninguna lectura bíblica es neutral: cuando leemos, interpretamos los textos en función de nuestro propio contexto y nuestros propios intereses vitales. Si analizamos la tradición cristiana, podemos ver que los textos han sido interpretados de forma mayoritaria desde la óptica de hombres blancos occidentales y que la Naturaleza y el cuidado de la Tierra no eran precisamente una prioridad en su agenda.

Sin embargo, creo que en el corazón de los textos bíblicos podemos encontrar una visión muy diferente. Una cosmovisión sumamente ecológica que nos vincula directamente con la naturaleza y con el Dios que la sustenta y se revela a través de ella. Una visión del mundo que nunca debimos olvidar y que hoy, más que nunca, merece la pena rescatar.

En el libro del profeta Oseas, en su capítulo 4, leemos:

1Escuchad la palabra de Yahvé, hijos de Israel,

que Yahvé pone pleito a los habitantes de esta tierra,

pues no hay fidelidad ni amor, ni conocimiento de Dios en esta tierra,

2sino perjurio y mentira, asesinato y robo,

adulterio y violencia, sangre y más sangre.

3Por eso, la tierra está en duelo, y se marchita cuanto en ella habita:

las bestias del campo y las aves, y hasta los peces desaparecen.

Estos versos, pronunciados en un contexto muy distinto, parecieran reflejar en gran medida nuestra situación actual de profunda crisis ecológica: una situación alarmante donde los actos de los seres humanos marchitan la tierra y a cuantos la habitan, haciendo que las especies desaparezcan.

En concreto, Oseas, con esa creatividad que tanto caracteriza a los profetas, dibuja ante sus oyentes la escena de un juicio convocado por Yahvé. Pero lo interesante es que éste no aparece como el juez ¡sino como el demandante! ¿Y qué es lo que Yahvé quiere denunciar? Que en la tierra no hay fidelidad, ni amor, ni conocimiento de Dios, sino maldad y sangre. Y, ¿qué papel juega la tierra en esta demanda de Yahvé? Pues, curiosamente, la tierra es mucho más que una víctima que se lamenta. La tierra es, de hecho, un agente activo en el juicio de Yahvé. El lamento de la tierra responde a los actos del pueblo que la habita. Los seres vivos languidecen y desfallecen por la falta de ética de Israel y los crímenes cometidos. Es decir, Oseas declara que hay una conexión directa entre la praxis humana y el estado de la tierra. Pero esta no es una idea novedosa en la tradición bíblica.

En la cosmovisión hebrea el propósito principal de la Torá es enseñar a los seres humanos a vivir “justamente”, en relación sana con Dios, con el prójimo, con ellos mismos y con la Creación que les rodea. Para la fe hebrea el foco no está en el “más allá”, sino en el “más acá”, en la tierra que, como don de Dios, debemos cuidar y proteger. Por ello, los antiguos hebreos sabían muy bien que, para que la tierra floreciera, era indispensable vivir una vida en sintonía con los valores de la Torá. Israel era consciente de que su ética como pueblo tenía consecuencias directas sobre el estado de la tierra y de los seres vivos que la habitaban. En este sentido, la ética de Israel tenía una “trascendencia ecológica”. Esa tierra prometida “en la que fluye leche y miel” para todos no se haría realidad a menos que la justicia corriese como un rio.

Y esa es la idea que Oseas reaviva en su discurso: el lamento de la tierra es una respuesta ante los actos del pueblo que la habita, como si la tierra no soportara ni un segundo más la corrupción del ser humano y decidiera actuar, tomando partido en el juicio convocado por Yahvé. Entonces la tierra se presenta como testigo, lamentándose ante los crímenes cometidos; como víctima, sufriendo la devastación en su propia piel; pero también actúa como juez, pues sus heridas dictan una clara sentencia. En este relato la tierra juega un papel esencial, que nos muestra que la creación no es un simple escenario donde tiene lugar la historia entre Dios y el ser humano. La cosmovisión hebrea no se conforma con una visión antropocéntrica de la realidad, sino que defiende el papel activo de la tierra en la relación entre Dios y su Creación. La tierra es, en estos versos, el actor principal en el juicio divino.

De hecho, aún queda un detalle interesante. En el versículo 3 leemos que desaparecen las bestias del campo, las aves y, por último, los peces. Pero este orden no es casual. Aquí Oseas está llamando la atención de sus oyentes hebreos. Según leemos en el primer relato de la creación (Gn 1), Yahvé, antes de crear al ser humano, crea a los seres marinos, después a las aves, y por último a los animales terrestres. Lo que está haciendo aquí Oseas es invertir intencionadamente el orden de la creación. Con esta inversión del proceso, el profeta representa la anti-creación, la vuelta al caos, la devastación de la Tierra, lo que hace que el relato adquiera una fuerza todavía mayor. Es como si el profeta dijera: si seguís actuando así, acabareis por destruir todo cuanto existe, retornando al caos y el vacío inicial.

