Posted On 07/05/2014 By In Biblia, Opinión With 1583 Views

El sueño de la razón produce monstruos

Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder. (Ap. 4, 11a)

El título de nuestra reflexión, como muy bien sabe el amable lector, es el de un conocido aguafuerte del insigne Francisco de Goya, “el Sordo de Fuendetodos”. Pero, desde luego, no es nuestra intención tratar sobre el estilo o las características de este genio universal de la pintura, sino considerar muy brevemente las monstruosidades que generamos en ocasiones los creyentes al enfrascarnos en la lectura y la interpretación de uno de los escritos sin duda más hermosos de la Biblia. Nos referimos a su último libro, el Apocalipsis.

Su propio título, que no significa otra cosa que “revelación” en su idioma original (ajpokavluyi~  jIhsou` Cristou` apokálypsis Iesû Khristû o “revelación de Jesucristo”, para ser más exactos), viene ya revestido en el imaginario popular cristiano de toda una serie de colores apocalípticos (¡y nunca mejor dicho!) que tienen la virtud de distorsionar ya de entrada su contenido adjudicándole unas connotaciones ajenas a la intención de quien lo escribió y mucho más a la de quien lo inspiró.

¿Qué esperamos encontrar en sus capítulos y versículos? Las respuestas más comunes que hemos escuchado personalmente al formular esta pregunta suelen ser: “una predicción del futuro”, “un mapa profético de la Iglesia”, “señales del fin” o peor aún, “una descripción de la tribulación final y la restauración de… (lo que sea) antes del fin del mundo”. Quienes así piensan, y son legión en el mundo contemporáneo, cometen el craso error de rebajar este magnífico escrito a la categoría de un vulgar horóscopo de esos que se encuentran en ciertas publicaciones populares de nuestros días, con lo que, sin pretenderlo (¡naturalmente!), vienen a contradecir de manera rotunda una de las enseñanzas más claras del Señor Resucitado: “No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones que el Padre puso en su sola potestad” (Hch. 1, 7), así como el contexto general del Nuevo Testamento, poco dado a este tipo de divagaciones y muy crítico con las que se gestaban en sus días en el seno de las primeras congregaciones cristianas. Y es que los apóstoles y autores de los escritos neotestamentarios distinguían muy bien entre la fe y la esperanza reales de la Iglesia en la Parusía del Señor, que creyeron inminente en un principio, y las elucubraciones de ciertos grupos extremistas que, siguiendo ciertas corrientes apocalípticas en boga en ciertos ámbitos judíos, gustaban de tales desvaríos hasta generar verdaderos monstruos. Muy al estilo de las sectas de nuestros días y de épocas pretéritas, podríamos añadir, que han tomado del Apocalipsis de Juan todo un arsenal de figuras y argumentos, dándoles interpretaciones a cual más estrambótica.

Seamos claros y concisos: el libro del Apocalipsis no nos ofrece ninguna “profecía para el futuro” tal como se entiende en esos círculos. Profecía sí, por supuesto, pero en el verdadero sentido del término, tal como lo emplean las Escrituras en general. Qui habet aures audiendi audiat.

Ni sus capítulos recopilan la historia de la humanidad ni la de la Iglesia, ni mucho menos nos ofrecen visiones anticipadas de las realidades políticas futuras de nuestro planeta. No leemos en sus capítulos y versículos “cifras proféticas” que nos permitan divagar acerca de fechas históricas concretas del pasado, ni por supuesto anticipar otras tales en el porvenir. La mejor evidencia de ello es la cantidad de literatura que se ha publicado en este sentido, siempre harto contradictoria, y que, de una manera u otra, ha venido a resultar pura ciencia ficción con ciertos ribetes teológicos, pero nada más. Quienes se han empeñado en leer en los capítulos y versículos del Apocalipsis “claras alusiones” a la Europa Medieval, a la institución papal a lo largo de la historia, al islam, al imperio Otomano, al comunismo soviético, a la Revolución Francesa, a los Estados Unidos, al Imperio español, al británico, o a la China continental, han realizado sin duda ejercicios acrobáticos dignos de elogio, pero no por su percepción bíblica, sino por su fantasía desbordada. Y algo parecido podemos decir de quienes hoy llegan a leer en este libro “claras predicciones” de una próxima invasión extraterrestre (?) o incluso de un apocalipsis zombi que está, según afirman, a las puertas (!!??). De todo hay en la viña del Señor, dicen. Nosotros preferimos repetir aquello que apuntábamos en el título de esta reflexión: el sueño de la razón produce monstruos. Así de sencillo.

El Apocalipsis de Juan, como indicábamos al comienzo, es en realidad una revelación de Jesucristo. Ni más ni menos. Una revelación, por tanto, que tiene un propósito muy claro para unos destinatarios muy concretos: mostrar a ciertos cristianos que sufrían una terrible persecución, probablemente a finales del siglo I de nuestra era y en el Asia Menor, la realidad de un Señor Resucitado victorioso que sostenía a su Iglesia, para la que había dispuesto un futuro glorioso que nadie le podría arrebatar. Es decir, muy lejos de presentarse como un mensaje catastrófico, se constituye desde sus primeros versículos en una promesa y una garantía de ánimo para los fieles perseguidos cimentada en la persona y la obra de Jesús. En este sentido, los antiguos creyentes de Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea, con sus características propias (cap. 2 y 3), se convierten en paradigma de la Iglesia universal; más aún, de los cristianos acosados y maltratados por su fe de todas las épocas de la historia sin excluir la nuestra.

