Posted On 08/09/2014 By In Biblia With 1552 Views

El primer testamento y su vitalidad originaria

El Antiguo Testamento es también llamado Biblia Hebrea o Primer Testamento, debido a que no es un mensaje “pasado de moda” sino que es actual y conserva una gran tradición originaria de vitalidad. La diferencia es que se escribió antes que el Nuevo Testamento o Segundo Testamento. Esta denominación sirve, además, para mostrar respeto hacia los judíos, quienes consideran al Primer Testamento como su Biblia.

Existen dos versiones del Primer Testamento: la versión hebrea, llamada Texto Masorético; y la versión griega llamada Septuaginta (LXX). La primera es la recopilación de los textos en hebreo, de acuerdo con versiones que han sido comparadas por especialistas. La segunda es una traducción hecha para los judíos que vivían fuera de Palestina, y que no hablaban constantemente la lengua hebrea sino la griega.

El canon hebreo divide el Primer Testamento en tres partes: Torah, Profetas y Escritos. El canon griego de la Biblia (LXX) divide el texto en cuatro partes: Ley, libros históricos, libros proféticos y libros poéticos. Mientras que la estructura hebrea se adapta más a la visión teológica que manejan los judíos, comprendiendo que profecía es lo mismo que historia, la griega se adapta a la visión occidental del mundo, separando la historia de la profecía.

El Primer Testamento es un texto especial, ya que cuenta la historia del pueblo de Israel desde sus ancestros hasta el exilio y el retorno a la tierra prometida. Además, contiene tradiciones y creencias hebreas y de Antiguo Medio Oriente acerca de cómo se creó el mundo y se pobló la tierra. Esto hace que tengamos en cuenta los siguientes aspectos:

Distancia histórica: El Primer Testamento cuenta la experiencia de un pueblo muy distinto al nuestro, en una época muy diferente a la nuestra. Se escribe cuando el 99% de la población no sabía leer ni escribir y las tradiciones eran orales. Los escritores recopilaron una serie de tradiciones que contaban diversas experiencias con Dios y las convirtieron en una gran narrativa. Esto ocurrió especialmente en el exilio babilónico, entre los años 600 y 400 antes de Cristo.

Variedad literaria: El Primer Testamento es una colección de libros que se escribieron en épocas distintas y por autores diferentes, por eso no tienen una unidad literaria, y deben afrontarse con independencia unos de otros. Por ejemplo, algunos Salmos fueron escritos en la corte de los reyes, por funcionarios reales que buscaban exaltar a David o a Salomón. Los Proverbios fueron colecciones de dichos de los ancianos y los sabios del pueblo, con el fin de instruir a las personas jóvenes. Algunos profetas, como el campesino Amós, escribieron a título personal e inspirados por Dios para criticar a los terratenientes de su época. Y otros textos, como los llamados 1-2 Samuel son textos anónimos, de los que desconocemos al autor.

Unidad y diversidad teológica: El pueblo tiene múltiples experiencias de Dios, ya sea en la casa, en la montaña, en el templo, o en el desierto; y narra todas estas historias para mostrar que Dios se manifiesta de múltiples formas. Por esto es importante no tratar de “enmarcar” los textos dentro de una teología única, sino aprender de la diversidad de experiencias que se tienen de Dios. Podría decirse que el Primer Testamento es un intento de pluralidad dentro de un marco editorial que trata de unificarla llamado yahvismo.

Lenguaje humano: La revelación divina se da en lenguaje humano. Los textos bíblicos no fueron escritos en las lenguas de los ángeles, sino en lenguas humanas, como el hebreo, el arameo y el griego. Por esto es importante interpretar ese lenguaje desde las herramientas literarias como las metáforas, los símbolos, las poesías y los discursos; y saber, además, que ningún lenguaje humano es suficiente para encasillar la experiencia de lo Sagrado.

