Posted On 27/08/2018 By In Opinión, portada With 639 Views

El mito del Estado cristiano | Adrián Aranda

Nuestro tiempo, plagado de prejuicios y superficialidades, es fértil para que crezcan ámbitos donde el espíritu crítico sea ahogado, donde todo se dé por supuesto sin más. Hoy nos enfrentamos a un supuesto peligroso pero no novedoso, que pulula por el mundo evangélico, lo he llamado “El mito del Estado cristiano”.

Responde a la creencia de que si se lograse construir un Estado-Nación conformado por personas cristianas, y por ende se legislase acorde con los principios bíblicos -o mejor dicho su interpretación de la Biblia-, de alguna manera, la sociedad se “purificaría”, extraeríamos el “cáncer moral” que se extiende por toda la sociedad civil y que es el principal culpable del estado decadente en que nos encontramos.

Quisiera aclarar que para nada niego que nos encontramos en un estado de decadencia moral y espiritual, lo que quiero negar o refutar es la idea de que esto pudiera revertirse mediante lo que podríamos llamar un “cristianismo judicial”, es decir, un cristianismo que supone que el corazón de la transformación se encuentra en la capacidad de crear leyes que restrinjan prácticas “anticristianas”.

Creo que hay dos ideas a grandes rasgos que permean el obrar de este tipo de concepción cristiana, 1) la idea del cáncer moral y 2) la subversión de la ley interior.

1) La primera idea es algo así como que la sociedad es un gran cuerpo con células cancerígenas (pecado) las cuales deben ser extirpadas antes que hagan metástasis y terminen por corromper (destruir) todo el cuerpo (sociedad). En este sentido, es necesario identificar cuál es el cáncer moral. No cabe duda que hoy se entiende que el cáncer moral es la sexualidad de todos quienes no comulguen con el matrimonio heterosexual, la monogamia y la castidad en caso de no haber casamiento legal. La sexualidad es el objeto por antonomasia del cual más se ocupan las comunidades evangélicas, o al menos, las que tienen mayores recursos mediáticos, políticos y económicos y por ende son más visibles.

Ahora, al mirar un poco la historia, esta idea se tambalea bastante, dado que el objeto tomado como cáncer moral varía según las épocas, y en cada época se le da un énfasis exacerbado, un carácter de asunto de suprema importancia, pareciera que el cristiano que no participa de esta lucha no está a la altura de lo que Dios le demanda. Ahora, si este objeto es supremo, ¿cómo puede ser tan relativo a la época en que nos encontremos? e iría un poco más allá ¿cómo explicamos que cada generación abandona un objeto de cáncer moral, lo acepta y busca otro para atacar?

Pongamos un ejemplo. En la década de los sesenta se creía que el Rocanrol era figura del mismo infierno, pervertía a los jóvenes, los desviaba del camino. Escucharlo era escuchar la música del Hades. Sus instrumentos no se encontraban en la Biblia, eran invenciones satánicas para destruir una generación. Cuánta solidez encontraron en sus argumentos quienes creían esto cuando John Lennon dijo que los Beatles eran más famoso que Jesús, o cuando sucedió el Mayo Francés. No había dudas, era el mismo infierno manifestándose.

Años más tarde todo esto se disolvió, con el tiempo, al principio con mucha resistencia, algunos cantantes que se denominaban “salmistas” comenzaron en EE.UU y América Latina a tocar rocanrol, se dio un gran giro musical a principios de los noventa y hoy el rock pop es el modelo santo de adoración infaltable en cualquier culto evangélico. Así, hubo que buscar nuevos enemigos…Hay mucho más ejemplos para citar sobre esto, pero creo que queda bastante clara la idea con el único ejemplo que di.

2) La segunda idea responde al método con el que debe ser extirpado este mal de la sociedad. Lo que se da aquí es una subversión de la ley interior, un regreso al judaísmo. No es casualidad que muchas denominaciones evangélicas legitimen ciegamente los crímenes del Estado de Israel, mal entendiendo que el concepto de “pueblo elegido” no implica el concepto de “Estado escogido”. Dios eligió a Israel como su pueblo para mostrarse al mundo en la antigüedad, pero no eligió al Estado de Israel para darle licencia para pasar por encima de otros pueblos. Cuando Dios escogió al pueblo de Israel ni siquiera existía lo que hoy entendemos por Estado. La ignorancia tiene su precio.

Pero sigamos con la subversión de la ley interior. Esta idea da por sentado que las transformaciones morales de los sujetos de una sociedad se logran mediante la ley exterior, mediante leyes positivas. El razonamiento es que si se prohibe tal comportamiento como la homosexualidad por ejemplo, la misma desaparecerá. Por supuesto no lo dicen así, sino que visten su discurso con un manto de víctima oprimida por lo que llaman “ideología de género” para la cual cada hijo de vecino tiene una definición diferente.

El problema con esto es que subvierte la ley interior, la ley del espíritu, se la pone por debajo de la ley exterior (judaísmo), cuando la esencia del cristianismo es que ya no vivimos bajo la ley de letra sino bajo la ley del espíritu, es decir, el cristianismo es el momento en que la humanidad toma conciencia de que es imposible cumplir con la ley exterior y por ello el Espíritu Santo nos da la oportunidad de vivir bajo la ley interior, es decir, apelar a nuestra interioridad como lo que en última instancia somos. Nuestra moral no se trata de cómo nos comportamos sino de los procesos que se dan en nuestra interioridad. Es así que dejamos de ser predicadores para ser políticos, que dejamos de amar para encargarnos de juzgar, que dejamos de mirar para adentro y comenzamos a mirar hacia afuera. El mal no está en mí, no soy yo quien debe reflexionar cada día y buscar una santidad mayor para que Cristo sea mostrado a través de mí, sino que el mal está afuera, en el objeto de cáncer moral y allí debe ser combatido. Peligrosa cosa es olvidar nuestro mayor enemigo no está allí afuera, está dentro nuestro, se llama Sí-Mismo, y le gusta olvidarse que él también es frágil, falible y errante, le gusta “jugar a ser como Dios”, señalar el mal allí afuera e ir por él, quizá así se olvide de sus propias miserias…

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