Posted On 03/10/2014 By In Biblia With 3914 Views

Esperanza: Job contra Dios en nombre de Dios

Me derribó, dejándome en la ruina, al igual que un árbol, deshojó mi esperanza. (Job 19:10)

El sentimiento de esperanza en el libro de Job está implícito. Antipática esperanza, nada tiene que ver con el hombre soñador [o] que anhela algo del futuro, Job es semejante a un luchador de brazos cansados de tanto golpear contra la Nada. Al luchar contra lo Incierto, se posiciona en la espera de lo incierto, no con palabras, sino con toda su vida: su existencia. “Es Job el hombre de la esperanza como protesta”.[1] Al tener esperanza espera. Y es esta esperanza la que nos enfrenta contra los hechos injustos. Es claro para él, no pueda mentirse a sí mismo; está viviendo una realidad que debe ser afrontada personalmente. Él tiene una nueva interpretación de lo que le pasa ─que reconoce como propia─, sus amigos y gran parte de la historia la censuran. En el texto 7:1-6 el autor señala que la esperanza de Job es áspera. Si se lee a descuidos, parece no existir. Pero al detenernos en el verso 2, la misma adquiere un carácter de espera: la esperanza es una espera que no espera nada”. Dios abate y descuaja sus esperanzas (19:10). Job es más profundo: la esperanza que espera en Dios, para él,  no pretende nada, no pretende recompensa (retribución), al contrario de lo que le acusan sus amigos (4:6; 5:16; 8:13; 11:18-20; 27:8). Por eso Job se queja de que su esperanza es aniquilada, lo que para sus amigos y la tradición es señal de maldad.[2]

Esté sufrimiento no es morboso, Job no obtiene ningún placer sufriendo; es un sufrimiento involuntario. La pérdida, la enfermedad [¿la muerte?] no son el deseo de nadie. Es este sufrimiento injusto el que realza el carácter de luchador de nuestro héroe, el que al fin y al cabo nos reduce a un rotundo silencio.

Job va contra Dios en nombre de Dios.[3] Job es el tipo de creyente lúcido, nada ingenuo y para nada conformista, y esta inquietud constituye “la protesta contra Dios en nombre de Dios”. Sí, es verdad, Dios es Dios, el hombre siempre será mero hombre, pero el sufrimiento es realmente sufrimiento y la injusticia es atrozmente injusticia, y estos son los antagonismos que no encajan ni fácil, ni felizmente en la conciencia del justo.

La esperanza-protesta se acopla a la clave hermenéutica aquí propuesta: el sufrimiento. Tienen mucho que ver, sufrir y adquirir valor para arriesgarse a creer. ¿Acaso no es toda una aventura y desventura creer en un Dios como Yhavéh? (Job 1:21).[4] La paradoja es insoportable. Mi exégesis puede ser muy discutible, ya que sólo consiste en frases o palabras, pero la verdad que se esconde detrás de ella es irremediable, es la misma razón del libro Job.

La experiencia del mundo es con frecuencia dramática marcada por el dolor y el sufrimiento, el mal y la muerte. Y estos hechos no pueden dejarse de lado para interpretar la fe (…) Hay algo negativo que no hay que infravalorar: comienza aquí el largo camino de los libros sapienciales (…) la salvación es inseparable de la comunión con Dios.[5]

Aquél que cree y tiene por objeto de fe a Dios, y Dios le tiene a su vez como objeto de amor, sabrá que en su gobierno la muerte y el sufrimiento son piezas que Él mueve misteriosamente. Y por esa razón la tradición ha ignorado el caso de Job e intenta censurarlo (¿Acaso para satisfacer un deseo de poder sobre la muerte y el sufrimiento independiente de Dios bajo el título de guardiana de la fe?).

El sufrimiento, igual que cualquier afecto que pueda introducir el hombre en el cielo, será un misterio. Y por adentrarse en un terreno que pertenece únicamente a Dios (Deut. 29:29), el hombre tendrá que fatigarse a sí mismo con la finitud de su mente, ya que “el que escudriña la Majestad cargará con el peso de la Gloria”. No sólo Job carga con este peso, también lo hacen todos los grandes personajes de la Biblia; todos aquellos que quisieron entenderlo o, para decirlo de forma más apropiada, relacionarse con Dios, tuvieron que buscarle, protestarle, quejársele, pero también agradecerle, creerle, elogiarle y amarle. Jaime Barylko, indica que los designios misteriosos no-revelados de Dios deben mantenerse en la penuria de su voluntad,  literalmente “no tratemos de explicar lo inexplicable para nuestra humana lógica”.[6]

En la finitud, propia del ser humano, Job descubre el sentido grandioso que tiene para sí el silencio; el sufrimiento revela las ausencias de su vida: “él no quiere estar a solas de la soledad, quiere sufrir abrazado a Dios, lo demás no interesa, lo demás en la vida es puro relleno”. Job tiene una esperanza, y ésta no está puesta en recuperar a sus hijos muertos ─a los que anhela ver con vida y corriendo por el jardín y el prado del hogar que alguna vez tuvo─, tampoco quiere recuperar sus bienes perdidos destrozados, ni su antiguo estatus social. Su esperanza es ser escuchado por el Dios al que tanto ama, estar con Él: re-encontrarse.