La historia, o las historias, que nos cuenta el Primer Testamento son la sedimentación de amplias tradiciones vivas y diversas. Es sabido entre los historiadores y sociólogos de la religión israelita que, hasta el exilio babilónico, Israel era un pueblo politeísta. Yahvé era el Dios nacional, es cierto, pero cada familia y cada clan tenían su divinidad particular.

Un ejemplo de esto son los mencionados “lugares altos” o Bamah (en hebreo, lugares altozanos). Según Rainer Albertz, lo más probable es que este tipo de santuario fuera el típico del Israel pre-monárquico, como indican 1 Samuel 9 y 2 Samuel 21,6. El Bamah era un santuario al aire libre, que estaba generalmente fuera de la ciudad o aldea, sobre una altura, ya fuera un monte, una colina, o un promontorio. Se trata de una experiencia popular de la fe, descentralizada y plural, que acogía la posibilidad del culto a las divinidades de la tierra, a las potencias que habitaban en los cereales y las frutas, a la magia que provenía de las lluvias y los amaneceres. En el Bamah podía reunirse toda la comunidad a celebrar las grandes fiestas anuales, o las familias concretas hacer banquetes comunitarios. Algo similar a cómo nuestras comunidades indígenas personifican las diferentes experiencias de la tierra en algún ser maravilloso dador de alimento, fertilidad y abrigo.

En el Bamah había elementos litúrgicos para adorar a las potencias de la naturaleza. Las más importantes eran el altar, la estela (massebá) y el árbol sagrado (asherá). Según Albertz, las estelas y los árboles eran símbolos de la presencia de los dioses que desde antes de Yahvé representaban la fecundidad en Canaán

Los arqueólogos no alcanzan a identificar si la palabra Asherá se refiere netamente al árbol o hay además una relación con la diosa cananea Astarté. Sin embargo, puede asegurarse que la Asherá es un elemento divino, y en la antigüedad se le asociaba directamente con Yahvé, por lo que se considera que la religión popular mantenía una estrecha relación simbólica entre Yahvé, el dios liberador-político y la Asherá que es el símbolo femenino de la fecundidad.

De esta manera, antes del exilio, había una sana convivencia entre las expresiones religiosas particulares y el culto oficial dedicado exclusivamente a Yahvé.  Con la monarquía, a partir de David y Salomón, apareció en Jerusalén el culto centralizado, pero a la vez se respetaban las diferentes expresiones populares. Incluso, desde el reinado de David y Salomón, hay indicios de que el yahvismo oficial incorporaba aspectos de la religión popular dentro del templo mismo, como se menciona en el Segundo libro de Reyes (23,4-14):

«Luego mandó el rey al sumo sacerdote, Jelcías, a los sacerdotes de segundo orden y a los porteros que sacaran del templo todos los utensilios fabricados para Baal, Astarté y todo el ejército del cielo. Los quemó fuera de Jerusalén, en los campos del Cedrón, y llevaron las cenizas a Betel. Suprimió a los sacerdotes establecidos por los reyes de Judá para quemar incienso en los lugares altos de las poblaciones de Judá y alrededores de Jerusalén, y a los que ofrecían incienso a Baal. Sacó del templo el poste sagrado y lo llevó fuera de Jerusalén, al torrente Cedrón lo quemó junto al torrente y lo redujo a cenizas, que echó a la fosa común. Derribó las habitaciones del templo dedicadas a la prostitución sagrada, donde las mujeres tejían mantos para Astarté. Hizo venir de las poblaciones de Judá a todos los sacerdotes y, desde Guibeá hasta Berseba, profanó los lugares altos donde estos sacerdotes ofrecían incienso. Derribó la capilla de los sátiros que había a la entrada de la puerta de Josué, gobernador de la ciudad, a mano izquierda según se entra. Pero a los sacerdotes de los santuarios paganos no se les permitía subir al altar del Señor en Jerusalén, sino que sólo comían panes ázimos entre sus hermanos. Profanó el horno del valle de Ben-Hinón, para que nadie quemase a su hijo o su hija en honor de Moloc. Hizo desaparecer los caballos que los reyes de Judá habían dedicado al sol, en la entrada del templo, junto a la habitación del eunuco Natanmélec, en las dependencias del templo; quemó el carro del sol. También derribó los altares en la azotea de la galería de Acaz, construidos por los reyes de Judá, y los altares construidos por Manasés en los dos atrios del templo; los trituró y esparció el polvo en el torrente Cedrón. Profanó los santuarios paganos que miraban a Jerusalén, al sur del monte de los Olivos, construidos por Salomón, rey de Israel, en honor de Astarté el ídolo abominable de los fenicios, Camós el ídolo abominable de Moab y Milcom el ídolo abominable de los amonitas. Destrozó las piedras conmemorativas, cortó los postes sagrados y llenó el lugar que ellos ocupaban con huesos humanos. Derribó también el altar de Betel y el santuario construido por Jeroboán, hijo de Nabat, con el que hizo pecar a Israel. Lo trituró hasta reducirlo a polvo, y quemó el poste sagrado.»

