Posted On 14/05/2015 By In Biblia, Ética, Opinión With 10889 Views

En el proyecto de vida de Jesús

La Iglesia camina hacia la segunda década del siglo XXI con el conocimiento antiguo que la hace fuerte y perseverante ante las adversidades y con los aprendizajes nuevos que surgen de responder con eficacia a los retos que presenta un mundo cambiante. La comunidad de seguidoras y seguidores del evangelio de Jesús busca, desde la fe y la Palabra, el camino para una acción relevante en los nuevos contextos que experimentamos.

El imperativo de la relevancia confronta a la iglesia con la necesidad de responder a los desafíos con convicción, pero especialmente con actualidad y pertinencia. El profeta Isaías, en un tiempo también cambiante, se aferraba a la idea del dominio de Dios sobre la historia; y llamaba al pueblo a la esperanza. La voz profética interrogaba -con insistencia- sobre la lectura que el pueblo de Dios hacía de su realidad; preguntaba si apreciaban la dirección de Dios en los cambios de su tiempo. «Voy a hacer algo nuevo; ya brota, ¿no lo sentís?(Isaías 43: 19a, La Palabra Hispanoamericana).

La Iglesia, ante el cambio que ya se siente, debe interpretar la realidad y el texto desde una visión de Dios y de la propia historia, que permita la generación comunitaria de nuevos impulsos de esperanza. Desde la perspectiva teológica, nos afirmarnos en la soberanía de Dios; pero eso no nos libera de la necesidad de adecuación y ajuste para continuar siendo fieles y relevantes.

Los contenidos fundamentales de la fe y de las prácticas de Jesús, a las que nos llama el evangelio, siguen siendo el motor de nuestra identidad y de nuestras prácticas. Al mismo tiempo, el siglo XXI desafía a la Iglesia a llevar el mensaje antiguo de formas renovadas y contextualizadas, aunque desde las mismas prácticas transformadoras, inclusivas y solidarias que Jesús encarnó.

La Iglesia está buscando, en su identidad y en las historias que constituyen la base de su fe, ese impulso del Espíritu que permita volver a ser esa comunidad dinámica, servicial e inclusiva que proclamaba vida y esperanza en el nombre de Jesús. El anuncio refrescante y lleno de vida que proclamaba el cristianismo primitivo, sigue siendo el instrumento central de la proclamación de un evangelio actual y desafiante.

Las personas que se acercan a las Iglesias necesitan encontrarse con Jesús en una comunidad que brinde el espacio inclusivo y participativo que posibilita creer en un Dios confiable, cercano, activo y comprometido -como Jesús- con la transformación de la vida, para esperanza de la humanidad.

La Iglesia se está abriendo a los nuevos vientos que señala el Espíritu, pero no es un camino sin dificultades. Hoy, como ayer, sigue habiendo personas que no quieren abrirse a lo nuevo que Dios está generando. Quienes perciben el cambio como naturalmente maloy contrario a los designios de Dios, siempre terminan afirmando el mensaje y las prácticas de los fariseos, sacerdotes y maestros de la ley, olvidando los énfasis fundamentales del Evangelio de vida proclamado por Jesucristo.

Grupos cismáticos y movimientos ultra conservadores con discursos fundamentalistas de odio y exclusión, laceran el cuerpo de Cristo y llaman al seguimiento y adhesión de un anti-evangelio, proclamado fiel» y santo». Son congregaciones de perfectos/as» que siempre resultan intolerantes e incapaces de interpretar adecuadamente a Jesús y, peor aún, están imposibilitados por su ceguera de reconocer sus propias necesidades de cambio y conversión, tantas veces reclamada en las Escrituras.

Sin embargo, la Iglesia -en fidelidad al llamado y a la Palabra- busca vivir y practicar el evangelio de amor y vida de Jesús. Su testimonio, predicación, servicio e incidencia pública, sigue siendo una fuente de luz y esperanza para la sociedad; a la vez que legitima el mensaje con las propias prácticas de vida a la manera de Jesús.

Hoy, como en las primeras comunidades cristianas, actualizamos el mensaje de Jesús desde una realidad multicultural, diversa y cambiante. Una mirada a la iglesia primitiva puede ayudarnos a reafirmar nuestra identidad y experimentar -junto a las y los primeros creyentes- la bendición de pertenecer, permanecer y participar de este proyecto de vida al que Jesús llamó su iglesia.

Al releer el paradigmático texto de Hechos 2: 42-47, sentimos con Isaías, eso nuevo que va brotando cuando las prácticas de Jesús se encarnan en las comunidades de fe. El libro de los Hechos describe el Espíritu que animaba a las primeras comunidades del protocristianismo y nos muestra la manera en que la iglesia de los primeros siglos interpretaba la fe en su sentido más comunitario; como una práctica de vida común, familiar, fraterna, en seguimiento e imitación de la vida y prácticas de Jesús.

La versión Reina Valera del texto citado, comienza diciendo que quienes habían creído «perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones.

