Anma Troncoso

Posted On 22/11/2019 By In Cultura, Libros, portada With 255 Views

“El perfume” y el sentido de la Gracia | Anma Troncoso

Patrick Süskind, nacido en Ansbach, Baviera, Alemania, el 26 de marzo de 1949. Escritor, dramaturgo y guionista, autor del monólogo “El contrabajo” (1981), “El perfume” (1985), que fue su primera novela, “La paloma” (1987),  “La historia del señor Sommer” (1991), “Un combate y otros relatos” (1996) y el ensayo “Sobre el amor y la muerte” (2006).

Verdaderamente, Grenouille, la garrapata solitaria, el monstruo, el inhumano Grenouille, que nunca había sentido el amor y nunca podría inspirarlo, aquel día de marzo, ante la muralla de Grasse, amó y fue invadido por la bienaventuranza de su amor” (“El perfume”, Seix Barral 1985, pág. 191).

Convertida en un bestseller desde su aparición en 1985, “El perfume”, la primera novela del escritor alemán Patrick Süskind, es una narración lineal y sin florituras acerca de la vida de un asesino, que no obstante resulta cautivadora por su originalidad: consigue traducir en palabras el etéreo mundo de los olores, hacer de este sentido infravalorado algo tangible y descriptible.

El halo de misterio que envuelve a su autor, quien tras el éxito de su primera novela vivió apartado de los medios, no concedía entrevistas, y denegó cualquier oferta de llevar su historia a la gran pantalla, hasta que en 2006 el director Tom Tykwer lo convenciera —dando a luz una película sensual aunque sin la potencia sensitiva y la profunda reflexión humana de la novela—, contribuye aún más a otorgar a “El perfume” una fragancia  singular e imperecedera, como imperecederas pueden ser las recepciones que de su lectura se deriven.

Narrada sin grandes pretensiones narrativas, pero con una exquisitez que brota precisamente de la precisión de las palabras, equiparable a la precisión del perfumista en el proceso de destilación de las materias primas, desde un enfoque de narrador omnisciente capaz de adentrarse en la mente de los personajes con un estilo indirecto libre que los descubre y los desnuda como esperpentos de la condición humana, y que exuda una ironía y un pesimismo existencial sin concesiones, “El perfume” resulta mucho más que una novela negra y de terror. Es una reflexión humana en forma de parábola, un cuento con una moraleja ácida y desesperanzada. Para un lector cristiano, no obstante, una lectura que provoca a preguntarse si detrás de esa realidad cruel que destilan las páginas de esta novela existe algo trascendental a lo que aferrarse y dar sentido a la vida.

Acaso, como defienden el exégeta André Lacocque y el filósofo Paul Ricoeur en relación a la hermenéutica, “el sentido de un texto es, en cada caso, un acontecimiento que nace en la intersección, por un lado, de las constricciones que el texto se impone a sí mismo (…) con las distintas expectativas, por el otro lado, de una serie de comunidades de lectura e interpretación, que los presuntos autores del texto en consideración nunca pueden haber previsto”.[1]

En esta intersección se halla el cristiano, como comunidad de lectura, ante esta novela. Y el camino decidido no es arbitrario, pues es el camino que emprende el propio protagonista, Jean-Baptiste Grenouille, un desecho de la humanidad, una “garrapata”, una “araña”, un “demonio” despreciado desde su nacimiento, que en medio de un siglo XVIII francés que oscilaba entre el puritanismo farisaico, el racionalismo pseudocientífico y la pura supervivencia, busca la trascendencia, la belleza para dar sentido a su vida. Grenoulle es un psicópata, por motivos que pueden ser tanto genéticos como ambientales. Desconoce el amor y, sin embargo, hay en él una lucha por autoafirmarse y ser amado que lo llevan a convertirse en el mejor perfumista del mundo para conseguir lo que todo ser humano ansía: ser amado.

Sin embargo, este fin de autorrealización provoca asesinatos por el camino, porque el protagonista es incapaz de ver a las personas como a semejantes, sino como materia; porque para poder ser amado es necesario haber conocido el amor y amar. Jean-Baptiste Grenouille no ha sido amado por nadie, y esto, según él, porque carece de olor, lo cual desde su cosmovisión olfativa es lo mismo que carecer de alma. Así, la búsqueda de un olor personal es una búsqueda de identidad y también de espiritualidad, pero desde lo primitivo, desde la ausencia de lo divino, incluso desde lo sacrílego, al punto de que Grenouille se nos describe como un anticristo (no es gratuita la anécdota de que el método de tortura elegido para su castigo fuera la crucifixión).

Sin saberlo, Jean-Baptiste busca la Gracia, que desde un punto de vista cristiano, en palabras de Henri Nouwen[2], significa descubrirse amado por Dios. Para el cristiano, interiorizar esa certeza mediante la fe supone una realización personal que lo lleva a adquirir la identidad de hijo Dios y la capacidad de amar al prójimo como a uno mismo.

“El perfume” nos ofrece una búsqueda de la Gracia desde la oscuridad, desde el mal, porque el protagonista carece de las herramientas para encontrar el Bien. Eso no significa que carezca de sentimientos, sino que estos sentimientos están pervertidos por el desconocimiento de la bondad. La única bondad que intuye es la del perfume, y es la que anhela. Pero cuando se apodera de ella, de las almas inocentes de las veinticinco adolescentes que asesina, y la hace suya, convirtiéndose en objeto de deseo de todos los que le rodean en el patíbulo, siente entonces un aborrecimiento sin límites por el ser humano. En realidad, este aborrecimiento es el reflejo del odio que siente hacia sí mismo, hacia su falta de identidad.

En “El perfume” no acontece ningún gesto de amor desinteresado. No es Jean-Baptiste el único que desconoce lo que es amar desde el sacrificio y la entrega incondicional, son todos los personajes de la novela los que carecen del conocimiento del amor en el sentido puro y esencial. La esencia que compone Grenouille no consigue trascender a los otros ni trascenderlo a Él. Su búsqueda de lo trascendental, tan humana, tan artesanal, no puede elevar su condición miserable. Finalmente, Grenuille, que al menos tuvo la honestidad de no engañarse a sí mismo, de mirarse en el espejo sin máscaras —aunque también sin remordimientos—, descubre que su búsqueda es inútil y elige acabar con su vida a manos de otros desechos como él.

Un punto y final cruel, pero que para el creyente puede suponer el comienzo de una nueva reflexión de lo que implica el amor de Dios para el ser humano en la encarnación, muerte y resurrección de Jesús, quien mostró lo que es amar plenamente y abrió el camino de trascendencia a la humanidad hacia Dios y hacia el prójimo mediante el amor verdadero; convirtiéndose, así, en Redentor de nuestra condición humana. Lo que el ser humano no puede hacer por sí mismo, lo hace Dios en nosotros mediante su Hijo: este es el sentido y el regalo de la Gracia.

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[1]  ANDRÉ LACOCQUE, PAUL RICOEUR, “Pensar la Biblia. Estudios exegéticos y hermenéuticos”, Editorial Herder, 2001.

[2] HENRI NOUWEN, “Tú eres mi amado”, Editorial PPC, 1992.

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