Si bien este texto habla de la destrucción posterior de dichas expresiones religiosas, esto mismo demuestra que se trataba de una creencia muy arraigada en el pueblo israelita, pues Israel tenía la misma procedencia genética, cultural y religiosa que los palestinos. Árboles sagrados, altares en las azoteas, santuarios que miraban a Jerusalén, postes santos, utensilios especiales para el culto. El texto, por supuesto, tiene la marca editorial del post-exilio y de los grupos que antes del exilio lucharon contra esta pluralidad. Pero se muestra una gran diversidad religiosa, en la que la mayoría de los israelitas participaron, sin dejar de dar culto a Yahvé y sin sentirse culpables por la belleza salvaje de estas prácticas religiosas que podían ser tan místicas como las más conocedoras de lo profundo, o tan fuertes e incomprensibles para nosotros como aquellas que legitimaban los sacrificios humanos.

Gracias a las investigaciones de la arqueología, se puede aceptar la existencia de los cultos familiares con sus propias instalaciones en la época pre-monárquica. El culto familiar poseía lugares propios y dioses propios, a diferencia del culto oficial que remitía a las personas a los santuarios comunes, los cuales también tenían sus propias particularidades con respecto a los demás santuarios. Se trataba de celebraciones sencillas, a causa de situaciones familiares, como la relación con la tierra y la fertilidad, las enfermedades y la muerte, o la consulta oracular en presencia de un hombre de Dios o profeta, o a veces presidida por algún miembro de la familia.

Con el paso del tiempo, y gracias al exilio persa y babilónico, algunos sectores judíos llegaron a la conclusión de que habían caído prisioneros a causa de adorar a muchos dioses. En este sentido, se replantearon toda su religión y comenzaron a unificar todas las experiencias de dioses, tales como Betel, Peniel, Elohim, el Shadday, etc., y a todos los llamaron Yahvé o los equipararon al mismo concepto. Recopilaron la Biblia Hebrea bajo la línea editorial del monoteísmo y condenaron a quienes no pensaran como ellos.

El tiempo transcurrido entre los destierros (597, 586) y el edicto de Ciro (538 a.C.) fue breve, pero hizo historia y originó un paradigma en la experiencia del pueblo judío. Los exiliados, que fueron élites, coincidieron en un punto: se consideraban a sí mismos los auténticos representantes, no sólo de Judá, sino de “Israel”, y se sintieron un grupo superior frente a los no-deportados, que también eran israelitas y que se quedaron a vivir en Palestina.

Estos deportados fueron grupos de élite intelectual y económica judía. Bajo un criterio  de orientación socio-religiosa (los ricos e instruidos, además de yahvistas) seleccionaron las tradiciones orales y escrituras, se revisaron, y se reescribieron otras que finalmente configuraron el canon del Primer Testamento.

