Posted On 24/11/2014 By In Opinión With 1317 Views

El oficio de unir palabras

Quienes hemos adoptado el noble oficio de unir palabras, difícilmente podemos resistir la pulsión de llevarlo a cabo, aunque no siempre se haga con acierto, mucho menos a gusto de todos los lectores e incluso corriendo el riesgo de la inoportunidad, o cayendo en lo que en ocasiones se puede considerar como política, religiosa o socialmente incorrecto. Las palabras pueden unirse mediante el ejercicio de un bello arte o ser colocadas una detrás de otra sin que consigan arrancar del lector o lectora un suspiro de admiración; pueden convertirse en un mero ejercicio de culteranismo estéril o ser capaces de transmitir sentimientos, ideas o retos que prendan y arraiguen en el corazón o en la mente de sus lectores, creando seguidores incondicionales, sea cual sea el tema del que se ocupen; pueden enseñar, informar, inspirar, denunciar, infundir ánimo, crear ilusiones, adocenar, engañar, advertir, orientar, conquistar la mente, producir repulsa, mentir, traicionar, tergiversar, manipular, corromper, iluminar, humillar; las palabras son un vehículo mediante el cual se transmite amor o se engendra odio; podemos acariciar con las palabras y también producir los efectos contrarios. Las lindes entre el bien y el mal son con frecuencia asaz imperceptibles.

También pueden unirse palabras y lanzarlas al espacio mediante discursos, tertulias y otros medios de comunicación no escritos. En esos casos el listón suele ser mucho más tolerante, las expectativas de los lectores disminuyen, salvo cuando se trata de conferencias cuidadosamente elaboradas; las licencias que se permiten los operarios de las palabras suelen degradar no sólo el lenguaje, sino las propias relaciones personales. Sin dejar de ser cierto que una imagen  tiene, o puede tener, el alcance de mil palabras, lo cual puede favorecer y favorece la eficacia del mensaje que se lanza a través del medio más poderoso, aunque no el más eficiente, como es la televisión, tampoco deja de ser cierto que la mercancía audiovisual más difundida en la actualidad como son las tertulias televisivas (por no mencionar a los llamados programas del corazón que requieren un tratamiento específico), se están convirtiendo  en el medio más demoledor no ya sólo del lenguaje como medio de expresión intelectual, sino del buen gusto, del respeto, del culto a la verdad, de la educación ciudadana, del decoro y de la respetabilidad ajena.

En nombre de la libertad de expresión, que no dudamos en reafirmar como bien reconquistado por el sistema democrático, un valor totalmente innegociable, se miente, se infama, se denigra, se afrenta, se deshonra y se ultraja a las personas, creando sospecha, duda, perplejidad, enojo, temor, enfado, irritación, distanciamiento, enemistad, incluso odio. Los con-tertulios olvidan con frecuencia la etimología del término que los convoca, que hace referencia a personas que se reúnen para conversar, es decir,  hablar unas con otras, charlar, departir, platicar, convivir y, aún más, “tratar de tener amistad una persona con otra”, según certifica el María Moliner. El grito sustituye a la palabra sosegada, la descalificación a la valoración objetiva, el insulto al análisis, la frivolidad a la mesura, la temeridad a la prudencia, la insensatez a la cordura.

Qué lejos estamos del sentido que el Evangelio concede a la palabra, que la convierte en una teofanía, cuando afirma: “En el principio era el Verbo [palabra], y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” (Juan 1:1). Cuando el evangelista se propone proyectar una imagen del Hijo de Dios, no se le ocurre otra analogía que la del distintivo más significativo de la persona: la palabra; el don con el que Dios distinguió al ser humano para diferenciarle del resto de la creación.  Dios se hace hombre, habitó entre los hombres y la mejor forma de expresarlo, la más sublime, es que se hizo Palabra. La Palabra hecha carne es el mejor antídoto contra el veneno del cinismo institucionalizado, de la dialéctica tramposa, del insulto soterrado, de la traición depredadora. Jesucristo hecho Palabra nos insta a cultivar la verdad sin doblez, la nobleza sin trampas, la solidaridad sin esperar contraprestaciones, el diálogo expectante y respetuoso. En resumen, siendo el Camino, la Verdad y la Vida, Jesús se convierte en el epicentro paradigmático donde deberían converger las relaciones humanas revistiendo de dignidad el don supremo de la palabra, como vehículo de entendimiento y colaboración entre los seres humanos.

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