Si la tradición le da un puntapié al hombre abatido en el suelo, ¿Acaso esto no justifica al caído para que se levante y se defienda de ese dios que le golpea con tanta crueldad? Realmente Job, más que defenderse, necesita entender y, por eso, explicita su necesidad: “Diré a Dios: ¡No me condenes! Dame razones de la injusticia que padezco.” (Job 10:1-2). El problema orbita en la ausencia de culpa y no puede acabar sino en un gran interrogante: ¿Quién es el culpable de lo que le ocurre a Job. Si el mal, claramente, no se origina en su ser, y tampoco es producto del pecado (puesto que éste no constituye una entidad-en-sí)?  Por otra parte, la exégesis bíblica del A.T. ha demotrado que el-satán de la prosa del libro nada tiene que ver con la entidad maligna que conocemos en el N.T., como Satanas, dejando cualquier figura diabólica o demoníaca fuera del drama del libro. Dios, por lógica tradicional, tampoco puede ser cuestionado o declarado culpable, entonces: ¿Quién es el responsable de lo que ocurre en la vida de Job? Sencillamente la Biblia no responde a esta cuestión, al menos tal y como lo ha intentado formular la tradición cristiana. El texto enmudece, porque el que verdaderamente tiene que ensayar una respuesta no es Dios, sino el hombre, el cual debería plantearse si a pesar de las situaciones personales, combatirá el mal y seguirá a Dios por razones esenciales. “Es que la recompensa por una buena acción es la acción en sí (avot, 4).” Amar a Dios es conocerlo, y conocerlo es reconocer que, aunque se nos reveló su ser, por naturaleza sigue en penuria. En síntesis: es conocer que no se conoce nada.

La lucha contra Dios es en nombre de Dios. Para comprender esta “idea” valgámonos de las siguientes imágenes: Moisés está en el monte Sinaí; en él se mezclan la huida de un asesino y la decepción por la humanidad que le rodeaba; prefiere ovejas a personas por compañía. Un día, pastando ovejas, es sorprendido por una teofanía repentina, un arbusto que arde sin consumirse: Yhavéh se caracteriza como Dios que se muestra en el silencio del desierto. Moisés, no se esperaba un Dios, por esta razón, ante su mandato, se ve obligado a preguntar de forma atrevida: ¿Cuál es tu nombre? Dios responde impetuoso: “Seré el que Seré” (Éxodo 3:13-14). ¿Qué significa? ¿Qué define esta respuesta, sino la máxima abstracción de ser y de eternidad? ¿Será acontecimiento? ¿Será lo que hagan de Él? ¿Será lo que necesite el pueblo? Sólo será: el Eterno Futuro, Incalculable, Incontenible, Impredecible, Apertura; es tanto que no es Nada.[7] El libro de Job va en nombre de “Él-será” “el que será”, y aquí son castigados teólogos, eruditos, todos aquellos que “saben” demasiado de Dios y de su divina justicia. Y en cambio, el favorecido es Job, el rebelde, el que dice no comprender los caminos de Yhavéh: “Dios prefiere la autenticidad antes que la soberbia”.

La segunda imagen ─complementaria a la anterior─ es Dios en imperativo, prohibiendo hacer cualquier imagen de Él (Éxodo 20:4).[8] En los diez mandamientos reza el argumento: “Yo soy Yhavéh, tu Dios”. Esta prohibición es radical, absoluta, no por la prohibición (la ley), sino por el argumento (la naturaleza de la ley), que llevó al pueblo a luchar contra el politeísmo y la idolatría. Pero la cuestión es más profunda si se piensa bien: se castiga toda la idolatría en sí, en síntesis: “no idolatrarás siquiera al mismísimo Dios”, de esto trata la propuesta teológica aquí, de la prohibición de Encerrar a Dios en definiciones; no hay quien pueda “saber demasiado de Dios”. No existen en el A.T., y más aún reflejado y recordado en el libro de Job, “dueños, guardadores y protectores de Dios”.[9] Es normal ver a un hebreo preguntándose por qué y siguiendo la lógica hebrea ─si es que hay alguna─ y podríamos preguntarnos si Job tuvo una respuesta y pudo solucionar su problema. Dios, al menos, se le manifestó desde un torbellino (ruido tormentoso) pero a mí, ¿en qué se me hace empírico Dios? Y eso, sin ninguna pretensión de entender el orden del mundo o la forma en la que Dios aplica su gobierno. Se trata, únicamente, de evitar el abandono de Dios, porque la cuestión es que el hombre comúnmente no tiene a Dios siquiera como tormenta, lo que le lleva a hacerse la siguiente pregunta: ¿Por qué Dios pudo sucumbir ante Job y a mí me deja en su soledad?