Los repatriados, después del edicto de Ciro, y apoyados por Esdras y Nehemías, desconocieron el derecho a la tierra que tenía la población que se quedó en Judá durante el exilio. Apoyados por el rey persa Ciro, el grupo de Esdras y Nehemías se hizo llamar los “Yehudim”,  y generaron una concepción religiosa mal llamada “Teocracia”, que consistía realmente en una “hierocracia” bajo el gobierno de los sacerdotes, los que posteriormente se convirtieron en los saduceos. Y fueron ellos quienes, finalmente, editaron lo que conocemos como Primer Testamento

De modo que la versión que actualmente tenemos de la Biblia es la sedimentación de la gran vitalidad que hubo en la época premonárquica y monárquica en la que se hacían banquetes, ofrendas, peticiones, consultas y sacrificios a diferentes divinidades, las cuales eran consideradas potencias de la tierra y del cielo.

Debe notarse que, a pensar de que los judíos dejaron de adorar a otros dioses para no ser castigados, esta vuelta radical al monoteísmo tampoco los eximió de las invasiones helenísticas, bajo los seléucidas y los tolomeos, la toma de Jerusalén por el romano Pompeyo y la destrucción de Jerusalén en el 135 después de Cristo por el emperador Adriano.

El Primer Testamento fue aceptado poco a poco, de acuerdo con las expectativas de la comunidad judía en el exilio babilónico en el siglo V. Los textos recopilados en la Torah o Pentateuco fueron los primeros en ser aceptados, después del retorno de los judíos a Judá. Posteriormente fueron aceptados los profetas, al parecer en el siglo III a.CY finalmente, los escritos o libros poéticos fueron incorporados al canon al final del siglo I d.C., al concluir el concilio de Yamnia. Algunos libros tuvieron dificultades pare ser aceptados entre los judíos, como el Cantar de los cantares, por su fuerte contenido erótico. Los cristianos dieron por sentado que éstas eran las tradiciones de fe de Israel, y Jesús los citó constantemente, incluyendo los textos que se conocen como “Deuterocanónicos”.

Frente a este libro, o esta biblioteca de libros que a la vez son colecciones, llamado Primer Testamento, el ejercicio hermenéutico consiste en algo más que en repetir la historia tal y como nos fue contada, o hallar “tipologías de Cristo”; es una invocación a profundizar en las relaciones primarias que se daban entre el hombre y la tierra, las divinidades, las potencias, la búsqueda del sentido y la fe como modos de experiencias de lo divino. Maneras y formas que, en su realidad histórica, trascendieron los cánones de lo establecido para relacionarse con el mundo en celebración de la vida, en encuentro con el otro, y en la composición de tradiciones que nos legaron una forma particular de ver el universo, pero no la única, nunca la única, ni el modelo definitivo

Bibliografía

BIBLIA DE NUESTRO PUEBLO. Biblia del Peregrino América Latina. Texto: Luis Alonso Schökel. Adaptación del texto y comentarios: Equipo internacional. Bilbao: EGA/ Ediciones Mensajero, 2006 (Citada como BP).
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BRUEGGEMANN, Walter. A Social Reading of the Old Testament. Prophetic Approaches to Israel’s Comunal Life. Minneapolis, Fortress Press,: 1994
FREEDMAN, David Noel, ed., The Anchor Bible Dictionary, (New York: Doubleday): 1997.
SCHWANTES, Milton. As Monarquias no Antigo Israel. Sao Paulo, CEBI-Paulinas: 2006
TREBOLLE BARRERA, Julio. La Biblia judía y la Biblia cristiana: introducción a la historia de la Biblia. Tercera edición actualizada. Madrid: Trotta, 1998
SMITH, Morton. Partidos politico-religiosas que conformaron en Antiguo Testamento. Aportes Bíblicos. San José, SEBILA: 2007

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