Perseverar, del latín perseverare, significa mantenerse constante en la prosecución de lo comenzado, en una actitud o en una opinión; durar permanentemente o por largo tiempo (Real Academia Española). En el contexto cristiano utilizamos la palabra para describir esa cualidad del espíritu y de las convicciones, que nos mueve a mantener la constancia en el creer y en el hacer que definen nuestra identidad.

Perseverancia entonces, tiene que ver con pertenecer y permanecer. Es decir, con mantenerse en la firmeza del compromiso y en la convicción de una identidad común que nos congrega como asamblea del pueblo de Dios con un propósito de vida y esperanza para el mundo.

Perseverar también tiene que ver con mantenerse en un camino, una identidad y una razón por la cual vivir. En este sentido, si la iglesia refleja a Jesús, la persona creyente es estimulada a la permanencia y la participación, porque desde la fe en Jesús y en la cercanía con las hermanas y hermanos, experimenta la unidad que nace de participar de un mismo proyecto.

El propósito de las y los seguidores de Jesús es ser útiles e instrumentales a los proyectos y a la voluntad de vida del Dios que ama sin límites a la humanidad completa. El llamado de Dios y el Espíritu de Jesús nos reúne e interrelaciona, para juntos/as ser el cuerpo que hace visible el proyecto de Dios para la vida del mundo.

La vivencia de la fe tiene que ver, por consiguiente, con creer y con encarnar: permanecer en la enseñanza; permanecer en la comunión; participar juntos de los sacramentos y del servicio -representados en el partimiento del pan- y en la responsabilidad de orar unos por otros. Es la manera de hacer concreto, cuerpo y sangre, el evangelio de vida del Maestro.

Tal unidad, identidad y perseverancia se nutre de la diversidad de las personas que quieren seguir el proyecto de vida de Dios para el mundo y que desde sus diferencias nutren el cuerpo amplio en el que cada individualidad es importante. Pertenecer, en este sentido, es también participar.

La versión Dios Habla hoy parafrasea el texto enfatizando un nuevo elemento relacionado con los anteriores: la fidelidad. En esta traducción se resalta que las primeras comunidades de creyentes «eran fieles en conservar la enseñanza de los apóstoles, en compartir lo que tenían, en reunirse para partir el pan y en la oración.

Eran una comunidad de personas fieles. No sólo conservaban y mantenían lo que habían recibido y las prácticas que les fueron enseñadas, sino que más aún, encarnaban lo aprendido, compartían y se reunían en servicio y también en oración. Lo espiritual y lo humano se entrelazaban en prácticas de ayuda mutua y de compañía solidaria y comprometida.

Pertenecer, como estamos viendo, tiene que ver con permanecer y participar, pero mucho más aún, tiene que ver con fidelidad. Fidelidad a Dios, expresada en las prácticas concretas hacia la comunidad y sus participantes. Mantenernos en los caminos del Señor, mantenernos en lo que hemos recibido por enseñanza, mantenernos unidos, compartiendo lo que tenemos y somos, orando unas por otros, es parte integral de la fidelidad a Dios.

La fe debe traducirse en compromiso con el cuerpo, la asamblea, el pueblo de Dios. La comunión de los santos es, en este sentido, comunión desde el servicio y el amor a las demás personas, en especial a las que más necesitan de la experiencia de la gratuidad y del amor.

Fidelidad también tiene que ver con identidad y con el sentirnos parte de esta familia de la fe; tiene que ver con opciones y con voluntad más que con ritos o tradiciones. Por eso la Traducción al Lenguaje Actual del texto de Hechos 2 que estamos reflexionando, enfatiza como sigue: «() y decidieron vivir como una gran familia. Y cada día los apóstoles compartían con ellos las enseñanzas acerca de Dios y de Jesús, y también celebraban la Cena del Señor y oraban juntos».

Preste atención al énfasis: «decidieron vivir como una gran familia». Ser parte de la iglesia, del pueblo que quiere seguir a Jesús y vivir según sus prácticas y enseñanzas para la vida, implica una decisión personal de consecuencias comunitarias.

Eso mismo resalta Jesús cuando expresa que el que quiera asumir las responsabilidades del discipulado tiene que asumir opciones: negarse a sí mismo, es decir, dejar a un lado su voluntad para seguir la de Cristo; cargar la cruz, asumiendo la responsabilidad y el sacrificio que implica el seguimiento; y, recién después, seguir a Jesús y su paradigma de vida.

Permanecer tiene que ver con decisiones y con participación; con adhesión plena al proyecto transformador de vida encarnado en Jesús. Seguir sus pasos requiere compromiso y comunión con los valores del Reino nuevo que provee espacio de vida para todos y todas. El proyecto de vida de Jesús es participativo, no excluyente, ni exclusivista y trasciende los condicionamientos sociales que limitan y siempre generan exclusiones.

Nadie es obligado a formar parte de la familia de la fe, pero si perteneces debes permanecer, participar y comprometerte en fidelidad al Evangelio de vida buena que proclamaba Jesús desde sus inicios, cuando reveló cuál era el Espíritu que le movía y consagraba, según relata Lucas 4.

