Posted On 25/10/2013 By In Cultura, Opinión, portada With 2168 Views

Espiritualidad cibernética: ética de vida en comunidad

Expresiones de nuestra vida en comunidad, del desarrollo de nuestras relaciones interpersonales y nuestro lenguaje de fe se han convertido en parte del “lingo” común de las redes sociales, principalmente en Facebook y Twitter. Ante todo esto, que es nuevo para algunos y común para otros, nos surge la pregunta de cómo vivir la fe y cultivar nuestra espiritualidad en una época donde el sentido de comunidad se extiende más allá del espacio del contacto físico y donde la inmediatez y la globalización nos empujan a expandir nuestras fronteras y a reconsiderar lo que entendemos por relaciones y privacidad.

“You have a friend request”, “ocurrió un tiroteo en una escuela en EU”, “Hoy me enteré que voy a ser papá”, “you have a new follower”, “les pido oración porque entraré en unos minutos a cirugía”, J “necesito un consejo”, “feeling sad”, “les comparto la foto de mi nieta recién nacida”, “feeling happy”, “no temas ni desmayes pq el Señor, tu Dios está contigo”, “no estoy de acuerdo, “like”, “acaba de sentirse un temblor de tierra en Los Ángeles, mi hna. vive ahí”, “share”.

 Si vivir en comunidad es compartir elementos, costumbres, idioma, valores o, si más allá de eso, es vivir en igualdad, suplir necesidades del otro y la otra, compartir alegrías y tristezas, así como la fe o aun la falta de fe, tener amigos y fomentar las relacionados, entonces la comunidad cibernética es mucho más que una comunidad virtual. Esta nueva forma de hacer comunidad puede ser tan real como un encuentro de amigos para compartir un café o una Coca-Cola.
 Algunos expertos consideran las comunidades virtuales un lugar perfecto para los introvertidos porque estos pueden decidir cómo y cuándo relacionarse sin sentirse presionados; para otros en lugar de un asunto de personalidad es más bien una preferencia generacional. Unos nacieron conectados al mundo a través de un libro (silentes y baby boomers), otros a la televisión (XGen) y los “Millenials”, indiscutiblemente, están alambrados para las redes sociales a través de los dispositivos portátiles como el celular; para ellos ya ni las computadoras son esenciales, el CD y el DVD están obsoletos.[1]

Sin embargo, podemos encontrar un punto de equilibro entre todas las épocas si estudiamos la ética de las comunidades de fe cristianas desde hace más de 1,400 años. Ésta sigue estando vigente aun en medio de las redes sociales o comunidades que llamamos virtuales. En el siglo VI el Abad Benito de Nursia había identificado cuatro principios básicos para la vida en comunidad [2] que pueden ser de gran ayuda para nuestra Iglesia del siglo XXI en su dimensión cibernética:

  1. respeto al otro y la otra
  2. tolerancia mutua
  3. amor fraterno
  4. amor a Cristo.

El respeto al otro y la otra se da cuando vemos a la persona de Cristo en ellos. Es esto lo que determina la manera de tratar a nuestro prójimo, ya sea en el encuentro físico o a través de las redes sociales. Respetar es renunciar a la idea de cambiar al otro según mis criterios; es acompañarle a encontrar a Dios desde su propia fe para que sea Él quien transforme tanto su vida como la nuestra.

El segundo principio que nos presenta San Benito se deriva precisamente del respeto a los demás: tolerarse mutuamente. La tolerancia para muchos de nosotros implica cierto grado de superioridad; tengo la razón pero te respeto. Sin embargo esa no es la tolerancia de la que estamos hablando. Hablamos de la tolerancia que significa respeto e igualdad en medio de las diferencias. Tolerar para Benito era sostener y acompañar sin pretender cambiar a nadie, porque esa pretensión responde a un deseo de autorrealización, egoísmo y superioridad que antepone nuestros propios deseos y necesidades a las de los demás. Una autorrealización desde el amor y la humildad se da en la apertura y el servicio a los otros. Eso es tolerancia mutua.
 

El amor que se construye sobre los sentimientos de los demás para poder satisfacer sus necesidades y no las nuestras, es lo que llamamos “amor fraterno“; un amor que, más que abundar en los sentimientos mutuos, “(toca) el verdadero misterio del otro, la presencia de Cristo en el hermano”[3]. Esta manifestación de amor no se limita a las expresiones de sentimientos sino que se sostiene con gestos concretos desde el servicio cotidiano sin la necesidad de emociones excesivas. Servir a la necesidad del prójimo sin esperar nada a cambio es la manifestación de verdadero amor fraterno.

El último elemento que Benito considera fundamental en este modelo de ética en las comunidades cristianas viene a ser el más importante: el amor a Cristo. Cristo es el cimiento que hará que una comunidad permanezca unida a lo largo del tiempo. La comunidad que se fundamenta en el amor de Cristo va más allá de lo que llamamos real o virtual, es una comunidad que vive para el otro donde quiera que esté, y vive para un fin más alto que sí misma; vive por Cristo y para Cristo en el servicio desinteresado al prójimo. Una comunidad sana y duradera sólo puede darse alrededor de aquellos y aquellas que consideran a Cristo el centro de sus vidas; es ese Centro el que les permite irse despojando de la visión individualista de ser y vivir para la satisfacción de si mismo y entrar en una vida de respeto, tolerancia cristiana y amor fraterno.
 

Las redes sociales, en gran parte de los casos, carecen de manifestaciones de respeto, tolerancia mutua y amor fraterno. Cristo no es el centro de nuestra conversación en tanto y en cuanto utilicemos estos medios para imponer nuestros criterios. El principio fundamental y el éxito de las redes sociales es la facilidad y la importancia que dan al desarrollo del dialogo sin exigir la presencia de un moderador que encamine el conversatorio hacia un fin predeterminado. Por eso es tan importante que se desarrolle una ética cristiana de vida en comunidad en medio de nuestros grupos de fe cibernéticos.

Una vida de comunidad cristiana florece en el acompañamiento y el dialogo amorosos, mientras que el cambio y la transformación la da Dios. Si estos principios han sido y continúan siendo fundamentales para la vida de muchas comunidades de fe a través de los siglos, no puede ser menos cierto que en pleno siglo XXI también los podemos aplicar a nuestros nuevos modelos de iglesia y vida en comunidad.

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