Posted On 23/09/2020 By In Biblia, Ética, Opinión, portada With 359 Views

Ellas Inocentes; muertas por la ley, sacrificadas por el dogma | Génesis Amayrani Garza

Ellas inocentes; muertas por la ley, sacrificadas por el dogma. Teología del miedo. 

Tal parece que los claro-oscuros que se sitúan en las historias bíblicas, siguen haciendo acto de presencia en las congregaciones fundamentalistas y legalistas del siglo XXI, pues donde debería de predicarse un Dios de amor y libertad, se predica aún al Dios de guerra y violencia; al Dios que exige sacrificios de holocausto emocional y espiritual no importa que sean hijos o esposa los que serán el objeto de tal holocausto. Se predica al Dios que honra la vestimenta del varón por el simple hecho de ser él, pero condena abiertamente que la mujer vista igual a su marido.

Al Dios que supuestamente le entregó el poder y autoridad eclesial absoluta al hombre por el simple hecho de nacer varón, y excluye abiertamente a la mujer por ser ella. Donde debería predicarse la inclusión y libertad que Cristo dejó como estatuto; se trasgredió el mensaje original y han convertido los templos en edificios con membresía elitista patriarcal, tugurios de muerte y santuario de fariseos, aquellos que predican la salvación del alma por medio de Cristo, han violado el mensaje de amor del Nazareno, colgándolo en una cruz en cada sermón, en cada lectura bíblica, y, quizá, cada vez que se abren las puertas del templo.

Aquellos líderes que predican en contra de la libertad de creencia, son los mismos que usan los pasajes bíblicos más sangrientos para escupir sobre la dignidad de los más vulnerables, condenando su status quo, como ejemplo, de lo miserable que se puede llegar a vivir sin su Dios, cuando no se han dado cuenta que lo que condenan es el miedo en el que realmente viven.

Dos de los relatos más sangrientos y tristes en el Antiguo Testamento (AT) son precisamente hacia mujeres, la hija de Jefté y la mujer del levita. Mujeres, que no tienen voz, voto, y su cuerpo y vida le pertenece a su padre y/o esposo. Ellas se convierten en la voz de las mujeres que aún en este siglo siguen viviendo en la opresión del Dios patriarcal. A la hija de Jefté, se le ofreció en sacrificio de holocausto para cumplir un voto religioso hecho a Yahvé; aquel Yahvé que requirió la sangre de Isaac y le perdonó en el último momento (en Génesis 22) es el mismo que reclama la sangre de la hija virgen de Jefté; a diferencia de Abraham, a Jefté no se le pasó por alto su voto, no hubo consideración alguna para llevar a la muerte a su única hija, si pudiéramos revivir en la historia en el siglo XXI, pudiéramos considerar a un Jefté como líder eclesial o pastor que ha hecho votos de consagración al mismo Dios violento del AT; quizá no habría derramamiento de sangre, pero si holocausto emocional. Es de conocimiento público y muy mencionado, las criticas abiertas que existen hacia las hijas de pastor (aunque los hijos no quedan exentos), las hijas de pastor tienen mucho menos privilegios que los hijos varones tan solo por su sexo, normalmente ellas son sacrificadas por su padre, y quizá después por su esposo, en aras de una determinada concepción patriarcal de la vida, aunque muchos hayan querido olvidarlo; son ellas quienes tienen que callar la libertad por ser sumergidas en un mundo en el que no pidieron entrar, y son obligadas a sostener ideologías enfermas para la exaltación varonil de aquel Dios de guerra al que se predica.

Aún en estos tiempos desde los pulpitos hay quienes expresan que Dios les ha dado la más grande victoria de la salvación, así que hemos de darle lo mejor de nuestra vida, y eso incluye la vida de las hijas. Tal cual menciona Xabier Pikaza, en el capítulo 11 de su libro Las mujeres de la biblia (en el cual está basado este ensayo) sostener votos religiosos por líderes varones, ha costado la utilización y/o destrucción de las mujeres, como supone el retrato ejemplar de la hija de Jefté.

En el presente, desde los pulpitos se ha mencionado la victoria que llego a Jefté, y se le da muy poca importancia a la muerte de su hija, al contrario, ejemplifican sus vidas tal cual fue la del guerrero de Galaad, ofreciendo sus más preciados tesoros, y en lugar de cuestionarse el hecho, se exhorta a cumplir sacrificio en post de un Dios que, para darte victoria, necesita lo más preciado de tu vida. Podríamos poner en duda que el voto se ha hecho sin reflexionar, podemos suponer que quizá Jefté sabía quién saldría a recibirle, pues era común que después de una victoria sonaran címbalos y se vivieran danzas, o como Xabier Pikaza nos exhorta a cuestionar, quizá la hija sabía del juramento, y, a pesar de ello, y por ello, es la primera en salir desafiando en esa forma a su padre y a su Dios, con la esperanza quizá de que se retracte de su juramento.

Con la esperanza de que su padre sea aquel que pueda protegerla de la violencia que se respira en el culto a Yahvé. ¿Es posible que un padre olvide la lealtad a su hija y la sacrifique? ¡Si, es posible! No sólo vemos una historia bíblica, vemos una educación arraigada hasta nuestros tiempos, donde Dios está por encima de todo, incluso de nosotros mismos, donde se ha educado para aprovechar la vulnerabilidad de las mujeres al inculcarles la creencia de sujeción, y poder ser exhibidas, sacrificadas y traicionadas desde los altares, ya sea exhibiendo un error, sacrificando su libertad, o traicionando la confianza que ellas mismas depositaron en el padre, con esperanza de ser protegidas.