Recibir y atesorar las enseñanzas de Jesús tiene que ver con mantener presente la memoria sobre su vida. Pero más aún tiene que ver con pasar nuevamente por el corazón y por la vida, esas experiencias transformadoras que nos hacen encontrar a Jesús en la vida cotidiana. Recordar es una palabra que proviene del latín recordari (re: nuevo; cordari: corazón) y significa volver a pasar por el corazón. El teólogo menonita, Dr. Tony Brun, trabaja esta temática en su libro El desierto nuestro de cada día: carencia y plenitud en la vida espiritual del ministerio cristiano contemporáneo.

Cada vez que amamos como Jesús amó y nos solidarizamos como Él lo hizo, hacemos presente a Jesús en medio de nosotros. Cada vez que abrazamos a un niño, buscamos justicia para una mujer o nos ponemos del lado de las personas más vulnerables, estamos haciendo memoria sacramental y eucarística- y volviendo a pasar por el corazón y por las prácticas de vida las enseñanzas por las que Jesús dio su vida.

En la medida en que encarnamos su mensaje en nuestras prácticas y relaciones nos reencontramos con esa identidad más profunda que descubrimos en el Maestro que habló, tocó, sanó, liberó y volvió a la vida y a la plenitud a las personas excluidas y sin esperanza.

El texto de Hechos, en todas sus versiones manifiesta lo importante que es atesorar las prácticas y las enseñanzas de Jesús. Es un mensaje precioso en vasijas de barro. Dios comunica por medio de personas, con mil limitaciones, pero que asumen la responsabilidad de proclamar el evangelio desde sus propias vidas.

Por esto el servicio y la participación de la vida sacramental es importante para pertenecer, permanecer y participar. Compartir el pan tiene que ver con estar, con compartir y con comprometerse con las personas más necesitadas de la comunidad. Ser parte del proyecto de Dios para la vida, tiene que ver con dar lo mejor que tenemos para adelantar el proyecto que Dios nos ha encomendado. La ofrenda y la buena mayordomía, entonces, también tienen que ver con la identidad, con la consagración, con la participación y con la fidelidad.

Es necesario estar disponibles para todo, incluido lo material, para edificar el cuerpo, porque las dádivas deben ser instrumentales al servicio de las personas más pobres de la comunidad y apoyo a la misión de Dios en el mundo. Por eso participar en el cuerpo y la sangre, va unido a compartir el pan haciendo de la vida un sacramento de la memoria y la comunión.

Por último, la pertenencia, permanencia y participación del proyecto de vida de Jesús tiene que ver con profundizar nuestra relación con Dios, con el Hijo y con su Espíritu, desde nuestras prácticas de edificación espiritual, en especial desde la oración. «Oraban juntos, dice la Traducción al Lenguaje Actual. Se trata de orar, no para beneficios excluyente y exclusivamente privados y de conveniencia personal; sino orar juntos para el bien de toda la comunidad.

En el Espíritu de Jesús, oramos y buscamos el bien de los demás, oramos y nos comprometemos en la edificación de la comunidad amplia de las personas que queremos hacer su voluntad. Orar más que hablar es dialogar, pero también es hacer silencio para oír y descubrir (o redescubrir) lo que Dios nos revela para la vida.

Orar es dejar de ser nosotros el centro y abandonarnos en una intimidad con Dios que nos transforma y nos moviliza al cuidado mutuo. Orar es enfocarnos en Él, que es el totalmente otro y así poder prestar atención y recordar a las y los otros. Orar es hacernos sensibles al dolor y a las situaciones de la vida de las demás personas. Orar es no mirar tanto hacia nosotros mismos para mirar a Jesús, presente y necesario, en la vida de todos.

Porque tuve hambre y me diste de comer, estuve enfermo y me visitaste. Ser iglesia tiene que ver con solidarizarse, con servir, con buscar el bien, con mirar fuera de uno para, en el otro y la otra, encontrarnos con aquel Jesús que nos invita a ser parte de un proyecto hermoso de vida y esperanza para todos.

Estoy seguro que confiando en Jesús y dejándonos cada vez más mover por su Espíritu y prácticas de amor y vida, volvemos a asombrarnos «a causa de los muchos milagros y señales que Dios hacía por medio de los apóstoles. Todos los creyentes estaban muy unidos y compartían sus bienes entre sí; vendían sus propiedades y todo lo que tenían, y repartían el dinero según las necesidades de cada uno. Todos los días se reunían en el templo, y en las casas partían el pan y comían juntos con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y eran estimados por todos; y cada día el Señor hacía crecer la comunidad con el número de los que él iba llamando a la salvación.

Doy gracias a Dios, por la refrescante experiencia de ser parte de una comunidad, donde siempre hay lugar para una persona más, porque el que invita es el Señor.

Por todo esto, yo pertenezco, permanezco y participo en el proyecto de vida de Jesús.

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