Tanto la creencia como la in-creencia simplistas que engendran los “blablistas”, no explican nada. Es más fiel a Dios un ateo en lucha y atormentado por la idea que tiene de un Dios no prescripto en su interior, que un creyente dominguero estándar, que debe creer una “revelación histórica” “dada” “impuesta desde afuera”. Igual que Job, no debemos rechazar creer en el dios que tenemos antes nuestros ojos, porque eso moverá a Dios a dañarnos un órgano, en el caso de Job el oído (Job 42:5); pero si el daño es necesario producirá una ruptura angustiosa que propiciará la tan ansiada apertura ─esta afirmación podría ser a su vez un interrogante─. Sin embargo, ¿Y si el problema está en Job y en la tradición? ¿Y si ambos están equivocados, puesto que Dios no justifica a ninguno en su manifestación?

Podemos llegar a concluir con humildad que nos equivocamos todos y que Dios nunca fue lo que hemos hecho de Él. Por eso, Job nos enseña que la duda y la desesperación reflejan un interés por Dios, que son respuestas válidas, preferenciales, y no un síntoma de falta de fe. Tal vez sea más conveniente, ─como en el caso de Jacob─ salir cojeando por haber luchado con Dios y salir herido, pero con Él.

 

[1] B. Lauret y F.Refoule. Iniciación a la práctica de la teología IV. (Madrid, Cristiandad, 1985). Pág. 311.

[2] Contrástese con los versos de Proverbios 11:17; 10:28; 11:23; 23:18; 24:14; 26:12; 29:20. Para más información véase “Esperar”. En: E. Jenni y C.Westermann. Diccionario Teológico Manual del A.T. II. (Madrid, Cristiandad, 1985). Págs. 784-786.

[3] Lauret y F. Refoule. Iniciación a la práctica de la teología IV. Pág. 313.

[4] Cabe mencionar que la designación más utilizada para referirse a Dios como divinidad, a lo largo de todo el A. T., es Yhavéh, este es un nombre personal. Aunque en principio no fue esta no fue la única denominación para el Dios de Israel, rápidamente designó al Dios único del pacto (Isaías 45:14). El que Yhavéh designara un nombre propio, fue útil para diferenciarle esencialmente del vago uso que tenía la palabra Dios, y por ende, de los otros dioses como entidades, meras divinidades impersonales. Yhavéh posee un profundo sentido de pertenencia, no solo histórica, sino individual y existencial. “Yhavéh no es el general de todo, sino el particular del pueblo (Éxodo 13)”. Las versiones castellanas que traducen el tetragrama YHVH como Señor, Adonai, etc., dan lugar a la perdida significativa del uso, y como explica L. Baeck se cae en una “burda superficialidad”; si bien el nombre es impronunciable, debido a la perdida de las vocales hebreas en el siglo VI. a. C., no debemos ignorar lo personalístico de la designación, de lo contrario estaríamos desconstruyendo el significado, despersonalizándolo. Para más información ver: Leo Baeck. La esencia de judaísmo. (Buenos Aires, Paidós, 1964). Págs.148-149.

[5] Gianni Colzani. La experiencia religiosa de Israel. Trasfondo natural de la fe primitiva. En: Antropología teológica. (Bologna, Dehoniano, 1997). Págs. 92-93

[6] Jaime Barylko. Introducción a la biblia. (Buenos Aires, Congreso Judío Latinoamericano, 1982). Pág. 41.

[7] Job 28:12 reza: החָכְמָה מֵאַיִן תִּמָּצֵא וְאֵי זֶה מְקֹום בִּינָה׃. En la primera frase dice: “la sabiduría (de Dios) de la Nada se encontrara”. מֵאַיִן en español se traduce “en donde” en hebreo se escribe “me-ain”, pero ain también significa “nada”. Y “me” en hebreo es “desde” en consecuencia literalmente se lee “la sabiduría de la nada se encontrará”. El origen de “la sabiduría es Dios” se infiere que Dios es Nada.

[8] Deuteronomio 5:8 insiste, “No harás escultura, ni semejanza alguna de lo que está arriba en el cielo, ni de lo que está abajo, en la tierra, ni de lo que está en las aguas debajo de la tierra.” Escribe León Dujovne que, de esta forma “No cabe imagen de Dios. Así afirma un radical dualismo de Dios y el mundo.” León Dujovne. La concepción de Dios en la Biblia. (Buenos Aires, Congreso Judío Mundial, 1968). Pág. 24

[9] Ibíd. Pág. 113.

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