El Señor Resucitado, que es además el Sumo Sacerdote de su pueblo (cap. 1) y al mismo tiempo el Cordero permanentemente inmolado (cap. 4), despliega ante sus atribulados discípulos —el propio Juan entre ellos— el doble plano de la realidad que tanto gusta a los autores apocalípticos judíos, como aparece incluso en las llamadas “partes proféticas” del libro bíblico de Daniel: el terrenal y el celestial. Mientras que el primero está habitado por hombres rebeldes a la voluntad divina y perseguidores del pueblo del Señor, además de por quimeras, monstruos e híbridos disparatados inexistentes en la realidad, todo lo cual alcanza su plenitud en la ramera montada sobre la bestia escarlata del capítulo 17, una imagen muy lograda de la Roma imperial perseguidora de los cristianos[1], el segundo bulle de actividad a favor de los redimidos: las almas de los fieles difuntos viven un compás de espera de la culminación de los propósitos divinos (6, 9-11), mientras el universo entero loa al Creador y Señor del mundo y al Cordero (cap. 4), al mismo tiempo que los ángeles ejecutan un ministerio de auténtico servicio en pro de los herederos de la salvación, que es por otro lado de juicio para quienes han rechazado las Buenas Nuevas (cap. 7ss). Al igual que en otro tiempo el profeta Elías, amargado y deprimido por verse solo, pequeño e indefenso frente a los poderes terrenales hostiles al yahvismo, recibía la garantía de que había siete mil que no habían doblado sus rodillas ante Baal, ni sus bocas lo habían besado (1 R. 19, 18), ahora los creyentes cristianos reciben el grato anuncio de que Dios tiene un número incalculable de siervos fieles, los famosos y archisimbólicos 144.000, el nuevo Israel compuesto de todas las naciones de la tierra conforme a sus propósitos universales, y a quien están reservadas las bendiciones del Evangelio (cap. 7).

Y desde luego, el desenlace de toda la trama, con una Parusía como no aparece jamás descrita en el resto del Nuevo Testamento (cap. 19), la destrucción del mal (cap. 20) y la restauración de todas las cosas (cap. 21 y 22), pone el broche de oro a la gran promesa, pues encontramos en ella imágenes preciosas de una humanidad redimida, destruidos ya para siempre los poderes malignos que hoy nos atenazan, y sobre todo un Dios que habita en medio de su pueblo, y cuya lumbrera es el propio Cordero, Cristo, el Señor (21, 23 – 22, 5). Difícilmente se encontrarán en otras partes de las Escrituras cuadros de tanto esplendor.

Para ir concluyendo, el Apocalipsis viene a decirle a la Iglesia perseguida de finales del siglo I y de todas las épocas que, por muy fuertes que parezcan los poderes terrenales, ante los ojos de Dios no son sino una ramera vil abocada a la destrucción. No es necesario hacer elucubraciones historicistas para ver a qué potencias concretas de la historia humana se pueda aplicar con exactitud este concepto: desde la Roma imperial que conocen Juan y los creyentes de aquellas siete iglesias de Asia, hasta los sistemas político-económico-religiosos de nuestros días, los gobiernos humanos, salvo quizás poquísimas y honrosísimas excepciones, son bestias escarlatas de múltiples cabezas, cuando no corderos que hablan como dragones o cualquier otra imagen, sobre los cuales pende un juicio irrevocable del Altísimo. Siendo lógicos, ¿qué pueden suponer los poderes humanos, incluso los más despóticos que podamos conocer o imaginar, frente a la majestad de Aquél ante quien se postra en adoración todo el universo? Sólo Cristo es rey indiscutible de la creación, “Rey de reyes y Señor de señores” (19, 16), y nosotros los creyentes estamos llamados a reinar con él.

Y un detalle que no se nos debe escapar: afirma Juan haber recibido todas estas revelaciones “en el Espíritu” y en un momento muy particular, “en el Día del Señor” (ejn th`/ Kuriakh`/ hJmevra/ en te kyriakê hemera), vale decir, en el día en que la Iglesia universal se congrega para tributar a Cristo el culto de adoración que le es debido como Dios y Señor. De ahí que el Apocalipsis, como han reseñado ciertos autores contemporáneos, tenga un claro sabor litúrgico y hasta estético. Jesús, como hemos apuntado, aparece revestido con atuendo sumosacerdotal en el capítulo 1, pero los ángeles en diversos pasajes dejan traslucir su innegable papel como auxiliares de una liturgia celestial, en la que se adora al Creador del universo con unos tonos y unos cánticos de suma reverencia como jamás se habían recogido en las Escrituras. El Apocalipsis, en efecto, abunda en himnos que tienen como finalidad la exaltación de la obra redentora de Cristo a favor de nuestra humanidad caída y ahora redignificada por la cruz y la victoria sobre la muerte y el sepulcro.

Bendición, promesa, cumplimiento. Tal es el mensaje del Apocalipsis, sin miedos, sin catastrofismos, sin temores, y sin más monstruos que los necesarios, allí donde su autor los ha colocado. Éste es su verdadero contenido, el que fue en un principio, sigue siendo hoy y lo será siempre. Porque la revelación de Jesucristo es la manifestación a la Iglesia de Aquél que se llama a sí mismo “Alfa y Omega, principio y fin, el que es, el que era y el que ha de venir, o sea, el Todopoderoso” (1, 8).    

[1] Sin concesión alguna a la fantasía, es la interpretación que va de sí en la mención que hace Ap. 17, 9 a los siete montes, vale decir, al Septimontium sobre el que está edificada la ciudad de Roma.

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