Y esta vinculación con el origen es muy importante. Porque en Génesis 1 el ser humano es creado a “imagen y semejanza” de Dios con un propósito determinado. Esta expresión, “imagen y semejanza de Dios”, tenía un significado cultural concreto en el Antiguo Oriente Medio, pues se creía que los reyes gobernaban a imagen de un dios concreto. Así sucede con el famoso faraón egipcio conocido como “Tut-ankh-amon” cuyo nombre significa “la imagen viviente del dios Amón”. Los reyes portaban la imagen de sus respectivos dioses, los representaban. Si querías saber cómo era un dios, mirabas al rey que lo encarnaba. Ante esto, Génesis 1 declara que todo ser humano, sin distinción, porta en su origen la imagen divina, es decir, la capacidad de reflejar con su vida al mismo y único Dios. Con ello, se nos invita a actuar en el mundo tal y como Dios lo haría, como un fiel reflejo de nuestro Creador.

Y es importante tener esto en cuenta cuando se leen los siguientes versos de Génesis: el famoso llamado a “dominar” o “gobernar” la tierra (Gn 1,28). El ser humano es llamado a continuar la labor de Dios para seguir haciendo florecer la Tierra, para cuidarla de tal manera que se desarrolle y alcance su plenitud, no para explotarla y maltratarla. El ser humano debía ejercer el dominio tal y cómo Dios mostró su ejercicio del dominio: creando, cuidando, administrando, manteniendo el equilibrio.

Hoy, las palabras de Oseas nos invitan a asumir nuestra responsabilidad plena en la situación que experimenta nuestra Tierra. Frente a los movimientos negacionistas, debemos reconocer que detrás de esta catástrofe medioambiental estamos nosotros, los seres humanos, con nuestros actos y nuestra maldad. Una vez más, la Tierra habla contra nosotros y el veredicto es firme y claro. No podemos mirar hacia otro lado. Si queremos cambiar la situación debemos empezar por cambiar nuestra ética y nuestros valores, incorporando esa perspectiva ecológica tan necesaria, sin la cual jamás lograremos verdadera justicia. Además, las palabras de Oseas nos alientan a recuperar el legado profético: no podemos quedarnos callados ante la destrucción de nuestra Casa común. Es nuestra responsabilidad concienciar a aquellos que nos rodean, y no hay mayor concienciación que la del ejemplo que habla sin palabras.

Si de verdad anhelamos un cielo nuevo y una tierra nueva donde reinen la Justicia y el Amor de Dios, hagamos lo que esté en nuestras manos para que ese anhelo se anticipé aquí y ahora. Busquemos reconectarnos con Dios, con nuestros prójimos, con nosotros mismos, y con la Tierra que nos envuelve. Pues como expresa el poema de Génesis: “de ella fuimos formados y a ella volveremos”. Analicemos nuestra praxis, veamos que hábitos podemos cambiar y, si está en nuestra mano, hagámoslo.

Como decíamos al inicio, en los textos bíblicos no vamos a encontrar recetas mágicas ni soluciones concretas a la situación medioambiental, pero si algo proclaman estos relatos es que la Justicia y el Amor son elementos indispensables para superar esta crisis. Hoy, el Espíritu de Dios une su voz al lamento de la Tierra, clamando por Justicia y Misericordia. Hoy, esa voz nos invita a cambiar nuestro rumbo y a tomarnos en serio la responsabilidad como parte de la Creación. ¿Estaremos dispuestos a escucharla?

 

BIBLIOGRAFÍA

Boff, Leonardo, ‘¿Pueden Las Religiones Ayudar a Superar La Crisis Ecológica?’, 2016

Habel, Norman C., and Peter Trudinguer, eds., Exploring Ecological Hermeneutics (Society of Biblical Literature, 2008

Rolston, Holmes, ‘The Bible and Ecology’, Interpretation: Journal of Bible and Theology 50, 1996

Vigil, José María, ‘Desafío de La Ecología a Las Religiones’, 2010

 


[1] El contenido de esta publicación forma parte de una reflexión bíblica compartida el 24 de Noviembre de 2019 en la C.C.E. Santutxu, como parte de una celebración temática sobre Ecología.

[2] Enlace web a la definición de Ecología en Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Ecolog%C3%ADa

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