Tal parece que ese Dios despiadado, el cual habla la biblia en el AT sigue pidiendo sacrificios, sigue buscando ofrendas humanas, sigue pidiendo el alma de las mujeres que han nacido en una creencia misógina y patriarcal.

Ellas, cuando creen librarse de esas cadenas que llevaron durante toda su infancia, si no se atreven a desafiar, vuelven a vivir el abuso de confianza que toda su vida las ha rodeado, y su cuerpo espiritual vuelve a recibir heridas de aquel que debería llenarlas de caricias y libertad. Otro mensaje lleno de crueldad y humillación, predicado desde los altares ha sido el de la esposa del Levita, ¿Qué mensaje de honor puede predicarse de un escrito lleno de traición y humillación? (Jueces 19) Si bien, se predica la venganza en post de una muerte encarnizada dada por el esposo, pues la violación al cuerpo de la mujer la ha hecho menor que el chiquero donde se crían los cerdos.

La venganza que se pide en el capítulo 20 de Jueces, no es para honrar la memoria de la concubina del hombre Levita, es para cobrar la deshonra que pudo cometerse hacia él, hacia su cuerpo, pues era a quien querían ultrajar, y éste, tan cobardemente se escondió tras el cuerpo de su mujer, cuando era él, quien debía de pelear por la vida y dignidad de su concubina (ella es una Pilegesh o concubina, Jueces 19,1) quizá después de esta cobardía podemos comprender un poco la posición de esta mujer al abandonar a su esposo, pues ella había regresado a casa de su padre, al ser una esposa libre, la ley le permitía retornar, sea cual fuere la razón por la que la concubina del levita decide salir de sus tierras, éste va tras ella y quiere que vuelva de nuevo con él, a la tierra de Efraín, volviendo al matrimonio viri-local (habitando en la casa del marido).

Cuando la convence de regresar a su casa, es a mitad del camino cuando ocurren los hechos lamentables que firmaron su sentencia de muerte. A pesar de lo cruel que fue la muerte de esta mujer, y los motivos que la arrojaron a su muerte, es posible que aún en estos tiempos sigan usándose contextos en donde es preferible pisotear la dignidad femenina en aras de una protección masculina, sí, es desde los altares donde se trasgrede la igualdad hacia los hogares, pues es donde se predica que es al varón “cabeza del hogar” aquel que debe ser cubierto y protegido de los ataques del enemigo. Hay quienes dicen que la mujer sacrificó su cuerpo por salvar la dignidad de su esposo, pero la historia bíblica no habla de los sentimientos de ella, sólo habla de la salvación de él. Aquellos que presentan a la mujer en este contexto, son los mismos pseudo líderes que expresan su machismo abiertamente, y hasta estas fechas denigran a la mujer sin importar si tiene lazos familiares con él.

Esos mismos que quieren utilizar a la concubina del levita como un ejemplo de comportamiento sobre lo que la mujer “debería” hacer para defender al hombre con el que está. Esos mismos autoproclamados enviados de la divinidad, han olvidado lo que el Jesus histórico dijo con respecto al amor y la libertad, siguen utilizando la vulnerabilidad y la confianza que se pone en ellos para servirse de los más necesitados. Al igual sucede con la mujer al amanecer, que es ignorada y no se le atiende sus heridas, sino que al contrario es cortada en 12 pedazos, es lo que ocurre metafóricamente con los grupos más vulnerables dentro de la iglesia, no se les permite libertad de creencia, al contrario, se les ha de condenar duramente si no se está de acuerdo con lo que se predica y se usa como ejemplo para causar miedo al resto de la grey.

Es repulsivo que aquellos que deberían de sostener a la iglesia actual, y servir para ella; hayan violado la paz que debería sentirse en los altares. Hablan de amor y fomentan el odio, de ese tan afamado libre albedrio siempre y cuando sea el que este bien para ellos, hablan de dignidad y en cuanto tienen oportunidad pisan la dignidad del que se deje, sobre todo de las mujeres ¡ya basta! Lamentablemente aquellos que puedan leer estas palabras han de juzgar sin ningún tipo de misericordia, no son capaces de cuestionar si su liderazgo está bien encaminado o se ha convertido en una tiranía para servir a sus propios intereses, dígase económicos, viriles, o morales. Es más fácil de creer que quien se opone a su tiranía es un enviado de satán, que tomarse un minuto para reflexionar a los actos inhumanos a los que se intenta normalizar.

Tras los pulpitos se predica la teología del miedo, de la injusticia, del dolor y la humillación, una hermenéutica dolorosa y de sacrificio es obligada a ser conjurada para cada una de las mujeres que escuchan y son educadas en la misoginia bíblica, los relatos arriba mencionados no deberían de usarse como símbolos de victoria, ni educación, sino como advertencias de que quien te usa como escudo y ofrenda para un sacrificio, no es digno de tener algo de ti.

 

Este artículo fue anteriormente publicado en Té de Mujer.

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