Posted On 28/06/2014 By In Ética, Opinión With 1639 Views

Ética y Fútbol: ¿Relación olvidada o desafío permanente?

En estas líneas queremos intentar establecer la relación entre Ética y Deporte y en este último, el fútbol. Nos queremos preguntar si es una relación olvidada o más bien es un desafío de carácter permanente viendo tanto sus elementos positivos como los negativos.

Es un hecho que el mundo en estas semanas está en “modo mundial” parafraseando la promoción de una conocida marca telefónica de nuestro país. El fútbol representa, en el mundo del deporte, al rey. En este texto presentaremos tanto lo positivo como lo negativo del desarrollo del Mundial de Fútbol de Brasil 2014. Nuestra reflexión estará iluminada por la Palabra de Dios, los principios de la Moral Cristiana, del Magisterio de la Iglesia y de la Ética del Deporte.

En primer lugar, ¿Qué entendemos por deporte? Desde el latín tardío tenemos el desportare que significa ante todo distensión y distracción. Su concepto ha ido paulatinamente cambiando hasta significar aquellos ejercicios de fuerza y agilidad hechos al aire libre o en instalaciones especialmente acondicionadas y que son desarrolladas por los deportistas. Son actividades que ejercitan tanto el cuerpo como la mente, asumiendo el principio de los griegos que sostenían que en un cuerpo sano hay una mente sana. El deporte responde también a una ética propia. Entenderemos ética (del griego ethos, que significa residencia o costumbre) como la reflexión filosófica que se realiza sobre los actos concretos de una persona, asociación o actividad, como en este caso sería el deporte. Por lo tanto, la ética del deporte tendría que ver con la reflexión filosófica sobre la actividad deportiva en cuanto a sus valores y no-valores, o a sus consecuencias positivas o negativas.

En cuanto a la dimensión positiva del deporte en general y del fútbol en particular, nos hacemos eco de las palabras del Concilio Vaticano II (1962–1965) sobre el mismo en la Constitución Pastoral Gaudium et Spes que trata de la Misión de la Iglesia en el mundo actual. Los Padres Conciliares sostienen que a cada persona se le debe dar un descanso oportuno y adecuado, descanso que puede ser ocupado en actividades deportivas “que ayudan a conservar el equilibrio espiritual, incluso en la comunidad, y a establecer relaciones fraternas entre los hombres de todas las clases, naciones y razas” (GS 61). Juan Pablo II en el Jubileo de los Deportistas celebrado en Roma en el año 2000 sostiene que, por medio del deporte se puede alabar al Creador, alabanza ejercitada a través del cuerpo, la inteligencia y la voluntad. Junto a ello, y además, la práctica de valores como la lealtad, la perseverancia, la amistad, la comunión y la solidaridad. Es más, el Pontífice identifica el deporte como un signo de los tiempos,es decir una llamada del Espíritu de Dios que resuena en la historia y que llama a que los creyentes se comprometan para desarrollar una buena práctica deportiva que respondan a los principios de la Doctrina Social de la Iglesia: el bien común, la participación universal en los bienes, la justicia y la solidaridad. Por medio del respeto a estas orientaciones, se puede, y en palabras del Papa Juan Pablo, “interpretar nuevas exigencias y nuevas expectativas de la humanidad” (Discurso en el Jubileo de los Deportistas n°2). Junto con estas especificaciones del Magisterio sostener que la Ética del Deporte señala que éste no es un fin en sí mismo.

Desde las especificaciones de la Ética anteriormente presentadas queremos analizar cuál es la situación actual a la que se enfrenta Brasil. Hemos sido testigos de las protestas generalizadas que la ciudadanía está realizando. El dinero que se han invertido sólo en el Mundial asciende a la no despreciable suma de 10.000 millones de dólares (divididos en estadios e infraestructuras). Frente a esto, las últimas estadísticas del CENSO realizado en el país en 2010 reflejan que 16.267.191 de brasileños viven en situación de extrema pobreza con un sueldo menor a 43 dólares por persona al mes, es decir, aproximadamente 21.000 pesos chilenos. Claramente el principio de participación universal en la totalidad de los bienes en Brasil no se cumple ni se respeta. Otras cifras sociales de la UNESCO nos dicen que Brasil es el octavo país con el mayor número de analfabetos adultos. En sintonía con esto último, las protestas de los ciudadanos brasileños buscan que se mejoren los servicios públicos de educación, salud y transporte. Así los cariocas indignados han aprovechado los excesivos gastos para dar a conocer al mundo sus justas demandas.

Es necesario ser conscientes de la necesidad de entender que las malas prácticas del deporte no deben convertirse en un nuevo ídolo al que se le rinda culto con la religión del mercado. El desafío de los gobiernos a nivel mundial es presentar la actividad deportiva como lo que verdaderamente es, un espacio de diversión, distensión, actividad física y desarrollo espiritual. Deben también esforzarse para que los bienes que se derivan del deporte sean aprovechados y utilizados por toda la población. Dichos bienes son justos derechos y no méritos. Recordar, por lo tanto que la persona es el fin en sí mismo, y nunca el deporte o el lucro involucrado en él. No denigremos una actividad que aporta tanto bien cuando realmente así se pretende. La misión es justamente volver a la comprensión de la ineludible relación entre Ética y Deporte, vista como desafío permanente y no como relación olvidada o relación que se quiere invisibilizar.

Tanto los deportistas como los grupos que controlan la actividad y los gobiernos organizadores de los campeonatos mundiales y locales deberían volver constantemente a recordar las palabras del Apóstol Pablo a los cristianos de la comunidad de Corinto cuando les invita a seguir el ejemplo de los deportistas (Cf. 1 Cor 9,24-25). Así como los deportistas corren en los estadios buscando ganar el premio, los cristianos y los hombres de buena voluntad deben correr por esa corona que no se marchita, que es Cristo; y nosotros añadimos el respeto a los derechos de cada persona, especialmente de los más pobres en los cuales el mismo Cristo está presente (Cf. Mt 25,35-40).

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